He pasado por una calle, y he oido cantar sobre mi cabeza, entre el
ruido de copas y platos y las risas de alegres muchachas, la copla
fatídica de mi abuela:
La Noche-buena se viene,
la Noche-buena se vá,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más.
--He ahí (me he dicho) una casa, un hogar, una alegría, una sopa de
almendra y un besugo, que pudiera comprar por tres ó cuatro napoleones.
En esto, me ha pedido limosna una madre que llevaba dos niños: uno en
brazos, envuelto en su deshilachado mantón, y otro más grande, cogido de
la mano.--¡Ambos lloraban, y la madre también!