Faltaba la solución mía. Mi corazón estaba como el reo cuya sentencia
no se ha escrito aún. El 1.º de octubre por la tarde y el día 2 hice
diligencias sin fruto, no siéndome posible ver a Sáez ni a Montguyon,
a quien envié frecuentes y apremiantes recados. Ninguna noticia pude
adquirir tampoco de los prisioneros. Creo que me hubiera repetido el
ataque cerebral que padecí en Sevilla, si en el momento de mi mayor
desesperación no apareciese mi generoso galán francés a devolverme la
vida. Estaba pálido y parecía muy agitado.
—Vengo de Cádiz —me dijo—. Dispénseme usted si no he podido servirla
más pronto.
—¿Y qué hay? —pregunté con la vida toda en suspenso.
—Deme usted su mano —dijo Montguyon ceremoniosamente.
Se la di y la besó con amor.
—Ahora, señora, todo ha acabado entre nosotros. Mi deber está cumplido,
y mi deber es perdonar, pagando las ofensas con beneficios.
Yo me sentía muy conmovida y no pude decirle nada.
—Ni un momento he dudado de su hidalguía —indiqué con acento de pura
verdad—. A veces tropezamos en la vida con el bien y pasamos sin verlo.
Señor conde, mi gratitud será eterna.
—No quiero gratitud —díjome con honda tristeza—. Es un sentimiento que
no me gusta recibido, sino dado. Deseo tan solo un recuerdo bueno y
constante.
—¡Y una amistad entrañable, una estimación profunda! —exclamé
derramando lágrimas.
—Todo está hecho.
—¿Conforme a mi deseo...? ¡Bendito sea el momento en que nos conocimos!
—Señora, su prisionero de usted está sano y salvo a bordo de la corbeta
_Tisbe_, que parte esta tarde para Gibraltar.
—¿Y cómo?
—Por sus antecedentes debía ser condenado a muerte. Otros menos
criminales subirán al cadalso, si no se escapan a tiempo. Yo le saqué
anoche furtivamente de los Dominicos y le embarqué esta mañana. Ya no
corre peligro alguno. Está bajo la salvaguardia del noble pabellón
inglés.
—¡Oh, gracias, gracias!
—Además del servicio que a usted presto, creo cumplir un deber de
conciencia arrancando una víctima a los feroces ministros del rey de
España.
—¿Pues qué —pregunté con asombro—, Su Majestad no ha ofrecido en su
manifiesto de Cádiz perdonar a todo el mundo?
—¡Palabras de rey prisionero! Las palabras del déspota libre son las
que rigen ahora. Su Majestad ha promulgado otro decreto que es la negra
bandera de las proscripciones, un programa de sangre y exterminio.
Innumerables personas han sido condenadas a muerte.
—Esto es una infamia... Pero, en fin, ¿está él en salvo?...
—En salvo.
—¿Y sabe que me lo debe a mí..., sabe que yo...? ¡Oh, señor conde!, no
extrañe usted mi egoísmo. Estoy loca de alegría, y puedo repetir con
toda mi alma: «Ahora sí que no se me puede escapar.»
—Sabe que a usted lo debe todo, y espera abrazarla pronto.
—¿Cómo?
—Muy fácilmente. Comprendiendo que usted desea ir en su compañía, he
pedido otro pasaporte para doña Jenara de Baraona.
—¿De modo que yo...?
—Puede embarcarse usted esta tarde antes de las cuatro a bordo de la
_Tisbe_.
—¿Es verdad lo que oigo?
—Aquí está la orden firmada por el almirante inglés. Me la ha dado con
las que ponen en salvo a los exregentes Císcar y Valdés, impíamente
condenados a muerte por el rey.
—¡Oh..., soy feliz, y todo lo debo a usted!... ¡Qué admirable conducta!
Sin poder contenerme, caí de rodillas, y con mis lágrimas bañé las
generosas manos de aquel hombre.
—Así castigo yo —me dijo, levantándome—. Prepárese usted. A las tres y
media vengo a buscarla para conducirla a bordo del bote francés que me
han facilitado dos guardias marinas, parientes míos.
Retirose el francés, recomendándome otra vez que estuviera pronta a las
tres y media. Era la una.
