La primera determinación del gobierno popular que sucedió al de
Martínez de la Rosa, después de las jornadas de julio, fue nombrar
general del ejército del Norte al rayo de las guerrillas, al Napoleón
navarro, don Francisco Espoz y Mina. En medio de su atolondramiento,
los siete ministros, a quienes la corte llamaba los _Siete niños de
Écija_, no carecían de iniciativa y de cierta arrogancia emprendedora
que por algún tiempo les permitió sostenerse en el poder con
prestigio. El nombramiento de Mina y aquella orden que le dieron de
hacer tabla rasa de las provincias rebeldes, no pudieron ser más
acertados.
El gran guerrillero no necesitaba muy vivas excitaciones para sentar
su pesada mano a los pueblos. Navarros y catalanes le conocían.
Pero antaño había hecho la guerra con ellos, y ahora debía hacerla
contra ellos, lo cual era muy distinto. Antes se batía contra tropas
regulares, y ahora con ellas perseguía las partidas. Bien se ve que
el coloso de las guerrillas estaba fuera de su natural esfera y
asiento. Tenía que hacer el papel del enemigo durante la guerra de la
Independencia.
A pesar de esta desventaja, empezó con muy buen pie su campaña.
No podía decirse propiamente que había partidas en el norte, sino
que todo el norte, desde Gerona hasta Guipúzcoa y desde el Pirineo
hasta las inmediaciones del Ebro, ardía con horrible llamarada
absolutista. Quesada, a cuyo lado despuntaba un precoz muchacho
llamado Zumalacárregui, dominaba en Navarra, juntamente con Guergué y
don Santos Ladrón; Albuín, Cuevillas y Merino asolaban la tierra de
Burgos; Capapé la de Aragón; Jeps dels Estanys, el Trapense, Romagosa
y Caragol, la de Cataluña, donde el barón de Eroles trataba de formar
un ejército regular con las desperdigadas gavillas de la fe. Muchos
frailes del país, empezando por los aguerridos capuchinos de Cervera
que habían escapado del furor de las tropas liberales, y concluyendo
por los monjes de Poblet, que tanto trabajaron en la conspiración,
formaban en las filas del Manco, de Capapé o de Misas.
Mina tomó el mando de las tropas de Cataluña, y al poco tiempo el
aspecto de la campaña principió a mudarse favorablemente a nuestras
armas. En 24 de octubre, después de obligar a los facciosos a levantar
el sitio de Cervera, arrasó a Castellfollit, poniendo sobre sus ruinas
el célebre cartel que decía: «Aquí existió Castellfollit. Pueblos,
tomad ejemplo, y no deis abrigo a los enemigos de la patria.»
En noviembre tomó a Balaguer. En el mismo mes obligó a muchos facciosos
a pasar la frontera en presencia del cordón sanitario con que nos
amenazaban los franceses. En 20 de enero, uno de los suyos, el
brigadier Rotten, jefe de la cuarta división del ejército de Cataluña,
hacía sufrir a San Llorens de Morunys el tremendo castigo de que había
sido víctima Castellfollit, diciendo a las tropas en la orden del día:
«La villa esencialmente rebelde llamada San Llorens de Morunys, _será
borrada del mapa_.»
Aquel destructor de ciudades señalaba a cada regimiento las calles que
debía saquear antes de dar principio a la operación de borrar del mapa.
No de otra manera procedió Hoche en la Vendée; pero este sistema de
_borrar del mapa_ es algo expuesto, sobre todo en España.
El 8 de diciembre puso Mina sitio a la Seo de Urgel, mientras Rotten
iba convenciendo a los rebeldes catalanes con las suaves razones que
indicamos, y en uno de los pueblos demolidos y arrasados, precisamente
en aquel mismo San Llorens de Morunys, llamado también Piteus, ocurrió
un suceso digno de mencionarse, y que causó maravilla y emoción muy
viva en toda la tropa.
Fue de la manera siguiente: para que el saqueo se hiciera con orden,
Rotten dispuso que el batallón de Murcia trabajase en las calles de
Arañas y Balldelfred; el de Canarias, en las calles de Frecsures y
Segories; el de Córdoba, en la de Ferronised, dejando los arrabales
para el destacamento de la Constitución y la caballería. Lo mismo
en la orden de saqueo que en la de incendio, que le siguió, fueron
exceptuadas doce casas que pertenecían a otros tantos patriotas.
El regimiento de Córdoba funcionaba en la calle de Ferronised, entre
la consternación de los aterrados habitantes, cuando unos soldados
descubrieron un hondo sótano o mazmorra, y registrándolo, por si en
él había provisiones almacenadas para los facciosos, vieron a un
hombre aherrojado, o más propiamente dicho, un cadáver viviente, cuya
miserable postración les causó espanto. No vacilaron en prestarlo
auxilio cristianamente sacándole de allí en hombros, después de
quitarle con no poco trabajo las cadenas; y cuando el cautivo vio
la luz se desmayó, pronunciando incoherentes palabras, que más bien
expresaban demencia que alegría.
