En seguida que llamé salieron a abrir. Se conocía que en la casa
reinaba la impaciencia. Una mujer descorrió con presteza el cerrojo y
me rogó que entrase. Era ella. Yo recordaba haberla visto en alguna
parte.
Carecía de verdadera hermosura; pero al reconocerlo así con gozo, no
pude dejar de concederle una atracción singular en toda su persona, un
encanto que habría establecido al instante entre ella y yo profunda
simpatía, si en medio de las dos no existiese, como infranqueable
abismo, la persona de un hombre. Vestía de luto, y la delgadez de su
rostro anunciaba el paso de grandes penas. Cuando me vio, alterose
tanto y su turbación fue tan grande, que no podía dirigirme la palabra.
Por mi parte, la miré con serenidad y altanería, como de superior a
inferior, haciendo todo lo posible para que ella se creyese muy honrada
con mi visita.
Yo había oído hablar a Salvador, con cariño y admiración que me
ofendían, de aquella singular hermana suya que no era tal hermana, ni
aun pariente, y que muy bien podía ser otra cosa. Nunca creí en la
fraternidad honesta de que él me había hablado, porque conozco un
poco el corazón del hombre, y admito solo los sentimientos cardinales
y fundamentales, y no esas mixturas y composiciones sutiles que no
sirven más que para disfrazar alguna pasión ilícita... Deseaba conocer
por mí misma a la dichosa hermana tan ponderada por él, y ver si tenía
fundamento el secreto odio que mi alma hacia ella sentía. Desde que
la vi, a pesar de que me fue muy patente su inferioridad personal
con respecto a la nieta de mi abuela, me pareció tener delante a una
rival temible, más peligrosa cuanto más humilde en apariencia. Al
instante traté de buscar en ella un defecto grande, de esos que afean
espantosamente a la mujer. Mi ingenioso rencor encontró al punto aquel
defecto, y dije en mi interior:
«Esta muchacha debe de ser una hipocritona. No hay más remedio sino que
lo es.»
Mi juicio fue rápido, como la inspiración, como la improvisación.
Desde la puerta a la sala a donde me condujo, hice mil observaciones,
entre ellas una que no debo pasar en silencio. La casa estaba tan
perfectamente arreglada, que no parecía vivienda sin dueño. Todo se
hallaba en su sitio, sin el más ligero desorden, en perfecto estado de
limpieza, descubriéndose en cada cosa el esmero peregrino que anuncia
la mano de una mujer poseedora del genio doméstico. Creeríase que
el amo era esperado de un momento a otro, y que todo se acababa de
disponer para agradarle cuando entrara.
Al sentarme reconcentré mis ideas acerca del plan que había formado, y
le dije:
—Sé que usted padece mucho por saber el paradero del amo de esta casa,
y como tengo noticias de él, vengo a tranquilizarla.
—¡Oh, señora, cuánta bondad! —exclamó con repentina alegría—. ¿De modo
que usted sabe dónde está y por qué no viene?... ¿Han vuelto a cogerle
los facciosos?
—No, señora. Está libre y bueno.
—Entonces no tiene perdón de Dios —dijo abatiendo el vuelo de su alma,
que tanto se había elevado con las alas de la alegría—. No, no tiene
perdón de Dios.
—¿Usted le ha escrito?
—Muchas veces. Dirijo las cartas al ejército de Mina, con la esperanza
de que alguna llegue a sus manos... pero no recibo contestación. Es una
iniquidad de mi hermano. Por poco que se acuerde de mí, por muy grande
que sea su olvido, ¿será tal que no me haya escrito una sola vez?
—Los que están en armas —dije sonriendo— no se acuerdan de las pobres
mujeres que lloran.
—Yo creo que me ha escrito. Él es muy bueno y me considera mucho. No es
capaz de tenerme en esta incertidumbre por su voluntad.
—¿Pero usted no ha recibido ninguna carta?
—En febrero vinieron dos; pero después ninguna. Quizás se hayan perdido.
—Podría ser.
—A veces me figuro que no me escribe porque viene. Todos los días creo
que va a llegar, y desde que siento pasos en la escalera, corro a ver
si es él. Todo lo tengo preparado, y si viene, nada encontrará fuera de
su sitio.
—Sí, ya lo veo. Es usted una alhaja. El pobre Salvador debe de estar
muy satisfecho de su hermana. Él la aprecia a usted mucho. Me lo ha
dicho.
