Aquella misma noche se partió Augusto de esta ciudad de Salamanca
adonde vino a verme. Fuése con la sentencia de muerte sobre el
corazón y convencido de que no le sería ya hacedero, aunque lo
intentara, suicidarse. El pobrecillo, recordando mi sentencia,
procuraba alargar lo más posible su vuelta a su casa, pero una
misteriosa atracción, un impulso íntimo le arrastraba a ella. Su
viaje fué lamentable. Iba en el tren contando los minutos, pero
contándolos al pie de la letra: uno, dos, tres, cuatro... Todas sus
desventuras, todo el triste ensueño de sus amores con Eugenia y con
Rosario, toda la historia tragicómica de su frustrado casamiento
habíanse borrado de su memoria o habíanse más bien fundido en una
niebla. Apenas si sentía el contacto del asiento sobre que descansaba
ni el peso de su propio cuerpo. «¿Será verdad que no existo
realmente?—se decía—¿tendrá razón este hombre al decir que no soy más
que un producto de su fantasía, un puro ente de ficción?»
Tristísima, dolorosísima había sido últimamente su vida, pero le era
mucho más triste, le era más doloroso pensar que todo ello no hubiese
sido sino sueño, y no sueño de él, sino sueño mío. La nada le parecía
más pavorosa que el dolor. ¡Soñar uno que vive... pase, pero que le
sueñe otro...!
«Y ¿por qué no he de existir yo?—se decía—¿por qué? Supongamos que es
verdad que ese hombre me ha fingido, me ha soñado, me ha producido en
su imaginación; pero ¿no vivo ya en las de otros, en las de aquellos
que lean el relato de mi vida? Y si vivo así en las fantasías de
varios, ¿no es acaso real lo que es de varios y no de uno solo? Y
¿por qué surgiendo de las páginas del libro en que se deposite el
relato de mi ficticia vida, o más bien de las mentes de aquellos
que la lean—de vosotros, los que ahora la leéis—, por qué no he de
existir como un alma eterna y eternamente dolorosa? ¿por qué?»
El pobre no podía descansar. Pasaban a su vista los páramos
castellanos, ya los encinares, ya los pinares; contemplaba las cimas
nevadas de las sierras, y viendo hacia atrás, detrás de su cabeza,
envueltas en bruma las figuras de los compañeros y compañeras de su
vida, sentíase arrastrado a la muerte.
Llegó a su casa, llamó, y Liduvina, que salió a abrirle, palideció al
verle.
—¿Qué es eso, Liduvina, de qué te asustas?
—¡Jesús! ¡Jesús! El señorito parece más muerto que vivo... Trae cara
de ser del otro mundo...
—Del otro mundo vengo, Liduvina, y al otro mundo voy. Y no estoy ni
muerto ni vivo.
—Pero ¿es que se ha vuelto loco? ¡Domingo! ¡Domingo!
—No llames a tu marido, Liduvina. Y no estoy loco, ¡no! Ni estoy, te
repito, muerto, aunque me moriré muy pronto, ni tampoco vivo.
—Pero ¿qué dice usted?
—Que no existo, Liduvina, que no existo; que soy un ente de ficción,
como un personaje de novela...
—¡Bah, cosas de libros! Tome algo fortificante, acuéstese, arrópese y
no haga caso de esas fantasías...
—Pero ¿tú crees, Liduvina, que yo existo?
—¡Vamos, vamos, déjese de esas andróminas, señorito; a cenar y a la
cama! ¡Y mañana será otro día!
«Pienso, luego soy—se decía Augusto, añadiéndose—: Todo lo que piensa
es y todo lo que es piensa. Sí, todo lo que es piensa. Soy, luego
pienso.»
Al pronto no sentía ganas ningunas de cenar y no más que por hábito y
por acceder a los ruegos de sus fieles sirvientes pidió le sirviesen
un par de huevos pasados por agua, y nada más, una cosa lijerita.
Mas a medida que iba comiéndoselos abríasele un extraño apetito,
una rabia de comer más y más. Y pidió otros dos huevos, y después un
bisteque.
—Así, así—le decía Liduvina—; coma usted; eso debe de ser debilidad y
no más. El que no come se muere.
—Y el que come también, Liduvina—observó tristemente Augusto.
—Sí, pero no de hambre.
—¿Y qué más da morirse de hambre que de otra enfermedad cualquiera?
