Bien convencidos los indios de esta verdad, apenas habia pob

[Nota del Transcriptor: Las irregularidades en acentuación y ortografía

encontradas en este libro son consistentes con la flexibilidad de las

reglas en uso en 1836, y así no deben ser consideradas "errores" sino

un elemento del estilo de la época.]

RELACION HISTORICA

DE LOS

SUCESOS DE LA REBELION

DE

JOSE GABRIEL TUPAC-AMARU,

EN LAS

PROVINCIAS DEL PERU,

EL AÑO DE 1780.

Primera Edicion.

BUENOS-AIRES.

IMPRENTA DEL ESTADO.

1836

DISCURSO PRELIMINAR

A LA

REVOLUCION DE TUPAC-AMARU.

* * * * *

Las extorsiones de los corregidores, y la impunidad de que disfrutaban

en las _Audiencias_, produgeron en 1780 una fuerte conmocion entre los

indios del Perú, capitaneados por José Gabriel Tupac-Amaru [1], cacique

de Tungasusa en la provincia de Tinta; [2] que, altivo por carácter é

irascible por génio, miraba con rencor la degradacion de los indígenas.

Ultimo vástago de los Incas, y reducido ahora á prosternarse ante el mas

vil empleado de la metrópoli, no pudo su ánimo sobrellevar en paz

estos ultrages.

[Nota 1: Se le dá comunmente el nombre de _Tupamaro_, corrupcion de

dos voces de la lengua _quicchuá_, que significan literalmente,

"resplandeciente" _(thupac)_ y "culebra" _(amaru)_. Los antiguos

Peruanos comparaban los hombres grandes y poderosos á las serpientes,

porque, como ellas infunden miedo con su presencia. Uno de los barrios

del Cuzco, donde los Incas mantenian por magnificencia algunos de estos

animales, llevaba el nombre de _Amanucancha,_ "corral de las

serpientes."]

[Nota 2: O mas bien _Ttintti_, que en el mismo idioma quiere decir

"langosta."]

Habia frecuentado las universidades de Lima y del Cuzco, donde aprendió

lo bastante para descollar entre sus iguales. No contento con el

cacicazgo, que era hereditario en su familia, solicitó ser reconocido

como descendiente legítimo de los antiguos dinastas del Perú, y habia ya

conseguido reasumir el título de _Marques de Oropesa_ que habian llevado

sus antecesores.[3]

[Nota 3: D. Martin Garcia Loyola, sobrino de San Ignacio, y

gobernador de Chile en 1583, casó con Clara Beatriz, _Coya_, hija única

y heredera del Inca Sayrí Tupac. De este matrimonio nació una hija, que

pasó á España, donde se enlazó con un caballero, llamado D. Juan

Henriquez de Borga, y á quien el Rey concedió el título de _Marquesa de

Oropesa_. De esta rama procedia tambien _Tupac-Amaru_.]

Preocupado con sus ideas de venganza, sintió la necesidad de adquirir

renombre, y derramó sus caudales para hacerse de clientes. Se puso

tambien en contacto con las personas mas influyentes del clero, á

quienes pintaba con los mas vivos colores los vejámenes que sufrian los

indios. Movidos por sus quejas, los obispos de la Paz, del Cuzco, y

otros prelados del Perú, las habian transmitido al Rey por medio de

Santelices, Gobernador de Potosí, muy inclinado á favor de los

naturales, y cuyos sufragios eran de un gran peso por el crédito que

disfrutaba en la corte. Carlos III, principe justo y magnánimo, habia

acogido con interés estas súplicas, y para atenderlas con acierto habia

llamado al mismo Santelices á ocupar un puesto en su Consejo de Indias.

Con tan prósperos auspicios, D. Blas Tupac-Amaru, deudo inmediato de

José Gabriel, fué á Madrid á solicitar la supresion de la mita y los

repartos. Todo anunciaba un feliz desenlace, cuando la Parca truncó la

vida de estos filántropos, no sin sospecha de haber sido envenenados.

Solo, y expuesto al resentimiento de los que habian sido denunciados, se

resolvió Tupac-Amaru á echar mano de un arbitrio violento. Hallábase de

corregidor en la provincia de Tinta un tal Arriaga, hombre ávido é

inhumano, que abusaba del poder para saciar su inextinguible sed de

riquezas. Hecho odioso al pueblo á quien tiranizaba, fué esta la primer

víctima que le fué inmolada. Bajo el pretexto de celebrar con pompa el

dia del Monarca, el cacique lo atrajo á Tungasuca, donde en vez de las

diversiones que esperaba, fué condenado á expiar sus crímenes en un

cadalso. Igual suerte estaba reservada al corregidor de _Quespicancha_

[4], que salvó la vida, abandonando sus ricos almacenes, y mas de 25,000

pesos que tenia acopiados en las arcas del fisco.

[Nota 4: Escriben comunmente _Quispicanchi_, que nada significa. El

otro nombre se compone de _quespi_, que en el idioma _aymará_

corresponde "á cosa que brilla", como cristal, piedra preciosa, &c., y

de _cancha_, "corral."]

Estos despojos, repartidos generosamente entre las tropas, dilataron la

esfera de accion de estos tumultos. Los funcionarios públicos, siguiendo

el ejemplo de los corregidores, que eran el blanco principal de la

animadversion de los pueblos, desamparaban sus puestos, y dejaban libre

el campo á los amotinados. Sus filas, que se engrosaban diariamente,

presentaron pronto una masa imponente para emprender mayores hazañas. Al

sentimiento de venganza, que brotaba expontaneamente de todos los

corazones, quiso Tupac-Amaru hermanar otro que lo afirmase y

ennobleciese. Dos siglos y medio, pasados en la servidumbre, no habian

podido borrar de la memoria de los indígenas los recuerdos del gobierno

paternal de los Incas: grabados en las ruinas del Cuzco, donde moraban

sus dioses, y descansaban sus héroes, hacian de esta ciudad el objeto de

una supersticiosa veneracion; y aquí fué donde se dirigió Tupac-Amaru

para inflamar el ardor de sus soldados. Trabado en su marcha por una

fuerza de milicianos que se habia organizado de Sangarara, los atacó, y

obligó á asilarse del templo, donde se defendieron hasta sepultarse bajo

los escombros del edificio, que se desplomó sobre sus cabezas.