—¡Se lo ha dicho a usted! —exclamó tan vivamente conmovida, que casi
estuvo a punto de llorar.
—Me lo ha dicho, sí. Él me cuenta todo. Para mí nunca ha tenido
secretos.
Sola me miró de hito en hito durante un momento, que me pareció
demasiado largo. ¿Qué había en la expresión de su semblante al
contemplar el mío? ¿Envidia? No podía ser otra cosa; pero la apariencia
indicaba más bien una resignación dolorosa. Le habría tenido mucha
lástima, si no hubiera estado convencida de que era una hipócrita.
—Muchas veces me ha hablado de usted —proseguí—, elogiándome sus bellas
cualidades para el gobierno de una casa. Vea usted de qué manera ha
venido a encontrarse sola al frente de este hogar vacío, conservándole
tan bien para cuando él vuelva.
—La pobre doña Fermina —dijo—, que murió de pesadumbre por la pérdida
de su hijo, me encargó todo al morir, poniendo en mi mano cuanto tenía
y ordenándome que lo guardase y conservase hasta que pareciera Salvador.
—¿Entonces ella no le creía muerto?
—Dudaba. Siempre tenía esperanza —manifestó la joven dando un suspiro—.
Yo le hablaba a todas horas de la vuelta de su hijo, y, la verdad,
siempre tuve esperanza de verle entrar en la casa, porque una voz
secreta de mi corazón me decía que volvería. El día antes de fallecer,
doña Fermina escribió una larga carta a su hijo... ¡Cuántas lágrimas
derramó la pobre! Yo habría dado con gusto mi vida porque la infeliz
madre viera a su hijo antes de morir. Pero Dios no lo quiso así.
—¿Y esa carta?... —pregunté, deseosa de conocer aquel detalle.
—Esa carta la depositó en mí doña Fermina, mandándome que la entregase
a Salvador en su propia mano, si parecía.
—¿Y si no parecía?
—Doña Fermina me ordenó que le buscase por todos los medios posibles,
y que si tenía noticias de él y no venía a Madrid, fuese a buscarle
aunque tuviera que ir muy lejos.
—Pero ¿cómo podrá usted emprender esos viajes? ¡Pobrecilla! —exclamé
mostrando una compasión que estaba muy lejos de sentir.
—Eso sería lo de menos. No me faltan ánimos para ponerme en camino, ni
tampoco recursos con que emprender un largo viaje, porque doña Fermina
me entregó todos sus ahorros para que los destinase a buscar a su hijo.
—¡Ah! Entonces... Y para el caso de no encontrarlo, ¿qué dispuso esa
señora?
—Que esperase, y le volviera a buscar después.
—¿Y para el caso de que fuera evidente su muerte?
—Que echase al fuego la carta sin leerla. ¡Ha sido desgraciada suerte
la nuestra! —prosiguió la huérfana con abatimiento—. Un mes después de
haber subido al cielo aquella buena señora, vino la carta de Salvador
anunciando que estaba libre. ¡Ay! En mi vida he tenido mayor alegría
ni mayor tristeza, juntas tristeza y alegría sin que pudiesen ser
separadas. Yo le contesté diciéndole lo que pasaba y rogándole que
viniese. Desde aquel día lo estoy esperando. Han pasado tres meses, y
no ha venido ni me ha escrito.
—Pues ha llegado la ocasión de que usted cumpla la última voluntad de
la pobre señora difunta, partiendo en busca de ese hijo desnaturalizado.
—¡Si no sé dónde está...! Un amigo que lee todos los papeles
públicos y sabe por dónde andan los ejércitos, las guerrillas y las
contraguerrillas, me ha dicho que las tropas de Mina se han disuelto.
Otro que vino del norte, me aseguró que Salvador había emigrado a
Francia. Yo, a pesar de estas noticias, le espero, tengo confianza en
que ha de venir, y he resuelto aguardar lo que resta de mes. Sigo mis
averiguaciones, y si en todo mayo no ha venido ni me ha escrito, pienso
ponerme en camino y buscarle con la ayuda de Dios.
—Siento quitarle a usted una ilusión —dije, adoptando definitivamente
mi diabólico plan, y resolviéndome a ponerlo en práctica—. Salvador no
vendrá por ahora, no puede venir.
