El pobre Augusto estaba consternado. No era sólo que se encontrase,
como el asno de Buridán, entre Eugenia y Rosario; era que aquello de
enamorarse de casi todas las que veía, en vez de amenguársele, íbale
en medro. Y llegó a descubrir cosas fatales.
—¡Vete, vete, Liduvina, por Dios! ¡vete, déjame solo! ¡Anda, vete!—le
decía una vez a su criada.
Y apenas ella se fué, apoyó los codos sobre la mesa, la cabeza
en las palmas de las manos, y se dijo: «¡Esto es terrible,
verdaderamente terrible! ¡Me parece que sin darme cuenta de ello
me voy enamorando... hasta de Liduvina! ¡Pobre Domingo! Sin duda.
Ella, a pesar de sus cincuenta años, aún está de buen ver, y sobre
todo bien metida en carnes; y cuando alguna vez sale de la cocina
con los brazos remangados y tan redondos... ¡vamos, que esto es una
locura! ¡Y esa doble barbilla y esos pliegues que se le hacen en el
cuello...! Esto es terrible, terrible, terrible...»
«Ven acá, Orfeo—prosiguió, cojiendo al perro—, ¿qué crees tú que debo
yo hacer? ¿Cómo voy a defenderme de esto hasta, que al fin me decida
y me case? ¡Ah, ya! ¡una idea, una idea luminosa, Orfeo! Convirtamos
a la mujer, que así se me persigue, en materia de estudio. ¿Qué te
parece de que me dedique a la psicología femenina? Sí, sí, y haré
dos monografías, pues ahora se lleva mucho las monografías; una se
titulará: _Eugenia_ y la otra: _Rosario_, añadiendo: _estudio de
mujer_. ¿Qué te parece de mi idea, Orfeo?»
Y decidió ir a consultarlo con Antolín S. —o sea Sánchez—
Paparrigópulos, que por entonces se dedicaba a estudios de mujeres,
aunque más en los libros que no en la vida.
Antolín S. Paparrigópulos era lo que se dice un erudito, un joven que
había de dar a la patria días de gloria dilucidando sus más ignoradas
glorias. Y si el nombre de S. Paparrigópulos no sonaba aún entre los
de aquella juventud bulliciosa que a fuerza de ruido quería atraer
sobre sí la atención pública, era porque poseía la verdadera cualidad
íntima de la fuerza: la paciencia, y porque era tal su respeto al
público y a sí mismo que dilataba la hora de su presentación hasta
que, suficientemente preparado, se sintiera seguro en el suelo que
pisaba.
Muy lejos de buscar con cualquier novedad arlequinesca un efímero
renombre de relumbrón cimentado sobre la ignorancia ajena, aspiraba
en cuantos trabajos literarios tenía en proyecto a la perfección que
en lo humano cabe y a no salirse, sobre todo, de los linderos de la
sensatez y del buen gusto. No quería desafinar para hacerse oir, sino
reforzar con su voz, debidamente disciplinada, la hermosa sinfonía
genuinamente nacional y castiza.
La inteligencia de S. Paparrigópulos era clara, sobre todo clara,
de una transparencia maravillosa, sin nebulosidades ni embolismos
de ninguna especie. Pensaba en castellano neto, sin asomo alguno de
hórridas brumas septentrionales ni dejos de decadentismos de bulevar
parisiense, en limpio castellano, y así era cómo pensaba sólido y
hondo, porque lo hacía con el alma del pueblo que lo sustentaba y a
que debía su espíritu. Las nieblas hiperbóreas le parecían bien entre
los bebedores de cerveza encabezada, pero no en esta clarísima España
de esplendente cielo y de sano Valdepeñas enyesado. Su filosofía era
la del malogrado Becerro de Bengoa, que después de llamar tío raro
a Schopenhauer aseguraba que no se le habrían ocurrido a éste las
cosas que se le ocurrieron, ni habría sido pesimista, de haber bebido
Valdepeñas en vez de cerveza, y que decía también que la neurastenia
proviene de meterse uno en lo que no le importa y que se cura con
ensalada de burro.