Esta ventaja, poco considerable en sí misma, dió alas á la anarquia, que

se propagó hasta la provincia de Chichas. El foco principal de esta

nueva insurreccion era Chayanta, donde dominaban los Catari, hombres

populares y atrevidos, que estaban quejosos por la indiferencia con que

el virey Vertiz y la Audiencia de Charcas habian oido sus reclamos

contra la escandalosa administracion de Alós, corregidor de aquel

partido entonces, y promovido despues al gobierno del Paraguay. Tomas,

el mayor de sus hermanos, desairado por el Virey, cuya justicia habia

venido á implorar personalmente á Buenos Aires, regresó á su provincia,

esparciendo la voz de haber conseguido mas de lo que habia solicitado: y

este ardid sublevó contra Alós á todos los indios, que se resistian á

pagar los tributos y á admitir sus repartos.

El corregidor se vengó por una perfidia, que hizo mas arriesgada su

posicion. Imputó á Catari la muerte de un recaudador de rentas, y le

envió preso á la Audiencia de Charcas. Desde este momento la sangre

corrió á torrentes, y la pluma del historiador se retrae de trazar el

cuadro espantoso de tantos excesos. En Oruro, en Sicasica, en Arques, en

Hayopaya, fueron innumerables las víctimas. En la iglesia de Caracoto la

sangre de los españoles llegó á cubrir los tobillos de los asesinos. En

Tapacari, pequeño pueblo de la provincia de Cochabamba, se quiso obligar

á un padre á desgarrar el corazon de sus hijos á la vista de la madre: y

la repulsa á tan inicuo mandato, fué la señal de su comun exterminio.

Nada fué respetado: ni la edad, ni el sexo, ni las súplicas, ni los

lamentos libraban de la muerte, y una parte de la poblacion sucumbia al

furor de la otra.

Entretanto los Vireyes de Buenos Aires y de Lima trabajaban de consuno

para sofocar la insurreccion del Perú. Varias tentativas de los rebeldes

se habian malogrado por la impericia de los gefes en quienes Tupac-Amaru

habia depositado su confianza. Su muger le habia obligado á volver á

Tungasuco, para calmar los terrores que le habia causado la noticia de

la salida de la tropas de Lima. ¡Triste y singular presentimiento! Con

el Mariscal Valle, que mandaba esta expedicion, venia el Visitador

Areche--ese hombre feroz, que, conculcando los derechos de la humanidad,

y ultrajando al siglo en que vivia, debia renovar las escenas de los

tiempos bárbaros, en la época en que aun vivian Becaria y Filangeri!

La ausencia de Tupac-Amaru, aunque momentanea, fué señalada por grandes

reveses. Sus tropas, que no habian podido penetrar al Cuzco, fueron

rechazadas de Puno y de Paucartambo. Estos contrastes, y la expedicion

de Lima que se avanzaba á marchas redobladas, le hicieron advertir todo

el peligro de la inaccion en que estaba, y de la que le importaba salir

cuanto antes.

Su reaparicion excitó el mas vivo entusiasmo, y las poblaciones se

agolpaban en el tránsito para aclamarle. Esta vez ciñió las infulas,

_(llantu)_ que, segun Garcilaso, eran las insignias de la dignidad real

entre los Incas. Inexperto en el arte de mandar los ejércitos, se enredó

nuevamente en el sitio del Cuzco, del que tuvo que desistir segunda vez,

no por la resistencia que le oponia la ciudad, sino por el miedo de ser

atacado por la fuerza de Valle. En este estado no le quedaba mas

alternativa que salir al encuentro de la columna auxiliadora, ó

retirarse: prefirió este último arbitrio, teniendo á su disposicion un

ejército de 17,000 hombres!

Se replegó hácia la provincia de Tinta, donde no tardó en alcanzarlo

Valle al frente de 16,000 hombres. Le aguardó Tupac-Amaru con 10,000,

que fueron arrollados en las inmediaciones de Tungasuca. Hecho

prisionero con toda su familia, fué llevado al Cuzco, donde expió de un

modo atroz el deseo de restablecer la dominacion de los Incas, ó mas

bien de sustraer á los indios de la baja é intolerable tirania de los

corregidores.

No por esto cesaron los males del Perú. Diego, y Andres, el uno hermano,

y el otro sobrino de Tupac-Amaru, segundados por Julian Apasa, sucesor

de Tomas Catari, continuaron hostilizando á las tropas y á los pueblos.

Los sitios que pusieron á Puno, á Sorata y á la Paz, forman los

episodios mas interesantes de este drama. La última de estas ciudades

sostuvo dos cercos, que duraron 109 dias, á pesar de hallarse la ciudad

embestida por 12,000 indios, dueños de las avenidas, y de todas las

alturas que la dominan. En este teatro de desolacion brilló el génio

activo de D. Sebastian Segurola, sobre el cual gravitaba la

responsabilidad de conservar un numeroso vecindario, reducido á perecer

de hambre, ó á entregarse al cuchillo de una horda feroz. Solo la

firmeza de este gefe pudo librarlo de tan grande infortunio.

Ni fué menos honrosa la conducta de Valle, Flores, y del mas esforzado

de todos, Reseguin. Cuando pasó la frontera de Salta, se halló este

oficial en el centro de una gran insurreccion que devoraba la provincia

de Chichas. Suipacha, Cotagaita, Tupiza, estaban en manos de los

insurgentes, que en esta última ciudad habian imitado el ejemplo de

Tupac-Amaru, ahorcando á su corregidor. Reseguin, con un puñado de

bravos, restablece el órden, escarmienta á los indios, y los pone en la

imposibilidad de volverse á lanzar contra la autoridad pública. Su

marcha hasta el Cuzco fué una série continuada de combates y triunfos.

Llegó en circunstancias que el sitio de Sorata habia tenido un horrible

desenlace. Irritado Andres Tupac-Amaru de la obstinada resistencia que

le hacian sus habitantes, á quienes amagaba con un ejército de 14,000

hombres, recoge las aguas del cerro nevado de Tipuani, y cuando las vió

crecer en el estanque que habia formado en un nivel superior á la

ciudad, rompe los diques, é inunda la poblacion, destruyendo de un modo

irresistible todos sus medios de defensa.

