XLIX

Llegué a Barcelona y mi impresión fué lo más optimista posible. Celebré

la vitalidad, el trabajo, lo bullicioso y pintoresco, el orgullo de las

gentes de empresa y conquista, la energía del alma catalana, tanto en el

soñador que siempre es un poco práctico, como en el menestral que

siempre es un poco soñador. Noté lo arraigado del regionalismo

intransigente y la sorda agitación del movimiento social, que más tarde

habría de estallar en rojas explosiones. Hablé de las fábricas y de las

artes; de los ricos burgueses y de los intelectuales, del leonardismo de

Santiago Rusiñol y de la fuerza de Ángel Guimerá, de ciertos rincones

montmartrescos; de las alegres ramblas y de las voluptuosas mujeres.

Llegué a Madrid, que ya conocía, y hablé de su sabrosa pereza, de sus

capas y de sus cafés. Escribía: «He buscado en el horizonte español las

cimas que dejara no hace mucho tiempo, en todas las manifestaciones del

alma nacional; Cánovas muerto; Ruiz Zorrilla muerto; Castelar

desilusionado y enfermo; Valera ciego; Campoamor mudo; Menéndez y

Pelayo... No está, por cierto, España para literaturas, amputada,

doliente, vencida; pero los políticos del día parece que para nada se

diesen cuenta del menoscabo sufrido, y agotan sus energías en chicanas

interiores, en batallas de grupos aislados, en asuntos parciales de

partidos, sin preocuparse de la suerte común, sin buscar el remedio del

daño general, de las heridas en carne de la nación. No se sabe lo que

puede venir. La hermana Ana no divisa nada desde la torre». Envié mis

juicios al periódico, que formaron después un volumen.

Frecuenté la legación argentina, cuyo jefe era entonces un escritor

eminente, el doctor Vicente G. Quesada. Intimé con el pintor Moreno

Carbonero, con periodistas como el marqués de Valdeiglesias, Moya, López

Ballesteros, Ricardo Fuente, Castrovido, mi compañero en _La Nación_

Ladevese, Mariano de Cávia, y tantos otros. Volví a ver a Castelar,

enfermo, decaído, entristecido, una ruina, en vísperas de su muerte...

Me juntaba siempre con antiguos camaradas como Alejandro Sawa, y con

otros nuevos, como el _charmeur_ Jacinto Benavente, el robusto vasco

Baroja, otro vasco fuerte, Ramiro de Maeztu, Ruiz Contreras, Matheu y

otros cuantos más; y un núcleo de jóvenes que debían adquirir más tarde

un brillante nombre, los hermanos Machado, Antonio Palomero, renombrado

como poeta humorístico bajo el nombre de _Gil Parrado_, los hermanos

González Blanco, Cristóbal de Castro, Candamo, dos líricos admirables,

cada cual según su manera: Francisco Villaespesa y Juan R. Jiménez,

_Caramanchel_, Nilo Fabra, sutil poeta de sentimiento y de arte, el hoy

triunfador Marquina y tantos más.

Iba algunas noches al camarín de los llamados, por antonomasia, Fernando

y María, esto es, los señores Díaz de Mendoza, condes de Balazote,

grandes de España y príncipes del teatro, a quienes escribí sonoros

alejandrinos cuando pusieron en escena el _Cyrano_ de Rostand.

L

En la librería de Fernando Fe, lugar de reunión vespertina de algunos

hombres de letras, solía conversar con Eugenio Sellés, hoy marqués de

Gerona, con Manuel del Palacio, poeta amable de ojos azules, que

recordaba siempre con cariño sus días pasados en el Río de la Plata; con

Manuel Bueno, ilustrado y combativo, célebre como crítico teatral y hoy

diputado a Cortes; con Llanas de Aguilaniedo, autor de interesantes

novelas y de un libro sobre ciencia penal. A D. José Echegaray me

presentó una noche Fernando Díaz de Mendoza. «Ustedes los americanos, me

dijo, tienen instinto poético...» La frase me supo agridulce... Pero

¡vaya si lo teníamos...! Tiempos después firmaba yo con los escritores y

poetas de la famosa protesta contra el homenaje nacional a Echegaray.