Convencido S. Paparrigópulos de que en última instancia todo es
forma, forma más o menos interior, el universo mismo un caleidoscopio
de formas enchufadas las unas en las otras y de que por la forma
viven cuantas grandes obras salvan los siglos, trabajaba con el
esmero de los maravillosos artífices del Renacimiento el lenguaje que
había de revestir a sus futuros trabajos.
Había tenido la virtuosa fortaleza de resistir a todas las corrientes
de sentimentalismo neo-romántico y a esa moda asoladora por las
cuestiones llamadas sociales. Convencido de que la cuestión social
es insoluble aquí abajo, de que habrá siempre pobres y ricos y de
que no puede esperarse más alivio que el que aporten la caridad de
éstos y la resignación de aquéllos, apartaba su espíritu de disputas
que a nada útil conducen y refugiábase en la purísima región del
arte inmaculado, adonde no alcanza la broza de las pasiones y donde
halla el hombre consolador refugio para las desilusiones de la vida.
Abominaba, además, del estéril cosmopolitismo, que no hace sino sumir
a los espíritus en ensueños de impotencia y en utopías enervadoras, y
amaba a esta su idolatrada España, tan calumniada cuanto desconocida
de no pocos de sus hijos; a esta España que le había de dar la
materia prima de los trabajos sobre que fundaría su futura fama.
Dedicaba Paparrigópulos las poderosas energías de su espíritu a
investigar la íntima vida pasada de nuestro pueblo, y era su labor
tan abnegada como sólida. Aspiraba nada menos que a resucitar a los
ojos de sus compatriotas nuestro pasado—es decir, el presente de
sus bisabuelos—, y conocedor del engaño de cuantos lo intentaban a
pura fantasía, buscaba y rebuscaba en todo género de viejas memorias
para levantar sobre inconmovibles sillares el edificio de su erudita
ciencia histórica. No había suceso pasado, por insignificante que
pareciese, que no tuviera a sus ojos un precio inestimable.
Sabía que hay que aprender a ver el universo en una gota de agua, que
con un hueso constituye el paleontólogo el animal entero y con un asa
de puchero toda una vieja civilización el arqueólogo, sin desconocer
tampoco que no debe mirarse a las estrellas con microscopio y con
telescopio a un infusorio, como los humoristas acostumbran hacer
para ver turbio. Mas aunque sabía que un asa de puchero bastaba al
arqueólogo genial para reconstruir un arte enterrado en los limbos
del olvido, como en su modestia no se tenía por genio, prefería dos
asas a una asa sola—cuantas más asas mejor—y prefería el puchero todo
al asa sola.
«Todo lo que en extensión parece ganarse, piérdese en intensidad»;
tal era su lema. Sabía Paparrigópulos que en un trabajo el más
especificado, en la más concreta monografía puede verterse una
filosofía entera, y creía, sobre todo, en las maravillas de la
diferenciación del trabajo y en el enorme progreso aportado a las
ciencias por la abnegada legión de los pincha-ranas, caza-vocablos,
barrunta-fechas y cuenta-gotas de toda laya.
Tentaban en especial su atención los más arduos y enrevesados
problemas de nuestra historia literaria, tales como el de la patria
de Prudencio, aunque últimamente, a consecuencia decíase de unas
calabazas, se dedicaba al estudio de mujeres españolas de los pasados
siglos.
En trabajos de índole al parecer insignificante era donde había que
ver y admirar la agudeza, la sensatez, la perspicacia, la maravillosa
intuición histórica y la penetración crítica de S. Paparrigópulos.
Había que ver sus cualidades así, aplicadas y en concreto, sobre lo
vivo, y no en abstracta y pura teoría; había que verle en la suerte.
Cada disertación de aquéllas era todo un curso de lógica inductiva,
un monumento tan maravilloso como la obra de Lionnet acerca de la
oruga del sauce, y una muestra, sobre todo, de lo que es el austero
amor a la santa Verdad. Huía de la ingeniosidad como de la peste y
creía que sólo acostumbrándonos a respetar a la divina Verdad, aun en
lo más pequeño, podremos rendirla el debido culto en lo grande.
