Ahí tenéis los dos únicos medios que se me han ocurrido en toda mi vida
para lograr la susodicha cantidad.--Ambos han sido declarados ineficaces
por personas competentes; y yo, aunque no convencido del todo ni de la
competencia de éstos ni de la ineficacia de aquéllos, la verdad es que
he renunciado á ponerlos en planta.--¡Graduad mi desesperación!
Sin embargo, como el que no se contenta es porque no quiere, heme
dedicado últimamente á buscar la equivalencia de esa cantidad dentro de
mí mismo, y dentro de mí mismo _la he encontrado_...
¿Qué no encontrará el hombre en su corazón ó en su cabeza, en sus
sentimientos ó en su fantasía, si sabe sondearlos?
El alma humana es un reflejo del infinito, y hasta quizás el infinito
mismo. El alma es como una reducción fotográfica de la Creación, y en
ella están condensadas todas las obras de Dios; pero tan condensadas,
que á primera vista sólo vemos un punto negro. Un punto negro es también
el mundo exterior, cuando lo velan las tinieblas, y dentro de ese punto
están comprendidas, sin embargo, todas las cosas. Sólo falta un rayo de
luz que disipe las sombras, para que las cosas se esclarezcan y el punto
se convierta en el universo. Y para que la reducción fotográfica de
nuestro espíritu descubra todos los tesoros que guarda, basta que le
apliquemos el vidrio de aumento de la fé ó de la inspiración.--_Tienen
ojos y no ven_, dice el Evangelio.
¡Sí! ¡yo he encontrado dentro de mí, en los bolsillos de mi imaginación,
esos cien millones de reales!
¿De qué manera?--De una manera muy sencilla, que está al alcance de
todos: dedicándome en cuerpo y alma á hacer castillos en el aire, como
los muchachos de trece años; partiendo del principio, ó sea del punto
matemático, de que poseo los cien millones, y poniéndome á pensar muy
seriamente, durante muchas horas seguidas, en las cosas que yo haría con
ese dinero.
A este fín me acuesto al ponerse el sol; apago la vela; meto la cabeza
entre las almohadas, y me estoy así (procurando no dormirme) hasta la
madrugada del día siguiente, que me duermo... y sigo soñando que soy
millonario.
Todo este tiempo, que equivale á la mitad de mi vida, lo paso
disfrutando con la imaginación los placeres de la riqueza, bien esté
despierto, bien esté dormido.
Nada falta á mi ilusión. Yo toco el oro; yo veo los billetes de Banco;
yo giro letras sobre las primeras casas de Europa; yo recorro mis
fincas; yo taso mis coches, mis cuadros, mis muebles, mis libros, mis
estátuas, mis caballos, mis músicos, mis bufones, mis caridades, mis
placeres, todos mis gastos; yo soy rico, en fin, y pienso en lo que
piensan los más opulentos; y duermo poco, como á ellos les acontece.
--«_Si yo tuviera cien millones_... (me digo cien veces cada velada.) Si
yo tuviera cien millones, compraría esto, lo otro y lo de más allá;
echaría por este camino, evitaría el otro; viviría de tal suerte;
pensaría en tal sentido, etc., etc., etc., etc., etc., etc.
Y es la verdad que, durante esta fantasmagoría, pasa ante mis ojos la
vida entera; formo mil novelas en la imaginación, hago la crítica de
todos los afectos, de todas las personas, de todas las virtudes, de
todos los vicios; desentraño cuestiones muy profundas de moral, de
filosofía, de gobierno, de arte, de economía..., y todo sin intención
de ello, como quien lee libros en un idioma que no comprende.
Quizás algún día escriba una obra compuesta de muchos volúmenes, con el
mismo título de este artículo. En ella referiré todas mis cavilaciones
de una noche de esas fantásticas, y enumeraré las cosas portentosas que
haría yo en el mundo, si tuviese cien millones de reales...
Desde ahora hasta entonces, salud, y acostarse temprano.
Madrid Junio de 1859.
[Illustration] CARTAS