XXIII

El pobre Augusto estaba consternado. No era sólo que se encontrase,

como el asno de Buridán, entre Eugenia y Rosario; era que aquello de

enamorarse de casi todas las que veía, en vez de amenguársele, íbale

en medro. Y llegó a descubrir cosas fatales.

—¡Vete, vete, Liduvina, por Dios! ¡vete, déjame solo! ¡Anda, vete!—le

decía una vez a su criada.

Y apenas ella se fué, apoyó los codos sobre la mesa, la cabeza

en las palmas de las manos, y se dijo: «¡Esto es terrible,

verdaderamente terrible! ¡Me parece que sin darme cuenta de ello

me voy enamorando... hasta de Liduvina! ¡Pobre Domingo! Sin duda.

Ella, a pesar de sus cincuenta años, aún está de buen ver, y sobre

todo bien metida en carnes; y cuando alguna vez sale de la cocina

con los brazos remangados y tan redondos... ¡vamos, que esto es una

locura! ¡Y esa doble barbilla y esos pliegues que se le hacen en el

cuello...! Esto es terrible, terrible, terrible...»

«Ven acá, Orfeo—prosiguió, cojiendo al perro—, ¿qué crees tú que debo

yo hacer? ¿Cómo voy a defenderme de esto hasta, que al fin me decida

y me case? ¡Ah, ya! ¡una idea, una idea luminosa, Orfeo! Convirtamos

a la mujer, que así se me persigue, en materia de estudio. ¿Qué te

parece de que me dedique a la psicología femenina? Sí, sí, y haré

dos monografías, pues ahora se lleva mucho las monografías; una se

titulará: _Eugenia_ y la otra: _Rosario_, añadiendo: _estudio de

mujer_. ¿Qué te parece de mi idea, Orfeo?»

Y decidió ir a consultarlo con Antolín S. —o sea Sánchez—

Paparrigópulos, que por entonces se dedicaba a estudios de mujeres,

aunque más en los libros que no en la vida.

Antolín S. Paparrigópulos era lo que se dice un erudito, un joven que

había de dar a la patria días de gloria dilucidando sus más ignoradas

glorias. Y si el nombre de S. Paparrigópulos no sonaba aún entre los

de aquella juventud bulliciosa que a fuerza de ruido quería atraer

sobre sí la atención pública, era porque poseía la verdadera cualidad

íntima de la fuerza: la paciencia, y porque era tal su respeto al

público y a sí mismo que dilataba la hora de su presentación hasta

que, suficientemente preparado, se sintiera seguro en el suelo que

pisaba.

Muy lejos de buscar con cualquier novedad arlequinesca un efímero

renombre de relumbrón cimentado sobre la ignorancia ajena, aspiraba

en cuantos trabajos literarios tenía en proyecto a la perfección que

en lo humano cabe y a no salirse, sobre todo, de los linderos de la

sensatez y del buen gusto. No quería desafinar para hacerse oir, sino

reforzar con su voz, debidamente disciplinada, la hermosa sinfonía

genuinamente nacional y castiza.

La inteligencia de S. Paparrigópulos era clara, sobre todo clara,

de una transparencia maravillosa, sin nebulosidades ni embolismos

de ninguna especie. Pensaba en castellano neto, sin asomo alguno de

hórridas brumas septentrionales ni dejos de decadentismos de bulevar

parisiense, en limpio castellano, y así era cómo pensaba sólido y

hondo, porque lo hacía con el alma del pueblo que lo sustentaba y a

que debía su espíritu. Las nieblas hiperbóreas le parecían bien entre

los bebedores de cerveza encabezada, pero no en esta clarísima España

de esplendente cielo y de sano Valdepeñas enyesado. Su filosofía era

la del malogrado Becerro de Bengoa, que después de llamar tío raro

a Schopenhauer aseguraba que no se le habrían ocurrido a éste las

cosas que se le ocurrieron, ni habría sido pesimista, de haber bebido

Valdepeñas en vez de cerveza, y que decía también que la neurastenia

proviene de meterse uno en lo que no le importa y que se cura con

ensalada de burro.