Preparaba una edición popular de los apólogos de Calila y Dimna con
una introducción acerca de la influencia de la literatura índica
en la Edad Media española, y ojalá hubiese llegado a publicarla,
porque su lectura habría apartado, de seguro, al pueblo de la taberna
y de perniciosas doctrinas de imposibles redenciones económicas.
Pero las dos obras magnas que proyectaba Paparrigópulos eran una
historia de los escritores oscuros españoles, es decir, de aquellos
que no figuran en las historias literarias corrientes o figuran sólo
en rápida mención por la supuesta insignificancia de sus obras,
corrijiendo así la injusticia de los tiempos, injusticia que tanto
deploraba y aun temía, y era otra su obra acerca de aquellos cuyas
obras se han perdido sin que nos quede más que la mención de sus
nombres y a lo sumo la de los títulos de las que escribieron. Y
estaba a punto de acometer la historia de aquellos otros que habiendo
pensado escribir no llegaron a hacerlo.
Para el mejor logro de sus empresas, una vez nutrido del sustancioso
meollo de nuestra literatura nacional, se había bañado en las
extranjeras, y como esto se le hacía penoso, pues era torpe para
lenguas extranjeras y su aprendizaje exige tiempo que para más altos
estudios necesitaba, recurrió a un notable expediente, aprendido de
su ilustre maestro. Y era que leía las principales obras de crítica
e historia literaria que en el extranjero se publicaran, siempre
que las hallase en francés, y una vez que había cojido la opinión
media de los críticos más reputados, respecto a este o aquel autor,
hojeábale en un periquete para cumplir con su conciencia y quedar
libre para rehacer juicios ajenos sin mengua de su escrupulosa
integridad de crítico.
Vese, pues, que no era S. Paparrigópulos uno de esos jóvenes
espíritus vagabundos y erráticos que se pasean sin rumbo fijo por
los dominios del pensamiento y de la fantasía, lanzando acaso acá y
allá tal cual fugitivo chispazo, ¡no! Sus tendencias eran rigurosa
y sólidamente itinerarias; era de los que van a alguna parte. Si en
sus estudios no habría de aparecer nada saliente deberíase a que en
ellos todo era cima, siendo a modo de mesetas, trasunto fiel de las
vastas y soleadas llanuras castellanas donde ondea la mies dorada y
sustanciosa.
¡Así diera la Providencia a España muchos Antolines Sánchez
Paparrigópulos! Con ellos, haciéndonos todos dueños de nuestro
tradicional peculio, podríamos sacarle pingües rendimientos.
Paparrigópulos aspiraba—y aspira, pues aún vive y sigue preparando
sus trabajos—a introducir la reja de su arado crítico, aunque solo
sea un centímetro más que los aradores que le habían precedido en su
campo, para que la mies crezca, merced a nuevos jugos, más lozana
y granen mejor las espigas y la harina sea más rica y comamos los
españoles mejor pan espiritual y más barato.
Hemos dicho que Paparrigópulos sigue trabajando y preparando sus
trabajos para darlos a luz. Y así es. Augusto había tenido noticia de
los estudios de mujeres a que se dedicaba por comunes amigos de uno y
de otro, pero no había publicado nada ni lo ha publicado todavía.
No faltan otros eruditos que con la característica caridad de la
especie, habiendo vislumbrado a Paparrigópulos y envidiosos de
antemano de la fama que preven le espera, tratan de empequeñecerle.
Tal hay que dice de Paparrigópulos que, como el zorro, borra con el
jopo sus propias huellas, dando luego vueltas y más vueltas por otros
derroteros para despistar al cazador y que no se sepa por dónde fué
a atrapar la gallina, cuando si de algo peca es de dejar en pie los
andamios, una vez acabada la torre, impidiendo así que se admire y
vea bien ésta. Otro le llama desdeñosamente concinador, como si el
de concinar no fuese arte supremo. El de más allá le acusa, ya de
traducir, ya de arreglar ideas tomadas del extranjero, olvidando que
al revestirlas Paparrigópulos en tan neto, castizo y transparente
castellano como es el suyo, las hace castellanas y por ende propias
no de otro modo que hizo el P. Isla propio el _Gil Blas_ de Lesage.
