La vida de aquel artista eminentemente virtuoso, a quien sus discípulos
llamaban "Maestro Gutiérrez," fué una serie, jamás interrumpida, de
amargos sinsabores, producida por la escasez de recursos con que atender
al sostenimiento de sus numerosas hermanas, las que como él, quedaron en
la mayor estrechez pecuniaria a la muerte de su padre.
Esclavo de sus deberes fraternales y llevándolos, si se quiere, a la
exageración, permaneció célibe toda su juventud.--"Muerto mi padre,
solía decir, yo lo soy de mis hermanas, y no tengo derecho, por
consiguiente, a someterlas a privaciones, como indudablemente ocurriría
si se aumentaran los gastos de la casa."
La figura de Gutiérrez, una vez vista, no era fácil olvidarla. De alta
estatura, algo cargado de espaldas, muy trigueño, de amplia frente, de
mirada casi siempre distraída y andar pausado y lento; tales eran los
rasgos característicos de aquella noble figura.
Era de carácter afable con todo el mundo y en extremo cariñoso con los
niños; de ideas liberales en política, y una mezcla de católico y
libre-pensador, que hacía sonreir a sus amigos.
Laborioso como pocos, no abandonaba el trabajo sino a las horas de
comida y del descanso; y frecuentemente le sorprendía la media noche
ante su mesa de trabajo.
Sin haber tenido otra instrucción que la primaria que se adquiría en
las escuelas de aquel tiempo, leía mucho y con provecho, llegando a
adquirir algunos conocimientos que aplicaba con gran oportunidad en su
fluída y agradable conversación.
Le preocupaba mucho su fama, pero no sabía cultivarla; y aún cuando
poseía plena conciencia de su valer, tenía que luchar con las
reputaciones viejas; como si dijéramos: los _intereses creados_.
Desgraciadamente para el maestro, no solamente carecía de aptitudes para
esa clase de luchas, sino que vivió siempre en la creencia de que, al
fin y al cabo, sus paisanos habrían de reconocer su mérito y se
apresurarían a proclamar, _urbi et orbe_, su indiscutible supremacía
sobre los demás compositores del país.
Cuando conocí al Maestro Gutiérrez frisaba este en los cuarenta. Había
nacido en 1825. Vestía siempre de negro y era gran bebedor de café y
fumador empedernido.
Tal era el hombre.
Veamos ahora como era el artista.
* * * * *
Gutiérrez fué, cual otro Campeche, un inspirado que, sin preparación
adecuada y guiado sólo por su fantasía inagotable, escribió más de
trescientas composiciones, en las que abarcó todos los géneros, el de la
ópera inclusive. De ésto último son gallardas muestras las partituras de
_Guarionex_, Macías y _El Bearnés_. Escribió también una zarzuela
titulada _El Amor de un Pescador_.
La ópera _Guarionex_, cuyo libro fué escrito por Alejandro Tapia, obtuvo
un lisonjero éxito la noche de su estreno, habiéndose repetido después
unas cuantas veces.
Pero en donde más descolló el genio musical de Gutiérrez fué
indudablemente, en el género religioso.
Siendo maestro de Capilla de la Catedral de San Juan, hizo un profundo
estudio del Canto Gregoriano, y aún cuando no lo aplicó en toda su
pureza, tomó de él sus elementos de tonalidad y utilizó, como tema para
sus misas, los himnos con que la Iglesia Católica celebra las
principales festividades del año. Tal es la base sobre la cual descansan
las últimas producciones religiosas del maestro, entre otras, las misas
de la "Circuncisión," "Purificación", "Corpus-Christi" etc., etc.
En todas sus composiciones demostró siempre un delicado gusto estético.
Era, además muy hábil contrapuntista. Sentía predilección por la música
pura, y era admirador ferviente de Mozart. Esto no obstante, en sus
obras teatrales,--en _Guarionex_ sobre todo--, se nota la influencia de
Donizetti.
