XXIV

Cuando salió Augusto de su entrevista con Paparrigópulos íbase

diciendo: «De modo que tengo que renunciar a una de las dos o buscar

una tercera. Aunque para esto del estudio psicológico bien me puede

servir de tercer término, de término puramente ideal de comparación,

Liduvina. Tengo, pues, tres: Eugenia, que me habla a la imaginación,

a la cabeza; Rosario, que me habla al corazón, y Liduvina, mi

cocinera, que me habla al estómago. Y cabeza, corazón y estómago

son las tres facultades del alma que otros llaman inteligencia,

sentimiento y voluntad. Se piensa con la cabeza, se siente con el

corazón y se quiere con el estómago. ¡Esto es evidente! Y ahora...»

«Ahora—prosiguió pensando—, ¡una idea luminosa, luminosísima! Voy a

fingir que quiero pretender de nuevo a Eugenia, voy a solicitarla

de nuevo, a ver si me admite de novio, de futuro marido, claro que

no más que para probarla, como un experimento psicológico y seguro

como estoy de que ella me rechazará... ¡pues no faltaba más! Tiene

que rechazarme. Después de lo pasado, después de lo que en nuestra

última entrevista me dijo, no es posible ya que me admita. Es una

mujer de palabra, creo. Mas... ¿es que las mujeres tienen palabra?

¿es que la mujer, la Mujer, así, con letra mayúscula, la única, la

que se reparte entre millones de cuerpos femeninos y más o menos

hermosos—más bien más que menos—; es que la Mujer está obligada

a guardar su palabra? Eso de guardar su palabra, ¿no es acaso

masculino? Pero ¡no, no! Eugenia no puede admitirme; no me quiere. No

me quiere y aceptó ya mi dádiva. Y si aceptó mi dádiva y la disfruta,

¿para qué va a quererme?»

«Pero... ¿Y si, volviéndose atrás de lo que me dijo—pensó luego—,

me dice que sí y me acepta como novio, como futuro marido? Porque

hay que ponerse en todo. ¿Y si me acepta?, digo. ¡Me fastidia! ¡Me

pesca con mi propio anzuelo! ¡Eso sí que sería el pescador pescado!

Pero ¡no, no! ¡no puede ser! ¿Y si es? ¡Ah! Entonces no queda sino

resignarse. ¿Resignarse? Sí, resignarse. Hay que saber resignarse a

la buena fortuna. Y acaso la resignación a la dicha es la ciencia más

difícil. ¿No nos dice Píndaro que las desgracias todas de Tántalo

le provinieron de no haber podido digerir su felicidad? ¡Hay que

digerir la felicidad! Y si Eugenia me dice que sí, si me acepta,

entonces... ¡venció la psicología! ¡Viva la psicología! Pero ¡no,

no, no! No me aceptará, no puede aceptarme, aunque sólo sea por

salirse con la suya. Una mujer como Eugenia no da su brazo a torcer;

la Mujer, cuando se pone frente al Hombre a ver cuál es de más tesón

y constancia en sus propósitos, es capaz de todo... ¡No, no me

aceptará!»

—Rosarito le espera.

Con estas tres palabras, preñadas de sentimientos, interrumpió

Liduvina el curso de las reflexiones de su amo.

—Di, Liduvina, ¿crees tú que las mujeres sois fieles a lo que una vez

hayáis dicho? ¿sabéis guardar vuestra palabra?

—Según y conforme.

—Sí, el estribillo de tu marido. Pero contesta derechamente y no como

acostumbráis hacer las mujeres, que rara vez contestáis a lo que se

os pregunta, sino a lo que se os figuraba que se os iba a preguntar.

—Y ¿qué es lo que usted quiso preguntarme?

—Que si vosotras las mujeres guardáis una palabra que hubiéseis dado.

—Según la palabra.

—¿Cómo según la palabra?

—Pues claro está. Unas palabras se dan para guardarlas y otras para

no guardarlas. Ya nadie se engaña, porque es valor entendido...

