Conque prosigamos.
Ni los puestos de fruta que cambian de domicilio en estos días, ni las
tiendas de juguetes que se salen al arroyo, ni las muchísimas
encantadoras cursis en edad de merecer que andan de acá para allá,
seguidas de sus madres ó empresarias, en busca de un mediano casamiento,
son suficientes á quitar al mortuorio mercado del otoño madrileño su
aspecto repugnante y desconsolador.
Quédense para otros pueblos las ferias animadas y bulliciosas en que,
como en los tiempos primitivos, acuden de lejas tierras caravanas de
mercaderes con grandes ejércitos de ganado lanar, asnal, caballar,
mular, de cerda, vacuno y cabrío; en que se hacen grandes negocios,
compras, ventas, cambios, robos y hurtos, dando lugar á cuantiosas
emigraciones é inmigraciones de reses; en que se ven tantos bailes como
tiendas de campaña, tantos cuadros de costumbres como familias de
mercaderes, tantas comilonas como tratos cerrados; en que el uno acude
para lucir á su serrana de negros ojos y terciado pañolón, el otro para
lucir su yegua vistosamente enjaezada, todos de lujo y de fiesta, todos
con un cinto lleno de oro, dispuestos á beber, y á reñir, y á jugar, y á
dejar sin corazón á una docena de mujeres: quédense también para otros
pueblos las ferias en que se compra lo nuevo, lo exótico, lo desconocido
en todo el año, y lo tradicional, lo superfluo, lo util y lo
imprescindible (la yunta, el caballo de regalo, el cerdo para la
_matanza_, la vajilla, la ropa de invierno, el abrigo de la cama, los
cuadros del estrado, los pendientes, el collar, la sortija, los
cubiertos de plata); ferias deseadas, temidas, festejadas, memorables,
que hacen época en la vida, que marcan el plazo de los casamientos, que
terminan el ajuste de los criados, que señalan, por último, el fín de
los días de huelga, alegría y reposo posteriores á la cosecha, y el
principio del recogimiento y de los nuevos trabajos que constituyen el
_arreglo de las casas_ durante _los cuarteles de invierno_ de las
familias...
Las _Ferias de Madrid_ son todo lo contrario. ¡Doquiera que se vuelven
los ojos no se ve más que tristeza, miseria, dolor, profanaciones,
olvido!
Prescindamos del contingente que las _Américas_ y el _Rastro_
suministran á esa pavorosa exposición... Pasemos con los ojos cerrados y
las narices tapadas por delante de los puestos en que se hallan de venta
las ropas lavadas del que murió en el hospital, la ropa perdida por el
jugador, la ropa execrada que llevó un ahorcado y la ropa ensangrentada
del suicida desconocido...--Entre esos puestos hay algunos que pueden
compararse á una cesta de trapero, á un montón de mugre, á un tiesto de
basura. En ellos se ven mezclados la mitad de unas tijeras, media cruz
de Isabel la Católica, la peana de un Santo, unas hilas _ya usadas_, el
faldon de un frac, el ala de un sombrero, la muleta de un cojo que
murió, el mango de un cuchillo, el mástil de una guitarra, el tacón de
una bota, una caja sin fondo, tres hojas de un libro, la pasta de otro,
un pedazo de entorchado de General, un zapato viudo, un guante
soltero... ¡y todo sucio, oxidado, agujereado, deshilachado, y apestado
además por el ósculo de la muerte!
Apresurémonos, sí, á dejar á nuestra espalda esos nauseabundos puestos,
y fijemos la atención en otras _tiendas_ donde se venden objetos más
importantes, más limpios y más cuidados; objetos servibles, en fín,
aunque _servidos_, y ellos nos harán esperimentar la honda tristeza
inherente al inventario de esta gran testamentaría que la muerte ó la
pobreza sacan en Madrid á pública subasta durante el equinoccio de
setiembre,--cabalmente los mismos días en que el Oceano, fustigado por
el _Cordón de San Francisco_, arroja á las playas á cada instante
melancólicos restos de buques náufragos.
Mirad.--Las bibliotecas reunidas con mil afanes por el hombre estudioso;
los libros con dedicatoria; los retratos de familia; los muebles
consagrados por el uso; el medallón que ya fué tumba; el abanico que
agitó la virgen; el reclinatorio en que rezó la desposada la noche de
novios; el bastón de alcalde, tan respetado y temido en tal ó cual
alboroto; la charretera que saludaron tantos soldados; el sable que
acometió tan altas empresas; el sofá que oyó una conversación de amores;
el tintero con que se escribió una grande obra; el caballete en que
estuvo colgado un renombrado lienzo; el anillo nupcial; lo que legó un
moribundo á un vivo; lo que un vivo dedicó á un muerto; la pistola que
empleó el suicida; lo querido, lo venerado, lo íntimo, lo
consuetudinario, lo familiar; lo que se regó con llanto, lo que se tiñó
con sangre, lo que calentó nuestro cuerpo, lo que se empapó con el
sudor de nuestra frente; nuestro pasado, nuestra historia, nuestro ser,
_nosotros mismos en venta_... ¡esa es la Feria de Madrid!
