1660-1800
El arte musical, en la forma en que ha llegado hasta nosotros, tuvo su
origen en la Iglesia Católica, siendo, primeramente, San Ambrosio, poco
después San Gregorio, más tarde, Guido D'Arezzo, y, últimamente,
Cristóbal Morales y Juan de Palestrina, los verdaderos fundadores de la
música religiosa, generadora ésta, a su vez, de las demás formas de la
composición e interpretación musical.
San Ambrosio, Obispo de Milán, en el año 386, estableció la base del
canto llano, formando los cuatro primeros tonos llamados _auténticos_,
por los cuales se entonaban todos los cantos de la primitiva iglesia.
En el siglo VI, San Gregorio redujo los caracteres griegos de que se
hacía uso por aquella época para indicar los sonidos, a sólo siete
letras con las cuales indicó este Pontífice todos los sonidos de la
música, fundando colegios y escuelas musicales para la enseñanza de los
jóvenes y la primera capilla que fué llamada después pontificia. Desde
entonces se le dió el nombre de _canto gregoriano_ al canto llano o
religioso, que hoy consta de ocho tonos, para diferenciarlo del profano
o figurado.
Guido D'Arezzo o Arettino, monje de la abadía de Pomposa, nacido en
Arezzo, villa de la Toscana, a fines del siglo X, y al que se atribuyen
muchas invenciones sobre el arte y su enseñanza, que no son del caso
relatar, es indudable que fué el primero en establecer un método para la
enseñanza del canto, cuyo estudio era asaz difícil y penoso, y dió a los
siete sonidos musicales la denominación silábica que todos conocemos,
tomándola de la primera sílaba de cada uno de los versos del himno de
San Juan Bautista.
Cristóbal Morales, maestro compositor español, nacido en Sevilla a
principios del siglo XVI, que en 1540 era cantor de la capilla
pontificia, y, en 1545, maestro de capilla de la Iglesia primada de
Toledo; con Juan de Palestrina, nacido en Roma en 1524, nombrado, a los
veintisiete años, maestro de la capilla Giulia y en 1554 cantor de la
pontificia, fueron los creadores de la actual música religiosa, a la que
despojaron, en absoluto, del sentimiento profano de que estaba saturada,
revistiéndola del misticismo, grandeza y severidad en la construcción
que al presente conserva.
Siendo la Iglesia uno de los principales factores en el descubrimiento
de América; asumiendo, casi por igual, con los conquistadores, los
deberes y derechos de la colonización; y, estando en ella vinculadas,
por aquella época, todas las manifestaciones del saber humano y más
especialmente las artísticas, es lógico suponer que fué también la
Iglesia la cuna del arte musical portorriqueño.
Tal suposición la confirma el padre Manso, primer obispo de Puerto Rico,
al establecer la organización interna de la iglesia catedral, en sus
Letras Episcopales dadas en Sevilla, con carácter de documento público,
ante el Notario García Fernández, con asistencia de los delegados
regios, como testigos.[1]
[1] La Colonización de Puerto Rico.--S. Brau. 1908. P. R.
En dichas letras se instituían seis dignidades, dieciséis canongías, o
prebendas, seis racioneros, tres medio racioneros, seis capellanes de
coro y seis acólitos, además de los oficios de sacristán, _organista_ y
otros varios.
No pudo, el padre Manso, constituir la catedral, durante los primeros
años de la colonización, con tan lujoso cabildo, pues ni estaba erigido
el templo ni disponía de recursos para sostenerlo.
La desaparición, en 1625 (Invasión de los Holandeses) de los archivos
eclesiásticos, no nos permite fijar la fecha de cuándo empezaron a
efectuarse los servicios del organista y cantores en la Catedral. Por
tal motivo es que tomamos, como punto de partida para estas anotaciones,
la fecha de 1660.
En el tomo primero de las actas capitulares existentes en el Obispado,
según notas certificadas que bondadosamente ha tenido a bien
facilitarnos el señor Secretario del Obispo, Rev. Padre Hormachea a
quien está encomendada la penosa labor de reorganizar el archivo,
aparece, como primer acta, la fechada en 9 de enero de 1660. En ella se
consignan los nombramientos, para dicho año, del presbítero Don Gerónimo
de Ovando y Guerra, como organista, y de Juan Piñero, para sorchantre,
donando (suponemos que en calidad de honorarios) 150 misas, valor de 15
reales de plata cada una, para el organista, y 50 para el sorchantre.
El Padre Ovando permaneció de organista hasta el año 1690,[2] quedando
vacante la plaza durante todo el 1691, hasta que, en enero de 1692, fué
nombrado el padre Don Juan de Morales quien la sirvió hasta diciembre
del 1698.
[2] No dice el acta si Ovando murió o retornó a España.
Piñero, el sorchantre, fué reelecto, consecutivamente, hasta el año 1680
en que falleció. Durante el 1681, estuvo vacante el cargo, designándose
al presbítero Don Fernando de Morales, en enero de 1682, siendo reelecto
hasta el 1698, último del siglo XVII, en que se hicieron tales
nombramientos.