—Bueno, bueno, di a Rosario que entre.

Y cuando Rosario entró preguntóle Augusto:

—Di, Rosario, ¿qué crees tú, que una mujer debe guardar la palabra

que dio o que no debe guardarla?

—No recuerdo haberle dado a usted palabra alguna...

—No se trata de eso, sino de si debe o no una mujer guardar la

palabra que dio...

—Ah, sí, lo dice usted por la otra... por esa mujer...

—Por lo que lo diga; ¿qué crees tú?

—Pues yo no entiendo de esas cosas...

—¡No importa!

—Bueno, ya que usted se empeña, le diré que lo mejor es no dar

palabra alguna.

—¿Y si se ha dado?

—No haberlo hecho.

«Está visto—se dijo Augusto—que a esta mozuela no la saco de ahí.

Pero ya que está aquí, voy a poner en juego la psicología, a llevar a

cabo un experimento.»

—¡Ven acá, siéntate aquí!—y le ofreció sus rodillas.

La muchacha obedeció tranquilamente y sin inmutarse, como a cosa

acordada y prevista. Augusto en cambio quedóse confuso y sin saber

por dónde empezar su experiencia psicológica. Y como no sabía qué

decir, pues... hacía. Apretaba a Rosario contra su pecho anhelante

y le cubría la cara de besos, diciéndose entre tanto: «Me parece

que voy a perder la sangre fría necesaria para la investigación

psicológica». Hasta que de pronto se detuvo, pareció calmarse, apartó

a Rosario algo de sí y la dijo de repente:

—Pero ¿no sabes que quiero a otra mujer?

Rosario se calló, mirándole fijamente y encojiéndose de hombros.

—Pero ¿no lo sabes?—repitió él.

—¿Y a mí qué me importa eso ahora...?

—¿Cómo que no te importa?

—¡Ahora, no! Ahora me quiere usted a mí, me parece.

—Y a mí también me parece, pero...

Y entonces ocurrió algo insólito, algo que no entraba en las

previsiones de Augusto, en su programa de experiencias psicológicas

sobre la Mujer, y es que Rosario, bruscamente, le enlazó los brazos

al cuello y empezó a besarle. Apenas si el pobre hombre tuvo tiempo

para pensar: «Ahora soy yo el experimentado; esta mozuela está

haciendo estudios de psicología masculina». Y sin darse cuenta de

lo que hacía sorprendióse acariciando con las temblorosas manos las

pantorrillas de Rosario.

Levantóse de pronto Augusto, levantó luego en vilo a Rosario y la

echó en el sofá. Ella se dejaba hacer, con el rostro encendido. Y

él, teniéndola sujeta de los brazos con sus dos manos, se le quedó

mirando a los ojos.

—¡No los cierres, Rosario, no los cierres, por Dios! Ábrelos. Así,

así, cada vez más. Déjame que me vea en ellos, tan chiquitito...

Y al verse a sí mismo en aquellos ojos como en un espejo vivo, sintió

que la primera exaltación se le iba templando.

—Déjame que me vea en ellos como en un espejo, que me vea tan

chiquitito... Sólo así llegaré a conocerme... viéndome en ojos de

mujer...

Y el espejo le miraba de un modo extraño. Rosario pensaba: «Este

hombre no me parece como los demás; debe de estar loco».

Apartóse de pronto de ella Augusto, se miró a sí mismo, y luego se

palpó, exclamando al cabo:

—Y ahora, Rosario, perdóname.

—¿Perdonarle? ¿por qué?

Y había en la voz de la pobre Rosario más miedo que otro sentimiento

alguno. Sentía deseos de huir, porque ella se decía: «Cuando uno

empieza a decir o hacer incongruencias no sé adónde va a parar.

Este hombre sería capaz de matarme en un arrebato de locura». Y le

brotaron unas lágrimas.

