—En cuanto me muera lo envías, ¿eh?
—Como usted quiera—contestó el criado por no discutir más con el amo.
Fueron los dos al cuarto. El pobre Augusto temblaba de tal modo al ir
a desnudarse que no podía ni aun cojerse las ropas para quitárselas.
—¡Desnúdame tú!—le dijo a Domingo.
—Pero ¿qué le pasa a usted, señorito? ¡Si parece que le ha visto al
diablo! Está usted blanco y frío como la nieve. ¿Quiere que se le
llame al médico?
—No, no, es inútil.
—Le calentaremos la cama...
—¿Para qué? ¡Déjalo! Y desnúdame del todo, del todo; déjame como mi
madre me parió, como nací... ¡si es que nací!
—¡No diga usted esas cosas, señorito!
—Ahora échame, échame tú mismo a la cama, que no me puedo mover.
El pobre Domingo, aterrado a su vez, acostó a su pobre amo.
—Y ahora, Domingo, ve diciéndome al oído, despacito, el padre
nuestro, el ave maría y la salve. Así... así... poco a poco... poco
a poco...—y después que los hubo repetido mentalmente: ahora, mira,
cójeme la mano derecha, sácamela, me parece que no es mía, como si
la hubiese perdido... y ayúdame a que me persigne... así... así...
Este brazo debe de estar muerto... Mira a ver si tengo pulso... Ahora
déjame, déjame a ver si duermo un poco... pero tápame, tápame bien...
—Sí, mejor es que duerma—le dijo Domingo mientras le subía el embozo
de las mantas—; esto se le pasará durmiendo...
—Sí, durmiendo se me pasará... Pero, di, ¿es que no he hecho nunca
más que dormir? ¿más que soñar? ¿Todo eso ha sido más que una niebla?
—Bueno, bueno, déjese de esas cosas. Todo eso no son sino cosas de
libros, como dice mi Liduvina.
—Cosas de libros... cosas de libros... ¿Y qué no es cosa de libros,
Domingo? ¿Es que antes de haber libros, en una u otra forma, antes de
haber relatos, de haber palabra, de haber pensamiento, había algo?
¿Y es que después de acabarse el pensamiento quedará algo? ¡Cosas
de libros! ¿Y quién no es cosa de libros? ¿Conoces a don Miguel de
Unamuno, Domingo?
—Sí, algo he leído de él en los papeles. Dicen que es un señor un
poco raro que se dedica a decir verdades que no hacen al caso...
—Pero ¿le conoces?
—¿Yo? ¿para qué?
—Pues también Unamuno es cosa de libros... Todos lo somos... ¡Y él se
morirá, sí, se morirá, se morirá también, aunque no lo quiera... se
morirá! Y esa será mi venganza. ¿No quiere dejarme vivir? ¡Pues se
morirá, se morirá, se morirá!
—¡Bueno, déjele en paz a ese señor, que se muera cuando Dios lo
haga, y usted a dormirse!
—A dormir... a dormir... a soñar... ¡Morir... dormir... dormir...
soñar acaso...! Pienso, luego soy; soy, luego pienso... ¡No existo,
no! ¡no existo... madre mía! Eugenia... Rosario... Unamuno...—y se
quedó dormido.
Al poco rato se incorporó en la cama lívido, anhelante, con los
ojos todo negros y despavoridos, mirando más allá de las tinieblas,
y gritando: «¡Eugenia, Eugenia!» Domingo acudió a él. Dejó caer la
cabeza sobre el pecho y se quedó muerto.
Cuando llegó el médico se imaginó al pronto que aún vivía, habló de
sangrarle, de ponerle sinapismos, pero pronto pudo convencerse de la
triste verdad.
—Ha sido cosa del corazón... un ataque de asistolia—dijo el médico.
—No, señor—contestó Domingo—, ha sido un asiento. Cenó horriblemente,
como no acostumbra, de una manera desusada en él, como si quisiera...
—Sí, desquitarse de lo que no habría de comer en adelante, ¿no es
eso? Acaso el corazón presintió su muerte.
—Pues yo—dijo Liduvina—creo que ha sido de la cabeza. Es verdad que
cenó de un modo disparatado, pero como sin darse cuenta de lo que
hacía y diciendo disparates...
—¿Qué disparates?—preguntó el médico.
—Que él no existía y otras cosas así...
—¿Disparates?—añadió el médico entre dientes y cual hablando consigo
mismo—¿quién sabe si existía o no y menos él mismo...? Uno mismo
es quien menos sabe de su existencia... No se existe sino para los
demás...
Y luego en voz alta agregó:
—El corazón, el estómago y la cabeza son los tres una sola y misma
cosa.
—Sí, forman parte del cuerpo—dijo Domingo.
—Y el cuerpo es una sola y misma cosa.
—¡Sin duda!
—Pero más que usted lo cree...
—¿Y usted sabe, señor mío, cuánto lo creo yo?
—También es cierto y veo que no es usted torpe.
—No me tengo por tal, señor médico, y no comprendo a esas gentes
que a cualquier persona con quien tropiezan parecen estimarla tonta
mientras no pruebe lo contrario.
—Bueno, pues, como iba diciendo—siguió el médico—, el estómago
elabora los jugos que hacen la sangre, el corazón riega con ellos
a la cabeza y al estómago para que funcione, y la cabeza rige los
movimientos del estómago y del corazón. Y por lo tanto este señor don
Augusto ha muerto de las tres cosas, de todo el cuerpo, por síntesis.
—Pues yo creo—intervino Liduvina—que a mi señorito se le había
metido en la cabeza morirse y, ¡claro!, el que se empeña en morir, al
fin se muere.
—¡Es claro!—dijo el médico—. Si uno no creyese morirse, ni aun
hallándose en la agonía, acaso no moriría. Pero así que le entre la
menor duda de que no puede menos de morir, está perdido.
—Lo de mi señorito ha sido un suicidio y nada más que un suicidio.
Ponerse a cenar como cenó viniendo como venía es un suicidio y nada
más que un suicidio. ¡Se salió con la suya!
—Disgustos acaso...
—Y grandes, ¡muy grandes! ¡mujeres!
—¡Ya, ya! Pero, en fin, la cosa no tiene ya otro remedio que preparar
el entierro.
Domingo lloraba.