Pasé por Vitoria y por la Puebla de Arganzón, como los días felices por
la vida del hombre: a escape. No miraba a ningún lado, por miedo a mis
malos recuerdos, que salían a detenerme.
En los pueblos todos del norte, la intervención vencía sin batallas; y
antes de que asomara el morrión del primer francés de la vanguardia,
la Constitución estaba humillada. Los mozos todos comprendidos en la
quinta ordenada por el gobierno, se unían a las facciones, y eran muy
pocos los milicianos que se aventuraban a seguir a los liberales. No
he visto una propagación más rápida de las ideas absolutistas. Era
aquello como un incendio que de punta a punta se desarrolla rápidamente
y todo lo devora. En medio de las plazas los frailes predicaban mañana
y tarde, con pretexto de la Cuaresma, presentando a los franceses como
enviados de Dios, y a los liberales como alumnos de Satanás que debían
ser exterminados.
El general Ballesteros mandaba el ejército que debía operar en el
norte y línea del Ebro para alejar a los franceses. No viendo yo a
dicho ejército por ninguna parte, sino inmensas plagas de partidas,
pregunté por él, y me dijeron en Briviesca que Ballesteros, convencido
de no poder hacer nada de provecho, se había retirado nada menos
que a Valencia. Movimiento tan disparatado no podía explicarse en
circunstancias normales; pero entonces todo lo que fuera desastres y
yerros del liberalismo tenía explicación.
Viendo crecer en los pueblos la aversión a las Cortes y al gobierno,
el ejército perdía el entusiasmo. A su paso, como se levanta polvo del
camino, levantábanse nubes de facciosos, que al instante eran soldados
aguerridos. Así se explica que el ejército de Ballesteros compuesto
de dieciséis mil hombres, se retirara sin combatir emprendiendo la
inverosímil marcha a Valencia, donde podía adquirir algún prestigio
derrotando a Sempere, al Locho y al carretero Chambó, tres nuevos
generales o arcángeles guerreros que le habían salido a la fe.
En Dueñas me adelanté, dejando atrás a los franceses; tenía tanta
prisa como ellos y menos estorbos en el camino, aunque los suyos no
eran tampoco grandes. ¡Cuánto deseaba yo ver por alguna parte tropas
regulares españolas! En verdad, me avergonzaba que los hijos de San
Luis, a pesar de que nos traían orden y catolicismo, se internaran en
España tan fácilmente. Con todo mi absolutismo, yo habría visto con
gusto una batalla en que aquellos liberales tan aborrecidos dieran
una buena tunda a los que yo llamaba entonces mis aliados. Española
antes que todo, distaba mucho de parecerme a los señores frailes
y sacristanes que en 1808 llamaban judíos a los franceses y ahora
ministros de Dios.
En Somosierra encontré tropas. Eran las del ejército de La Bisbal,
destinado por las Cortes a cerrar el paso del Guadarrama, amparando
de este modo a Madrid. Mis dudas acerca del éxito de aquella empresa
fueron grandes. Yo conocía a La Bisbal. ¿Cómo no, si era conocido de
todo el mundo? Fue el que el año 14 se presentó al rey llevando dos
discursos en el bolsillo, uno en sentido realista, otro en sentido
liberal, para pronunciar el que mejor cuadrase a las circunstancias.
Fue el que en 1820 hizo también el doble papel de ordenancista y
de sedicioso. La inseguridad de sus opiniones había llegado a ser
proverbial. Era hombre altamente penetrado del axioma italiano _ma per
troppo variar natura è bella_. Yo no comprendía en qué estaba pensando
el gobierno cuando le nombró. Si los ministros se hubieran propuesto
elegir para mandar el ejército más importante al hombre más a propósito
para perderlo, no habrían elegido a otro que a La Bisbal.
Pasé con tristeza por entre su ejército. Aquellos soldados, capaces
del más grande heroísmo, me inspiraban lástima, viéndoles destinados
a desempeñar un papel irrisorio, como leones a quienes se obliga
a bailar. Sentía yo impulsos de arengarles: «¡Que os engañan,
pobres muchachos! No dejéis las armas sin combatir. Si os hablan de
capitulación, degollad a vuestros generales.»
