PREFACIO.

Ningún día del año, ninguno; ni el de San José, ni el de los Santos

Reyes, ni el de año-nuevo, ni el viernes de Dolores, ni antes de

emprender un viaje, ni después de un cambio político, ni en vísperas de

elecciones, ni al salir de una enfermedad, ni cuando me entran ganas de

ser Académico, ni á poco de contraer matrimonio, ni la mañana del

estreno de un drama mío, ni al día siguiente de perder mi caudal al

juego... (ya comprenderán ustedes que la mitad de estas cosas no me han

sucedido ni una vez siquiera); nunca, en fín, es tan larga la lista de

mi tarjetero, nunca me encuentro con tantas visitas que hacer, como el

día de la _Conmemoración de los Fieles Difuntos_.

¡Y es que pocos hombres de mi edad habrá en la tierra que tengan con el

cielo una cuenta tan larga como la mía!

De cuantos barcos eché á la mar, y fueron muchos... (hablo

metafóricamente), apenas veo ya alguno que otro, roto y desarbolado por

los huracanes, tendido y solo sobre las arenas de la playa.--Los demás

se hundieron para siempre en el Oceano.

Dice Quevedo, y dice bien:

_No tanto me alegrárades con hojas_

_en los robres antiguos, remos graves,_

_como colgados en el Templo, y rotos!_

¡Noble, filosófico, ascético pensamiento, digno de un espíritu de primer

orden! Pero, si Quevedo estaba en lo firme, no es menos cierto que la

Tierra se reduce ya para mí á un inmenso Campo-Santo.--Mi verdadera

patria se encuentra ya _ultra-tumba_.--Cuando yo muera me figuraré que

resucito.--_Allá_ tengo muchas más relaciones que _acá_.

Por eso me agrada ir todos los años, tal día como hoy, á visitar el

cementerio más próximo á mi casa. Poco me importa que el panteón sea

este ó aquél. La muerte es cosmopolita.--Donde quiera que hallo cruces,

flores, cirios y coronas, allí creo que están mis muertos, los mios, mis

predilectos finados, los seres que me abandonaron y cuya ausencia

debiera llorar todos los días.--¿No es cada Campo-Santo una colonia de

esa patria de todos que se llama la Eternidad?

Y no voy á llorar...; porque ya no se estila hacerlo.

Ni á rezar...; porque nunca rezo en público.

Ni á dar limosna para misas; porque conozco á algunos sacerdotes que me

las dicen de balde.

Voy á consolarme de no ser ministro, ni sabio, ni hermoso, ni banquero.

Y, de camino, felicito á mis difuntos y los entero de cuanto ocurre por

aquí.

Pero ¡ay! este año son tantos mis quehaceres, que me es imposible ir á

darles los días en persona.

Quédame dichosamente el moderno recurso del correo interior, y á él

apelo, temeroso de que mis amigos del otro mundo se figuren que los he

olvidado y mueran de pena, ó, por mejor decir, _resuciten_...;--lo cual

sería mucho más espantoso... para ellos.

Ved, pues, lo que les digo con esta fecha.

Cosas que fueron: Cuadros de costumbres · 第 42 / 140 题