Desdeñaba el aplauso de la muchedumbre, dándose por satisfecho con la
aprobación de sus discípulos, cuya opinión, así como la de su
inteligente hermana Justina, solicitaba siempre con ahinco. No componía
música por lucro, puesto que jamás cobró nada por sus producciones; y,
sin embargo, tal era la necesidad que tenía de dar salida a su
desbordante inspiración, que escribía incesantemente, de día y de noche,
hasta enfermar.
Desde muy niño emprendió el estudio de la música bajo la dirección de su
padre Don Julián, músico español de medianos alcances, pero de una larga
práctica profesional, el cual llegó a esta Isla en 1815, incorporado al
regimiento de infantería de "Granada".
Digamos, de paso, que este fué el regimiento que se sublevó en 1835,
cuando nuestro Don Felipe sólo contaba diez años; y puede calcularse
cuan grande sería el pesar de la familia, por más que Don Julián--músico
al fin--no era de carácter revolucionario, y no tomó parte, ni poca ni
mucha, en la que, posteriormente se ha llamado: "revolución de San
Rafael", por haberse dado el grito el día 24 de octubre.
Con tal aprovechamiento estudió la música nuestro biografiado, que a los
diez y ocho años ya conocía los principales instrumentos, entre ellos el
piano, y componía largo y tendido, en casi todos los géneros. Cuando
apenas tenía veinte años, fué nombrado músico mayor del batallón de
Iberia, del cual era músico de segunda clase su señor padre y maestro,
por haberse disuelto el sedicioso regimiento de Granada.
Disuelto también más adelante el de Iberia, quedó reducido nuestro
artista a lo que le pagaban por dar lecciones a domicilio y por tocar
algún instrumento en las orquestas, hasta que más adelante (año 1858)
obtuvo, por oposición, la plaza de maestro de Capilla de la Catedral de
Puerto Rico.
De esa época es la popular misa en do mayor, que se ha cantado en todas
las iglesias de la isla, el "Magnificat", el "Miserere" y la _segunda
Lamentación_ que se canta el miércoles santo. Quince años después
escribió la "Tercera Lamentación" en sol menor, que es una obra maestra,
tan llena de sentimiento, que no es posible oirla sin que se agolpen las
lágrimas a los ojos.
No pasaremos adelante sin hacer constar que fué el maestro Gutiérrez
quien, imitando primero a Don Domingo Delgado, compositor de aquella
época, y adaptando más tarde un estilo propio más brillante y original
que el de su predecesor, causó una revolución entre nuestro pequeño
mundo artístico. Por lo pronto llegó a desterrar para siempre de las
iglesias de San Juan, las extravagantes composiciones religiosas que se
venían ejecutando, entre las cuales no era raro encontrarse con un
"_Aire de Fandango_", o, como tuve ocasión de ver en el archivo de
música de la Capilla de Catedral, un _embutido_, en la Gloria de una
misa, de la antigua canción que empieza así:--"Ojalá que Alejandra--tan
bella--comprendiera las penas de amor".--[18]
[18] Es indudable que la composición a que alude el señor Dueño
Colón, sería importada por los antiguos organistas o maestros de
Capilla, de la "Del Sacramento", mencionada en el primer capítulo
de este libro, ya que, y a pesar de la reforma radical, que
hicieran Morales y Palestrina (siglo XVI.) dicha música, por más de
un siglo, continuó ejecutándose en las iglesias de España y de sus
colonias americanas.--F. C.
Durante la década comprendida entre 1860 y 1870, disfrutó el maestro de
alguna holgura en sus medios de vivir, gracias a una sociedad musical
que formó con Don Sandalio Callejo, distinguido profesor, que supo
obtener gloria,--bien merecida por cierto,--y provecho de un arte
improductivo hasta aquella fecha.