Convencido S. Paparrigópulos de que en última instancia todo es

forma, forma más o menos interior, el universo mismo un caleidoscopio

de formas enchufadas las unas en las otras y de que por la forma

viven cuantas grandes obras salvan los siglos, trabajaba con el

esmero de los maravillosos artífices del Renacimiento el lenguaje que

había de revestir a sus futuros trabajos.

Había tenido la virtuosa fortaleza de resistir a todas las corrientes

de sentimentalismo neo-romántico y a esa moda asoladora por las

cuestiones llamadas sociales. Convencido de que la cuestión social

es insoluble aquí abajo, de que habrá siempre pobres y ricos y de

que no puede esperarse más alivio que el que aporten la caridad de

éstos y la resignación de aquéllos, apartaba su espíritu de disputas

que a nada útil conducen y refugiábase en la purísima región del

arte inmaculado, adonde no alcanza la broza de las pasiones y donde

halla el hombre consolador refugio para las desilusiones de la vida.

Abominaba, además, del estéril cosmopolitismo, que no hace sino sumir

a los espíritus en ensueños de impotencia y en utopías enervadoras, y

amaba a esta su idolatrada España, tan calumniada cuanto desconocida

de no pocos de sus hijos; a esta España que le había de dar la

materia prima de los trabajos sobre que fundaría su futura fama.

Dedicaba Paparrigópulos las poderosas energías de su espíritu a

investigar la íntima vida pasada de nuestro pueblo, y era su labor

tan abnegada como sólida. Aspiraba nada menos que a resucitar a los

ojos de sus compatriotas nuestro pasado—es decir, el presente de

sus bisabuelos—, y conocedor del engaño de cuantos lo intentaban a

pura fantasía, buscaba y rebuscaba en todo género de viejas memorias

para levantar sobre inconmovibles sillares el edificio de su erudita

ciencia histórica. No había suceso pasado, por insignificante que

pareciese, que no tuviera a sus ojos un precio inestimable.

Sabía que hay que aprender a ver el universo en una gota de agua, que

con un hueso constituye el paleontólogo el animal entero y con un asa

de puchero toda una vieja civilización el arqueólogo, sin desconocer

tampoco que no debe mirarse a las estrellas con microscopio y con

telescopio a un infusorio, como los humoristas acostumbran hacer

para ver turbio. Mas aunque sabía que un asa de puchero bastaba al

arqueólogo genial para reconstruir un arte enterrado en los limbos

del olvido, como en su modestia no se tenía por genio, prefería dos

asas a una asa sola—cuantas más asas mejor—y prefería el puchero todo

al asa sola.

«Todo lo que en extensión parece ganarse, piérdese en intensidad»;

tal era su lema. Sabía Paparrigópulos que en un trabajo el más

especificado, en la más concreta monografía puede verterse una

filosofía entera, y creía, sobre todo, en las maravillas de la

diferenciación del trabajo y en el enorme progreso aportado a las

ciencias por la abnegada legión de los pincha-ranas, caza-vocablos,

barrunta-fechas y cuenta-gotas de toda laya.

Tentaban en especial su atención los más arduos y enrevesados

problemas de nuestra historia literaria, tales como el de la patria

de Prudencio, aunque últimamente, a consecuencia decíase de unas

calabazas, se dedicaba al estudio de mujeres españolas de los pasados

siglos.

En trabajos de índole al parecer insignificante era donde había que

ver y admirar la agudeza, la sensatez, la perspicacia, la maravillosa

intuición histórica y la penetración crítica de S. Paparrigópulos.

Había que ver sus cualidades así, aplicadas y en concreto, sobre lo

vivo, y no en abstracta y pura teoría; había que verle en la suerte.

Cada disertación de aquéllas era todo un curso de lógica inductiva,

un monumento tan maravilloso como la obra de Lionnet acerca de la

oruga del sauce, y una muestra, sobre todo, de lo que es el austero

amor a la santa Verdad. Huía de la ingeniosidad como de la peste y

creía que sólo acostumbrándonos a respetar a la divina Verdad, aun en

lo más pequeño, podremos rendirla el debido culto en lo grande.

