A mal dar, tomar tabaco.
(_Refrán de nuestra tierra._)
Muy lejos estoy y he estado siempre de creer que nuestros sentidos
corporales sean cinco: _ver_, _oir_, _oler_, _gustar_ y _tocar_.
Yo creo, por el contrario, que son muchos más y muchos menos: es decir,
yo creo que sólo tenemos un sentido--el tacto,--del cual son órganos ó
agentes, no sólo los cinco que trae el padre Ripalda, sino otros
innumerables que no cita en su catecismo.
Ahora bien; estos agentes del tacto--encargados de trasmitir al cerebelo
partes telegráficos de cuanto ocurre en el mundo, mediante esos alambres
eléctricos que hemos llamado nervios en nuestro afan de poner nombres á
todas las cosas, por desconocidas que nos sean;--estas diversas maneras
de tocar ó de ser tocados, digo, no se reducen, como pretenden algunos
rutinarios fisiólogos, al oido, al paladar, á la vista y al olfato.
Comprendo que tal cosa se dijera cuando sólo se conocían siete planetas
y siete metales, cuatro Partes del mundo y cuatro elementos; pero
repetirlo hoy, en pleno siglo XIX, sería un absurdo tan grande como
echarse á buscar al Preste Juan de las Indias.
Lo repito: nuestros sentidos corporales, ó sea nuestros sentidos
secundarios, son hoy muchos, son innumerables...--¡Cada día se descubre
uno nuevo!
¡Y esto sin contar con el magnetismo, que prescinde de todos, que los
domina, que los avasalla, que los anula completamente!
Reconozco, sin embargo, que los hay _interiores_ y _exteriores_, y que
los _exteriores_ son cinco, como dice el padre Ripalda...
Pero los _interiores_... ¿por qué olvidarse de los _interiores_ al hacer
la cuenta de nuestros sentidos corporales?
No os hablaré de algunos que por sabidos se callan...--¡Líbreme Dios!
Ni del _sexto sentido_, ó _sentido de la belleza_, que estéticos y
fisiólogos admiten ya--más ó menos desarrollado, eso sí!--en nuestra
raza bípeda y sin plumas, y el cual sirve para apreciar las maravillas
del Arte y de la Naturaleza...
Ni del sentido de las cosquillas ó de la risa,--muy digno de atención y
hasta de estudio...
Ni del sentido barométrico, que hace subir y bajar el mercurio de
nuestro _spleen_, según el estado de la atmósfera...
Ni del _gran sentido_, que crea las simpatías súbitas y las antipatías
inmotivadas...
Ni del _proto-sentido_, ó sentido del presentimiento, que nos avisa
siempre, con veinte y cuatro horas de anticipación, las desgracias que
nos esperan.
Mi único objeto, hoy sábado, es probaros la existencia de un sentido
cuyo exclusivo encargo, cuyo destino en nuestro cuerpo, cuya función
natural y genuina... es _fumar_.
Ya oigo que se me replica, que el hecho de _fumar_, ó sea de _humear_,
de _expeler humo_,--pues tal es el significado de ese verbo,--pertenece
al dominio de los cinco sentidos clasificados por Ripalda.
--«Cojo un cigarro (me decís), y me lo pongo en la boca: le aplico
lumbre: el aparato respiratorio me sirve de máquina mneumática: chupo:
arde el tabaco y se convierte en humo: percibe _el paladar_ el sabor de
una y otra grata sustancia: huélelas _el olfato_: fijo _la vista_ en las
caprichosas espirales de humo que suben al cielo ó en la blanca ceniza
que vuelve á la madre tierra, y...--¡negocio concluido!--_he fumado_.»
¡Ah! ¡Callad! ¡No digáis eso! No habéis _fumado_... ¡Eso no es _fumar_!
¡Vos no merecíais tener tan buenos cigarros! ¡Vos sois como los cerezos,
que no se dan cuenta de los amoríos de sus propias flores!