Al cesar la soberanía de España, cesó también en su destino de Maestro
de Capilla, pasando a desempeñar, después de algunos días de hambre, la
plaza de _Conserje del Instituto de Segunda Enseñanza_, con cuarenta
pesos mensuales.[19]
[19] De tal nombramiento protestó enérgicamente el autor de esta
obra, desde las columnas del periódico, no recordamos el nombre,
que por entonces dirigía en Ponce, el connotado literato dominicano
D. E. Deschamps.--F. C.
Suprimido poco después el Instituto, fué pencionado por el municipio de
San Juan con _¡Veinte Pesos Mensuales!_
La verdad es que se presta a muy amargos comentarios el hecho de que el
Gobierno español, como se verá más adelante, concediera a nuestro
artista una subvención de mil pesos para que se trasladara a Europa por
dos o tres meses, así como que el Gobierno americano haya pensionado
posteriormente, con bastante largueza, a varios artistas y literatos, y
que el gobierno autonómico, el único genuinamente portorriqueño que
hemos tenido, dejara morir, casi de inanición al más inspirado de los
artistas portorriqueños.
Continuemos. Después de tan doloroso viacrucis, y cansado de tanta
lucha, dejó de existir el incomparable maestro.
* * * * *
Era tal su facilidad para componer y tan fecunda su inspiración, que no
era raro verle escribir, en horas y de un tirón, obras que a cualquier
otro hubieran ocupado algunos días.
Entre otros, citaré los siguientes casos.
Ausentábase para la Isla de Cuba un alto empleado español que había sido
buen amigo de los portorriqueños, y, con tal motivo, se intentó, a
última hora, obsequiarle con una serenata.
Estaban los iniciadores reunidos en la imprenta de Acosta, y allí mismo,
y sobre el escritorio de Don Pepe Acosta escribió Ramón Marín una tierna
despedida en verso, cuya lectura fué acogida con gran entusiasmo por los
concurrentes. Faltaba quien pusiera música a los versos, y, ¡oh oportuna
casualidad!: por la acera de enfrente iba a la sazón, a paso lento, y
ensimismado, como era su costumbre, el maestro Gutiérrez.
Llamáronle para encargarle la música de la serenata, a lo que se prestó
sin vacilar. Eran las diez de la mañana. El vapor correo se esperaba
dos días después; así era que el acto debía llevarse a cabo al día
siguiente.
Pues bien: a las tres de la tarde estaba compuesta e instrumentada la
serenata, que constaba de una introducción a gran orquesta, un coro y
tres estrofas.
Al siguiente día por la noche el pueblo congregado en los alrededores
del Casino Español, local escogido por el magnate para recibir el
homenaje que se le tributaba, pudo saborear las bellezas que el maestro
prodigara en aquella obra que no había de ejecutarse más que una sola
vez.
A la terminación del himno, tanto el pueblo soberano como la inmensa
concurrencia que llenaba los salones del Casino, premiaba la labor del
maestro con una prolongada salva de aplausos, disputándose todos el
honor de estrechar su mano; porque eso sí: no ha habido artista en
Puerto Rico que haya sido más sahumado por el vaho glorioso que
Gutiérrez; así como no ha habido otro tampoco que haya sido menos
favorecido por el _sonido argentino_. De Gutiérrez puede decirse que la
gloria le perseguía, pero el dinero huía de él.
En otra ocasión se había proyectado una velada en el Teatro en
celebración de no recuerdo que suceso. La fiesta había de comenzar con
un himno cantado por más de cincuenta voces, acompañadas por una
orquesta de cien músicos; pero sucedió que el poeta encargado de hacer
los versos se enfermó, y no pudo entregarlos hasta la antevíspera de la
fiesta. También fué el maestro Gutiérrez el que esta vez salvó la
situación, escribiendo en dos o tres horas la música del himno, con el
cual comenzó la velada a la noche siguiente.