Alguno le moteja de que su principal apoyo es su honda fe en la
ignorancia ambiente, desconociendo el que así le juzga que la fe es
transportadora de montañas. Pero la suprema injusticia de estos y
otros rencorosos juicios de gentes a quienes Paparrigópulos ningún
mal ha hecho, su injusticia notoria, se verá bien clara con sólo
tener en cuenta que todavía no ha dado Paparrigópulos nada a luz y
que todos los que le muerden los zancajos hablan de oídas y por no
callar.
No se puede, en fin, escribir de este erudito singular sino con
reposada serenidad y sin efectismos _nivolescos_ de ninguna clase.
En este hombre, quiero decir, en este erudito, pues, pensó Augusto,
sabedor de que se dedicaba a estudios de mujeres, claro está que
en los libros, que es tratándose de ellas lo menos expuesto, y de
mujeres de pasados siglos, que son también mucho menos expuestas para
quien las estudia que las mujeres de hoy.
A este Antolín, erudito solitario que por timidez de dirigirse a las
mujeres en la vida y para vengarse de esa timidez las estudiaba en
los libros, fué a quien acudió a ver Augusto para de él aconsejarse.
No bien le hubo expuesto su propósito prorrumpió el erudito:
—¡Ay, pobre señor Pérez, cómo le compadezco a usted! ¿Quiere estudiar
a la mujer? Tarea le mando...
—Como usted la estudia...
—Hay que sacrificarse. El estudio, y el estudio oscuro, paciente,
silencioso, es mi razón de ser en la vida. Pero yo, ya lo sabe usted,
soy un modesto, modestísimo obrero del pensamiento, que acopio y
ordeno materiales para que otros que vengan detrás de mí sepan
aprovecharlos. La obra humana es colectiva; nada que no sea colectivo
es ni sólido ni durable...
—¿Y las obras de los grandes genios? _La Divina Comedia_, la
_Eneida_, una tragedia de Shakespeare, un cuadro de Velázquez...
—Todo eso es colectivo, mucho más colectivo de lo que se cree. _La
Divina Comedia_, por ejemplo, fué preparada por toda una serie...
—Sí, ya sé eso.
—Y respecto a Velázquez... a propósito, ¿conoce usted el libro de
Justi sobre él?
Para Antolín, el principal, casi el único valor de las grandes obras
maestras del ingenio humano, consiste en haber provocado un libro
de crítica o de comentario; los grandes artistas, poetas, pintores,
músicos, historiadores, filósofos, han nacido para que un erudito
haga su biografía y un crítico comente sus obras, y una frase
cualquiera de un gran escritor directo no adquiere valor hasta que un
erudito no la repite y cita la obra, la edición y la página en que
la expuso. Y todo aquello de la solidaridad del trabajo colectivo
no era más que envidia e impotencia. Pertenecía a la clase de esos
comentadores de Homero que si Homero mismo redivivo entrase en su
oficina cantando le echarían a empellones porque les estorbaba el
trabajar sobre los textos muertos de sus obras y buscar un _apax_
cualquiera en ellas.
—Pero, bien, ¿qué opina usted de la psicología femenina?—le preguntó
Augusto.
—Una pregunta así, tan vaga, tan genérica, tan en abstracto, no tiene
sentido preciso para un modesto investigador como yo, amigo Pérez,
para un hombre que no siendo genio, ni deseando serlo...
—¿Ni deseando?
—Sí, ni deseando. Es mal oficio. Pues bien, esa pregunta carece de
sentido preciso para mí. El contestarla exigiría...
—Sí, vamos, como aquel otro cofrade de usted que escribió un libro
sobre psicología del pueblo español y siendo, al parecer, español él
y viviendo entre españoles, no se le ocurrió sino decir que éste dice
esto y aquél aquello otro y hacer una bibliografía.
