¡Cuántos días pasaron! Yo contaba las horas, los minutos, como si de la
duración de ellos dependiese mi vida. Entre españoles y franceses era
opinión corriente que la guerra acabaría pronto, que Cádiz expiraba,
que las Cortes se morían por momentos. Sin embargo, aún resistía
el gobierno liberal y sus secuaces, como la bestia herida que no
quiere soltar su presa mientras tenga un hálito de existencia. Esta
constancia no carecía de mérito, y lo tendría mayor si se empleara en
causa menos perdida. ¡Inútil sacrificio! No tenían hombres, porque
los alistamientos no producían efecto. No tenían dinero, porque el
empréstito que levantaron en Londres produjo... una libra esterlina.
Yo creo que si mi espíritu hubiera estado en disposición de admirar
algo, habría admirado la perseverancia de aquel gobierno que no pudo
encontrar en toda Europa quien le prestase más de cinco duros.
Mi deseo era que se rindiese todo el mundo, que el rey y la nación
arreglasen pronto sus diferencias, aunque las arreglaran devorándose
mutuamente. Yo quería tener el campo libre para el desenlace de mi
campaña amorosa, que veía ya seguro y feliz.
Casi todo septiembre lo pasaron Angulema y las Cortes en dimes y
diretes. Mil recados atravesaban la bahía en un bote; callaban los
cañones para que hablaran los parlamentarios. Tales comedias me ponían
furiosa, porque no se decidía la suerte de los infelices prisioneros
del Trocadero, que habían sido repartidos entre los Dominicos del
Puerto y la Cartuja de Jerez.
Montguyon me visitó el 12 para informarme de que había visto al
prisionero, cuyo nombre y señas le había dado yo oportunamente.
—Está sumamente abatido y melancólico —me dijo—. Se ha negado a recibir
los auxilios pecuniarios que le ofrecí de parte de usted; pero se
ha mostrado muy agradecido. Al oír que Jenara tenía gran empeño en
conseguir su libertad, pareció muy turbado, pronunciando palabras
sueltas cuyo sentido no pude comprender.
—¿Y no desea verme?
—Parece que lo desea ardientemente.
—¡Oh! ¡Estas dilaciones son horribles! ¿Y qué más dijo?
—Cosas tristes y peregrinas. Afirma que desea la libertad para
conseguir por ella el destierro.
—¡El destierro!
—Dice que aborrece a su país, y que la idea de emigración le consuela.
—Le conozco, sí... Esa idea es suya.
Otras cosas me dijo el conde; pero se referían al trato que se daba a
los prisioneros y a las excepciones ventajosas que él estableciera en
beneficio de mi amado. ¡Cuánto le agradecí sus delicadezas! Mientras
viva tendré buenos recuerdos de hombre tan caballeroso y humanitario.
Interrumpidos los tratos por la terquedad de las Cortes, tomó de nuevo
la palabra el cañón, y el día 20 fue ganado por los franceses, con otro
brioso asalto, el castillo de Sancti-Petri. Después de este hecho de
armas Angulema habló fuerte a los tenaces liberales, pegados como lapas
a la roca constitucional, y les amenazó con pasar a cuchillo a toda la
guarnición de Cádiz si Fernando VII no era puerto inmediatamente en
libertad. El 26 se sublevó contra la Constitución el batallón de San
Marcial, que guarnecía la batería de Urrutia en la costa; y la armada
francesa, secundando el fuego de las baterías del Trocadero, arrojaba
bombas sobre Cádiz. No era posible mayor resistencia. Era una tenacidad
que empezaba a confundirse con el heroísmo, y la Constitución moría
como había nacido, entre espantosa lluvia de balas, saludada en su
triste ocaso, como en su dramático oriente, por las salvas del ejército
francés.
Por fin llegaba el anhelado día.
—Habrá perdón general —decía yo para mí—. Todos los prisioneros serán
puestos en libertad. Huiremos. ¡Cuán grato es el destierro! Comeremos
los dos el dulce pan de la emigración, lejos de indiscretas miradas,
libres y felices fuera de esta loca patria perturbada, donde ni aun los
corazones pueden latir en paz.
Montguyon me trajo el 29 malas noticias.
—El duque ha resuelto poner en libertad a todos los prisioneros de
guerra. Pero...
—¿Pero qué?
—Ha dispuesto que sean entregados a las autoridades españolas los
individuos que en Cádiz desempeñaban comisiones políticas.
—¿Él está comprendido?
—Sí, señora. Desgraciadamente, se tienen de él las peores noticias.
Había recorrido los pueblos alistando gente por orden de Calatrava;
había venido desde Cataluña con órdenes de Mina para realizar
asesinatos de franceses. Había organizado las partidas de gente soez
que en el tránsito de Sevilla a Cádiz insultaron a Su Majestad.
—¡Oh, eso es falso, falso, mil veces falso! —grité sin poder contener
mi indignación.
Y en efecto, tales suposiciones eran infames calumnias.
—Ha llegado al Puerto de Santa María —añadió Montguyon— el señor don
Víctor Sáez, Secretario de Estado. ¿Por qué no le ve usted?
—No quiero nada con hombres de ese jaez —repuse con enojo—. Usted me
ha dado su palabra de honor; usted ha empeñado su nombre de caballero,
y con usted solo debo contar. ¡Oh, señor conde!, si mi prisionero es
entregado a la brutalidad de las autoridades españolas, sedientas hoy
de sangre y de venganza, sospecharé que usted me hace traición.