Preparaba una edición popular de los apólogos de Calila y Dimna con

una introducción acerca de la influencia de la literatura índica

en la Edad Media española, y ojalá hubiese llegado a publicarla,

porque su lectura habría apartado, de seguro, al pueblo de la taberna

y de perniciosas doctrinas de imposibles redenciones económicas.

Pero las dos obras magnas que proyectaba Paparrigópulos eran una

historia de los escritores oscuros españoles, es decir, de aquellos

que no figuran en las historias literarias corrientes o figuran sólo

en rápida mención por la supuesta insignificancia de sus obras,

corrijiendo así la injusticia de los tiempos, injusticia que tanto

deploraba y aun temía, y era otra su obra acerca de aquellos cuyas

obras se han perdido sin que nos quede más que la mención de sus

nombres y a lo sumo la de los títulos de las que escribieron. Y

estaba a punto de acometer la historia de aquellos otros que habiendo

pensado escribir no llegaron a hacerlo.

Para el mejor logro de sus empresas, una vez nutrido del sustancioso

meollo de nuestra literatura nacional, se había bañado en las

extranjeras, y como esto se le hacía penoso, pues era torpe para

lenguas extranjeras y su aprendizaje exige tiempo que para más altos

estudios necesitaba, recurrió a un notable expediente, aprendido de

su ilustre maestro. Y era que leía las principales obras de crítica

e historia literaria que en el extranjero se publicaran, siempre

que las hallase en francés, y una vez que había cojido la opinión

media de los críticos más reputados, respecto a este o aquel autor,

hojeábale en un periquete para cumplir con su conciencia y quedar

libre para rehacer juicios ajenos sin mengua de su escrupulosa

integridad de crítico.

Vese, pues, que no era S. Paparrigópulos uno de esos jóvenes

espíritus vagabundos y erráticos que se pasean sin rumbo fijo por

los dominios del pensamiento y de la fantasía, lanzando acaso acá y

allá tal cual fugitivo chispazo, ¡no! Sus tendencias eran rigurosa

y sólidamente itinerarias; era de los que van a alguna parte. Si en

sus estudios no habría de aparecer nada saliente deberíase a que en

ellos todo era cima, siendo a modo de mesetas, trasunto fiel de las

vastas y soleadas llanuras castellanas donde ondea la mies dorada y

sustanciosa.

¡Así diera la Providencia a España muchos Antolines Sánchez

Paparrigópulos! Con ellos, haciéndonos todos dueños de nuestro

tradicional peculio, podríamos sacarle pingües rendimientos.

Paparrigópulos aspiraba—y aspira, pues aún vive y sigue preparando

sus trabajos—a introducir la reja de su arado crítico, aunque solo

sea un centímetro más que los aradores que le habían precedido en su

campo, para que la mies crezca, merced a nuevos jugos, más lozana

y granen mejor las espigas y la harina sea más rica y comamos los

españoles mejor pan espiritual y más barato.

Hemos dicho que Paparrigópulos sigue trabajando y preparando sus

trabajos para darlos a luz. Y así es. Augusto había tenido noticia de

los estudios de mujeres a que se dedicaba por comunes amigos de uno y

de otro, pero no había publicado nada ni lo ha publicado todavía.

No faltan otros eruditos que con la característica caridad de la

especie, habiendo vislumbrado a Paparrigópulos y envidiosos de

antemano de la fama que preven le espera, tratan de empequeñecerle.

Tal hay que dice de Paparrigópulos que, como el zorro, borra con el

jopo sus propias huellas, dando luego vueltas y más vueltas por otros

derroteros para despistar al cazador y que no se sepa por dónde fué

a atrapar la gallina, cuando si de algo peca es de dejar en pie los

andamios, una vez acabada la torre, impidiendo así que se admire y

vea bien ésta. Otro le llama desdeñosamente concinador, como si el

de concinar no fuese arte supremo. El de más allá le acusa, ya de

traducir, ya de arreglar ideas tomadas del extranjero, olvidando que

al revestirlas Paparrigópulos en tan neto, castizo y transparente

castellano como es el suyo, las hace castellanas y por ende propias

no de otro modo que hizo el P. Isla propio el _Gil Blas_ de Lesage.

