Como caen de los árboles las hojas secas, para abonar la tierra que
embellecieron y sombrearon, y cooperar al florecimiento de otra
primavera futura, así los trastos viejos de las _Ferias de Madrid_
(impelidos por aquel mismo viento de _la caida de la pámpana_ que
arranca á los tísicos de las alcobas y se los lleva al campo-santo) se
desprenden, todos los otoños, de los sotabancos y bohardillas de la
corte, y se convierten en lúgubres mueblajes para casas de huéspedes, ó
en ajuares de media tijera para matrimonios nuevos.--Tal es la ley
universal de lo creado.
Yo he visto (y sirva de prólogo esta digresión) hacer la testamentaría
de un soltero, menor de treinta años, mantenedor _de la buena causa_ en
el Prado y en los salones, muy distante de su familia y de su aldea, y
muerto repentinamente al salir de un baile de máscaras.
Era una mañana de invierno, y á la pálida luz de un día de nieve, manos
profanas revolvían pañuelos bordados, cuellos de casa de Dubost,
guardapelos, cartas de distintas letras, guantes, algunos napoleones y
cuatro ó cinco retratos, uno de ellos conocido (lo cual costó la honra á
una mujer), los demás de buenas gentes de provincia (quizá padres y
hermanos), y uno, en fín, del difunto, sacado cuando era niño y dirigía
sus pasos al templo de Minerva...
Flores marchitas, fechas misteriosas, nombres adorados, reliquias
venerandas, el libro predilecto, el afeite malicioso, el _pagaré_ que le
quitó el sueño algunas noches, los versos que se empeñó en hacer y no
supo, todo pasó ante nuestros ojos como capítulos sueltos de varias
novelas, ó como números atrasados de un periódico.
Diríase que íbamos descubriendo con un escalpelo, fibra por fibra, los
ventrículos de un corazón todavía caliente. Quién rompía lo peligroso;
quién apartaba lo útil: esto se destinaba á la familia; aquello á la
sola, á la triste, á la desconsolada amante; el dinero se dió á la
Parroquia para el Entierro, y se convirtió al día siguiente en pan,
legumbres y chocolate; la ropa fué á la aldea en busca del hermano
menor, á quien con el tiempo le valió una conquista; tal pariente deseó
un libro, tal amigo una _acuarela_, fulano la petaca, mengano la pluma
y el sello... Y se lloró, se habló, se rió, se terminó el acto, se
enterró al joven (que nada sabía de lo que pasaba), y llegó la primavera
al poco tiempo, y la naturaleza no se dió por entendida de la muerte de
nuestro amigo...