Quedaba la Paz, cercada por segunda vez por la famosa _Bartolina_,

muger, ó concubina de Catari. Valiéndose del arbitrio empleado contra

Sorata, los sitiadores hacen represas en el rio que pasa por la ciudad,

y forman una inundacion que rompe sus puentes, y causa los mayores

estragos. Tal vez hubiera tenido que ceder su intrépido defensor

Segurola, sino hubiese aparecido Reseguin, que venia á socorrerle con

5,000 hombres, llenos de entusiasmo por un triunfo que acababan de

reportar en Yaco.

Tantos trabajos habian postrado á este incansable oficial, que por

primera vez desde su salida de Montevideo, se veia forzado á interrumpir

sus tareas. Aun no habia convalecido de una grave enfermedad que le

habia asaltado, cuando llega á la Paz la noticia de una fuerza que

Tupac-Catari organizaba en las Peñas. Débil, y extenuado por sus

padecimientos, Reseguin halla en su alma vigor bastante para reanimar

sus fuerzas abatidas. Empuña su espada, alcanza á los rebeldes, los

derrota, y cual otro Mariscal de Sajonia en la batalla de Fontenoi,

entra al pueblo de las Peñas, cargado en hombros de sus soldados.

Tan leal como valiente, respetaba las personas de los que se habian

amparado del perdon ofrecido por el Virey de Lima. Pero un oidor de

Chile, que le acompañaba en calidad de _consultor_, complicando á los

indultados en el proceso que seguia de oficio contra Tupac-Catari, mandó

prender á todos, é hizo destrozar vivo en la Paz á este caudillo.

De todas las cabezas principales de esta revolucion no quedaba mas que

Diego Cristóval Tupac-Amaru, á quien estos rasgos de perfidia hacian

desconfiar de las promesas de los españoles. Pero, arrastrado de su

destino, se dejó persuadir á entregarse voluntariamente al General Valle

en su campamento de Sicuani; y no tardó en arrepentirse de esta

confianza. Vivia retirado y tranquilo en el seno de su familia, cuando

se le asechó y prendió para someterle á un juicio, en que, por crímenes

imaginarios, se le condenó á perecer barbaramente en un cadalso.

Areche, Medina y Mata-Linares, autores de tantas atrocidades, recibieron

honores y aplausos: pero el aspecto de las víctimas, sus últimos

lamentos, sus miembros palpitantes, sus cuerpos destrozados por la

fuerza de los tormentos, son recuerdos que no se borran tan facilmente

de la memoria de los hombres;[5] y debe perpetuarlos la historia para

entregar estos nombres á la execracion de los siglos.

[Nota 5: Areche, que miraba la egecucion de Tupac-Amaru desde una

ventana del Colegio de los ex-Jesuitas del Cuzco, cuando vió que los

caballos no podian despedazar el cuerpo de este desgraciado, mandó que

le cortasen la cabeza: y á la muger de Tupac-Amaru la acabaron de matar

"dándole patadas en el estómago." _¡Horrcaco referens!_]

Pocos ejemplos ofrecen los anales de las naciones de una carniceria tan

espantosa. No solo se atormentó, y sacrificó á Tupac-Amaru, su muger, su

hijo, sus hermanos, tios, cuñados, y confidentes, sino que se proscribió

en masa á todo su parentezco, por mas remotos que fuesen los grados de

consanguineidad que los unian. Solo se perdonó la vida á un niño de once

años, hijo de Tupac-Amaru, que despues de haber presenciado el suplicio

de sus padres y deudos, fué remitido á España, donde falleció poco

despues. Así es que debe tenerse por apócrifo el título de _Quinto nieto

del último Emperador del Perú,_ que asumió _Juan Bautista Tupamaru_,

para conseguir del Gobierno de Buenos Aires una pension vitalicia.[6]

[Nota 6: El título del folleto que este impostor publicó en Buenos

Aires, es: _El dilatado cautiverio bajo el gobierno español de Juan

Bautista Tupamaru, quinto nieto del último Emperador del Perú._

_Buenos-Aires, 2 de Setiembre de_ 1837.

PEDRO DE ANGELIS]

El único resultado útil de este gran sacudimiento fué la nueva

organizacion que la Corte de España dió á la administracion de sus

provincias de ultramar, y la abolicion de los repartimientos. De este

modo quedó legitimado el principio que invocó Tupac-Amaru para mejorar

la suerte de los indios, que hallaron despues en sus Delegados,

administradores mas responsables, y por consiguiente mas íntegros que

los Corregidores.

RELACION HISTORICA &

* * * * *

Aunque las crueles y sangrientas turbaciones, que han excitado y

promovido los indios en la provincias de esta América Meridional, han

sido la causa total de tantas lamentables desdichas, como se han seguido

á sus habitantes, es no obstante preciso confesar que el verdadero y

formal orígen de ellas no es otro que la general corrupcion de

costumbres, y la suma confianza ó descuido con que hasta ahora se ha

vivido en este continente. Así parece se deduce de los propios hechos, y

lo persuaden todas sus circunstancias.

De algunos años á esta parte se reconocian en esta misma América muchos

de aquellos vicios y desórdenes que son capaces de acarrear la mas

grande revolucion á un estado, pues ya no se hallaba entre sus

habitadores otra union que la de los bandos y partidos. El bien público

era sacrificado á los intereses particulares: la virtud y el respeto á

las leyes, no era mas que un nombre vano: la opresion y la inhumanidad

no inspiraban ya horror á los mas de los hombres acostumbrados á ver

triunfar el delito. Los odios, las perfidias, la usura y la

incontinencia representaban en sus correspondientes teatros la mas

trágica escena, y perdido el pudor se transgredian las leyes sagradas y

civiles con escándalo reprensible.