Cuéntase, también, que cierto día y durante el sermón de una misa cuya
orquesta dirigía, escribió, sentado en la escalera que daba acceso al
coro, un primoroso Ofertorio, que fué ejecutado en aquel mismo acto,
causando la admiración de los músicos, a pesar de lo acostumbrados que
estaban a admirar aquel _fenómeno artístico_.
Para terminar la relación de estos rasgos de pasmosa espontaneidad,
citaré el hecho siguiente, de que fuí testigo.
Estrenábase en el Teatro de San Juan por la compañía dramática de
Gonzalo Duelos el drama titulado "El músico de la Murga". En el segundo
acto, una murga ejecutaba un bolero frente a una casa, y como el maestro
Gutiérrez, que dirigía por aquel entonces la orquesta del Teatro,
encontrase muy defectuosa la composición que le entregara Duclós, allí
mismo, detrás de los mismos papeles, y mientras los actores ensayaban el
drama, escribió otro bolero tan lindo, tan original y al mismo tiempo de
un dejo tan amargo, en consonancia con la situación del protagonista de
la obra, que Duclós abrazó lleno de efusión al maestro, y se llevó el
bolero, cuyo autor habrá permanecido ignorado, porque, según nos dijo
más tarde el maestro, se había olvidado de firmarlo.
Así como Campeche era aficionado a la música y llegó a ser un hábil
instrumentista, nuestro biografiado tenía también regulares aptitudes
para el dibujo y la pintura.
Recordamos haberle encontrado muchas veces pintando paisajes en las
paredes del comedor y del patio de su casa, y es muy común encontrar en
sus originales, los caprichosos dibujos a la pluma, con los cuales
tachaba las frases que no salían a su gusto.
Por cierto que esa afición a la pintura fué causa de que cierto día lo
encarcelaran.
Véase como ocurrió el caso.
Celebrábase, no recordamos que fiesta en la casa Ayuntamiento, en la que
tomaba parte la orquesta de capilla que dirigía el maestro. Mientras
llegaba la hora de comenzar el acto, dirigióse nuestro hombre al salón
de sesiones y situóse delante del retrato del general Ramón de Castro,
obra, como todos saben, de Campeche.
Tan abstraído se encontraba el maestro contemplando aquel admirable
sombrero del general, que no oyó la orden del corregidor don Rosendo
Mauriz de la Vega, mandando despejar el salón, porque iba a reunirse el
Consejo. Viendo el Corregidor que aquel señor trigueño, alto y con una
levita algo antigua, no se daba por entendido, ordenó a un corchete que
hiciera salir de allí a aquel intruso.
El alguacil, ni tardo ni perezoso, y obedeciendo a la voz de su amo, fué
y agarró por un brazo al maestro para sacarlo del salón. Al sentir la
mano del corchete sobre su brazo, lo repelió con fuerza diciendo: "¡Yo
puedo permanecer aquí, porque soy el Maestro de Capilla!"
El Corregidor que oyó ésto, se puso de pié y gritó con arrogancia al
guardia: "No ande usted con más contemplaciones y lléveme a ese maestro
de capilla a la cárcel."
Y lo llevaron a la cárcel. Así como suena.
Y si no es porque vino en su auxilio Aurelio Dueño--padre del que esto
escribe y gran amigo y admirador de Gutiérrez--probablemente hubiera
dormido aquella noche en la cárcel el autor de _Guarionex_.
* * * * *
El 24 de abril de 1876 se embarcó el maestro con rumbo a Europa,
habiendo sido pensionado por la Diputación Provincial y el Ayuntamiento
para que visitara la exposición de Viena. La noche antes de embarcarse
sus discípulos le llevaron una serenata, en la que se cantó un himno
cuya música había compuesto el maestro italiano don Rosario, Aruti. La
letra del himno, que va a continuación, se debe al numen del poeta
Manuel Dueño Colón, hermano del autor de estas líneas.