En Madrid hallé un abatimiento superior a lo que esperaba. Se hablaba
allí de capitular, como de la cosa más natural del mundo. Solo tenían
entusiasmo algunos infelices que no servían para nada, el cuerpo de
coros de los clubs y de las sociedades secretas, la gente gritona, y
también bastantes de los que habían tirado del coche de Fernando VII
cuando volvió de Francia el año 14. Los absolutistas creían con razón
ganada la partida, y afectaban cierta generosidad magnánima. ¡Pobre
gente! Algunos de estos pajarracos me visitaron, entre ellos don Víctor
Sáez, y tuve el gusto de hacerles rabiar, asegurándoles que Angulema
traía orden de obsequiarnos con las dos Cámaras y un absolutismo
templado, suavísimo emoliente para nuestra anarquía. Esto ponía a mis
buenos amigotes más furiosos que las bravatas de los liberales, pues
aún había liberales con inocencia bastante para echar roncas.
Pero yo me ocupaba poco de tales cosas. Mi primer cuidado fue hacer
algunas averiguaciones concernientes a la entrañable política de mi
herido corazón. Por fortuna, a la casa donde yo vivía, honradísimo
albergue de una noble familia alavesa, iba a menudo un tal Campos,
hombre muy intrigante, director de Correos, si no recuerdo mal, gran
maestre de la Orden masónica, o por lo menos principalísimo dignatario
de ella, amigo íntimo de los liberales de más viso y también de algunos
absolutistas, como hombre que sabe el modo de comer a dos carrillos.
Yo le había tratado el año anterior, y charlando juntos, me reía
de los masones, lo cual a él no le enojaba. Entre bromas y veras
solía enterarme de algunas cosas reservadas, porque no era hombre
de extraordinaria discreción, ni tampoco de una incorruptibilidad
absoluta. En los días de mi llegada de Irún, que eran los de mediados
de mayo del 23, le pregunté si esperaban los masones algún mensaje
reservado de Mina. Negolo; mas yo, asegurándolo con el mayor descaro
y nombrando el mensajero, le hice confesar que esperaban órdenes de
Mina de un día a otro. Él, lo mismo que su secretario, cuyo nombre no
recuerdo, me aseguraron no haber visto todavía en Madrid a Salvador
Monsalud, ni tener noticia alguna de él.
—No ha llegado aún —dije—. Mucho tarda.
Sin reparar en nada fui a su casa. Un portero, tan locuaz como pedante,
liberal muy farolón, de aquellos a quienes yo llamo _sepultureros de
la libertad_, porque son los que la han enterrado, me informó de que
el señor Monsalud faltaba de Madrid desde el mes de agosto del año
anterior.
—Puede que la señora doña Solita sepa algo —me dijo—. Pero no es fácil,
porque anoche lloraba... Como no llorase de placer, que también esto
sucede a menudo...
—¿De modo que la casa subsiste? —le pregunté.
—Subsiste, sí, señora; pero no subsistirá mucho tiempo si el señor don
Salvador no vuelve del otro mundo.
—Pues qué, ¿ha muerto?
—Así lo creo yo. Pero esa joven sentimental siempre tiene esperanzas,
y cada vez que el sol sale por el horizonte esparciendo sus rayos de
oro... ¿me entiende usted?
—Sí, acabe de una vez el señor Sarmiento.
—Quiero decir, que siempre que amanece, lo cual pasa todos los días, la
señora doña Solita dice: «¡Hoy vendrá!» Tal es la naturaleza humana,
señora, que de todo se cansa menos de esperar. Y yo digo: ¿qué sería
del hombre sin esperanza?... Dispénseme la señora; pero si piensa
subir, tengo el sentimiento de no poder acompañarla, porque como mi
hijo es miliciano...
—¿Y qué?
—Como es miliciano, y el honor le ordena derramar hasta la última
gota de su sangre en defensa de la dulce patria y de la libertad
preciosísima del género humano...
—¿Y qué más? —dije, complaciéndome en oír las graciosas pedanterías de
aquel hombre.
—Que impulsado por su ardoroso corazón, capaz del heroísmo, y por mi
paternal mandato, ha ido a Cádiz con las Cortes; y como ha ido a Cádiz
con las Cortes, y no volverá hasta dejar confundida a la facción y a
los cien mil y quinientos hijos, nietos o tataranietos del calzonazos
de Luis XVIII... ¡Por vida de la chilindraina y con cien mil pares
de docenas de chilindrones, que si yo tuviera veinte años menos...!
Pues digo que como Lucas ha ido a Cádiz..., y es un león mi hijo, un
verdadero león..., resulta que me es forzoso estar al cuidado de la
puerta; ¿me entiende la señora?
—Está bien —le dije riendo—. Puedo subir sola.
Quise darle una limosna, porque su aspecto me pareció muy miserable;
pero la rechazó con dignidad y cierto rubor decoroso, propio de las
grandezas caídas.
Subí a la casa. Antes que yo subía mi corazón.