Y luego pensó: «Pero ¡no, no! ¡yo no puedo morirme; sólo se muere
el que está vivo, el que existe, y yo, como no existo, no puedo
morirme... soy inmortal! No hay inmortalidad como la de aquello que,
cual yo, no ha nacido y no existe. Un ente de ficción es una idea, y
una idea es siempre inmortal...»
—¡Soy inmortal! ¡soy inmortal!—exclamó Augusto.
—¿Qué dice usted?—acudió Liduvina.
—Que me traigas ahora... ¡qué sé yo!... jamón en dulce, fiambres,
_foie gras_, lo que haya... ¡Siento un apetito voraz!
—Así me gusta verle, señorito, así. ¡Coma, coma, que el que tiene
apetito es que está sano y el que está sano vive!
—Pero, Liduvina, ¡yo no vivo!
—Pero ¿qué dice?
—Claro, yo no vivo. Los inmortales no vivimos, y yo no vivo,
sobrevivo; ¡yo soy idea! ¡soy idea!
Empezó a devorar el jamón en dulce. «Pero si como—se decía—, ¿como
es que no vivo? ¡Como, luego existo! No cabe duda alguna. _Edo,
ergo sum!_ ¿A qué se deberá este voraz apetito?» Y entonces recordó
haber leído varias veces que los condenados a muerte en las horas
que pasan en capilla se dedican a comer. «¡Es cosa—pensaba—de que
nunca he podido darme cuenta...! Aquello otro que nos cuenta Renan
en su _Abadesa de Jouarre_ se comprende... Se comprende que una
pareja de condenados a muerte, antes de morir sientan el instinto de
sobrevivirse reproduciéndose, pero ¡comer...! Aunque sí, sí, es el
cuerpo que se defiende. El alma, al enterarse de que va a morir, se
entristece o se exalta, pero el cuerpo, si es un cuerpo sano, entra
en apetito furioso. Porque también el cuerpo se entera. Sí, es mi
cuerpo, mi cuerpo el que se defiende. ¡Como vorazmente, luego voy a
morir!»
—Liduvina, tráeme queso y pastas... y fruta...
—Esto ya me parece excesivo, señorito; es demasiado. ¡Le va a hacer
daño!
—¿Pues no decías que el que come vive?
—Sí, pero no así, como está usted comiendo ahora... Y ya sabe mi
señorito aquello de «más mató la cena, que sanó Avicena».
—A mí no puede matarme la cena.
—¿Por qué?
—Porque no vivo, no existo, ya te lo he dicho.
Liduvina fué a llamar a su marido, a quien dijo:
—Domingo, me parece que el señorito se ha vuelto loco... Dice unas
cosas muy raras... cosas de libros... que no existe... qué sé yo...
—¿Qué es eso, señorito—le dijo Domingo entrando—, qué le pasa?
—Ay, Domingo—contestó Augusto con voz de fantasma—, no lo puedo
remediar; siento un terror loco a acostarme...
—Pues no se acueste.
—No, no, es preciso; no puedo tenerme en pie.
—Yo creo que el señorito debe pasear la cena. Ha cenado en demasía.
Intentó ponerse en pie Augusto.
—¿Lo ves, Domingo, lo ves? No puedo tenerme en pie.
—Claro, con tanto embutir en el estómago...
—Al contrario, con lastre se tiene uno mejor en pie. Es que no
existo. Mira, ahora poco, al cenar me parecía como si todo eso me
fuese cayendo desde la boca en un tonel sin fondo. El que come vive,
tiene razón Liduvina, pero el que come como he comido yo esta noche,
por desesperación, es que no existe. Yo no existo...
—Vaya, vaya, déjese de bobadas; tome su café y su copa, para empujar
todo eso y asentarlo, y vamos a dar un paseo. Le acompañaré yo.
—No, no puedo tenerme en pie, ¿lo ves?
—Es verdad.
—Ven que me apoye en ti. Quiero que esta noche duermas en mi cuarto,
en un colchón que pondremos para ti, que me veles...
—Mejor será, señorito, que yo no me acueste, sino que me quede allí,
en una butaca...
—No, no, quiero que te acuestes y que te duermas; quiero sentirte
dormir, oírte roncar mejor...
—Como usted quiera...
—Y ahora, mira, tráeme un pliego de papel. Voy a poner un telegrama
que enviarás a su destino así que yo me muera...
—Pero ¡señorito...!
—¡Haz lo que te digo!
Domingo obedeció, llevóle el papel y el tintero y Augusto escribió:
«Salamanca.
Unamuno.
Se salió usted con la suya. He muerto.