—¿Lo ves?—le dijo Augusto—¿lo ves? Sí, perdóname, Rosarito,

perdóname; no sabía lo que me hacía.

Y ella pensó: «Lo que no sabe es lo que no se hace».

—Y ahora, ¡vete, vete!

—¿Me echa usted?

—No, me defiendo. ¡No te echo, no! ¡Dios me libre! Si quieres me iré

yo y te quedas aquí tú, para que veas que no te echo.

«Decididamente, no está bueno», pensó ella y sintió lástima de él.

—Vete, vete, y no me olvides, ¿eh?—le cojió de la barbilla,

acariciándosela—. No me olvides; no olvides al pobre Augusto.

La abrazó y la dio un largo y apretado beso en la boca. Al salir la

muchacha le dirigió una mirada llena de un misterioso miedo. Y apenas

ella salió, pensó para sí Augusto: «Me desprecia, indudablemente me

desprecia; he estado ridículo, ridículo, ridículo... Pero ¿qué sabe

ella, pobrecita, de estas cosas? ¿Qué sabe ella de psicología?»

Si el pobre Augusto hubiese podido entonces leer en el espíritu de

Rosario habríase desesperado más. Porque la ingenua mozuela iba

pensando: «Cualquier día vuelvo a darme yo un rato así a beneficio de

la otra prójima...»

Íbale volviendo la exaltación a Augusto. Sentía que el tiempo perdido

no vuelve trayendo las ocasiones que se desperdiciaron. Entróle una

rabia contra sí mismo. Sin saber qué hacía y por ocupar el tiempo

llamó a Liduvina. Y al verla ante sí, tan serena, tan rolliza,

sonriéndose maliciosamente, fué tal y tan insólito el sentimiento

que le invadió, que diciéndole: «¡vete, vete, vete!», se salió a

la calle. Es que temió un momento no poder contenerse y asaltar a

Liduvina.

Al salir a la calle se encalmó. La muchedumbre es como un bosque; le

pone a uno en su lugar, le reencaja.

«¿Estaré bien de la cabeza?», iba pensando Augusto. «¿No será acaso

que mientras yo creo ir formalmente por la calle, como las personas

normales—¿y qué es una persona normal?—, vaya haciendo gestos,

contorsiones y pantomimas, y que la gente que yo creo pasa sin

mirarme o que me mira indiferentemente no sea así, sino que están

todos fijos en mí y riéndose o compadeciéndome...? Y esta ocurrencia,

¿no es acaso locura? ¿Estaré de veras loco? Y en último caso, aunque

lo esté, ¿qué? Un hombre de corazón, sensible, bueno, si no se vuelve

loco es por ser un perfecto majadero. El que no está loco es o tonto

o pillo. Lo que no quiere decir, claro está, que los pillos y los

tontos no enloquezcan.»

«Lo que he hecho con Rosarito—prosiguió pensando—ha sido ridículo,

sencillamente ridículo. ¿Qué habrá pensado de mí? Y ¿qué me importa

lo que de mí piense una mozuela así?... ¡pobrecilla! Pero... ¡con qué

ingenuidad se dejaba hacer! Es un ser fisiológico, perfectamente

fisiológico, nada más que fisiológico, sin psicología alguna. Es

inútil, pues, tomarla de conejilla de Indias o de ranita para

experimentos psicológicos. A lo sumo fisiológicos... Pero ¿es que la

psicología, y sobre todo la femenina, es algo más que fisiología, o

si se quiere psicología fisiológica? ¿Tiene la mujer alma? Y a mí

para meterme en experimentos psicofisiológicos me falta preparación

técnica. Nunca asistí a ningún laboratorio... carezco, además, de

aparatos. Y la psicofisiología exige aparatos. ¿Estaré, pues, loco?»

Después de haberse desahogado con estas meditaciones callejeras,

por en medio de la atareada muchedumbre indiferente a sus cuitas,

sintióse ya tranquilo y se volvió a casa.

Niebla (Nivola) · 第 34 / 47 题