Tal era el infeliz estado de estas provincias en punto á disciplina, y

no mejor el que se manifestaba en órden á la seguridad y defensa de

ellas; pues no se encontraban armas, municiones ni otros pertrechos para

la guerra, carecian de oficiales y soldados que entendiesen el arte

militar: porque, aunque en las capitales de este vasto reino, como son

Lima y Buenos Aires, se hallasen buenos é inteligentes, como el fuego de

la rebelion se encendió en el centro de las mismas provincias y casi á

un mismo tiempo en todas, y la distancia de una á otra capital es mil

leguas, cuando menos, no dió lugar á otra cosa que á hacer inevitables

los estragos, pues aunque tenian nombrados regimientos de milicias, cuya

fuerza se hizo crecer en los estados remitidos á la Corte, se conoció

despues que solo existian en la imaginacion del que los formó, tal vez

con miras poco decorosas á su alto carácter, por la utilidad que

producian los derechos de patentes y otras gabelas.

Los corregidores, poseidos de una ambicion insaciable con cuantiosos é

inutiles repartos, cuyo cobro exigian por medio de las mas tiranas

egecuciones, con perjuicio de las leyes y de la justicia, se les habia

visto en algunas provincias hacer reparto de anteojos, polvos azules,

barajas, libritos para la instruccion del egercicio de infanteria, y

otros géneros, que lejos de servirles de utilidad, eran gravosos y

perjudiciales. Por otra parte se veian tambien hostigados de los curas,

no menos crueles que los corregidores para la cobranza de sus

obvenciones que aumentaban á lo infinito, inventando nuevas fiestas de

santos y costosos guiones con que hacian crecer excesivamente la

ganancia temporal: pues si el indio no satisfacia los derechos que

adeudaba, se le prendia cuando asistia á la doctrina y á la explicacion

del evangelio, y llegaba á tanto la iniquidad, que se le embargaban sus

propios hijos, reteniéndolos hasta que se verificaba la entera

satisfaccion de la deuda, que regularmente se la habia hecho contraer

por fuerza el mismo párroco.

En algunas ocasiones habian manifestado anteriormente los indios estos

justos resentimientos, que ocasionaron la alteracion de varias

provincias, resistiendo y matando á sus corregidores, como sucedió en la

de Yungas de Chulumani, gobernándola el Marques de Villa-hermosa, que se

vió precisado, despues de haberle muerto á su dependiente Solascasas, á

contenerlos con las armas, á cuyo acto le provocaron. Así tambien en la

de Pacajes y Chumbilvicas, en donde quitaron las vidas á sus

corregidores, Castillo y Sugastegui, cometiendo otros excesos, que

indicaban el vasto proyecto, que con mucho tiempo y precaucion iban

meditando, para sacudir el yugo.

Ya fuese fatigados y oprimidos de las extorsiones y violencias que

toleraban, ó insultados y conmovidos con un espíritu de sedicion que

sembró el reo Tomas Catari, con el especioso pretesto de haber

conseguido rebaja de tributos, se alzaron con tan furioso impetu, que en

breve espacio de tiempo el incendio abrasó todas las provincias. En el

pueblo de Pocoata, provincia de Chayanta, se declaró la sedicion, y

dando los indios muerte á muchos españoles, prendieron á su corregidor,

D. Joaquin de Alós, que retuvieron en el pueblo de Macha, como en

rehenes, para solicitar insolentes la libertad de su caudillo Catari; y

como presentándose la necesidad armada en toda la fuerza del poder, es

irreparable el daño de la resistencia, fué forzoso que por salvar

aquella vida, se libertase del castigo el delincuente Catari, logrando

prontamente soltura de la prision en que se hallaba: ya fuese porque en

tiempo que el peligro aprieta, la prudencia induce á no detenerse en

formalidades, ni aventurar la quietud pública por los escrúpulos de

autoridad, ó ya porque, poco acostumbrados los Oidores de Charcas al

perdimiento del respeto tenido á sus personas, recelaban pasase adelante

el atrevimiento, y se viese disminuida la sumision fastidiosa y excesiva

que siempre han pretendido.

Por otra parte, desde los principios del año de 1780 se vieron en todas

las ciudades, villas y lugares del Perú, pasquines sediciosos contra los

ministros, oficiales y dependientes de rentas, con el pretesto de la

aduana y estancos de tabaco. De modo que el vulgo, á quien se atribuyó

esta insolencia, se despechó tanto en algunas partes, que hicieron

víctima de su furor á algunos inocentes: como en Arequipa, donde

perdiendo el respecto á la justicia, saquearon la casa del corregidor D.

Baltazar Semanat, le precisaron á ocultarse para salvar su vida,

atropellaron las casas destinadas á la recaudacion de estos derechos

reales, persiguieron á los administradores, y estuvo la ciudad á pique

de perderse: trascendiendo hasta los muchachos el espíritu sedicioso,

con juegos tan parecidos á las veras, que habiendo nombrado entre ellos

á uno, con el título de aduanero, se enfurecieron despues tanto contra

él, que á pedradas acabó su vida, costándole no menos precio el fingido

empleo con que le habian condecorado.

Como suelen las enfermedades de la naturaleza, originadas de pequeños

principios, llegar al último término, así en las dolencias políticas

sucede muchas veces, que nacidas de leves causas, suben á tan alto

punto, que es costoso su remedio. Esperimentóse esta verdad en Macha;

pues logrando en aquel engañado pueblo, Tomas Catari, todos aquellos

rendimientos que son gages de la autoridad, y olvidado del no esperado

beneficio de su libertad, dió agigantado vuelto á sus ideas, por la

desconcertada fantasia de los indios, graduando la soltura de su

caudillo por efecto del temor que habia infundido con sus insolencias; y

persuadidos por el nuevo método que se seguia con ellos, no era la

piedad la que obraba, para atraerlos suavemente á sus deberes, se

creyeron autorizados para egecutar las mas sangrientas crueldades,

siendo como consecuencia, se vean estas sinrazones donde no se conoce ni

domina la razon.

