En la pintoresca lista de mis relaciones sociales--que comprende todos
los colores políticos, todas las gerarquías, todas las edades, y _todos
los sexos_...
A propósito de sexos: necesito revelaros una cosa que ignoraréis, y que
justifica ese «_todos_» que os habrá chocado.
Los sexos no son dos, como se había creido hasta aquí. Cierto
arquitecto, que había construido un hospital, decía al señor Gobernador
de la provincia, explicándole dicha obra:
--Como ve V., he dividido la enfermería en tres departamentos
aislados... para los tres sexos.
--¡Hombre! ¿De qué tres sexos me habla usted? (exclamó la autoridad).
¡Yo no conozco más que dos!
--¡Ah! ¡ya lo creo! (respondió el constructor). Pero este hospital es
_general_, y vendrán á él los tres sexos... ó, lo que es lo mismo, los
hombres, las mujeres y la tropa.
Pues bien: la lista de mis relaciones comprende desde la tropa hasta los
artistas, desde los periodistas hasta los académicos, desde los
autónomos hasta los autócratas, desde el clero hasta los bohemios más
trasnochadores, desde las niñas más inocentes hasta los ancianos
semifósiles que ya no pertenecen á este mundo.
Tal es Madrid, y ya explicaré alguna vez en qué consiste esto. Básteme
por hoy observar que la alta sociedad madrileña es esencialmente
democrática; que todas las clases están confundidas en una sola, cuyo
nombre podría ser _la gente tratable_, y que este _potpourrí_ tiene sus
grandes ventajas y sus pequeños inconvenientes.
Conque prosigo.
Entre mis relaciones figura, y en lugar muy preferente por cierto, una
_Marquesa_ viuda, que ha sido morena, pero que ya no lo es, gracias á
los progresos de la química; poseedora de cincuenta miércoles de ceniza;
catalana de nacimiento y francesa de educación; mujer que ha sido muy
hermosa, y que, como todas las morenas, ha envejecido demasiado pronto;
muy aficionada al _mundo_, pero que ya no va á él, sino que lo recibe, y
á la cual visitan todas las noches (desde las seis, que se abre su
comedor, hasta las tres de la mañana, que se cierra su tertulia) unas
ochenta á cien personas de todos tamaños y matices.--Unas la acompañan á
la mesa; otras á tomar café mientras es hora del teatro; otras pasan
allí la _soirée_, cuando no hay funcion en el teatro Real; otras van á
pedirle té después de la ópera; otras juegan al tresillo de diez á doce,
y otras se presentan allí de media noche para abajo, ganosas de contar ó
de saber las noticias políticas de última hora.
Esta _marquesa_ no visita á nadie; no va al teatro ni á paseo; oye misa
en su casa; no viaja hace muchos años, y, por último, no lee ningún
periódico...--Verdad es que esto no le hace falta, pues que en su
reunión se habla más y de mejores cosas que en todos los periódicos
juntos.
La popularidad de esta señora y la afluencia de gente á sus salones
están muy justificadas...
Primeramente, en ellos no falta nunca media docena de señoritas de
primer empuje, bonitas... como casi todas las mujeres, bien educadas,
aunque en París; que cantan, tocan el piano, bailan, etc., etc., y que
no son las mismas todas las noches, ni tan siquiera dos noches seguidas,
dado que van allí cuando no les toca el turno del teatro Real, cuando
no hay baile en ninguna de las casas que frecuentan, ó cuando están de
luto... aparente.
En segundo lugar: de los sesenta hombres, v. g., que concurren allí, por
lo menos quince han amado á la _Marquesa_ en sus años verdes, ó sea en
sus verdes años; lo cual aumenta la cordialidad del trato y anima mucho
la conversación algunos momentos,--sobre todo cuando no oyen las
señoritas.
En tercer lugar, es indudable que la juventud se adiestra en aquella
casa para más rigorosas sociedades: los hombres de mérito se dan á
conocer; los curiosos saben todo lo que pasa en la villa; los
murmuradores siembran sus observaciones de toda la semana; los viejos
cuentan la historia secreta de todo el mundo (cosa que no está demás
saber en los tiempos que alcanzamos); los diputados dicen _lo que
piensan decir_ ó _lo que hubieran dicho_; otros explican su _voto_ ó su
_abstención_; otros revelan aquello que harán cuando sean ministros...
(háse notado que estos últimos nunca llegan á serlo); los Ministros, que
también suelen concurrir (y no lo digo precisamente por los actuales),
se justifican como Dios les da á entender ante la oposición con faldas,
que es la más lógica y temible, y, en fín, con estas y las otras,
resulta que en casa de la _Marquesa_ se habla todas las noches de
música, de política, de literatura, de modas, de viajes, de amores, de
amoríos, de caballos, de casamientos, de defunciones, de bailes, de
conciertos, de patinación, de esgrima, de jurisprudencia, de medicina
legal é ilegal, de tauromaquia, de llegadas, de partidas, de historias,
de teatros, de la temperatura, y de _todo lo nacido y demás_, como dice
un amigo mío.
Ahora bien; obligado yo, como lo estoy desde que se jubiló PEDRO
FERNÁNDEZ, á escribir semanalmente en el folletín de _La Epoca_ algo que
agrade á sus lectoras (que suelen serlo las damas principales y las
niñas más bonitas de Madrid), y careciendo de idoneidad para tan
espinoso cargo, sobre todo después de las obras maestras que el
FERNÁNDEZ ha producido en tal género, he caido en la cuenta de que,
yendo una noche por semana á casa de la _Marquesa_, y apuntando en un
papel todo lo que allí oiga referente á los altos intereses femeninos,
me encontraré con mi trabajo hecho y no tendré más que remitirlo al
periódico.
Después de este prefacio, pasemos á ver á la _Marquesa_, y refiramos
todo lo que se diga en su tertulia.