Pero no es vuestra la culpa. La culpa es de la Academia de la Lengua.
Voy á convenceros.
El verbo _fumar_ no expresa de ningún modo la idea á que se refiere: no
interpreta, no traduce, no explica el hecho que analizamos: ¡es una
palabra inadecuada, antigramatical, contradictoria, absurda!
El verbo _fumar_ debiera ser _reflejo_, _reflexivo_; de ninguna manera
_intransitivo_ ó _neutro_, y menos que nada _activo_ ó _transitivo_,
como lo hacéis algunas veces.
En vez de _fumar_,--_fumarse_.--¡He aquí lo que debiera decirse!
En lugar de: «Yo _fumo_ después de comer,» la frase reveladora sería:
«Yo _me fumo_ después de comer.»
Es decir: yo _me humeo_; yo _me fumeo_.
--¿Se _fuma_ V. mucho, fulanito?
--Bastante, señora.
--Mal hecho: no debe V. _fumarse_ tanto: va usted á quedarse hecho un
alfeñique.
--¿Y el marqués?
--Está _fumándose_.
--_Fúmate_ tú.
--_Fúmese_ V...
¡Esto es lo propio, lo racional, lo elocuente, lo que se dirá con el
tiempo, Dios mediante!
¡Y ahora me ocurre que, al descubrir el tabaco, ó sea al atinar con su
uso, pudieron muy bien nuestros padres explicar este uso sin necesidad
de inventar palabra alguna!--¿Acaso no existía el verbo
_fumigar_,--_fumigarse_?
Pues su aplicación al nuevo acto humano hubiera sido más oportuna que la
invención del verbo _fumar_, ridícula contracción del anticuado
_fumear_!
Porque _fumar_--hablo ahora del fenómeno, que no de la palabra,--_fumar_
no es, ni lo será nunca, más que para las mujeres y los tísicos, el acto
de expeler humo por la boca ó por las narices. (¡Eso sí sería
_humear_!)--_Fumar_ es absorber ese humo; encaminarlo á un determinado
sitio; _¡fumigarlo!_ y, por consiguiente, _humearse_.
¿Qué sitio es ese? ¿Qué cosa se _humea_ uno?
Cate V. la cuestión. Ya va asomando el sentido de que hablaba hace poco.
Meditemos.
Por algo quiero yo convertir de neutro en reflexivo el verbo _fumar_;
por algo predico que el hombre tiene un sentido exclusivamente
_fumigable_...
¿Sabéis por qué?--Porque trato de demostraros que el placer de fumar
pertenece al orden de los placeres _naturales_; esto es, que Dios había
previsto el uso del tabaco al crear al hombre.
¡Culpa es del hombre, si ha tardado tanto en caer en la cuenta!--_Homo
lapsus_, etc.
Fumar no es un placer _convencional_ como el de ser calvo, ó como el que
producen el frac negro, la pedrería, la cerveza, los
_Príncipes-Albertos_ (carruajes muy incómodos) y las poéticas estrofas
del himno de Bilbao:--tampoco es un placer _artificial_ como las
verdades políticas, como las mujeres coquetas, como un baile de
máscaras, como el matrimonio, como una conspiración bien urdida, como el
juego ó como las aclamaciones populares.--_Fumar_ es un placer ingénito
de la naturaleza humana, como la música, la guerra, el amor
correspondido, el sueño, el baile, la mesa, el baño, el vino, la
caridad, el revolcarse en un prado la primavera, el adorno personal, los
hijos, la murmuración, la caza y la pesca.
Voy á probarlo.
Si el _fumar_ no fuera un placer de la naturaleza, los hijos no se
esconderían de sus padres para hacerlo, ni los padres del antiguo
régimen, enemigos en todo de las leyes _naturales_, se lo hubieran
vedado tan rigurosamente á sus hijos.
