Los certámenes musicales, esas justas en que combaten la inspiración, el
buen gusto y la preceptiva, contribuyen poderosamente al desarrollo del
arte, no solamente por el estímulo que establecen entre los compositores
sino porque fomentan las aficiones del público y las dirigen por buenas
sendas, si la selección de los temas ha sido hecho con maestría.
El objetivo de los certámenes no es tan sólo el de adjudicar premios a
las mejores obras, que dentro de los términos de las convocatorias se
presentan a los concursos, sino que tienden más principalmente a mejorar
las formas generales de la producción musical.
De aquí, el que los compositores no deben circunscribirse a vaciar sus
inspiraciones, a veces apresuradamente, sin orientación fija o
desconocimiento de la génesis de los temas, dentro del molde trivial de
los géneros escogidos para el torneo, sino que deben consultar los
mejores modelos, y después de estar familiarizados con la estructura
general, con pensamiento temático bien definido y meditado,
desarrollarlo con la mayor perfección, dentro de los conocimientos que
posean, tratando de presentar un estilo, propio, original y a ser
posible con novedades de giros e instrumentación, sin olvidarse de que
dichas obras, sobre todo las premiadas, perduran, pues se publican o
archivan y en todo tiempo se podrá apreciar la justicia, error o
apasionamiento de los laudos.
Hasta hoy, los certámenes musicales que se han celebrado en Puerto Rico,
como se hace en casi todas partes, no han tenido otras finalidades que
las de fomentar la producción, olvidándose, casi en absoluto de mejorar,
con el estímulo, las condiciones de los intérpretes.
Por lo mismo que carecemos de centros docentes de carácter oficial,
estando la enseñanza localizada a los esfuerzos y mayor o menor interés
de los profesores particulares, pues con rareza funcionan academias en
que se de enseñanza metódica, si anualmente se hicieran concursos en que
maestros y educandos manifestaran sus métodos y adelantos, el arte
adquiriría un poderoso desarrollo pues se daría interpretación adecuada
a obras, propias y extrañas, que en tanto por ciento muy alzado, lo que
se hace es guillotinarlas, si se nos permite la expresión.
Convóquense certámenes en que se concedan premios en metálico y diplomas
de honor a los profesores que presenten mejores planes de enseñanza, y
cuyos resultados puedan apreciarse mediante la presentación de una
alumna por cada grado de la enseñanza del plan; concédanse premios
idénticos para las alumnas que en esas justas demuestren prácticamente
la mejor escuela y los mayores progresos; hágase lo propio con los
grupos orquestales o instrumentales, otorgando honores al mejor
director, al conjunto más eficiente en organización y ejecución, y hasta
a los mejores solistas y en pocos años el progreso general será notable
y el gusto público se habrá refinado, sin que por esto se abandone el
fomento de la composición.
Los certámenes se empezaron a efectuar en el país el año 1854, con la
primera Feria celebrada en San Juan.
De entonces a acá se han generalizado hasta casi celebrarse anualmente.
El Ateneo es el centro cultural que se lleva la palma por la frecuencia
con que los convoca.
Aunque no con los detalles que desearamos, pues no hemos sido
afortunados en la búsqueda de actas o referencias dignas de crédito,
reseñaremos todos los que se han realizado, por orden correlativo de
fechas.