Cuando salió Augusto de su entrevista con Paparrigópulos íbase
diciendo: «De modo que tengo que renunciar a una de las dos o buscar
una tercera. Aunque para esto del estudio psicológico bien me puede
servir de tercer término, de término puramente ideal de comparación,
Liduvina. Tengo, pues, tres: Eugenia, que me habla a la imaginación,
a la cabeza; Rosario, que me habla al corazón, y Liduvina, mi
cocinera, que me habla al estómago. Y cabeza, corazón y estómago
son las tres facultades del alma que otros llaman inteligencia,
sentimiento y voluntad. Se piensa con la cabeza, se siente con el
corazón y se quiere con el estómago. ¡Esto es evidente! Y ahora...»
«Ahora—prosiguió pensando—, ¡una idea luminosa, luminosísima! Voy a
fingir que quiero pretender de nuevo a Eugenia, voy a solicitarla
de nuevo, a ver si me admite de novio, de futuro marido, claro que
no más que para probarla, como un experimento psicológico y seguro
como estoy de que ella me rechazará... ¡pues no faltaba más! Tiene
que rechazarme. Después de lo pasado, después de lo que en nuestra
última entrevista me dijo, no es posible ya que me admita. Es una
mujer de palabra, creo. Mas... ¿es que las mujeres tienen palabra?
¿es que la mujer, la Mujer, así, con letra mayúscula, la única, la
que se reparte entre millones de cuerpos femeninos y más o menos
hermosos—más bien más que menos—; es que la Mujer está obligada
a guardar su palabra? Eso de guardar su palabra, ¿no es acaso
masculino? Pero ¡no, no! Eugenia no puede admitirme; no me quiere. No
me quiere y aceptó ya mi dádiva. Y si aceptó mi dádiva y la disfruta,
¿para qué va a quererme?»
«Pero... ¿Y si, volviéndose atrás de lo que me dijo—pensó luego—,
me dice que sí y me acepta como novio, como futuro marido? Porque
hay que ponerse en todo. ¿Y si me acepta?, digo. ¡Me fastidia! ¡Me
pesca con mi propio anzuelo! ¡Eso sí que sería el pescador pescado!
Pero ¡no, no! ¡no puede ser! ¿Y si es? ¡Ah! Entonces no queda sino
resignarse. ¿Resignarse? Sí, resignarse. Hay que saber resignarse a
la buena fortuna. Y acaso la resignación a la dicha es la ciencia más
difícil. ¿No nos dice Píndaro que las desgracias todas de Tántalo
le provinieron de no haber podido digerir su felicidad? ¡Hay que
digerir la felicidad! Y si Eugenia me dice que sí, si me acepta,
entonces... ¡venció la psicología! ¡Viva la psicología! Pero ¡no,
no, no! No me aceptará, no puede aceptarme, aunque sólo sea por
salirse con la suya. Una mujer como Eugenia no da su brazo a torcer;
la Mujer, cuando se pone frente al Hombre a ver cuál es de más tesón
y constancia en sus propósitos, es capaz de todo... ¡No, no me
aceptará!»
—Rosarito le espera.
Con estas tres palabras, preñadas de sentimientos, interrumpió
Liduvina el curso de las reflexiones de su amo.
—Di, Liduvina, ¿crees tú que las mujeres sois fieles a lo que una vez
hayáis dicho? ¿sabéis guardar vuestra palabra?
—Según y conforme.
—Sí, el estribillo de tu marido. Pero contesta derechamente y no como
acostumbráis hacer las mujeres, que rara vez contestáis a lo que se
os pregunta, sino a lo que se os figuraba que se os iba a preguntar.
—Y ¿qué es lo que usted quiso preguntarme?
—Que si vosotras las mujeres guardáis una palabra que hubiéseis dado.
—Según la palabra.
—¿Cómo según la palabra?
—Pues claro está. Unas palabras se dan para guardarlas y otras para
no guardarlas. Ya nadie se engaña, porque es valor entendido...