—¡Ah, la bibliografía! Sí, ya sé...
—No, no siga usted, amigo Paparrigópulos, y dígame lo más
concretamente que sepa y pueda, qué le parece de la psicología
femenina.
—Habría que empezar por plantear una primera cuestión y es la de si
la mujer tiene alma.
—¡Hombre!
—Ah, no sirve desecharla así, tan en absoluto...
«¿La tendrá él?», pensó Augusto, y luego:
—Bueno, pues de lo que en las mujeres hace las veces de alma... ¿qué
cree usted?
—¿Me promete usted, amigo Pérez, guardarme el secreto de lo que le
voy a decir?... Aunque, no, no, usted no es erudito.
—¿Qué quiere usted decir con eso?
—Que usted no es uno de esos que están a robarle a uno lo último que
le hayan oído y darlo como suyo...
—Pero ¿ésas tenemos...?
—Ay, amigo Pérez, el erudito es por naturaleza un ladronzuelo; se lo
digo a usted yo, yo, yo que lo soy. Los eruditos andamos a quitarnos
unos a otros las pequeñas cositas que averiguamos y a impedir que
otro se nos adelante.
—Se comprende: el que tiene almacén guarda su género con más celo que
el que tiene fábrica; hay que guardar el agua del pozo, no la del
manantial.
—Puede ser. Pues bien, si usted, que no es erudito, me promete
guardarme el secreto hasta que yo lo revele, le diré que he
encontrado en un oscuro y casi desconocido escritor holandés del
siglo XVII una interesantísima teoría respecto al alma de la
mujer...
—Veámosla.
—Dice ese escritor, y lo dice en latín, que así como cada hombre
tiene su alma, las mujeres todas no tienen sino una sola y misma
alma, un alma colectiva, algo así como el entendimiento agente de
Averroes, repartida entre todas ellas. Y añade que las diferencias
que se observan en el modo de sentir, pensar y querer de cada mujer
provienen no más que de las diferencias del cuerpo, debidas a raza,
clima, alimentación, etc., y que por eso son tan insignificantes. Las
mujeres, dice ese escritor, se parecen entre sí mucho más que los
hombres y es porque todas son una sola y misma mujer...
—Ve ahí por qué, amigo Paparrigópulos, así que me enamoré de una me
sentí enseguida enamorado de todas las demás.
—¡Claro está! Y añade ese interesantísimo y casi desconocido
ginecólogo que la mujer tiene mucha más individualidad, pero mucha
menos personalidad, que el hombre; cada una de ellas se siente más
ella, más individual, que cada hombre, pero con menos contenido.
—Sí, sí, creo entrever lo que sea.
—Y por eso, amigo Pérez, lo mismo da que estudie usted a una mujer o
a varias. La cuestión es ahondar en aquella a cuyo estudio usted se
dedique.
—Y ¿no sería mejor tomar dos o más para poder hacer el estudio
comparativo? Porque ya sabe usted que ahora se lleva mucho esto de lo
comparativo...
—En efecto, la ciencia es comparación; mas en punto a mujeres no
es menester comparar. Quien conozca una, una sola bien, las conoce
todas, conoce a la Mujer. Además, ya sabe usted que todo lo que se
gana en extensión se pierde en intensidad.
—En efecto, y yo deseo dedicarme al cultivo intensivo y no al
extensivo de la mujer. Pero dos por lo menos... por lo menos dos...
—¡No, dos no! ¡de ninguna manera! De no contentarse con una, que yo
creo es lo mejor y es bastante tarea, por lo menos tres. La dualidad
no cierra.
—¿Cómo que no cierra la dualidad?
—Claro está. Con dos líneas no se cierra espacio. El más sencillo
polígono es el triángulo. Por lo menos tres.
—Pero el triángulo carece de profundidad. El más sencillo poliedro es
el tetraedro; de modo que por lo menos cuatro.
—Pero dos no, ¡nunca! De pasar de una, por lo menos tres. Pero ahonde
usted en una.
—Tal es mi propósito.