Por primera vez, aparece en el acta de enero de 1672, la designación de
maestro de capilla, a favor de Téllez Rodríguez, y la de Sebastián
García Serrano, como cantor, asignándosele, al segundo, la cantidad de
seiscientos reales de plata, como honorarios. Ambos permanecieron en sus
oficios hasta el 1680, cesando, en esta fecha, esas designaciones y sin
que se indiquen, en las actas, las causas.
Desde el 1698 hasta el 1756, no se encuentra, en las actas, ningún
nombramiento de organista, sorchantre, maestro de capilla ni cantor.
¿Serían suprimidos los servicios o dejarían de ser provistos los cargos
por el cabildo de la catedral?
Lo primero es inadmisible después de un siglo de haberlos utilizado;
cabe más bien suponer lo segundo, en vista de la cédula expedida en el
Escorial, el 12 de junio de 1749, por el Rey Fernando VI, en la que se
negaba a acceder a la petición del Cabildo para que se excluyesen los
mulatos al designarse los cuatro músicos que constituían la capilla de
la cofradía del Sacramento y fuese obligatorio, para dichos músicos,
tocar en todas las festividades de 1ª y 2ª clase.
El Rey no consideraba depresivo para las solemnidades del culto la
presencia de los mulatos músicos, ni en la capilla del Sacramento, ni en
las procesiones y viáticos: por el contrario, recomendaba se les tratase
con las consideraciones debidas a todo ser humano, si bien indicaba se
cubriesen las vacantes con los más idóneos.
¿En qué forma estaba organizada esa capilla? ¿Qué funciones desempeñaban
los cuatro músicos?
Sin documentación en que apoyar el aserto y sólo teniendo en cuenta cómo
estaban organizadas, por aquella época, las capillas de las catedrales
españolas, suponemos que el cuarteto estaría representado por el órgano,
dos chirimías[3] y un fagot.
[3] La chirimía era un instrumento de madera muy semejante al
_óboe_, y estuvo muy en uso en las iglesias españolas hasta la
introducción de los violines. Su boquilla era igual a la que se
emplea para el _óboe_ y _fagot_ modernos. La chirimía cantaba
siempre al unísono con el tiple, y la segunda con el contralto o
tenor.
El presbítero Don Francisco de Sotres, notario y secretario del
Obispado, desempeñó la plaza de organista durante los años 1756 y 57; y
la de sorchantre, en iguales fechas, Don Bernardino Lexes.
Desde 1758 hasta el 1761 en que falleció, fué organista Miguel
Feliciano, permaneciendo la plaza vacante hasta el 31 de diciembre de
1769, en que fué nombrado Domingo de Andino quien continuó hasta 1800,
fecha con que cerramos este capítulo.
Muerto el sorchantre Lexes, en 1758, hasta el 1761 no fué nombrado
Miguel Bonilla, sucediéndole, desde 1762 hasta el 68, el Clérigo de
menores, Don Pedro Martínez.
Don José de Torres fué sorchantre en el año 1769, y del 1770 al 74, José
Vicente Muñoz.
En 1775, designóse al presbítero Don Antonio José Espeleta,
reeligiéndosele para el 1776, y, desde 1777 hasta 1783, sirvió la plaza
Don Leonardo del Toro y Quiñones, que falleció en este año. Le sucedió,
interinamente, Don José María Ruiz hasta el 1785 en que fué nombrado, en
propiedad, Don Pedro Level que la sirvió hasta el 1790.
Durante los años 1791 y 92 desempeñó el oficio, Nicolás Ruiz; del 1793
al 95, Don Pascual González; y, desde 1796 hasta el 1800, el Rev. Don
Agustín Benito Valdejuli que ejercía, a la vez, las funciones de
Secretario y Protonotario.
La frecuencia con que vacaba el oficio de sorchantre y el tiempo que
permanecía sin cubrirse el cargo, hace suponer cuán escasos serían los
apropiados para ejercerlo, hipótesis que confirma la Real Cédula de 18
de diciembre de 1792, incluyendo copia de un oficio del Obispo sobre:
"la necesidad de un sujeto instruído en el canto llano que tiene la
Catedral para que se informe sobre lo que expresa." [4]
[4] Boletín histórico de Puerto Rico.--Coll y Toste.--Tomo I,
página 57.
Ya por estos mismos años, según dice otra cédula que, sin fecha ni
encabezamiento, existe en el archivo, se solicitaba la asignación de $50
para un profesor de solfeo y canto, a fin de instruir un número de niños
que ayudasen a solemnizar las festividades.
Esto, unido a la carencia absoluta de bandas militares, pues al
organizar el mariscal de campo, gobernador en 1765, Don Domingo de
O'Reilly, el batallón denominado _El Fijo_, solamente lo dotó de dos
pífanos y dos tambores, nos hace sostener la creencia de que el arte
musical estaba completamente, en pañales, al finalizar el siglo XVIII,
teniendo por únicas manifestaciones, la música religiosa (circunscrita a
los servicios de la catedral, conventos de frailes y alguna que otra
parroquia de la isla) y la de baile, sin que podamos informar la forma
en que ésta se producía.