III.

Conque prosigamos.

Ni los puestos de fruta que cambian de domicilio en estos días, ni las

tiendas de juguetes que se salen al arroyo, ni las muchísimas

encantadoras cursis en edad de merecer que andan de acá para allá,

seguidas de sus madres ó empresarias, en busca de un mediano casamiento,

son suficientes á quitar al mortuorio mercado del otoño madrileño su

aspecto repugnante y desconsolador.

Quédense para otros pueblos las ferias animadas y bulliciosas en que,

como en los tiempos primitivos, acuden de lejas tierras caravanas de

mercaderes con grandes ejércitos de ganado lanar, asnal, caballar,

mular, de cerda, vacuno y cabrío; en que se hacen grandes negocios,

compras, ventas, cambios, robos y hurtos, dando lugar á cuantiosas

emigraciones é inmigraciones de reses; en que se ven tantos bailes como

tiendas de campaña, tantos cuadros de costumbres como familias de

mercaderes, tantas comilonas como tratos cerrados; en que el uno acude

para lucir á su serrana de negros ojos y terciado pañolón, el otro para

lucir su yegua vistosamente enjaezada, todos de lujo y de fiesta, todos

con un cinto lleno de oro, dispuestos á beber, y á reñir, y á jugar, y á

dejar sin corazón á una docena de mujeres: quédense también para otros

pueblos las ferias en que se compra lo nuevo, lo exótico, lo desconocido

en todo el año, y lo tradicional, lo superfluo, lo util y lo

imprescindible (la yunta, el caballo de regalo, el cerdo para la

_matanza_, la vajilla, la ropa de invierno, el abrigo de la cama, los

cuadros del estrado, los pendientes, el collar, la sortija, los

cubiertos de plata); ferias deseadas, temidas, festejadas, memorables,

que hacen época en la vida, que marcan el plazo de los casamientos, que

terminan el ajuste de los criados, que señalan, por último, el fín de

los días de huelga, alegría y reposo posteriores á la cosecha, y el

principio del recogimiento y de los nuevos trabajos que constituyen el

_arreglo de las casas_ durante _los cuarteles de invierno_ de las

familias...

Las _Ferias de Madrid_ son todo lo contrario. ¡Doquiera que se vuelven

los ojos no se ve más que tristeza, miseria, dolor, profanaciones,

olvido!

Prescindamos del contingente que las _Américas_ y el _Rastro_

suministran á esa pavorosa exposición... Pasemos con los ojos cerrados y

las narices tapadas por delante de los puestos en que se hallan de venta

las ropas lavadas del que murió en el hospital, la ropa perdida por el

jugador, la ropa execrada que llevó un ahorcado y la ropa ensangrentada

del suicida desconocido...--Entre esos puestos hay algunos que pueden

compararse á una cesta de trapero, á un montón de mugre, á un tiesto de

basura. En ellos se ven mezclados la mitad de unas tijeras, media cruz

de Isabel la Católica, la peana de un Santo, unas hilas _ya usadas_, el

faldon de un frac, el ala de un sombrero, la muleta de un cojo que

murió, el mango de un cuchillo, el mástil de una guitarra, el tacón de

una bota, una caja sin fondo, tres hojas de un libro, la pasta de otro,

un pedazo de entorchado de General, un zapato viudo, un guante

soltero... ¡y todo sucio, oxidado, agujereado, deshilachado, y apestado

además por el ósculo de la muerte!

Apresurémonos, sí, á dejar á nuestra espalda esos nauseabundos puestos,

y fijemos la atención en otras _tiendas_ donde se venden objetos más

importantes, más limpios y más cuidados; objetos servibles, en fín,

aunque _servidos_, y ellos nos harán esperimentar la honda tristeza

inherente al inventario de esta gran testamentaría que la muerte ó la

pobreza sacan en Madrid á pública subasta durante el equinoccio de

setiembre,--cabalmente los mismos días en que el Oceano, fustigado por

el _Cordón de San Francisco_, arroja á las playas á cada instante

melancólicos restos de buques náufragos.

Mirad.--Las bibliotecas reunidas con mil afanes por el hombre estudioso;

los libros con dedicatoria; los retratos de familia; los muebles

consagrados por el uso; el medallón que ya fué tumba; el abanico que

agitó la virgen; el reclinatorio en que rezó la desposada la noche de

novios; el bastón de alcalde, tan respetado y temido en tal ó cual

alboroto; la charretera que saludaron tantos soldados; el sable que

acometió tan altas empresas; el sofá que oyó una conversación de amores;

el tintero con que se escribió una grande obra; el caballete en que

estuvo colgado un renombrado lienzo; el anillo nupcial; lo que legó un

moribundo á un vivo; lo que un vivo dedicó á un muerto; la pistola que

empleó el suicida; lo querido, lo venerado, lo íntimo, lo

consuetudinario, lo familiar; lo que se regó con llanto, lo que se tiñó

con sangre, lo que calentó nuestro cuerpo, lo que se empapó con el

sudor de nuestra frente; nuestro pasado, nuestra historia, nuestro ser,

_nosotros mismos en venta_... ¡esa es la Feria de Madrid!

