_Al Maestro Felipe Gutiérrez._
Despierta Gutiérrez y escucha la dulce,
cordial despedida que entona el laúd;
es canto de glorias que al Genio se ofrece,
y el labio sincero te dice ¡Salud!
Mil tristes adioses, suspiros del alma,
¡Oh dulce Gutiérrez! te siguen en pos;
las aves de blanco, de bello plumaje,
con tiernas canciones te dicen ¡Adiós!
Tú partes muy lejos en pos de la gloria
de verdes laureles que cubran tu sién;
que llenen los cielos tu senda de flores,
cantor de la bella, feliz Borinquén.
¡Adiós! ya la nave de prora flexible
divide las olas del hórrido mar,
sus brisas tempranas impelen tu nave
y en sones dolientes, ¡adiós te dirán!
De Viena se trasladó el maestro a París, acompañado por el insigne
pintor portorriqueño Frasquito Oller.
Poco fruto obtuvo el maestro de tal viaje.
Aparte de que los cuarentiocho años que contaba por aquel entonces no
es edad propia para perfeccionarse en la música, tampoco era Viena, y
mucho menos en plena Feria, más bien industrial que artística, lugar a
propósito para el objeto que el maestro perseguía.
En París no hizo tampoco cosa de provecho. Visitó a Monsieur Mathias, a
quien dedicó un cuarteto de cuerda, que el insigne maestro francés
ejecutó delante de él, y de repente, en el piano.
Por cierto, que al enterarse de que Gutiérrez era procedente de Puerto
Rico, nombre que oía por primera vez (al menos aplicado a una isla),
trajo a la vista un mapa-mundi de pequeñas dimensiones y ¡oh amarga
decepción para el maestro borinqueño! Puerto Rico no figuraba en el
mapa; y por más que nuestro paisano señalaba el sitio donde debía estar
la isla, sólo veía a Cuba representada por una raya, Santo Domingo por
un punto y Puerto Rico desaparecía en la proporción.
"Hasta ese día para mí memorable"--decíanos una vez el maestro--"no me
había dado cuenta exacta de la pequeñez de nuestro país, así como del
completo desconocimiento que acerca de los portorriqueños se tiene en el
resto del mundo."
* * * * *
La música de Gutiérrez podría subdividirse en dos estilos o maneras:
comienza la primera con la misa en _do mayor_ de que ya nos hemos
ocupado, terminando con la misa de la Purificación. A partir de esta
obra, ya empieza a notarse una nueva tendencia en las composiciones del
maestro; tendencia fatal a nuestro juicio, pues ella consistía en
sacrificar la forma melódica (que era en lo que más descollaba el
maestro), para amoldarse, según decía a las exigencias de la _nueva
escuela_. (?)
Pero a pesar de esa explicación del maestro, lo que hay de verdad en el
asunto es que un crítico musical de aquella época, se lamentaba de que
la música religiosa de Gutiérrez fuera tan melosa, al extremo de
distraer el fervor religioso de los oyentes, inspirándoles cierta
sensación mundana. De ahí el que nuestro músico, tomando a pecho la
impertinente censura del crítico, cambiara completamente de rumbo, y
comenzara a torturar su inspiración melódica, escribiendo una música de
carácter más bien sinfónico que religioso; y es por eso que la _gloria_
y el _credo_ de sus últimas misas no son otra que tiempos de sonata para
orquesta con acompañamientos de las voces, es decir: una forma contraria
en todo a la que siempre había empleado. Y lo peor del caso es que el
maestro no encontró la fórmula que perseguía, o sea la que tanta fama
diera a Palestrina, Pergolesse, Victoria y Morales; por más que
queriendo imitar al autor de la _Improperia_ utilizaba como tema de sus
composiciones las melodías del canto llano.
Y éste fué el gran error del maestro. No tuvo en cuenta que los grandes
maestros modernos que han escrito música religiosa, entre ellos,
Bellini, Mercadante, Rossini y Verdi, y aún el mismo Mozart en su
_Requiem_ y en el _Ave Verum_ no trataron de imitar a los maestros del
siglo XVI, sino que escribieron música religiosa a su modo y tal como
ellos la sentían. Por otra parte nuestro biografiado escribía para la
orquesta de Capilla de la cual fué director por espacio de cuarenta
años, y con su nueva tendencia de dar preponderancia a la orquesta sobre
las voces, sus composiciones resultaban tan deficientes como la orquesta
para la cual escribía. En efecto: dicha orquesta carecía de Viola, Oboe
y Fagot. En cambio tenía dos trompas, dos clarinetes y un bombardino;
siendo la proporción de seis instrumentos de viento por cinco de cuerda.
Varias veces aconsejamos al maestro la substitución del segundo
clarinete por un oboe, la del bombardino por un fagot y las dos trompas
por otro violín y una viola; y aún cuando algo intentó en ese sentido,
parece que a dicha reforma se oponía el Cabildo de Catedral y hubo que
desistir de ello.
Vamos a terminar este trabajo, ya extenso en demasía.
Después de la muerte de Gutiérrez, ocurrida en 1900, ya nadie volvió a
acordarse de que había existido tal artista, hasta hace algunos años que
dos buenos portorriqueños, Federico Degetau y Emilio del Toro Cuebas,
organizaron una velada en el Ateneo para honrar la memoria de
Gutiérrez.[20] Falta ahora que la actual Directiva del Ateneo haga
colocar en sus salones un retrato del maestro, junto a los señores
Tavárez y Campos.
[20] No como rectificación al señor Dueño Colón, ni mucho menos
para restar prestigios a los señores Degetau y Toro Cuebas, cuya
labor constante por enaltecer el nombre portorriqueño es reconocida
y apreciada por el país, y sí como aclaración histórica que
consideramos pertinente, diremos: que la velada en honor a la
memoria del maestro Gutiérrez, fué la secuela de la ofrenda que
hiciéramos al Ateneo, de un retrato al _crayón_, de Don Felipe,
siendo Presidente el distinguido abogado y literato señor Texidor,
al que exitábamos, en la carta que acompañábamos con el envío, para
que organizase en dicho Centro, del que había sido socio fundador
Gutiérrez, un acto público, similar al realizado en honor de Campos
y otros artistas, de manera que en la historia de nuestro primer
centro cultural, figurase tan honrosa página en pro de nuestro
primer maestro compositor.
Por cierto, que como el señor Texidor, tardase bastante tiempo en
acusar recibo de nuestra humilde, pero sincera ofrenda, debido,
según nos explicó después, a no encontrarse en San Juan cuando
llegó el retrato, nos vimos precisados a dirigirle una carta
abierta en la prensa, que dió por resultado la inmediata
organización de la velada, que tomaron bajo su égida los señores
Degetau y Toro Cuebas, quienes, en magistrales discursos, supieron
exponer los méritos del gran maestro. El retrato donado, aunque
representaba a Gutiérrez en su juventud, figuró durante muchos años
en el salón de actos del Ateneo, pero hemos notado, con bastante
tristeza, que recientemente ha desaparecido, como también el de
otros artistas músicos que figuraban allí dignamente, sin que
hayamos podido encontrar causa alguna que justifique el hecho.--F.
C.
Antes de terminar, séanos permitido dar aquí una reseña, con algunos
comentarios, no de todas las obras del maestro, porque llenaría tantas
páginas como las que llevamos escritas, sino de las composiciones más
conocidas y que ponen más de relieve las extraordinarias facultades
artísticas del autor.