La Real Audiencia de Charcas, al paso que sentia la conmocion de tantas

poblaciones, deseaba con ansia el remedio, pero no acertaba con el

oportuno, porque sus miembros, poco acostumbrados á este género de

acontecimientos, se mantenian tímidos é irresolutos, sin atreverse á

tomar providencia, que cortase en sus principios el peligroso cáncer que

amenazaba al reino, haciendo algun castigo que escarmentase á los

sediciosos, y arrancase en su nacimiento la raiz de rebelion, que

comenzaba á sembrarse: único remedio, cuando ya de nada servia la

luchazon de sus personas, que con servil acatamiento se habia venerado

hasta entonces. Y desengañados de que eran inutiles en estos casos las

fórmulas del derecho y preeminencias de la toga, descendieron con tanto

exceso á contemporizar con los rebeldes, franqueándoles el perdon de sus

excesos y otras gracias, que no les fué dificultoso conocer que la suma

condescendencia de unos ministros, que en las felicidades de su absoluto

gobierno habian sido tan engreidos, nacia del terror y confusion en que

se hallaban.

Bien convencidos los indios de esta verdad, apenas habia poblaciones de

ellos, que no se abrasase en la trágica llama del tumulto, porque á poco

despues alborotóse la provincia de Pária, dando en el pueblo de

Challapata cruel muerte al corregidor D. Manuel Bodega, egecutándose lo

mismo en la de Chichas, Lipes y Carangas, siguiendo el mal ejemplo la de

Sicasica, parte de las de Cochabamba, Porco y Pilaya, siendo en todas

iguales los excesos, y parecidos los insultos de muertes, robos, ruinas

de haciendas, sacrílegas profanaciones de los templos. Y como era uno el

principio del desasosiego, reglaban sus movimientos por el teatro de la

de Chayanta, donde, despues de muchos tormentos y ultrajes, quitaron la

vida á D. Florencio Lupa, cacique del pueblo de Moscani, falleciendo

víctima de la lealtad á manos de una plebeya indignacion, la que no

satisfaciéndose con juntar la muerte á la ignominia, le cortaron la

cabeza, y tuvieron el arrojo de fijarla en las inmediaciones de la

Plata, en una cruz, que se nombra Quispichaca, tremolando con esta

audacia la bandera de la sedicion.

Este suceso cubrió á la Plata de horror y de susto, temiendo con razon,

que estos principios tuviesen consecuencias muy tristes. Fué este dia el

10 de Setiembre de 1780, y como se esparció en la ciudad, que en sus

extramuros se hallaba una multitud crecida de indios para invadirla y

saquearla, fué notable la confusion que se originó. Presentáronse en la

plaza mayor los Ministros de la Real Audiencia, en compañia de su

Regente, para dar algunas disposiciones, que en aquella necesidad

pudieron graduarse oportunas, para rechazar la invasion del enemigo, y

desde aquel momento se empezaron á reglar compañias, alistándose la

gente sin excepcion de clases: pero con tal desórden y confusion, que si

hubiese sido cierta la noticia, indefectiblemente perece la ciudad á

manos de los rebeldes: llegando la turbacion de aquellos togados á tales

términos, que uno de ellos pregonaba en persona el ridículo bando de

pena de muerte, y 10 años de presidio al que no acudiese á la defensa, y

no hallándose el pregonero para hacer igual diligencia con otra

providencia, se ofreció el mismo Regente á egecutarlo, añadiendo la

circunstancia de que tenia buena voz. ¡O temor de la muerte, cuanto

puedes con las almas bajas! pues unos hombres, que poco antes se

consideraban poco menos que deidades, les obligas á egercer los oficios

mas viles de la república, haciéndose irrisibles de los mismos que los

tenian por sagrados.

Aunque el rebelde Catari, desde el pueblo de Macha, aparentaba sumision

y respeto á la autoridad de la Real Audiencia, no se ignoraba que

secretamente escribia cartas, convocando las provincias para una general

sublevacion, coligado con el principal rebelde José Gabriel Tupac-Amaru,

indio cacique del pueblo de Tongasuca en la provincia de Tinta, del

vireynato de Lima, quien pretendia ser legítimo descendiente de los

Incas del Perú.

Este, pues, dió principio á sus bárbaras egecuciones el 4 de Noviembre

de 1780, prendiendo á su corregidor, D. Antonio de Arriaga, en un

convite que le dió, con el pretexto de que queria celebrar el dia de

nuestro Augusto Soberano. Asegurado el tirano de su propio juez, que

sorprendió inopinadamente cuando estaba comiendo, publicó se hallaba

autorizado con una real Cédula para proceder de aquel modo, y

substanciándole la causa en pocos dias, el 10 del propio mes le quitó la

vida en una horca, en la plaza pública de su pueblo, y apoderándose de

todos sus bienes, pasó á hacer la misma egecucion con el de la provincia

de Quispicanchi, que no tuvo efecto por haber huido á la ciudad del

Cuzco, á donde llevó la noticia del suceso de Tinta. A contener este

alboroto, salieron de aquella ciudad 600 hombres tumultuariamente

dispuestos, los mas del pais, y entre ellos algunos europeos y á pocas

leguas que anduvieron, avistaron al rebelde en el paraje llamado

Sangarara, con un considerable trozo de indios y mestizos de aquella

comarca: y como al mismo tiempo esperimentasen una cruel nevada, se

refugiaron en la iglesia; y mas poseidos del miedo, que resueltos á

acometer al enemigo, le despacharon un emisario que le preguntase cual

era su intento, y el motivo que habla tenido para levantar gente y

turbar la tierra: y la respuesta fué, que todos los americanos pasasen

luego á su campo, donde serian tratados como patriótas, pues solo queria

castigar á los europeos ó chapetones, corregidores y aduaneros.

Esta órden, que mandó notificar José Gabriel Tupac-Amaru á los que le

habian hecho el mensage, con apercebimiento de no reservar á ninguno de

los que la contradigesen, excitó entre ellos una especie de tumulto, y

tratando sobre lo que se habia de resolver, fueron unos de parecer que

se embistiese al enemigo, y otros que nó; de modo que, divididos en los

dictámenes, sintieron bien presto los efectos de la discordia, que paró

en herirse reciprocamente. A esta fatalidad sobrevinieron otras, cuales

fueron la de haberlos cargado el enemigo, haberse pegado fuego á la

pólvora que tenian, y caídoles un lienzo del edificio en que se

alojaban: y muertos unos, otros abrasados, y no pocos envueltos en la

ruina de la pared, fueron todos consumidos y disipados, y el rebelde se

aprovechó de las armas de fuego y blancas, reforzándose con los despojos

de sus mismos enemigos.