De aquí proviene que, cuando recorremos los puestos de la Feria, nos
parece que visitamos un cementerio, y que cada objeto es una tumba; ó
que ya estamos en el Valle de Josaphat, y asistimos á la gran cita de
los pecadores, en que cada uno debe presentarse con su historia á la
espalda, descalzo de pié y pierna, y no sabiendo quién lo rematará á su
favor, si Dios para aumentar su gloria ó el diablo para aumentar su
infierno.
¡Ah! ¡Sí! La Feria de esta Villa y Corte pudiera llamarse _la
Resurrección de los muebles_.
Durante ella, y para los que tenemos algo de sexto sentido, esos
muebles, arrumbados durante todo el año, se animan, gesticulan y hablan,
de cuyas resultas es facil oir sangrientos apóstrofes, horrorosos
sarcasmos y verdades como puños.
Un catre de tijera sale al encuentro de fulano que es Ministro, y le
dice irónicamente:
--¿Me conoces? Yo te dormí en mi regazo mucho tiempo... ¿Por qué me
abandonaste? ¡De seguro que no duermes tan bien ahora!
La prenda empeñada y no redimida acusa de ingrato al calavera á quien
sacó de un apuro y del que no mereció luego igual merced...
Los uniformes de miliciano de 1836 se rien al ver pasar á los
neo-católicos de 1857.
Las sillas de Vitoria que asistieron á la boda de tal banquero, cuando
era aguador, hablan pestes de las butacas en que se sienta hoy. El
becerro de oro finge no conocerlas, y aprieta el paso. Y las sillas de
Vitoria se quedan diciendo, como si lo oyera:
--¡Anda!... ¡anda!... ¡La verdad es que ahora no eres tan feliz como
cuando te sentabas en nuestras rodillas!
La pobre arca vieja que guardó antaño el pobre y plebeyo equipo del
actual marqués improvisado, se queja amargamente del abandono en que la
dejó, y, al verlo cruzar en busca de un libro de heráldica, le sopla al
oido estas palabras aterradoras:
--¡Que lo digo!
Aquí un espejo reconoce á su primitiva propietaria, que ya es vieja y
fea, y le dice con ferocidad:
--¡Ya me quisieras ahora, infame! Yo te hallé siempre pura y hermosa;
pero tú me abandonaste por otros espejos más dorados, que marchitaron tu
pureza y hermosura...--¡Hoy te desprecio, y me horrorizo de mirarte!
Allí una cama de matrimonio se cuadra delante de un caballero que lleva
del brazo á una señora, y le pregunta por su primera esposa, á quien
juró no olvidar.
En un lado da voces un palanganero de pino, diciendo:
--¡Aquel es mi amo! Yo le hacía la _toilette_ cuando era escribiente...
¡Desde el día en que me dejó, no ha vuelto á cantar al tiempo de
lavarse!
En otro lado las cómodas descerrajadas tiran de la levita á los ladrones
desconocidos.
La palmatoria que presenció los ensueños del poeta, le hace guiños, como
trayéndole á la memoria los instintos sublimes de su
adolescencia...--Pero el poeta es diputado á Cortes, y pasa de largo...
Alfombras, cuadros, pupitres, cepillos, tenazas, confidentes, lavabos,
atriles, armarios, baules..., todos saben algo, todos reconocen á alguna
persona, todos representan una ingratitud, una injusticia, una
decepción, una desgracia, un escándalo, una ruina!--¡Y todos dicen muy
principalmente aquella gran verdad de que Madrid es una casa de
huéspedes, donde no hay familia, ni hogar, ni casa, ni recuerdos, ni
veneración, ni tradición, ni costumbres, ni _religión_... en el sentido
lato de la palabra!
¡Oh, jóvenes recién llegados á la corte! Tratad superficialmente á
vuestros muebles;--yo os lo aconsejo.--No toméis cariño ni á vuestra
cama, ni á vuestro sillón, ni á vuestro escritorio: no intiméis con el
sofá ni con las sillas: no contéis vuestros pesares al espejo: no
selléis con vuestra sangre ningún bronce: no derraméis lágrimas sobre
ningún mármol! ¡No améis nada en Madrid! ¡Nada!! (entiéndase siempre que
hablo de objetos inanimados). Saludad á la ligera la _portière_ y la
cortina: tocad con el filo de los labios la taza en que tomáis el té y
el vaso en que bebéis el agua; mirad con la misma indiferencia la
chimenea que os _conforta_ y el baño que os refresca; no depositéis
vuestra confianza ni en la carpeta en que escribís, ni en la caja de
palo-santo donde guardáis la ceniza que se os va cayendo del corazón...
¡Sed finos y corteses (¡y nada más!) con el estuco y el cerezo, con el
hierro y el oro, con el alcornoque y el cristal, ó temed, si les tomáis
cariño, encontrarlos de venta en las _ferias_ del año venidero!
1858
[Illustration] EL PAÑUELO.
(CUADRO DE BATISTA.)