—Bueno, bueno, di a Rosario que entre.
Y cuando Rosario entró preguntóle Augusto:
—Di, Rosario, ¿qué crees tú, que una mujer debe guardar la palabra
que dio o que no debe guardarla?
—No recuerdo haberle dado a usted palabra alguna...
—No se trata de eso, sino de si debe o no una mujer guardar la
palabra que dio...
—Ah, sí, lo dice usted por la otra... por esa mujer...
—Por lo que lo diga; ¿qué crees tú?
—Pues yo no entiendo de esas cosas...
—¡No importa!
—Bueno, ya que usted se empeña, le diré que lo mejor es no dar
palabra alguna.
—¿Y si se ha dado?
—No haberlo hecho.
«Está visto—se dijo Augusto—que a esta mozuela no la saco de ahí.
Pero ya que está aquí, voy a poner en juego la psicología, a llevar a
cabo un experimento.»
—¡Ven acá, siéntate aquí!—y le ofreció sus rodillas.
La muchacha obedeció tranquilamente y sin inmutarse, como a cosa
acordada y prevista. Augusto en cambio quedóse confuso y sin saber
por dónde empezar su experiencia psicológica. Y como no sabía qué
decir, pues... hacía. Apretaba a Rosario contra su pecho anhelante
y le cubría la cara de besos, diciéndose entre tanto: «Me parece
que voy a perder la sangre fría necesaria para la investigación
psicológica». Hasta que de pronto se detuvo, pareció calmarse, apartó
a Rosario algo de sí y la dijo de repente:
—Pero ¿no sabes que quiero a otra mujer?
Rosario se calló, mirándole fijamente y encojiéndose de hombros.
—Pero ¿no lo sabes?—repitió él.
—¿Y a mí qué me importa eso ahora...?
—¿Cómo que no te importa?
—¡Ahora, no! Ahora me quiere usted a mí, me parece.
—Y a mí también me parece, pero...
Y entonces ocurrió algo insólito, algo que no entraba en las
previsiones de Augusto, en su programa de experiencias psicológicas
sobre la Mujer, y es que Rosario, bruscamente, le enlazó los brazos
al cuello y empezó a besarle. Apenas si el pobre hombre tuvo tiempo
para pensar: «Ahora soy yo el experimentado; esta mozuela está
haciendo estudios de psicología masculina». Y sin darse cuenta de
lo que hacía sorprendióse acariciando con las temblorosas manos las
pantorrillas de Rosario.
Levantóse de pronto Augusto, levantó luego en vilo a Rosario y la
echó en el sofá. Ella se dejaba hacer, con el rostro encendido. Y
él, teniéndola sujeta de los brazos con sus dos manos, se le quedó
mirando a los ojos.
—¡No los cierres, Rosario, no los cierres, por Dios! Ábrelos. Así,
así, cada vez más. Déjame que me vea en ellos, tan chiquitito...
Y al verse a sí mismo en aquellos ojos como en un espejo vivo, sintió
que la primera exaltación se le iba templando.
—Déjame que me vea en ellos como en un espejo, que me vea tan
chiquitito... Sólo así llegaré a conocerme... viéndome en ojos de
mujer...
Y el espejo le miraba de un modo extraño. Rosario pensaba: «Este
hombre no me parece como los demás; debe de estar loco».
Apartóse de pronto de ella Augusto, se miró a sí mismo, y luego se
palpó, exclamando al cabo:
—Y ahora, Rosario, perdóname.
—¿Perdonarle? ¿por qué?
Y había en la voz de la pobre Rosario más miedo que otro sentimiento
alguno. Sentía deseos de huir, porque ella se decía: «Cuando uno
empieza a decir o hacer incongruencias no sé adónde va a parar.
Este hombre sería capaz de matarme en un arrebato de locura». Y le
brotaron unas lágrimas.