Tanto cuanto este suceso desgraciado pudo ofrecer de turbacion á la

ciudad del Cuzco, tuvo de feliz y ventajoso para Tupac-Amaru, con el

cual, dueño de la campaña, la corrió y saqueó, haciendo destrozos en los

pueblos, haciendas y obrages de los españoles, y avanzándose hasta la

provincia de Lampa, entró en Ayabirí sin oposicion: porque aunque en

este pueblo se habian juntado algunos vecinos españoles de aquella y

otras provincias comarcanas, conducidos de sus corregidores, al

aproximarse al enemigo, tomaron la fuga: con lo que, difundiéndose la

confusion, el sobresalto y el temor, y prófugos los curas y

corregidores, quedaron abandonados, y á discrecion de los indios, los

pueblos y provincias, excepto la de Pancarcolla, en que su corregidor,

D. Joaquin Antonio de Orellana, lleno de heróicos sentimientos, formó

poco despues el proyecto de mantenerla á costa de su vida, y buscando

por asilo la villa de Puno, se fortificó en ella con pocos de los suyos.

La desenfrenada codicia de los bárbaros usurpadores los empeñaba en

pillarlo todo, sin respetar los templos; en ellos derramaban la sangre

humana sin distincion de sexos, ni edades. Pocas veces se habrá visto

desolacion tan terrible, ni fuego que con mas rapidez se comunicase á

tantas distancias, siendo digno de notar, que en 300 leguas que se

cuentan de longitud, desde el Cuzco hasta las fronteras del Tucuman, en

que se contienen 24 provincias, en todas prendió casi á un mismo tiempo

el fuego de la rebelion, bien que con alguna diferencia en el exceso de

las crueldades.

Siguió José Gabriel Tupac-Amaru las huellas de todos los tiranos, y

conociendo cuan facilmente se deja arrastrar el populacho de las

apariencias con que se le galantea, porque no penetra los arcanos del

usurpador, comenzó publicando edictos de las insufribles extorsiones que

padecia la nacion, las abultadas pensiones que injustamente toleraba,

los agravios que se repetian en las aduanas, y estancos establecidos:

que los indios eran víctima de la codicia de los corregidores, quienes

buscaban todos los medios de enriquecer, sin reparar en las injusticias

y vejaciones que originaban, cuyas modestas quejas, con que muchas veces

les representaron sus excesos, no sirviesen de otra cosa que de incitar

la ira y la venganza; y en fin que todo era injusticia, tirania y

ambicion: que su intento estaba unicamente reducido á buscar el bien de

la Patria, con esterminio de los inicuos y ladrones. Así se esplicaba

este rebelde, para seducir á los pueblos, engrosando su partido, y con

mano armada pasando á los filos de su cólera á cuantos se le oponian,

invadió las provincias de Azangaro, Carabaya, Tinta, Calca y

Quispicanchi, que por fuerza ó de grado se declararon sus partidarias, á

cuyo ejemplo siguieron el mismo rumbo las de Chucuito, Pacajes,

Omasuyos, Larecaja, Yungas y parte de las de Misque, Cochabamba y

Atacama. Siendo ya general la sublevacion, se experimentaron trágicos ó

inauditos sucesos, para cuya descripcion era necesario sudase sangre la

pluma, y fuesen los caracteres nuestras lágrimas.

Con los muchos indios que se habian juntado á Tupac-Amaru, y las armas

de que ya se habia apoderado, resolvió ir sobre el Cuzco, con el fin de

posesionarse de esta ciudad, y logrado su intento, coronarse en ella,

por ser la antigua capital del imperio peruano, con todas las

solemnidades que imitasen la costumbre de sus antiguos poderes. Se

habian acogido á esta poblacion muchos fugitivos de las provincias

inmediatas, que atemorizados de los estragos que ocasionaba el tirano,

no pensaban sino en salvar sus vidas por aquel medio: y cuando estaban

imaginando abandonar la ciudad, y que era en vano intentar resistir al

rebelde, lo impidió D. Manuel Villalta, corregidor de Abancay, que habia

servido en el real ejército con el grado de Teniente Coronel. Este

animoso oficial, despreciando los temores, y con la experiencia de su

profesion, levantó aquellos espíritus abatidos, echó mano de las

milicias, y ordenó las cosas de manera que dificultasen el proyecto del

rebelde: á que contribuyeron mucho los caciques de Tinta y Chicheros,

Rozas y Pumacagua, cuya lealtad y la de los Chuquiguancas, brilló como

un astro luminoso en medio de la negra oscuridad de la rebelion,

ofreciendo en obsequio de su fidelidad el digno sacrificio de algunas

vidas de los de sus familias y todas las haciendas que poseian.

Conocido por el tirano lo dificil que le era tomar el Cuzco, desistió

del empeño, despues de algunos ataques, en que fué rechazado

gloriosamente por sus vecinos, dirigidos y gobernados por Villalta,

quien le quitó de las manos una presa con que ya contaba, y perdida

aquella esperanza, se contrajo á continuar las correrias y robos contra

los españoles. Declarada ya en todas partes la guerra, y las poblaciones

y campaña sin resistencia, los que pudieron escapar de los primeros

insultos, se refugiaron á las ciudades y villas que les fueron mas

inmediatas. En la de Cochabamba solo, de las partes de Yungas (con

quienes confina por los valles de Ayopaya), entraron mas de 5,000

personas de ambos sexos y de todas edades, que condujo su corregidor, D.

