El mundo madrileño _se constituyó_ al fín la noche del sábado pasado.
Estamos en pleno 1859, aunque todavía no haya terminado 1858.
Tanto correr por esos caminos, los billetes del correo y de la
diligencia tomados con anticipación, la confluencia espantosa de
viajeros que vió Madrid á fines de Setiembre, la actividad que se notaba
en el comercio y en casa de los sastres y modistas, los encargos hechos
por telégrafo, las mil disputas en las aduanas, aquel afán porque todo
estuviese concluido y por hallarse todos presentes en la corte para un
día fijo, para un día dado, para el 1º de Octubre, no significaba otra
cosa (puerilidad parece, pero apelamos á la conciencia de cada uno) sino
que en ese día se inauguraba la temporada del Teatro Real.
Y, pues el Teatro Real abrió ya sus puertas, dicho se está que ha
principiado un nuevo _año madrileño_.
Esto que digo no es opinión exclusivamente mía, sino proverbio ya, que
corre de boca en boca: «_hasta que se abre el Teatro Real, Madrid no es
Madrid_.»
En vano es que deje de hacer calor; que truene y que llueva; que se
abran otros teatros; que se haga la vendimia; que aparezcan algunos
abrigos; que dé la oración á las seis y media; que se cuajen de noticias
los periódicos; que empiecen ó acaben las ferias; que vengan los
estudiantes y los pretendientes; que se caigan las hojas de los árboles,
y que el Prado, el Casino y los salones estén llenos de gente...--Parece
que hay un convenio tácito en no dar importancia á estos hechos hasta
que se entra _oficialmente_ en Madrid; esto es, hasta que se aparece en
el Teatro Real.
Esta es la gran cita, el gran congreso, la hora solemne en que se toma
posesión del cargo de _madrileño_ y se abre la legislatura de la
sociedad elegante.--Después de esta sesión inaugural, ya puede uno decir
en voz alta que _ha llegado_. Ya recibe: ya visita: ya está en la
corte.--Decirlo antes, fuera exponerse á hacer sospechar que _no se ha
salido_, y esto es imperdonable.
Por lo demás, la apertura del regio coliseo ha sido este año tan solemne
como de costumbre.
Desde ocho días antes no se encontraba un billete ni por un ojo de la
cara, y la Contaduría y la casa del empresario hallábanse sitiadas por
filarmónicos de ambos sexos que mendigaban hasta una delantera de palco.
¡Tratábase de la _Traviata_, ópera popular como pocas, que tiene el
privilegio de sacar de sus palacios y de sus casillas (entiéndase
buhardillas) á los habitantes de Madrid, sobre todo á las señoras de
medio pelo!
A las siete de la noche, ya batían las puertas del suntuoso teatro las
oleadas de la muchedumbre, que, habiendo de conquistar su asiento por
derecho de prioridad, se disponía á subir de seis en seis los doscientos
escalones que conducen al _paraiso_.
A las ocho, esta marea creciente había ya inundado aquel sotabanco del
templo de la música; y rugía, silbaba, reñía, gritaba _¡sentarse!_,
reía, golpeaba en la madera y palmoteaba á compás, como en la plaza de
toros, mientras que la orquesta templaba y concertaba los
instrumentos...
Entretanto, en palcos y butacas salían de entre los pliegues de sus
capuchones mil elegantísimas damas, como otras tantas flores que abrían
su caliz al primer gorjeo de los pájaros (alusión á los violines), para
tomar el sol (alusión al gas) revelador de su hermosura.
Y todo fué durante aquel cuarto de hora reconocimientos, sorpresas,
saludos, apretones de mano y miradas de azúcar derretido...
El uno venía de Alemania, la otra de Suiza, fulana de París, mengano de
los Pirineos...
En esto comenzó el preludio de la _Traviata_.
* * * * *
1858.
[Illustration] VISITAS Á LA MARQUESA.