Rodeáronle todos, siendo objeto de gran curiosidad por parte de
oficiales y soldados, que no cesaban de denostar a los facciosos por
la crueldad usada con aquel infeliz. Este parecía haber permanecido
bajo tierra mucho tiempo, según estaba de lívido y exangüe, y sin duda
era víctima del furor de las hordas absolutistas, y más que criminal
castigado por sus delitos, un buen patriota condenado por su amor a la
Constitución.
Un capitán ayudante de Rotten, llamado don Rafael Seudoquis, se
interesó vivamente por el cautivo, y después de mandar que se le diera
toda clase de socorros, le apremió para que hablase. El hombre sacado
del fondo de la tierra parecía joven, a pesar de lo que le abrumaba su
padecer, y se sorprendió muy agradablemente de ver los uniformes de la
tropa. Las primeras palabras que pronunció fueron:
—¿En dónde están?
—¿Los facciosos? —dijo Seudoquis riendo—. Me parece que no les veremos
tan pronto, según la prisa que llevan... Ahora, buen amigo, díganos
cómo se llama usted y quién es.
El cautivo hacía esfuerzos para recordar.
—¿En qué año estamos? —preguntó al fin mirando a todos con extraviados
ojos.
—En el de 1823, que parece será el peor año del siglo, según como
empieza.
—¿Y en qué mes?
—En enero y a 15, día de san Pablo ermitaño. Si usted recuerda cuándo
le empaquetaron, puede hacer la cuenta del tiempo que ha estado en
conserva.
—He estado preso —dijo después de una larga pausa— seis meses y algunos
días.
—Pues no es mucho: otros han estado más. No le habrán tratado a usted
muy bien, eso es lo malo; pero descuide, que ahora las van a pagar
todas juntas. El pueblo será incendiado y arrasado.
—¡Incendiado y arrasado! —exclamó el cautivo con pena—. ¡Qué lástima
que no sea Benabarre!
—Sin duda el cautiverio de usted —dijo Seudoquis intimando más con el
desgraciado— empezó en ese horrible pueblo aragonés.
—Sí, señor: de allí me trajeron a Tremp, de Tremp a Masbrú y de Masbrú
aquí.
—¡Oh, buen viaje ha sido! ¡Y seis meses de encierro, bajo el poder de
esa canalla! No sé cómo no le fusilaron a usted seiscientas veces.
—Eran demasiado inhumanos para hacerlo.
Lleváronle fuera del pueblo, en una camilla, a presencia del brigadier,
que le interrogó. Desde el cuartel general vio las llamas que devoraban
a San Llorens, y entonces dijo:
—Arde lo inocente, las guaridas, y los perversos lobos están en el
monte.
El bravo y generoso Seudoquis fue encargado por el brigadier de
vestirle, pues los andrajos que cubrían el cuerpo del cautivo se caían
a pedazos.
Al día siguiente de su maravillosa redención, hallose muy repuesto por
la influencia del aire sano y de los alimentos que tomara, y aunque le
era imposible dar un paso, podía hablar sin acongojarse por falta de
aliento como el primer día.
—¿Qué ha pasado en todo este tiempo? —preguntó con voz temblorosa al
que continuamente le daba pruebas de generosidad e interés—. ¿Sigue
reinando Fernando VII?
—Hombre, sí: todavía le tenemos encima —dijo Seudoquis atizando la
hoguera, alrededor de la cual vivaqueaban juntamente con el cautivo
cuatro o cinco oficiales—. Gotosillo sigue nuestro hombre; pero aún nos
está embromando y nos embromará por mucho tiempo.
—¿Y la Constitución, subsiste?
—También está gotosa, o mejor dicho, acatarrada. Me parece que de esta
fecha enterramos a la señora.
—¿Y hay Cortes?
—Cortes y recortes. Pero me parece que pronto no quedarán más que los
de los sastres.
—Y qué, ¿hay revolución en España?
—Nada: estamos en una balsa de aceite.
—¿Qué ministerio tenemos?
—El de los _Siete niños de Écija_. ¿Pues qué, vamos a estar mudando de
niños todos los días?
—¿Y ha vuelto la Milicia a sacudir el polvo a la Guardia real?
—Ahora nos ocupamos todos en cazar frailes y guerrilleros, siempre que
ellos no nos cacen a nosotros.
—¿Y Riego?
—Ha ido a Andalucía.
—¿Hay agitación allá?
