Después de dar noticia de su estupenda liberación, exponiendo
con brevedad los padecimientos del largo cautiverio que había
sufrido, escribió frases cariñosas, y una patética declaración de
arrepentimiento por su desnaturalizada conducta y la impía fuga que
tan duramente había castigado Dios. Manifestando después su falta de
recursos, y que más que un viaje a Madrid le convenía su permanencia en
el ejército de Cataluña, rogaba a su madre que vendiese cuanto había en
la casa, y juntamente con Solita se trasladase a la Puebla de Arganzón,
donde a verlas pasaría, pidiendo una licencia. Concluía indicando la
dirección que debía darse a las cartas de respuesta, y pedía que esta
fuera inmediata, para calmar la incertidumbre y afán de su alma.
Aquella misma tarde habló con el brigadier Rotten, el cual era un
hombre muy rudo y fiero, bastante parecido en genio y modos a don
Carlos España. Aconsejole este que viera al general Mina, en cuyo
ejército había varias partidas de contraguerrilleros organizadas
disciplinariamente; añadió que él (el brigadier Rotten) se había
propuesto hacer la guerra de exterminio, quemando, arrasando y
fusilando, en la seguridad de que la supresión de la humanidad traería
infaliblemente el fin del absolutismo, y anunció que pasaba a la
provincia de Tarragona con todas las fuerzas de su mando, excepción
hecha del batallón de Murcia, que le había sido reclamado por el
general en jefe para reforzar el sitio de la Seo. Monsalud, sin vacilar
en su elección, optó por seguir a los de Murcia que iban hacia la Seo.
Salió, pues, Murcia al día siguiente muy temprano en dirección a
Castellar, llevando el triste encargo de conducir a catorce prisioneros
de San Llorens de Morunys. Seudoquis no ocultó a Salvador su disgusto
por comisión tan execrable; pero ni él ni sus compañeros podían
desobedecer al bárbaro Rotten. Púsose en marcha el regimiento, que
más bien parecía cortejo fúnebre, y en uno de sus últimos carros iba
Monsalud, viendo delante de sí a los infelices cautivos atraillados,
algunos medio desnudos, y todos abatidos y llorosos por su miserable
destino, aunque no se creían condenados a muerte, sino tan solo a
denigrante esclavitud.
Camino más triste no se había visto jamás. Lleno de fango el suelo,
cargada de neblina la atmósfera y enfriada por un remusguillo helado
que del Pirineo descendía, todo era tristeza fuera y dentro del alma de
los soldados. No se oían ni las canciones alegres con que estos suelen
hacer menos pesadas las largas marchas, ni los diálogos picantes, ni
más que el lúgubre compás de los pasos en el cieno y el crujir de los
lentos carros y los suspiros de los acongojados prisioneros. El día
se acabó muy pronto a causa de la niebla que, al modo de envidia, lo
empañaba; y al llegar a un ángulo del camino, en cierto sitio llamado
_Los tres Roures_ (los tres robles), el regimiento se detuvo. Tomaba
aliento, porque lo que tenía que hacer era grave.
Salvador sintió un súbito impulso en su alma cristiana. Eran los
sentimientos de humanidad, que se sobreponían al odio pasajero y al
recuerdo de tantas penas. Cuando vio que la horrible sentencia iba a
cumplirse, hundió la cabeza, sepultándola entre los sacos y mantas que
llenaban el carro, y oró en silencio. Los ayes lastimeros y los tiros
que pusieron fin a los ayes hiciéronle estremecer y sacudirse, como
si resonaran en la cavidad de su propio corazón. Cuando todo quedó en
lúgubre silencio, alzando su angustiada cabeza, dijo así:
—¡Qué cobarde soy! El estado de mi cuerpo, que parece de vidrio, me
hace débil y pusilánime como una mujer... No debo tenerles lástima,
porque me sepultaron durante seis meses, porque bailaron sobre mi
calabozo y me injuriaron y escupieron, porque ni aun tuvieron la
caridad de darme muerte, sino, por el contrario, me dejaban vivir para
mortificarme más.
El regimiento siguió adelante, y al pasar junto al lugar de la
carnicería, Salvador sintió renacer su congoja.
«Es preciso ser hombre —pensó—. La guerra es guerra, y exige estas
crueldades. Vale más ser verdugo que víctima. O ellos o nosotros.»
Seudoquis se acercó entonces para informarse de su estado de salud.
Estaba el buen capitán tan pálido como los muertos, y su mano ardiente
y nerviosa temblaba como la del asesino que acaba de arrojar el arma
para no ser descubierto.
—¿Qué dice usted, amigo mío? —le preguntó Salvador.
—Digo —repuso el militar tristemente— que la Constitución será vencida.