Clasificados ya por géneros los diferentes artículos que esta obra
contiene, preciso se hace que justifiquemos nuestras alabanzas,
ocupándonos de la importancia del escritor y sometiendo al análisis el
conjunto de sus inspiraciones para deducir el caracter general que en
ellos se revela, la resultante, por decirlo así, que producen fuerzas á
tan opuestos fines dirigidas, y encontrar la unidad literaria y
progresiva que dé justo título al Sr. Alarcon para figurar entre
nuestros primeros escritores.
Así como el término de todos nuestros juicios son ideas absolutas, así
todas nuestras acciones, por diversas y complejas que hayan sido, deben
contener un fín único, invariable; y si tal cosa no se ha realizado,
puede decirse del individuo que no ha vivido ó que ha derrochado su vida
y dejado evaporar su espíritu entre la duda y la impotencia. Las ideas
sin forma son delirios: las formas sin ideas son mecanismos del
instinto animal. Arte, sin independencia, sin libertad, sin progreso, es
cadaver embalsamado, marioneta, cuyos movimientos compasados y rígidos
dejan traslucir lo inerte de la materia. Cuando toda la idea que del
arte se tiene es prestar culto ciego á una forma antigua, el arte muere
entre el ridículo de sus propias hechuras; porque lo plástico, lo
material no es más que el ropaje y atavío exterior de la idea, y mal
puede ésta, nueva, variable y progresiva, contenerse y adaptarse á
moldes únicos y constantes. Pero así como en el progreso del cuerpo
humano se llega á la pubertad, conservando todo lo integrante del niño,
así en las nuevas formas que la idea se busca para manifestarse clara y
artísticamente no hay que renegar de lo ya conquistado y poseido.
Progresar no es destruir, sino continuar la perfección de una forma y de
una idea anteriores, y esta noción tan clara y sencilla es la
desesperación de los soberbios y la dificilfacilidad que sorprende á
todas las multitudes.
La prosa española, á cuya formación contribuyeron afluentes tan ricos,
fué poco á poco mostrándose con un carácter peculiar y propio; pero,
detenida en mitad de su progreso por causas extrañas, tuvo que dedicarse
á asuntos esencialmente casuísticos ó ascéticos, ó á la representación
exacta de lo material y de costumbres rebajadas y groseras. Mientras
tanto, la Europa continuaba su marcha, y España, que había estado á su
cabeza, fué poco á poco quedándose más distante en el camino del
progreso. Costumbres más francas, atrevimientos felices, asociaciones
más cultas, investigaciones más profundas, especulaciones menos
temerosas de la Inquisición ó del despotismo, osadías científicas, iban
depositando en lenguas extrañas palabras y giros que no se implantaban
al mismo tiempo en nuestro idioma. Este se hizo extravagante, después
vulgar, luego rígido y severo con los preceptistas, ó libre y
desenfrenado con la licencia, pero nunca natural, como el de Cervantes,
ni conciso y claro como el de Melo y fray Luís de Granada, con el
natural progreso de tiempos é ideas modernas y distintas.
Tras de Moratín vino Larra, cuya educación en el extranjero, su estudio
de nuestros escritores y su genio propio marcaron en inmortales obras un
nuevo progreso para el habla de Cervantes, en que por primera vez se
pensaba libremente y se expresaba el resultado del pensar bajo la
garantía del derecho del hombre.
La prensa periódica, al mismo tiempo que con la grosería del obrero
señalaba por medio de giros extraños la falta de costumbre en el
lenguaje para decir ciertas cosas, indicaba, sin embargo, al hablista
culto una necesidad que era preciso satisfacer, dentro del caracter
genérico y tradicional del idioma, y sometida la lengua á esta
revolución diaria, si se corrompía por un lado con el uso de extraños
giros, ganaba por otro con el culto que se rendía á la verdad y á lo
gráfico de la expresión, sacrificando, si se quiere, tradicionales
fórmulas y conceptuosas y pueriles sentencias, perífrasis y regímenes
que están reñidos con la ideología universal.
Además, sería en muchos casos difícil, si no imposible, decir cuándo,
entre idiomas del mismo origen etimológico y gramatical, es extraña en
el uno la irrupcion del otro, ó cuándo se verificó esta, habiendo estado
recíprocamente sometidos entre sí á influencias poderosas.
Palabras y giros hay en francés y en italiano que son españolicismos en
dichos idiomas, al paso que arcaismos en el nuestro, y lo mismo puede
decirse en contrario sentido.
Así como las personas se diferencian, no por las partes de que están
compuestas, sino por la fisonomía general, así, á mi modo de ver, los
idiomas congénitos se distinguen por su sintaxis y su prosodia, más que
por su etimología. Conste, pues, que es arriesgado tildar de galicismo
el uso de una palabra, que por no existir ó por haber caido en desuso,
deja de representar una idea de necesaria emisión, al referir un
concepto.
Con lo expuesto basta para deducir que, así como España necesitaba
unirse por su política y por sus costumbres al ideal de la civilización
de que había estado separada, hacía falta al idioma esa libertad de
acción, esa _moralidad_, esa honradez con que la forma debe servir á la
idea, no como esclava sumisa ni como señora imperante, sino como hermana
dulce y bondadosa compañera.
A poco que se examinen los escritos de Alarcon, vése en ellos una
genialidad propia, una felicidad de expresión, una tan natural y suave
manera de ir sirviendo con el lenguaje á las ideas más espirituales ó á
las transiciones más bruscas, que, aparte de lo que se dice en ellos,
sus artículos vivirán siempre como una nueva eminencia que señala
moderno adelanto en el idioma. No conocemos escritor compatriota que
disponga de una forma más ductil y exacta para expresar de pronto y con
rapidez pensamientos más distintos. Si la pereza del trabajo material no
se apoderase de nuestra mano, citaríamos en montón trozos de riquísima
prosa, en que con la rapidez del relámpago pasa una idea brillante, una
observación cáustica, un gemido seco, una alegría infantil, sobre el
tranquilo reposo de un periodo, ajeno á tales sensaciones por el objeto
que describe ó el sentimiento que analiza.
Son, pues, estos trabajos, no sólo museo exquisito de _cosas que
fueron_, sino expresión exacta del modo mejor de escribir, más artístico
y más en consonancia con su tiempo y con la prosa castellana en mitad
del siglo XIX: si defectos tienen son los de su época, como sus bellezas
y sus giros. Habrá escritores más correctos que Alarcon, pero no más
contemporaneos; que, si mérito tiene hoy quien esculpa una estatua de
Júpiter Olímpico, no le vá en zaga el escultor que logre representar
fielmente la grandeza de un Washington, de un Nelson ó de un Cavour.
Si se me tacha de exagerado, responderé con Chanford: «Acúsaseme de
alabar á mis amigos; ¡como si antes de ser amigos mios no se hubieran
conquistado mi amistad con esas mismas cualidades que en ellos alabo, y
que no conocía!»
Lo que sí puedo asegurar, sin temor á que la experiencia me haga
arrepentirme, es que el lector puede abrir este libro por cualquiera de
sus páginas, sin miedo á hallar una vulgaridad de pensamiento ó una
grosería de estilo.
Al frente de la obra del Sr. Alarcon podría estamparse el siguiente
verso de Horacio, tan de común aplicación en la época presente
_¡Odi profanum vulgus et arceo!_
si en ella no figurase, á guisa de protuberancia escrita, este baladí
prólogo mío.