Alguno le moteja de que su principal apoyo es su honda fe en la

ignorancia ambiente, desconociendo el que así le juzga que la fe es

transportadora de montañas. Pero la suprema injusticia de estos y

otros rencorosos juicios de gentes a quienes Paparrigópulos ningún

mal ha hecho, su injusticia notoria, se verá bien clara con sólo

tener en cuenta que todavía no ha dado Paparrigópulos nada a luz y

que todos los que le muerden los zancajos hablan de oídas y por no

callar.

No se puede, en fin, escribir de este erudito singular sino con

reposada serenidad y sin efectismos _nivolescos_ de ninguna clase.

En este hombre, quiero decir, en este erudito, pues, pensó Augusto,

sabedor de que se dedicaba a estudios de mujeres, claro está que

en los libros, que es tratándose de ellas lo menos expuesto, y de

mujeres de pasados siglos, que son también mucho menos expuestas para

quien las estudia que las mujeres de hoy.

A este Antolín, erudito solitario que por timidez de dirigirse a las

mujeres en la vida y para vengarse de esa timidez las estudiaba en

los libros, fué a quien acudió a ver Augusto para de él aconsejarse.

No bien le hubo expuesto su propósito prorrumpió el erudito:

—¡Ay, pobre señor Pérez, cómo le compadezco a usted! ¿Quiere estudiar

a la mujer? Tarea le mando...

—Como usted la estudia...

—Hay que sacrificarse. El estudio, y el estudio oscuro, paciente,

silencioso, es mi razón de ser en la vida. Pero yo, ya lo sabe usted,

soy un modesto, modestísimo obrero del pensamiento, que acopio y

ordeno materiales para que otros que vengan detrás de mí sepan

aprovecharlos. La obra humana es colectiva; nada que no sea colectivo

es ni sólido ni durable...

—¿Y las obras de los grandes genios? _La Divina Comedia_, la

_Eneida_, una tragedia de Shakespeare, un cuadro de Velázquez...

—Todo eso es colectivo, mucho más colectivo de lo que se cree. _La

Divina Comedia_, por ejemplo, fué preparada por toda una serie...

—Sí, ya sé eso.

—Y respecto a Velázquez... a propósito, ¿conoce usted el libro de

Justi sobre él?

Para Antolín, el principal, casi el único valor de las grandes obras

maestras del ingenio humano, consiste en haber provocado un libro

de crítica o de comentario; los grandes artistas, poetas, pintores,

músicos, historiadores, filósofos, han nacido para que un erudito

haga su biografía y un crítico comente sus obras, y una frase

cualquiera de un gran escritor directo no adquiere valor hasta que un

erudito no la repite y cita la obra, la edición y la página en que

la expuso. Y todo aquello de la solidaridad del trabajo colectivo

no era más que envidia e impotencia. Pertenecía a la clase de esos

comentadores de Homero que si Homero mismo redivivo entrase en su

oficina cantando le echarían a empellones porque les estorbaba el

trabajar sobre los textos muertos de sus obras y buscar un _apax_

cualquiera en ellas.

—Pero, bien, ¿qué opina usted de la psicología femenina?—le preguntó

Augusto.

—Una pregunta así, tan vaga, tan genérica, tan en abstracto, no tiene

sentido preciso para un modesto investigador como yo, amigo Pérez,

para un hombre que no siendo genio, ni deseando serlo...

—¿Ni deseando?

—Sí, ni deseando. Es mal oficio. Pues bien, esa pregunta carece de

sentido preciso para mí. El contestarla exigiría...

—Sí, vamos, como aquel otro cofrade de usted que escribió un libro

sobre psicología del pueblo español y siendo, al parecer, español él

y viviendo entre españoles, no se le ocurrió sino decir que éste dice

esto y aquél aquello otro y hacer una bibliografía.

