XIX

Listo, pues, todo para mi boda, quedó señalada la fecha del 22 de Junio

de aquel año de 1890 para la ceremonia civil. En ese día debería

efectuarse en San Salvador una gran fiesta militar, para lo cual

vendrían las tropas acuarteladas en Santa Ana y que comandaba el general

Carlos Ezeta, brazo derecho y diremos casi hijo mimado del presidente de

la República. Se decía que había querido casarse con Teresa, la hija

mayor de éste. Si no estoy equivocado había disensiones entre Ezeta y

algunos ministros del general Menéndez, como los doctores Delgado e

Interiano; pero no podría precisar nada al respecto.

Es el caso que las tropas llegaron para la gran parada del 22. Esa noche

debía darse un baile en la Casa Blanca, esto es, en el Palacio

Presidencial.

Se celebró en casa de mi novia la ceremonia del matrimonio civil y hubo

un almuerzo al cual asistió el general Ezeta. Este estaba nervioso y por

varias veces se levantó a hablar con el señor Amaya, director de

Telégrafos y amigo suyo. Después de la fiesta, yo, fatigado, me fuí a

acostar temprano, con la decisión de no asistir al baile de la Casa

Blanca. Muy entrada la noche, oí, entre dormido y despierto, ruidos de

descargas, de cañoneo y tiros aislados, y ello no me sorprendió, pues

supuse vagamente que aquello pertenecía a la función militar. Más aún,

sería ya la madrugada, cuando sentí ruidos de caballos que se detenían

en la puerta de mi habitación, a la cual se llamó, pronunciando mi

nombre varias veces.--«Levántate, me decían, está tu amigo el general

Ezeta». Yo contesté que estaba demasiado cansado y no tenía ganas de

pasear, suponiendo desde luego que se me invitaba para algún alegre y

báquico desvelo. Sentí que se alejaron los caballos.

Por la mañana llamaron a la puerta de nuevo; me levanté, abrí y me

encontré con una criada de casa de mi novia, o mejor dicho, de mi

mujer.--«Dicen las señoras, expresó, que están muy inquietas con usted,

suponiendo que le hubiese pasado algo en lo de anoche».--«¿Pero qué ha

ocurrido?», le pregunté.--«Que ya no es presidente el general Menéndez,

que le han matado»--«¿Y quién es el presidente entonces?»--«El general

Ezeta». Me vestí y partí inmediatamente a casa de mi esposa. Al pasar

por los portales vecinos a la Casa Blanca encontré unos cuantos

cadáveres entre charcos de sangre. Impresionado, entré al café del Hotel

Nuevo Mundo a tomar una copa; me senté. En una mesa cercana había un

hombre con una herida en el cuello, vendada con un pañuelo

ensangrentado. Estaba vestido de militar y bastante ebrio. Sacó un

revólver y tranquilamente me apuntó:--«Diga, ¡Viva el general

Ezeta!»--«Sí, señor, le contesté, ¡viva el general Ezeta!»--«Así se

hace», exclamó. Y guardó su revólver. Tomé mi copa y partí

inmediatamente a buscar a mi mujer. En su casa se me narró lo que había

sucedido. Durante la noche, mientras se estaba en lo mejor del baile

presidencial, donde se hallaba la flor de la sociedad salvadoreña,

quedaron todos sorprendidos por ruidos de fusilería y se notó que el

palacio estaba rodeado de tropas. Un general, cuyo nombre no recuerdo,

había penetrado a los salones e intimó orden de prisión a los ministros

que allí se encontraban. El presidente, general Menéndez, se había ido a

acostar. La confusión de las gentes fué grande; hubo gritos y desmayos.

A todo esto se había ya avisado al general Menéndez, que se ciñó su

espada e increpó duramente al general que llegaba a comunicarle también

orden de prisión. Entre tanto, la guardia del Palacio se batía

desesperadamente con las tropas sublevadas. Teresa, la hija mayor del

presidente, gritaba en los salones:--«¡Que llamen a Carlos, él

tranquilizará todo esto y dominará la situación!»--«Señorita, le

contestó alguien, es el general Ezeta quien se ha sublevado». El

presidente había abierto los balcones de la habitación y arengaba a las

tropas. Aun se oyó un viva al general Menéndez; pero éste cayó

instantáneamente muerto. Fué llevado el cuerpo, y los médicos

certificaron que no tenía ninguna herida. Al darse cuenta de que Carlos

Ezeta, a quien él quería como a un hijo y a quien había hecho toda clase

de beneficios, a quien había enriquecido, a quien había puesto a la

cabeza de su ejército, era quien le traicionaba de tal modo, el pobre

presidente, que era cardíaco, según parece, sufrió un ataque mortal. El

cadáver fué expuesto y el pueblo desfiló y se dió cuenta de la verdad

del hecho.--«¿Qué piensas hacer?», me dijo mi esposa.--«Partir

inmediatamente a Guatemala, puesto que hay un vapor en el puerto de la

Libertad». Salí a dar los pasos necesarios para el arreglo rápido de mi

viaje, y en el camino me encontré con alguien que me dijo:--«El general

Ezeta desea que vaya dentro de una hora al Cuartel de Artillería».

Cruzaban patrullas por las calles. Unos cuantos soldados iban cargados

con cajas de dinero. Una hora después estaba yo en el Cuartel de

Artillería, que se hallaba lleno de soldados, muchos de ellos heridos.

Un tropel de jinetes. Llega el general Ezeta, rodeado de su Estado

Mayor. Se nota que ha bebido mucho. Desde el caballo se dirige a mí y me

dice que me entienda con no recuerdo ya quién, para asuntos de

publicidad sobre el nuevo estado de cosas. Yo salgo y prosigo mis

preparativos de partida; escribo una carta al nuevo presidente

manifestándole que un asunto particular de especialísima urgencia me

obliga a irme inmediatamente a Guatemala; que volveré a los pocos días a

ponerme a sus órdenes. Y me dirigí al puerto de la Libertad. En el hotel

estaba, cuando el comandante del puerto apareció y me dijo que de orden

superior me estaba prohibida la salida del país. Entonces empecé por

telégrafo una campaña activísima. Me dirigí a varios amigos, rogándoles

se interesasen con Ezeta, y hasta recurrí a la buena voluntad masónica

de mi antiguo amigo el doctor Rafael Reyes, íntimo amigo del improvisado

presidente.

El vapor estaba para zarpar, cuando por influencia de Reyes, el

comandante recibía orden de dejar que me embarcase; pero junto conmigo

iba ya persona que observase y que procurase conocer el fondo de mis

impresiones y sentimientos sobre los sucesos acontecidos. Era un señor

Mendiola Boza, cubano de origen. Natural que yo me manifesté ezetista

convencido, y el hombre lo creyó o no lo creyó; pero cumplió con su

misión.

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 20 / 123 题