José Albisuri. No porque en los pueblos de españoles faltase la

alteracion y recelo que ofrecia el numeroso vulgo, sino porque el riesgo

parecia menos egecutivo, aunque diariamente se fijaban pasquines y se

oian canciones á favor de Tupac-Amaru, contra los europeos y el

gobierno. Agitado el cuidado de los vireyes de Lima y Buenos Aires,

los Exmos. Señores, D. Agustin de Jauregui y D. Juan José de Vertiz,

pensaron sériamente al remedio de tantos males. El primero dispuso

pasase al Cuzco el Visitador General, D. José Antonio Areche, con el

mando absoluto de hacienda y guerra, nombrando tambien al Mariscal de

Campo, D. José del Valle, Inspector de las tropas de aquel vireinato, al

Coronel de Dragones, D. Gabriel de Aviles, y otros oficiales, para que

tomasen el mando y direccion de las armas que habian de obrar contra los

rebeldes; y el segundo confirmó la eleccion que habia hecho el

Presidente de Charcas, del Teniente Coronel D. Ignacio Flores,

Gobernador que era de Moxos, declarándole Comandante General de aquellas

provincias, y demas que estuviesen alteradas en la jurisdiccion de su

mando, con inhibicion de la Real Audiencia de la Plata, concediéndole

muchas y amplias facultades, para obrar libremente. Los Oidores, poco

conformes con esta disposicion, manifestaron su resentimiento en

distintas ocasiones, dificultando las providencias del Comandante,

oponiendo obstáculos á sus determinaciones, criticando su conducta de

morosa, calumniándole de pusilánime é irresoluto, fundándose en que no

tomaba partido con prontitud, y suponiendo que si hubiese obrado con

actividad ofensivamente contra los rebeldes, hubiera podido sofocarse

con el escarmiento de pocos el atrevimiento de los demas. En cuyas

alteraciones y etiquetas, suscitadas indebidamente en tan críticas

circunstancias, pasaron algun tiempo: hasta que fué creciendo el

cuidado, con motivo de haber mandado la Audiencia secretamente, y sin el

conocimiento que le correspondia á Flores, prender al reo Tomas Catari,

lo que egecutó D. Manuel Alvarez en el Asiento de Ahullagas, en virtud

del auto proveido en acuerdo reservado que se celebró con todo sigilo,

atropellando las prudentes disposiciones del Virey, y desairándole

cruelmente, porque tal proceder era opuesto á sus providencias y á las

facultades que tenia concedidas á aquel Comandante.

Este suceso llenó de regocijo á la ciudad de la Plata, y no fué de poca

satisfaccion á sus ministros, porque todos creian que cortada aquella

cabeza, pasase la inquietud, y que un hecho de esta naturaleza podia

servirles de escudo para cubrirse de sus primeros yerros y desacreditar

la conducta del Comandante militar: porque no solo habia concurrido á

él, sino que tenia significado, no era conveniente en aquella ocasion,

antes bien proponia se empleasen los medios políticos que eran mas

oportunos en tan críticas circunstancias, en que se debia sacar todo el

partido posible de la autoridad y fuerzas que ya habia adquirido el

delincuente, en tanto se acopiaban armas y municiones para resistirle,

motivos porque ocultaron su determinacion. Pero á poco tiempo se

desapareció aquella alegria, desvaneciéndose sus concebidas esperanzas

con las desgraciadas muertes del dicho D. Manuel, y del Justicia Mayor,

D. Juan Antonio Acuña, que con una corta escolta conducian preso á aquel

rebelde: quienes, viéndose inopinadamente atacados en la cuesta de

Chataquilay, y que era muy dificultoso conservar su persona con

seguridad, determinaron matarle antes de intentar la resistencia, sin

que bastase despues el esfuerzo á salvar ninguno de los que le

conducian; creciendo el espanto y susto con haberse acercado

inmediatamente los indios agresores á la ciudad para cercarla, campando

dos leguas de ella, en los cerros de la Punilla, mas de 7,000,

capitaneados por Damaso y Nicolas Catari, hermanos del difunto Santos

Achu, Simon Castillo y otros caudillos. Con cuyo hecho desgraciado varió

el modo de pensar de la Audiencia, que empleó todos los recursos

imaginables para ocultar habia sido suya aquella providencia,

significando que Alvarez habia egecutado la prision de motupropio: pero

Flores, que no se descuidaba en cubrirse de sus resultas, tuvo modo de

conseguir copia de todo lo acordado sobre aquel hecho. Así perpetuamente

se eslabonan los fracasos con las dichas, teniendo en continua duda

nuestros afectos, para que busquen en su centro la verdadera y estable

felicidad.

Aun no bien se supo estaban acampados los indios en aquel cerro,

proyectando el asalto de la ciudad, se infundió en todos sus vecinos la

generosa resolucion de defenderse, hasta derramar la última gota de

sangre: y porque fuesen iguales el valor y la precaucion, ganando los

instantes, se colocaron puestos avanzados para observar desde mas cerca

los movimientos del enemigo, y cortando las calles con tapias de adobes,

que impropiamente han llamado trincheras, se destacaron algunas

compañias de milicianos para que guarnecieran sus extramuros. El Regente

en una continua agitacion expedia providencia sobre providencia, y los

Ministros, disimulando el miedo que los dominaba con el celo y amor al

Soberano, se hicieron cargo con las compañias formadas del grémio de

abogados, de rondar y patrullar todas las noches, reconociendo las

centinelas avanzadas. Pero como todos carecian de los principios del

arte de la guerra, servian de confusion mas que de seguridad sus

diligencias, que tambien contribuyeren no poco á suscitar nuevas

disputas sobre sus pretendidas facultades, y las que tenia el Comandante

de las armas. Sin embargo de todo esto, se notaba en los vecinos buena

disposicion, por mas que se haya querido disminuir despues, abultando

desconfianzas para cubrir la negligencia, y el error de no haber acudido

con resolucion y actividad á cegar el manantial de donde nacian estas

alteraciones: siendo fácil comprender, que si en sus principios se

hubiese obrado con el valor y determinacion que piden semejantes casos,

se hubieran evitado tantos estragos, como siguieron, y la muerte de mas

de 40,000 personas españolas, y mucho mayor número de indios, que han

sido víctimas de estas civiles disenciones.