—¡Ah, la bibliografía! Sí, ya sé...

—No, no siga usted, amigo Paparrigópulos, y dígame lo más

concretamente que sepa y pueda, qué le parece de la psicología

femenina.

—Habría que empezar por plantear una primera cuestión y es la de si

la mujer tiene alma.

—¡Hombre!

—Ah, no sirve desecharla así, tan en absoluto...

«¿La tendrá él?», pensó Augusto, y luego:

—Bueno, pues de lo que en las mujeres hace las veces de alma... ¿qué

cree usted?

—¿Me promete usted, amigo Pérez, guardarme el secreto de lo que le

voy a decir?... Aunque, no, no, usted no es erudito.

—¿Qué quiere usted decir con eso?

—Que usted no es uno de esos que están a robarle a uno lo último que

le hayan oído y darlo como suyo...

—Pero ¿ésas tenemos...?

—Ay, amigo Pérez, el erudito es por naturaleza un ladronzuelo; se lo

digo a usted yo, yo, yo que lo soy. Los eruditos andamos a quitarnos

unos a otros las pequeñas cositas que averiguamos y a impedir que

otro se nos adelante.

—Se comprende: el que tiene almacén guarda su género con más celo que

el que tiene fábrica; hay que guardar el agua del pozo, no la del

manantial.

—Puede ser. Pues bien, si usted, que no es erudito, me promete

guardarme el secreto hasta que yo lo revele, le diré que he

encontrado en un oscuro y casi desconocido escritor holandés del

siglo XVII una interesantísima teoría respecto al alma de la

mujer...

—Veámosla.

—Dice ese escritor, y lo dice en latín, que así como cada hombre

tiene su alma, las mujeres todas no tienen sino una sola y misma

alma, un alma colectiva, algo así como el entendimiento agente de

Averroes, repartida entre todas ellas. Y añade que las diferencias

que se observan en el modo de sentir, pensar y querer de cada mujer

provienen no más que de las diferencias del cuerpo, debidas a raza,

clima, alimentación, etc., y que por eso son tan insignificantes. Las

mujeres, dice ese escritor, se parecen entre sí mucho más que los

hombres y es porque todas son una sola y misma mujer...

—Ve ahí por qué, amigo Paparrigópulos, así que me enamoré de una me

sentí enseguida enamorado de todas las demás.

—¡Claro está! Y añade ese interesantísimo y casi desconocido

ginecólogo que la mujer tiene mucha más individualidad, pero mucha

menos personalidad, que el hombre; cada una de ellas se siente más

ella, más individual, que cada hombre, pero con menos contenido.

—Sí, sí, creo entrever lo que sea.

—Y por eso, amigo Pérez, lo mismo da que estudie usted a una mujer o

a varias. La cuestión es ahondar en aquella a cuyo estudio usted se

dedique.

—Y ¿no sería mejor tomar dos o más para poder hacer el estudio

comparativo? Porque ya sabe usted que ahora se lleva mucho esto de lo

comparativo...

—En efecto, la ciencia es comparación; mas en punto a mujeres no

es menester comparar. Quien conozca una, una sola bien, las conoce

todas, conoce a la Mujer. Además, ya sabe usted que todo lo que se

gana en extensión se pierde en intensidad.

—En efecto, y yo deseo dedicarme al cultivo intensivo y no al

extensivo de la mujer. Pero dos por lo menos... por lo menos dos...

—¡No, dos no! ¡de ninguna manera! De no contentarse con una, que yo

creo es lo mejor y es bastante tarea, por lo menos tres. La dualidad

no cierra.

—¿Cómo que no cierra la dualidad?

—Claro está. Con dos líneas no se cierra espacio. El más sencillo

polígono es el triángulo. Por lo menos tres.

—Pero el triángulo carece de profundidad. El más sencillo poliedro es

el tetraedro; de modo que por lo menos cuatro.

—Pero dos no, ¡nunca! De pasar de una, por lo menos tres. Pero ahonde

usted en una.

—Tal es mi propósito.

Niebla (Nivola) · 第 33 / 47 题