Ocupeme con febril presteza en preparar mi viaje. Estaba resuelta
al abandono de todo lo que no nos fuera fácil llevar. Mariana y yo
trabajamos como locas sin darnos un segundo de reposo.
La felicidad se desbordaba en mi alma. Me reía sola... Pero, ¡ay!, una
idea triste conturbó de súbito mi mente. Acordeme de la pobre huérfana
viajera, y esto produjo una detención dolorosa en el raudo y atrevido
vuelo de mi espíritu. Pero al mismo tiempo sentía que los rencores
huían de mi corazón, reemplazados por sentimientos dulces y expansivos,
los únicos dignos de la privilegiada alma de la mujer.
«Perdono a todo el mundo —dije para mí—. Reconozco que hice mal en
engañar a aquella pobre muchacha... Todavía le estará buscando... Pero
yo también le busqué, yo también he padecido horriblemente... ¡Oh!
¡Dios mío! Al fin me das respiro, al fin me das la felicidad que no
pude obtener a causa sin duda de mis atroces faltas... La felicidad
hace buenos a los malos, y yo seré buena, seré siempre buena...
Esta tarde, cuando le vea, le pediré perdón por lo que hice con su
hermana... ¡Oh!, ahora me acuerdo de la marquesa de Falfán, y torno a
ponerme furiosa... No, eso sí que no puede perdonarse, no... Tendrá
que darme cuenta de su vil conducta... Pero al fin le perdonaré. ¡Es
tan dulce perdonar!... Bendito sea Dios que nos hace felices para que
seamos buenos.»
Esto y otras cosas seguía pensando, sin cesar de trabajar en el arreglo
de mi equipaje. Miraba a todas horas el reloj, que era también de
_cucú_, como el de aquella horrible noche de Sevilla; pero el pájaro de
Puerto Real me era simpático, y sus saluditos y su canto regocijaban mi
espíritu.
Dieron las tres. Una mano brutal golpeó mi puerta. No había dado yo
la orden de pasar adelante, cuando se presentaron cuatro hombres,
dos paisanos y dos militares. Uno de los paisanos llevaba bastón de
policía. Avanzó hacia mí. ¡Visión horrible!... Yo había visto al tal en
alguna parte. ¿Dónde? En Benabarre.
Aquel hombre me dijo groseramente:
—Señora doña Jenara de Baraona, dese usted presa.
En el primer instante no contesté, porque la estupefacción me lo
impedía. Después, rugiendo, más bien que hablando, exclamé:
—¡Yo presa, yo!... ¿De orden de quién?
—De orden del excelentísimo señor don Víctor Sáez, ministro universal
de Su Majestad.
—¡Vil! ¡Tan vil tú como Sáez! —grité.
Yo no era una mujer, era una leona.
Al ver que se me acercaron dos soldados y asieron mis brazos con sus
manos de hierro, corrí por la estancia. No buscaba mi salvación en
cobarde fuga: buscaba un cuchillo, un hacha, un arma cualquiera...
Comprendía el asesinato. Mi furor no tenía comparación con ningún furor
de hombre. Era furor de mujer. No encontré ningún arma. ¡Dios vengador,
si la encontrara, aunque fuese un tenedor, creo que habría matado a los
cuatro! Un candelabro vino a mis manos, tomelo, y al instante la cabeza
de uno de ellos se rajó... ¡Sangre! ¡Yo quiero sangre!
Pero me atenazaron con vigor salvaje... ¡Presa, presa!... Todos mis
afanes, todos mis sentimientos, todos mis deseos se condensaban en uno
solo: tener delante a don Víctor Sáez para lanzarme sobre él, y con mis
dedos teñidos de sangre sacarle los ojos.
No pudiendo hundir mis dedos en extraños ojos, los volví contra los
míos... clavelos en mi cabeza, intentando agujerearme el cráneo y
sacarme los sesos. Mi aliento era fuego puro.
Lleváronme... ¿qué sé yo a dónde? Por el camino... ¡oh Satán mío!, ¡oh
demonio injustamente arrojado del Paraíso!... sentí el disparo de la
corbeta inglesa al darse a la vela.