--Pepe... (dije un día á cierto José que tiene mucho talento, pero que
necesita otros cien millones de reales): Pepe, _¡eureka!_
--¿Cómo? ¿Qué has encontrado?
--¡Los cien millones de reales!
--¡Son partibles!--exclamó Pepe.
--No es necesario... (repliqué yo.) Te regalo otros ciento.
--¡Esto es serio! (repuso Pepe, acercando su silla á la mía.) Explícame
tu idea.
--¡Es una idea de primer orden!...
--Veámosla enseguida.
--Atiende y la sabrás.--¿Cuántos habitantes tendrá la Tierra?
--Yo creo que tendrá de novecientos á mil millones...
--Me contento con que la habiten ochocientos cincuenta millones de seres
humanos.--Yo necesito buscar el modo de que cada uno de ellos me dé un
cuarto. Conseguido esto, heme ya poseedor de cien millones de reales.
--Exactamente... (respondió mi amigo.) Has echado bien la cuenta.
--Nadie me llamará ambicioso. ¡No hay pobre tan pobre que no tire
diariamente un cuarto, ni hay padre que no lo dé hasta por su niño
recién nacido, si se trata de procurarle alguna cosa muy precisa!--Ahora
bien; para que esta cosa muy precisa, Tendida á cuarto, me deje un
cuarto de ganancia, yo necesito: 1.º, que no me cueste nada: 2.º, poder
llevarla á todos los puntos de la Tierra sin gastos de conducción ó de
trasporte; y 3.º, cobrar todos y cada uno de esos cuartos sin descuento
ni quebranto alguno.--Por consiguiente, mi mercancía no ha de ser
física; ha de ser moral.--Siendo moral, no me cuesta nada el adquirirla,
ni el trasportarla, y logro al mismo tiempo simplificar la cobranza de
tal manera, que con hacer cuatro grandes viajes (cosa que deseo
muchísimo) á las cuatro Partes del Mundo que aún no conozco, habré
cobrado los cien millones.--Me explicaré.
Supongamos que digo á los habitantes del Planeta:--«Señores: yo soy
adivino. Yo sé qué día va á acabarse el mundo; y la prueba de que lo sé,
es esta, y esta, y la otra... Sin embargo, yo no se lo diré á nadie, á
menos que cada habitante de la Tierra me pague cuatro maravedís
adelantados. ¿Quién, por un cuarto, no querrá saber con anticipación la
terrible fecha del día del Juicio?--Pues bien: vosotros, europeos,
mandaréis ese cuarto á Madrid, calle de tal, número tantos, para lo cual
podéis reuniros por Municipios, enviar vuestro contingente á las
Capitales de provincia, de las Capitales de Provincia á las Metrópolis,
y de las Metrópolis á mi casa; ó bien podrá partir la iniciativa de los
Gobiernos, adelantándome cada uno la cantidad que corresponda á su
Nación, con arreglo á los habitantes que ésta cuente, imponiendo luego
una capitación de á cuarto por persona, ó inventando un arbitrio nuevo
sobre cualquier operación inocente é imprescindible de la
vida.--Vosotros, africanos, haréis lo mismo en Ceuta: vosotros,
asiáticos, podréis reunir vuestra cuota en Bombay: vosotros, americanos,
en la Habana; y vosotros, habitantes de la Oceanía, girad sobre Manila,
que es ciudad española.»
Esto diría yo á los habitantes de la Tierra.
Con el contingente de Europa, que, según te he indicado, podría cobrar
en mi casa, emprendería el viaje á Ceuta, á Cuba, á Filipinas y á la
India, y al cabo de un par de años me encontraría poseedor de todo mi
dinero y autor de un viaje de circunvalación.--Entonces, ó ya se les
habría olvidado á todos que me habían dado la despreciable cantidad de
un cuarto, ó diría yo para cumplir: «El mundo se acaba dentro de dos
siglos.» ¡Y que fueran á buscarme al terminar el plazo!--Queda, pues,
reducida la dificultad á probar y hacer creer que soy adivino.
--Eso es facil...--murmuró Pepe con acento filosófico.
--¡Y tan facil!--repliqué yo.
--La dificultad... (prosiguió mi amigo aún más filosóficamente): la
dificultad consiste en otras muchas cosas.
--¿En qué cosas?
--Primeramente, en la concurrencia, ó sea en la competencia.--Tan luego
como tú echases á volar el anuncio ó reclamo, y viesen tus prójimos que
el negocio prometía, en cada ciudad del mundo aparecería un prospecto
ofreciendo una edición económica de tu noticia: es decir, que los
kurdos, los mongoles, los japoneses, los hotentotes, los franceses, los
italianos, todos y cada uno de los pueblos á quienes pidieras el
_cuarto_, darían de sí un industrial que ofreciese revelar el día del
fín del mundo _por un ochavo_, ó sea con un 50 por 100 de rebaja. En
segundo lugar, muchos pueblos del globo no tienen todavía moneda. En
tercer lugar, carecen de periódicos y demás medios de publicidad, de
modo que tu proyecto tardaría cuarenta ó cincuenta años en llegar á
conocimiento de todos los hombres. En cuarto lugar, para entenderte con
el género humano entero, necesitarías poseer todos los idiomas del
mundo, ó buscar personas que los poseyeran, lo cual es prácticamente
imposible. En quinto lugar, como tú no tendrías medios de declarar la
guerra á la Nación que te estafase, resultaría que muchos Gobiernos,
sobre todo en los pueblos incultos, harían la cobranza y _se comerían tu
sangre_, como el otro que dice. En sexto lugar...
--¡No te canses, Pepe! (interrumpí yo). Estoy convencido. ¡Ni el hombre
ni la humanidad me darán los cien millones! ¡El hombre, ó sea el inglés,
será sordo á mis argumentos! ¡La humanidad, hostil á mis
intereses!--¡Oh! ¿Dónde está la familia humana? Si todos los pueblos de
la Tierra hablasen una misma lengua y tuviesen tratados aduaneros
mancomunes, ó (lo que sería mejor) no tuviesen aduanas; si en todas
partes fuesen iguales los pesos, las medidas, la moneda, las
costumbres, la forma de gobierno, las modas y las creencias, ¡qué
especulaciones tan grandes, qué negocios tan gigantescos podrían
hacerse! ¡Desde luego, yo les sacaría sin sentir á los hijos de Adán
esos cien millones de reales!