Palideció el caballero francés. Dirigiéndome una mirada desdeñosa, me
dijo al despedirse:
—Todavía, señora, no sabe usted quién soy yo.
A pesar de mis propósitos, determiné visitar a Sáez, porque bueno es
tener amigos aunque sea en el infierno. Vencí mis recientes antipatías,
y tomando un coche me encaminé al Puerto de Santa María. Era el 1.º de
octubre, día solemne en los fastos españoles.
Hallé al buen canónigo más soplado y presuntuoso que nunca, como todo
aquel que se ve en altura a donde nunca debió llegar; pero contra lo
que yo esperaba, recibiome afablemente, y no me dijo una sola palabra
acerca de mi conversión al absolutismo. Parecía no dar valor a estas
pequeñeces, y ocuparse tan solo, como Jiménez de Cisneros, en los
negocios públicos de ambos mundos.
—Hoy es día placentero, señora, día feliz entre todos los días felices
de la tierra —me dijo—. Su Majestad don Fernando, ese ilustre mártir de
los excesos revolucionarios, es ya libre.
—¿Ya?
—Hoy nos le entregan. Al fin han comprendido esos locos que su
resistencia les podría costar muy cara, pero muy cara. El duque tiene
malas moscas.
—Felicitémonos, señor don Víctor —dije con afectado entusiasmo—, de
esta solución lisonjera. España y el mundo están de enhorabuena. Mas
para que se completara la dicha, convendría que tantas y tan graves
heridas no se ensañasen con la venganza y la crueldad del partido
vencedor, y que un generoso olvido de los errores pasados inaugurase la
venturosa era que empieza hoy.
—Así será, señora —repuso sonriendo de un modo que me pareció algo
hipócrita—. Su Majestad ha dado ayer en Cádiz un manifiesto en que
ofrece perdonar a todo el mundo y no acordarse para nada de los que le
han ofendido. ¡Cuánta magnanimidad! ¡Cuánta nobleza!
—¡Oh, sí, conducta digna de un descendiente de cien reyes, digna de
quien da el perdón y del pueblo que la recibe! Si Fernando cumple lo
que promete, será grande entre todos los reyes de España.
—Lo cumplirá, señora, lo cumplirá.
Aunque no tenía gran confianza en las afirmaciones de Sáez, di crédito
a estos propósitos por creerlos inspiración del duque de Angulema.
Invitome luego a presenciar el desembarco de Su Majestad, a lo que
accedí muy gustosa. Nos trasladamos al muelle, y habiendo sido colocada
por un oficial francés en sitio muy conveniente para ver todo,
presencié aquel acto, que debía ser uno de los más notables recodos,
uno de los más bruscos ángulos de la historia de España en el tortuoso
siglo presente.
¡Espectáculo conmovedor! La regia falúa, cuyo timón gobernaba el
almirante Valdés, glorioso marino de Trafalgar, se acercaba al muelle.
En ella venía toda la familia real, la monarquía histórica secuestrada
por el liberalismo. La conciliación ideada por cabezas insensatas era
imposible, y aquellos regios rehenes que la nación había tomado, eran
devueltos al absolutismo, contra el cual no podían prevalecer aún
los infiernos de la demagogia. En una lancha volvían del purgatorio
constitucional las ánimas angustiadas del rey y los príncipes.
Mientras el victorioso despotismo recobraba sus personas sagradas, allá
lejos, sobre la gloriosa peña inundada de luz y ceñida por coronas de
blancas olas, los pobres pensadores desesperados, los utopistas sin
ilusiones, los desengañados patricios lloraban sus errores, y buscando
hospitalidad en naves extranjeras, se disponían a huir para siempre de
la patria a quien no habían podido convencer.
Así acaban los esfuerzos superiores a la energía humana, las luchas
imposibles con monstruos potentes de terribles lazos, y que hunden
en el suelo sus patas para estar más seguros, como hunde sus raíces
el árbol. Tal era la contienda con el absolutismo. Querían vencerle
cortándole las ramas, y él retoñaba con más fuerza. Querían ahogarle,
y regándole daban jugo a sus raíces. ¡A vosotros, oh venideros días
del siglo, tocaba atacarlo en lo hondo, arrancándolo de cuajo!... Pero
advierto que estoy hablando la jerga liberal. ¡Qué horror! Verdad es
que escribo veinte años después de aquellos sucesos; que ya soy vieja,
y que a los viejos, como a los sabios, se les permite mudar de parecer.
Fernando puso el pie en tierra. Dicen que al verse en suelo firme
dirigió a Valdés una mirada terrible, una mirada que era un programa
político: el programa de la venganza. Yo no lo vi, pero debió de ser
cierto, porque me lo dijo quien estaba muy cerca. Lo que sí puedo
asegurar es que Angulema, hincando en tierra la rodilla, besó la mano
al rey; que luego se abrazaron todos; que don Víctor Sáez lloraba
como un simple, y que los vivas y las exclamaciones de entusiasmo
me volvieron loca. Los franceses gritaban, los españoles gritaban
también, celebrando la feliz resurrección de la monarquía tradicional y
la miserable muerte del impío constitucionalismo. El glorioso imperio
de las _caenas_ había empezado. Ya se podía decir con toda el alma:
«¡Viva el rey absoluto! ¡Muera la nación!»