De aquí proviene que, cuando recorremos los puestos de la Feria, nos

parece que visitamos un cementerio, y que cada objeto es una tumba; ó

que ya estamos en el Valle de Josaphat, y asistimos á la gran cita de

los pecadores, en que cada uno debe presentarse con su historia á la

espalda, descalzo de pié y pierna, y no sabiendo quién lo rematará á su

favor, si Dios para aumentar su gloria ó el diablo para aumentar su

infierno.

¡Ah! ¡Sí! La Feria de esta Villa y Corte pudiera llamarse _la

Resurrección de los muebles_.

Durante ella, y para los que tenemos algo de sexto sentido, esos

muebles, arrumbados durante todo el año, se animan, gesticulan y hablan,

de cuyas resultas es facil oir sangrientos apóstrofes, horrorosos

sarcasmos y verdades como puños.

Un catre de tijera sale al encuentro de fulano que es Ministro, y le

dice irónicamente:

--¿Me conoces? Yo te dormí en mi regazo mucho tiempo... ¿Por qué me

abandonaste? ¡De seguro que no duermes tan bien ahora!

La prenda empeñada y no redimida acusa de ingrato al calavera á quien

sacó de un apuro y del que no mereció luego igual merced...

Los uniformes de miliciano de 1836 se rien al ver pasar á los

neo-católicos de 1857.

Las sillas de Vitoria que asistieron á la boda de tal banquero, cuando

era aguador, hablan pestes de las butacas en que se sienta hoy. El

becerro de oro finge no conocerlas, y aprieta el paso. Y las sillas de

Vitoria se quedan diciendo, como si lo oyera:

--¡Anda!... ¡anda!... ¡La verdad es que ahora no eres tan feliz como

cuando te sentabas en nuestras rodillas!

La pobre arca vieja que guardó antaño el pobre y plebeyo equipo del

actual marqués improvisado, se queja amargamente del abandono en que la

dejó, y, al verlo cruzar en busca de un libro de heráldica, le sopla al

oido estas palabras aterradoras:

--¡Que lo digo!

Aquí un espejo reconoce á su primitiva propietaria, que ya es vieja y

fea, y le dice con ferocidad:

--¡Ya me quisieras ahora, infame! Yo te hallé siempre pura y hermosa;

pero tú me abandonaste por otros espejos más dorados, que marchitaron tu

pureza y hermosura...--¡Hoy te desprecio, y me horrorizo de mirarte!

Allí una cama de matrimonio se cuadra delante de un caballero que lleva

del brazo á una señora, y le pregunta por su primera esposa, á quien

juró no olvidar.

En un lado da voces un palanganero de pino, diciendo:

--¡Aquel es mi amo! Yo le hacía la _toilette_ cuando era escribiente...

¡Desde el día en que me dejó, no ha vuelto á cantar al tiempo de

lavarse!

En otro lado las cómodas descerrajadas tiran de la levita á los ladrones

desconocidos.

La palmatoria que presenció los ensueños del poeta, le hace guiños, como

trayéndole á la memoria los instintos sublimes de su

adolescencia...--Pero el poeta es diputado á Cortes, y pasa de largo...

Alfombras, cuadros, pupitres, cepillos, tenazas, confidentes, lavabos,

atriles, armarios, baules..., todos saben algo, todos reconocen á alguna

persona, todos representan una ingratitud, una injusticia, una

decepción, una desgracia, un escándalo, una ruina!--¡Y todos dicen muy

principalmente aquella gran verdad de que Madrid es una casa de

huéspedes, donde no hay familia, ni hogar, ni casa, ni recuerdos, ni

veneración, ni tradición, ni costumbres, ni _religión_... en el sentido

lato de la palabra!

¡Oh, jóvenes recién llegados á la corte! Tratad superficialmente á

vuestros muebles;--yo os lo aconsejo.--No toméis cariño ni á vuestra

cama, ni á vuestro sillón, ni á vuestro escritorio: no intiméis con el

sofá ni con las sillas: no contéis vuestros pesares al espejo: no

selléis con vuestra sangre ningún bronce: no derraméis lágrimas sobre

ningún mármol! ¡No améis nada en Madrid! ¡Nada!! (entiéndase siempre que

hablo de objetos inanimados). Saludad á la ligera la _portière_ y la

cortina: tocad con el filo de los labios la taza en que tomáis el té y

el vaso en que bebéis el agua; mirad con la misma indiferencia la

chimenea que os _conforta_ y el baño que os refresca; no depositéis

vuestra confianza ni en la carpeta en que escribís, ni en la caja de

palo-santo donde guardáis la ceniza que se os va cayendo del corazón...

¡Sed finos y corteses (¡y nada más!) con el estuco y el cerezo, con el

hierro y el oro, con el alcornoque y el cristal, ó temed, si les tomáis

cariño, encontrarlos de venta en las _ferias_ del año venidero!

1858

[Illustration] EL PAÑUELO.

(CUADRO DE BATISTA.)

Cosas que fueron: Cuadros de costumbres · 第 33 / 140 题