—Lo que hay es mucha sangre vertida en todas partes.
—Revolución completa. ¿Dónde hay partidas?
—Pregunte usted que dónde hay españoles.
—Toda Cataluña parece estar en armas contra el gobierno.
—Y casi todo Aragón y Navarra y Vizcaya y Burgos y León y mucha parte
de Guadalajara, Cuenca, Ávila, Toledo, Cáceres. Hay facciones hasta en
Andalucía, que es como decir que hasta las ranas han criado pelo.
—¡Qué horrible sueño el mío —dijo lúgubremente el cautivo—, y qué
triste despertar!
—Esto es un volcán, amigo mío.
—¿Pero qué quieren?
—Confites. Piden Inquisición y cadenas.
—¿Y quién los dirige?
—El rey, y en su real nombre la Regencia de Urgel.
—¡Una regencia...!
—Que tiene su gobierno regular, sus embajadores en las cortes de
Europa, y ha contratado hace poco un gran empréstito. ¡Si no hay país
ninguno como este! Espanta el ver cómo falta dinero para todo menos
para conspirar.
—¿Y qué hace el gobierno?
—¿Qué ha de hacer? Bobadas. Trasladar los curas de una parroquia a
otra, declarar vacantes las sillas de los obispos que están en la
facción, fomentar las sociedades patrióticas, suprimir los conventos
que están en despoblado, y otras grandes medidas salvadoras.
—¿No ha cerrado el gobierno las sociedades patrióticas?
—Ha abierto la _Landaburiana_, para que los liberales tengan una buena
plazuela donde insultarse.
—¿Siguen los discursos?
—Sí; pero abundan más los cachetes.
—¿Y qué generales mandan los ejércitos de operaciones?
—Aquí, Mina; en Castilla la Nueva, O’Daly; Quiroga, en Galicia; en
Aragón, Torrijos.
—¿Y vencen?
—Cuando pueden.
—Es una delicia lo que encuentro a mi vuelta del otro mundo.
—Si casi era mejor que se hubiese usted quedado por allá. Así al menos
no sufriría la vergüenza de la intervención extranjera.
—¿Intervención?
—¡Y se asusta! ¿Pues hay nada más natural? Según parece, allá por
el mundo civilizado corre el rumor de que esto que aquí pasa es un
escándalo.
—Sí que lo es.
—Los reyes temen que a sus naciones respectivas les entre este
maleficio de las Constituciones, de las sociedades landaburianas, de
las partidas de la fe, de los frailes con pistolas, y nos van a quitar
todos estos motivos de distracción. Lejos del mundo ha estado usted,
y muy dentro de tierra cuando no han llegado a sus oídos las célebres
notas.
—¿Qué notas?
—El re mi fa de las potencias. Las notas han sido tres, todas muy
desafinadas, y las potencias que las han dado, tres también, como las
del alma: Rusia, Prusia y Austria.
—¿Y qué pedían?
—No puedo decírselo a usted claramente, porque los embajadores no me
las han leído; pero sí sé que la contestación del gobierno español ha
sido retumbante y guerrera como un redoble de tambor.
—Es decir, que desafía a Europa.
—Sí, señor, la desafiamos. Ahora se recuerda mucho la guerra de la
Independencia; pero yo digo como Cervantes, que _nunca segundas partes
fueron buenas_.
—¿De modo que tendremos otra vez extranjeros?
—Franceses. Ahí tiene usted en lo que ha venido a parar el ejército de
observación. Entre el cordón sanitario y el de San Francisco nos van a
dar que hacer... Digo... y los diputados, el día en que aprobaron la
contestación a las notas, fueron aclamados por el pueblo. Yo estaba en
Madrid esa noche, y como vivo frente al coronel San Miguel, las murgas
no me dejaron dormir en toda la noche. Por todas partes no se oyen más
que _mueras_ a la Santa Alianza, a las potencias del norte, a Francia y
a la Regencia de Urgel. Ahora se dice también, como entonces: «dejadles
que se internen»; pero la tropa no está muy entusiasmada que digamos.
Con todo, si entran los interventores, no les recibiremos con las manos
en los bolsillos.
—Tremendos días vienen —dijo el cautivo—. Si los absolutistas vencen,
no podremos vivir aquí. O ellos o nosotros. Hay que exterminarles para
que no nos exterminen.