Insolentes los rebeldes en su campamento, dirigieron á la Real Audiencia

algunas cartas llenas de audaces amenazas, pidiendo las cabezas de

algunos individuos, y asegurando hacer el uso mas torpe de las mugeres

del Regente y algunos Ministros, ofreciendo emplearlas despues en las

tareas mas humildes del servicio de sus casas. En esta ocasion fué

sospechado cómplice en las turbaciones el cura de la doctrina de Macha,

el Dr. D. José Gregorio Merlos, eclesiástico de corrompida y escandalosa

conducta, de génio atrevido y desvergonzado, que fué arrestado por el

Oidor D. Pedro Cernadas en su misma casa, y depositado en la Recoleta

con un par de grillos, y despues en la cárcel pública con todas las

precauciones que requerian el delito que se le imputaba, y las continuas

instancias que hacian los rebeldes por su libertad, quienes aseguraban

entrarian á sacarle de su prision á viva fuerza: cuyo hecho se egecutó

tambien sin consentimiento del Comandante militar, aprovechando la

Audiencia, para proceder á su captura, del pretesto de hallarse ausente,

para un reconocimiento en las inmediaciones de la ciudad. El cuidado se

iba aumentando con continuos sobresaltos que ocasionaba la inmediacion

de los sediciosos, y aunque no llegaron nunca á formalizar el cerco, se

empezaba asentir alguna escasez de víveres, que fué tambien causa de

aumentarse las discordias, por la libertad de pareceres para el remedio.

Solicitaron los abogados, unidos con los vecinos, se les diese licencia

para acometer al enemigo, pero luego que entendieron que se disgustaba

el Comandante por esta proposicion, se apartaron de su intento. El

Director de tabacos, D. Francisco de Paula Sanz, sugeto adornado de las

mejores circunstancias y calidades, se hallaba en la ciudad casualmente,

y de resultas de la comision que estaba á su cargo para el

establecimiento de este ramo, movido de su espíritu bizarro, y cansado

de las contemplaciones que se usaban con los rebeldes, quizo atacarlos

con sus dependientes y algunos vecinos que se le agregaron, y saliendo

de la ciudad con este intento, el dia 16 de Febrero de 1781 llegó á las

faldas de los cerros de la Punilla, en que estaban alojados los indios,

que descendieron inmediatamente á buscarle para presentar el combate,

persuadidos de que el poco número que se les oponia, aseguraba de su

parte el vencimiento. Cargaron con tanta violencia y multitud aquel

pequeño trozo, que se componia de solos 40 hombres, que no bastó el

valor para la resistencia, y cediendo al mayor número y á la fuerza,

fué preciso pensar en la retirada, en que hubieran perecido todos por el

desórden son que la egecutaron, á no haber salido á sostenerlos la

compañia de granaderos milicianos, no pudiendo evitar perdiese la vida

en la refriega D. Francisco Revilla, y dos granaderos que le acompañaron

en su desgraciada suerte: pues aunque despues salió Flores con mayor

número de gente, sirvió poco su diligencia, por haber entrado la noche.

El génio dócil y el natural agrado del Director Sanz, acompañados de su

generosidad, le hacian muy estimado de todos, menos de Flores, con quien

habia tenido algunos disgustos por el diverso modo de pensar. Sanz, todo

era fuego para castigar la insolencia de los sediciosos, y Flores, todo

circunspeccion y flema en contemplarlos, cuya conducta, mormurada

generalmente, ocasionó pasquines denigrantes á su honor, tildándole de

cobarde, atreviéndose á decir, era afecto al partido de la rebelion: y

llegó á tanto la osadia del público, que expresó sus sentimientos con

satíricos versos y groseras significaciones, enviándole á su casa, la

misma noche del ataque del 16, una porcion de gallinas, sin saber quien

habia sido el autor de este intempestivo regalo. Al siguiente dia se

presentaron los vecinos por escrito, manifestando estaban prontos y

dispuestos á ir en busca del enemigo. Todos clamaban se anticipaba su

última ruina, gritaban descaradamente, que si no se les conducia al

ataque, saldrian sin el Comandante: y ya obligado de tantas y tan

repetidas eficaces insinuaciones que se aumentaron con el desgraciado

suceso del Director, determinó para el 20 del mismo Febrero atacar á los

indios de la Punilla. Serian las 12 de aquel dia, cuando se pusieron en

marcha nuestras tropas, y llegando al campo se presentó al Comandante un

espectáculo agradable, que le anunciaba la victoria, y fué reconocer que

un crecido número de mugeres, mezcladas y confundidas entre la tropa,

deseaba con ansia entrar en funcion: este raro fenómeno, cuanto

lisonjeaba el gusto, arrancó lágrimas de aquel gefe, que egercitó toda

su habilidad para disuadirlas se apartasen de tan peligroso empeño, con

el cual unicamente habian conseguido ya una gloria inmortal: y aunque se

les mitigó el ardor, nunca se pudo lograr se retirasen, y permanecieron

en el campo de batalla, ó bien para que su presencia inspirase aliento á

los soldados, ó para que sirviesen de socorro en cualquiera infortunio.

Las dos de la tarde serian cuando se tocó á embestir al enemigo, que se

hallaba apostado en las alturas de tres montañas ásperas y fragosas,

cuya ventaja hacia peligrosa la subida: pero esta dificultad empeñó el

valor de los nuestros, que estaban tan deseosos de venir á las manos, y

acometiendo con heróico denuedo, sufrieron los indios poco tiempo el

asalto, ganando airosamente las cumbres de aquellos empinados cerros,

llevándose con los filos de la espada á todos los que no retiró la fuga;

dejando en el campo de batalla 400 cadáveres, con poca ó ninguna pérdida

de nuestra parte, y de sus resultas libre la ciudad del bloqueo en tan

breve espacio de tiempo, que pudo el Comandante General exclamar con

Julio Cesar:--_Veni, vidi, vinci_. Celebróse esta victoria con festivas

aclamaciones de _Viva el Rey_; é iluminándose la ciudad por tres noches,

se rindieron al Todo-Poderoso las debidas gracias, manifestándose la

alegria con todos aquellas señas con que acredita el amor, la sinceridad

del afecto. Este destrozo de los enemigos trajo las mas favorables

consecuencias, y hubieran sido mayores si se hubiese adelantado la

accion: pues asustada la provincia de Chayanta, depuso toda inquietud, y

para comprobar su arrepentimiento, entregó á los principales autores,

que fueron Damaso y Nicolas Catari, Santos Hachu, Simon Castillo y otros

varios, que todos murieron en tres palos: que así burla la Divina

Providencia las esperanzas de los delincuentes, disponiendo caigan á

manos de la justicia, cuando se creen mas exentos de su rigor.

Relación historica de los sucesos de la rebelión de José Gabriel Tupac-Amaru en las provincias del Peru, el año de 1780 · 第 1 / 13 段