—¿Lo sabe usted de cierto? —me preguntó vivamente turbada y con algo de
incredulidad en sus hermosos ojos.
—¿Duda usted de mí? —dije poniendo en mi semblante esa naturalidad
inefable que es uno de mis más preciosos resortes para expresar lo que
quiero—. Precisamente no he venido a otra cosa que a decirle a usted su
paradero, después de tranquilizarla, por si le creía enfermo o muerto.
—¿Y dónde está?
—Habiendo reñido con Mina por una cuestión de amor propio, pasó a las
contraguerrillas que siguen al general Ballesteros.
—¿Entonces sigue en el norte?
—No, señora. Ya sabe usted que el ejército de Ballesteros se ha
retirado a Valencia.
—A Valencia, sí. Efectivamente, lo oí decir. ¿De modo que Salvador está
en Valencia?
—Sí, y estos informes no son vagos ni fundados en conjeturas, porque yo
misma...
Al llegar aquí di un suspiro afectando cierta emoción. Después acabé
así la frase:
—Yo misma me separé de él en Onteniente el 20 de abril.
—¿Es cierto, señora, lo que usted me dice? —me preguntó con gran
agitación.
—Sí; pero no creo que haga usted el disparate de ponerse en camino para
Levante —indiqué con objeto de que no conociera mi verdadera idea.
—¿Pues qué, vendrá?
—Venir no. No vendrá en mucho tiempo, mayormente si de hoy a mañana
capitula la corte y se establece el absolutismo. Yo creo que se verá
obligado a emigrar, embarcándose en cualquier puerto de la costa.
—¡Embarcarse! —exclamó con desaliento—. No, señora, no; eso no puede
ser. Corro allá al momento.
Se levantó como si de un vuelo pudiera trasladarse a Valencia.
—¿Y será usted capaz de emprender un viaje tan largo?... ¿Tendrá usted
valor?... —manifesté con fingida admiración.
—Yo tengo valor para todo, señora.
Después del primer movimiento de credulidad, la vi como abatida y
vacilante. Dudaba.
—Puede usted escribirle —le dije— con la dirección que yo le dé, y
cuando reciba la contestación de él, ponerse en camino... Lo malo será
que en ese tiempo tome la guerra otro aspecto y llegue usted tarde.
—Eso sería terrible. Yo creo que si voy, debo ir hoy mismo... ¿Y de él
se separó usted el 20 de abril?
Dudaba todavía. Al llegar a este punto, la voz de la conciencia, que
aún me detenía, fue acallada por mis celos, y no pensé más que en el
éxito completo del plan que me había propuesto. No vacilé más y pensé
en la carta que me había traído Pipaón.
—Me separé de él el 20 de abril —afirmé—; pero después de eso,
hallándome en Aranjuez, recibí una carta suya.
Con avidez fijó Solita sus ojos en mí. Por grande que fuera mi
serenidad, mi corazón palpitaba, porque ni aun los criminales más
criminales hacen ciertas cosas sin algo de procesión por dentro.
Confesaré ahora la fealdad toda de mi acción, para que se comprenda
bien la importancia de aquella escena y mi perverso papel.
—Si quisiera mostrarme usted la carta de Salvador —me dijo en tono
suplicante—, al menos para saber con fijeza el punto en que se halla...
—No la he traído —repuse con el mayor aplomo—; pero volveré a mi casa,
que está a dos pasos, y la traeré, para que tenga usted ese consuelo, y
una seguridad que no pueden darle mis palabras.
—¡Oh!, no, señora; yo creo...
—No... estas cosas son delicadas. Al instante traeré a usted la
carta que me escribió, y que no está fechada en Onteniente, sino en
otro pueblo del reino de Valencia, pues como usted puede suponer, el
ejército se mueve casi todos los días.
Diciendo esto me levanté. Ella me daba las gracias por mi bondad en
cariñosas y vehementes palabras. Brindose a ir conmigo porque yo no
me molestase en volver; pero esto no me convenía, y salí rápidamente.
¡Miserable de mí, y cuánto me cegaba la pasión y aquel detestable afán
de hacer daño a la que aborrecía!... Contaré esto con la mayor brevedad
posible, porque me mortifica tan desagradable recuerdo; y en verdad
que si pudiera escribir estas vergonzosas líneas cerrando los ojos, lo
haría para no ver lo que traza mi propia pluma.