Es inglés; toma _whisky_ con soda.»

Yo iba siempre a ver trabajar a mi amigo _clown_ en su pista del teatro

«San Martín». Una noche vi allí la demostración del talento especial del

«payo» Roqué, para ganarse amistades y hacerse simpático con sus

habilidades y maneras, a toda clase de gentes. Había leído, por la

tarde, la llegada en su _yacht_ de un potentado inglés, el conde de

Carnarvon, Lord Dudley, a quien acompañaba un príncipe indio, Duhlcep

Sing. En el intermedio de la función del «San Martín» noté en un palco a

un joven de tipo británico, acompañado de otro hombre moreno, que tenía

en su mano derecha un anillo con estupendo brillante negro. Estaba con

ellos uno al parecer secretario. Me encontré con el «payo» y le dije:

«¿Ha visto usted al Lord de Inglaterra y al Príncipe de la India?» y se

lo señalé en el palco. Cuál no fué mi sorpresa, cuando al continuar la

función vi a Roqué sentado en el palco, en risueña conversación con los

dos exóticos personajes. Más tarde llegué a casa de Luzio, y como viese,

muy pasada la media noche, movimiento de mozos que subían a los altos

con pavos trufados y botellas de champagne, pregunté qué fiesta había

arriba, y un camarero me contestó: «Son unos príncipes que están de

farra con el «payo» y unas artistas».

Cierto día llegué a la redacción de _La Nación_, a cuyo personal yo

pertenecía como algo a manera de _croque-mort_, esto es, enterrador de

celebridades, pues no moría un personaje europeo, principalmente poeta o

escritor, sin que D. Enrique de Vedia no me encargase el artículo

necrológico. Por cierto que Mark Twain me jugó una de sus pesadas

bromas. Nos encontrábamos, mis compañeros de café y yo, sin un céntimo,

al comenzar la noche, en casa de Monti; y aunque el bravo suizo nos

hacía crédito, la situación era ardua. En esto, se me llamó por teléfono

de _La Nación_. Fuí inmediatamente y el administrador me mostró un

cablegrama en que se anunciaba que el escritor norteamericano, famoso

por su humorismo, Mark Twain, se encontraba en la agonía. «Es preciso,

me dijo el Sr. de Vedia, que escriba usted un artículo extenso en

seguida para que aparezca mañana con el retrato, pues seguramente esta

noche llegará la noticia del fallecimiento». De más decir que yo puse

manos a la obra con gran entusiasmo y con gran satisfacción y

aprovechando ciertas apuntaciones que sobre el humorista yankee tenía

desde hacía mucho tiempo. Volví, es evidente, a dar la buena nueva a

los amigos que me esperaban en casa de Monti. La muerte de Mark Twain

haría que tuviésemos dinero al día siguiente...

Cuando entregué mi trabajo les fuí a buscar, para que cenáramos juntos

y, por supuesto, pedimos una cena opípara y convenientemente humedecida.

Las libaciones continuaron hasta el amanecer, entre nuestras habituales,

literarias y anecdóticas charlas; y Charles Soussens, nuestro dionisiaco

lírico helvético, se ofreció para ir a buscar al nacer el día, un número

de _La Nación_ a la imprenta. Así fué. Al poco rato le vimos aparecer

desde lejos, por la abierta puerta del restaurant. Traía un número del

diario, pero alzaba los brazos y nos hacía gestos de desolación. Cuando

llegó, con una faz triste, nos dijo: «¡No viene el artículo!» Nos

pusimos serios. Desdoblé el periódico y me di cuenta de la penosa

verdad. Un cablegrama anunciaba la agonía de Mark Twain, pero en otro se

decía que los médicos concebían esperanzas... En otro, que se esperaba

una pronta reacción y en otro, que el enfermo estaba salvado y entraba

en una franca mejoría... Y la salvación del escritor fué para nosotros

un golpe rudo y un rasgo de humor muy propio del yankee, y del peor

género... Felizmente, a propósito de la enfermedad, pude arreglar el

artículo de otro modo y conseguir que pasara, algunos días después.

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 49 / 123 题