Mi inquina era excesiva... _Juventud, divino tesoro..._

Visité de nuevo a Campoamor, a quien encontré en la más absoluta

decadencia. Estaba, anotaba yo, «caduco, amargado de tiempo a su pesar,

reducido a la inacción después de haber sido un hombre activo y jovial,

casi imposibilitado de pies y manos, la facie penosa, el ojo sin

elocuencia, la palabra poca y difícil, y cuando le dais la mano y os

reconoce, se echa a llorar, y os habla escasamente de su tierra

dolorida, de la vida que se va, de su impotencia, de su espera en la

antesala de la muerte... os digo que es para salir de su presencia con

el espíritu apretado de melancolía». En realidad, aquello era lamentable

y doloroso. El poeta glorioso, el filósofo de humor y hondura, era un

viejo infeliz a quien tenían que darle de comer como a los niños, un sér

concluído en víspera de entrar a la tumba.

Doña Emilia Pardo Bazán continuaba dando sus escogidas reuniones. Allí

solía aparecer, ya ciego, pero siempre lleno de distinción, anciano

impoluto y aristocrático, el autor de _Pepita Jiménez_. Allí me

relacioné con el novelista y diplomático argentino Ocantos, con el

doctor Tolosa Latour, con los cronistas mundanos _Montecristo_ y

_Kasabal_, con el político Romero Robledo, con el popular Luis Taboada,

y con algunas damas de la nobleza que no se ocupaban únicamente en

modas, murmuraciones y asuntos cortesanos, sino que gustaban de departir

con poetas y escritores: la condesa de Pino Hermoso y la marquesa de la

Laguna, cuya hija Gloria tuviera celebridad más tarde por sus singulares

encantos y su valentía de espíritu. Era yo también muy amigo de José

Lázaro y Galdeano, director de la _España Moderna_ y que tenía un

verdadero museo de obras de arte, entre las cuales un pretendido

Leonardo de Vinci.

Con Joaquín Dicenta fuimos compañeros de gran intimidad, apolíneos y

nocturnos. Fuera de mis desvelos y expansiones de noctámbulo, presencié

fiestas religiosas palatinas; fuí a los toros y alcancé a ver a grandes

toreros, como el Guerra. Teníamos inenarrables tenidas culinarias, de

ambrosías y sobre todo de néctares, con el gran D. Ramón María del Valle

Inclán, Palomero, Bueno y nuestro querido ministro de Bolivia, Moisés

Ascarrunz. Me presentaron una tarde, como a un sér raro,--«es genial y

no usa corbata», me decían--a D. Miguel de Unamuno, a quien no le

agradaba, ya en aquel tiempo, que le llamaran el sabio profesor de la

Universidad de Salamanca... Cultivaba su sostenido tema de

antifrancesismo. Y era indudablemente un notable vasco original. El

señor de Unamuno no conocía entonces a Sarmiento, y hablaba con cierto

desdén, basado en pocas noticias, y en su particular humor, de las

letras argentinas. Yo recuerdo que, a propósito de un artículo suyo,

escribí otro, que concluía con el siguiente párrafo:

«Decadentismos literarios no pueden ser plaga entre nosotros; pero con

París, que tanto preocupa al señor de Unamuno, tenemos las más

frecuentes y mejores relaciones. Buena parte de nuestros diarios es

escrita por franceses. Las últimas obras de Daudet y de Zola han sido

publicadas por _La Nación_ al mismo tiempo que aparecían en París; la

mejor clientela de Worth es la de Buenos Aires; en la escalera de

nuestro Jockey-Club, donde _Pini_ es el profesor de esgrima, la _Diana_

de Falguière perpetúa la blanca desnudez de una parisiense. Como somos

fáciles para el viaje y podemos viajar, París recibe nuestras frecuentes

visitas y nos quita el dinero encantadoramente. Y así, siendo como somos

un pueblo industrioso, bien puede haber quien, en minúsculo grupo,

procure en el centro de tal pueblo adorar la belleza a través de los

cristales de su capricho: _¡Whim!_ diría Emerson. Crea el señor de

Unamuno que mis «_Prosas Profanas_», pongo por caso, no hacen ningún

daño a la literatura científica de Ramos Mejíal de Coni o a la

producción regional de J. V. González; ni las maravillosas _Montañas de

oro_, de nuestro gran Leopoldo Lugones, perturban la interesante labor

criolla de Leguizamón y otros aficionados a este ramo que ya ha entrado

en verdad en dependencia folk-lórica. Que habrá luego una literatura de

cimiento criollo, no lo dudo; buena muestra dan el hermoso y vigoroso

libro de Roberto Payró _La Australia Argentina_ y las otras obras del

popularísimo e interesante _Fray Mocho_».

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 51 / 123 题