La sociedad, que ha hecho un crimen de todas las funciones inherentes á
nuestra vil condición de muñecos de barro; que considera de mal tono el
comer por la calle; que no se da por entendida de ciertas flaquezas
comunes á todo animal; que ha levantado mil barreras entre el hombre y
la mujer (barreras que no pueden saltarse _decorosamente_ sin pagar ese
horrible derecho de puertas que se llama matrimonio); la sociedad,
hipócrita siempre, que viste á las señoras de manera que aparezcan
enteramente al contrario de como Dios las hizo (estrechas por arriba y
anchas por abajo, siendo así que ellas son estrechas por abajo y anchas
por arriba), ha proscrito en Inglaterra el uso público del tabaco, como
ya proscribió antes en aquel mismo pueblo las palabras _pantalón_,
_sábana_, _camisolín_ y otras. ¿Qué mayor prueba de que el hombre es
naturalmente _fumigable_?
Pensemos, si no, un momento en los efectos y excelencias del tabaco.
Para un verdadero fumador, el cigarro es el primer amigo, el más sabroso
manjar, el más fiel compañero de todos sus pesares y alegrías.
Fuma el hombre que está á dieta; fuma el que ayuna voluntariamente;
fúmase antes de comulgar; fúmase dentro del baño... ¡No hay ocio que el
fumar no entretenga!--El hombre que fuma, nunca está solo.
Cuando habéis perdido una prenda del alma y os espanta la idea de comer
ó de beber; mientras recibís el duelo; mientras acompañáis el cadaver al
Campo Santo; en las patéticas crisis de vuestro dolor, el cigarro es
lícito, _conveniente_, bien mirado por la sociedad española y por la
madre naturaleza, y el único placer que os permitís...--¡Quizás el único
lazo que os retiene en la vida!
Nosotros, los que pasamos largas horas buscando en nuestra imaginación
mundos ilusorios que presentar ante los ojos de los lectores, á fín de
sustraerlos á la realidad de este mundo mezquino, vivimos en una
atmósfera de tabaco... Entre nuestros ojos y el papel, flota siempre una
nube de azulado humo que idealiza la materialidad de las cosas, en tanto
que allá, en el alma, dulces somnolencias y estrañas _reveríes_ vienen á
brotar del roce del aroma precioso con el sentido oculto de que
hablo.--Este aroma, que calma y embriaga á la vez, que mitiga las penas
y endulza los recuerdos, que renueva la inspiración y fomenta la
esperanza, es para nosotros lo que el gas para el globo aerostático: nos
levanta de la tierra, nos suspende, nos eleva, nos hace recorrer el
espacio, nos aisla completamente de toda relación de tiempo y lugar, y
anticipa por momentos la hora mística y solemne de la libertad del
espíritu.
¡Desgraciado mil veces el que no fuma!--¿Qué hará este sér incompleto,
en la orilla del mar, en aquellas horas de infinito éxtasis que siguen á
la puesta del sol? ¿Qué velas llevarán su imaginación hacia lo
desconocido? ¿Qué alas lo subirán al cielo durante las espléndidas
noches de verano? ¿Qué hará en los entreactos de una ópera? ¿Qué,
después de comer? ¿Qué, al despertar por la mañana? ¿Qué, durante una
larga navegación? ¿Qué, en la ausencia, cuando cierre los ojos para ver
las personas queridas? ¿Qué, para no acatarrarse á la salida de un baile
en provincias, donde no suele haber coches, si tiene que ir charlando
con la beldad que aceptó su brazo para volver á casa? ¿Qué, cuando viaje
á caballo por solitarios montes? ¿Qué, cuando convalezca de una
enfermedad? ¿Qué, en fín, en aquella hora que sigue al logro de
cualquier deseo; cuando, si no fuera por el tabaco, ya no habría razón
ninguna para seguir viviendo en un mundo donde _todo es igual y acaba
del mismo modo_?
¡Ah! lo repito: ¡desgraciado mil veces el que no fuma! ¡Y más
desgraciado todavía el que fuma... y no tiene buenos cigarros!
Madrid 1858.
[Illustration] EL CARNAVAL