—Diga usted que si hubiera muchos brigadieres Rotten, pronto se acababa
esa casta maligna. Fusilamos realistas por docenas, sin distinción de
sexo ni edad, ni formalidades de juicio... ¡Ay del que cae en nuestras
manos! Nuestro brigadier dice que no hay otro remedio, ni entienden
más razón que el arcabuzazo. Ayer hicimos catorce prisioneros en San
Llorens. Hay de toda casta de gentes: mujeres, hombres, dos clérigos,
un jesuita que usa gafas, un escribano de setenta años, una mujer
pública, dos guerrilleros inválidos; en fin, un muestrario completo. El
jefe les ha sentenciado ya; pero como esto no se puede decir así, se
hace la comedia de enviarles a la cárcel de Solsona, y por el camino,
cuando viene la noche y se llega a un sitio conveniente..., _pim,
pam_..., se les despacha en un santiamén, y a otra.
—Si no me engaño —dijo el cautivo—, aquellos paisanos que por allí
asoman son los prisioneros de San Llorens.
En una loma cercana, a distancia de dos tiros de fusil, se veía un
grupo de personas, custodiado por la tropa.
—Cabalmente —afirmó Seudoquis—, aquellos son. Dentro de una hora se
pondrán en camino para la eternidad. ¡Y están tan tranquilos!... Como
que no han probado aún las recetas del brigadier Rotten...
—Ojo por ojo y diente por diente —dijo el cautivo contemplando el
grupo de prisioneros—. ¡Ah, gran canalla!, no se entierran hombres
impunemente durante seis meses; no se baila encima de su sepultura para
atormentarles; no se les insulta por la reja; no se les arroja saliva e
inmundicia, sin sentir, más tarde o más temprano, la mano justiciera
que baja del cielo.
Después callaron todos. No se oía más que el rasgueo de la pluma
con que uno de los oficiales escribía, teniendo el papel sobre una
cartera y esta sobre sus rodillas. Cuando hubo concluido, el cautivo
rogó que se le diese lo necesario para escribir una carta a su madre,
anunciándole que vivía, pues según dijo, en todo el tiempo de su ya
concluida cautividad no había podido dar noticia de su existencia a los
que le amaban.
—¿Vivirán como yo —dijo tristemente—, o afligidos por mi desaparición
habrán muerto?
—Dispénseme usted —manifestó Seudoquis—. A medida que hablamos, me ha
parecido reconocer en usted a una persona con quien hace algunos años
tuve relaciones.
—Sí, señor Seudoquis —dijo el cautivo sonriendo—. El mismo soy.
Conspiramos juntos el año 19 y a principios del año 20.
—Señor Monsalud —declaró el oficial abrazándole—, buen hallazgo
hemos hecho sacándole a usted de aquella mazmorra. ¡Ya se ve! ¿Cómo
podría conocerle, si está usted hecho un esqueleto...? Además, en
estos tiempos se olvida pronto. ¡He visto tanta gente desde aquellos
felices días...! Porque eran felices, sí. Aunque sea entre peligros, el
conspirar es siempre muy agradable, sobre todo si se tiene fe.
—Entonces tenía yo mucha fe.
—¡Ah! Y yo también. Me hubiera dejado descuartizar por la libertad.
—¡Con qué afán trabajábamos!
—Sí, ¡con qué afán!
—Nos parecía que de nuestras manos iba a salir acabada y completa la
más liberal y al mismo tiempo la más feliz nación de la tierra.
—¡Sí, qué ilusiones...! Si no estoy trascordado, también nos hallamos
juntos en la logia de la calle de las Tres Cruces.
—Sí, allí iba yo. En aquello nunca tuve mucha fe.
—Yo sí; pero la he perdido completamente. Vea usted en qué han venido a
parar aquellas detestables misas masónicas.
—Nunca tuve ilusiones respecto a la Orden de la _Viuda_.
—Pues nosotros —dijo Seudoquis riendo—, tuvimos hasta hace poco en el
regimiento nuestra caverna de Adorinam. Pero apenas funcionaba ya.
¡Cuánta ruina, amigo mío!... ¡Cómo se ha desmoronado aquel fantástico
edificio que levantamos!... Yo he sido de los que con más gana, con más
convicción y hasta con verdadera ferocidad han gritado: ¡_Constitución
o muerte_! Hábleme usted con franqueza, Salvador: ¿tiene usted fe?
—Ninguna —repuso el cautivo—; pero tengo odio, y por el odio que
siento contra mis carceleros, estoy dispuesto a todo, a morir matando
facciosos, si el general Mina quiere hacerme un hueco entre sus
soldados.
—Pues yo —manifestó Seudoquis con frialdad—, no tengo fe; tampoco tengo
odio muy vivo; pero el deber militar suplirá en mí la falta de estas
dos poderosas fuerzas guerreras. Pienso batirme con lealtad y llevar la
bandera de la Constitución hasta donde se pueda.
—Eso no basta —dijo Monsalud, moviendo la cabeza—. Para este conflicto
nacional se necesita algo más... En fin, Dios dirá.
Y empezó a escribir a su madre.