—¿Lo ves?—le dijo Augusto—¿lo ves? Sí, perdóname, Rosarito,
perdóname; no sabía lo que me hacía.
Y ella pensó: «Lo que no sabe es lo que no se hace».
—Y ahora, ¡vete, vete!
—¿Me echa usted?
—No, me defiendo. ¡No te echo, no! ¡Dios me libre! Si quieres me iré
yo y te quedas aquí tú, para que veas que no te echo.
«Decididamente, no está bueno», pensó ella y sintió lástima de él.
—Vete, vete, y no me olvides, ¿eh?—le cojió de la barbilla,
acariciándosela—. No me olvides; no olvides al pobre Augusto.
La abrazó y la dio un largo y apretado beso en la boca. Al salir la
muchacha le dirigió una mirada llena de un misterioso miedo. Y apenas
ella salió, pensó para sí Augusto: «Me desprecia, indudablemente me
desprecia; he estado ridículo, ridículo, ridículo... Pero ¿qué sabe
ella, pobrecita, de estas cosas? ¿Qué sabe ella de psicología?»
Si el pobre Augusto hubiese podido entonces leer en el espíritu de
Rosario habríase desesperado más. Porque la ingenua mozuela iba
pensando: «Cualquier día vuelvo a darme yo un rato así a beneficio de
la otra prójima...»
Íbale volviendo la exaltación a Augusto. Sentía que el tiempo perdido
no vuelve trayendo las ocasiones que se desperdiciaron. Entróle una
rabia contra sí mismo. Sin saber qué hacía y por ocupar el tiempo
llamó a Liduvina. Y al verla ante sí, tan serena, tan rolliza,
sonriéndose maliciosamente, fué tal y tan insólito el sentimiento
que le invadió, que diciéndole: «¡vete, vete, vete!», se salió a
la calle. Es que temió un momento no poder contenerse y asaltar a
Liduvina.
Al salir a la calle se encalmó. La muchedumbre es como un bosque; le
pone a uno en su lugar, le reencaja.
«¿Estaré bien de la cabeza?», iba pensando Augusto. «¿No será acaso
que mientras yo creo ir formalmente por la calle, como las personas
normales—¿y qué es una persona normal?—, vaya haciendo gestos,
contorsiones y pantomimas, y que la gente que yo creo pasa sin
mirarme o que me mira indiferentemente no sea así, sino que están
todos fijos en mí y riéndose o compadeciéndome...? Y esta ocurrencia,
¿no es acaso locura? ¿Estaré de veras loco? Y en último caso, aunque
lo esté, ¿qué? Un hombre de corazón, sensible, bueno, si no se vuelve
loco es por ser un perfecto majadero. El que no está loco es o tonto
o pillo. Lo que no quiere decir, claro está, que los pillos y los
tontos no enloquezcan.»
«Lo que he hecho con Rosarito—prosiguió pensando—ha sido ridículo,
sencillamente ridículo. ¿Qué habrá pensado de mí? Y ¿qué me importa
lo que de mí piense una mozuela así?... ¡pobrecilla! Pero... ¡con qué
ingenuidad se dejaba hacer! Es un ser fisiológico, perfectamente
fisiológico, nada más que fisiológico, sin psicología alguna. Es
inútil, pues, tomarla de conejilla de Indias o de ranita para
experimentos psicológicos. A lo sumo fisiológicos... Pero ¿es que la
psicología, y sobre todo la femenina, es algo más que fisiología, o
si se quiere psicología fisiológica? ¿Tiene la mujer alma? Y a mí
para meterme en experimentos psicofisiológicos me falta preparación
técnica. Nunca asistí a ningún laboratorio... carezco, además, de
aparatos. Y la psicofisiología exige aparatos. ¿Estaré, pues, loco?»
Después de haberse desahogado con estas meditaciones callejeras,
por en medio de la atareada muchedumbre indiferente a sus cuitas,
sintióse ya tranquilo y se volvió a casa.