Y ahora, continuaré el hilo de mi interrumpida narración. Me encuentro
de vuelta de Chile, en la ciudad de León, de Nicaragua.
Estoy de nuevo en la casa de mis primeros años. Otros devaneos han
ocupado mi corazón y mi cabeza. Hay un apasionamiento súbito por cierta
bella persona que me hace sufrir con la sabida felinidad femenina, y hay
una amiga inteligente, graciosa, aficionada a la literatura, que hace lo
posible por ayudarme en mi amorosa empresa; y lo hace de tal manera que
cuando, por fin, he perdido mi última esperanza con la otra, entregada
desdichadamente a un rival más feliz, me encuentro enloquecido por mi
intercesora. Esta inesperada revolución amorosa se prolonga en la ciudad
de Chinandega, en donde, ¡desventurado de mí! iba a casarse el ídolo de
mis recientes anhelos. Y allí nuevas complicaciones sentimentales me
aguardaban, con otra joven, casi una niña; y quién sabe en qué hubiera
parado todo eso, si por segunda vez amigos míos, entre ellos el coronel
Ortiz, hoy general, y que ha sido vicepresidente de la República, no me
facturan apresuradamente para El Salvador. Lo que provocó tal medida fué
que una fiesta dada por el novio de aquella a quien yo adoraba, y a la
cual no sé por qué ni cómo, fuí invitado, con el aguijón de los
excitantes del diablo, y a pedido de no sé quién, empecé a improvisar
versos, pero versos en los cuales decía horrores del novio, de la
familia de la novia, ¡qué sé yo de quién más! Y fuí sacado de allí más
que de prisa. Una vez llegado a la capital salvadoreña busqué algunas de
mis antiguas amistades, y una de ellas me presentó al general Francisco
Menéndez, entonces presidente de la República. Era éste, al par que
militar de mérito, conocido agricultor y hombre probo. Era uno de los
más fervientes partidarios de la Unión centroamericana, y hubiera hecho
seguramente el sacrificio de su alto puesto por ver realizado el ideal
unionista que fuera sostenido por Morazán, Cabañas, Jerez, Barrios y
tantos otros. En esos días se trataba cabalmente de dar vida a un nuevo
movimiento unificador, y es claro que el presidente de El Salvador era
uno de los más entusiastas en la obra.
A los pocos días me mandó llamar y me dijo:--«¿Quiere usted hacerse
cargo de la dirección de un diario que sostenga los principios de la
Unión?».--«Desde luego, señor presidente», le conteste--. «Está bien»,
me dijo, «daré orden para que en seguida se arregle todo lo necesario».
En efecto, no pasó mucho sin que yo estuviera a la cabeza de un diario,
órgano de los unionistas centroamericanos y que, naturalmente, se
titulaba «La Unión».
Estaba remunerado con liberalidad. Se me pagaban aparte los sueldos de
los redactores. Se imprimía el periódico en la imprenta nacional y se me
dejaba todo el producto administrativo de la empresa. El diario empezó a
funcionar con bastante éxito. Tenía bajo mis órdenes a un escritor
político de Costa Rica, a quien encomendé los artículos editoriales: D.
Tranquilino Chacón; a un fulminante colombiano, famoso en Centro América
como orador, como taquígrafo y aun como militar y como revolucionario,
un buen diablo, Gustavo Ortega; y a cierto malogrado poeta
costarriqueño, mozo gentil, que murió de tristeza y de miseria, aunque
en sus últimos días tuviese el gobierno de Costa Rica la buena idea de
hacerle ir a Barcelona para que siquiera lograse el consuelo de morir
después de haber visto Europa; me refiero a Equileo Echeverría. Luego,
contaba con la colaboración de las mejores inteligencias del país y del
resto de la América Central; y el diario empezó su carrera con mucha
suerte.
Habitaba entonces en San Salvador la viuda de un famoso orador de
Honduras, Alvaro Contreras, que, si no estoy mal informado, tiene hoy
un monumento. Fué este hombre, vivaz y lleno de condiciones brillantes,
un verdadero dominador de la palabra. Combatió las tiranías y sufrió
persecuciones por ello. En tiempo de la guerra del Pacífico fundó un
diario en Panamá en defensa de los intereses peruanos. Su viuda tenía
dos hijas: a ambas había conocido yo en los días de mi infancia y en
casa de mi tía Rita. Eran de aquellas compañeras que alegraban nuestras
fiestas pueriles, de aquellas con quienes bailábamos y con quienes
cantábamos canciones en las novenas de la Virgen, en las fiestas de
Diciembre. Esas dos niñas eran ya dos señoritas. Una de ellas casó con
el hijo de un poderoso banquero, a pesar de la modesta condición en que
quedara la familia después de la muerte de su padre. Yo frecuenté la
casa de la viuda, y al amor del recuerdo y por la inteligencia, sutileza
y superiores dotes de la otra niña, me vi de pronto envuelto en nueva
llama amorosa. Ello trascendió en aquella reducida sociedad
amable:--«¿Por qué no se casa?», me dijo una vez el presidente--.
«Señor, le conteste, es lo que pienso hacer en seguida.» Y, con el
beneplácito de mi novia y de su madre, me puse a tomar las disposiciones
necesarias para la realización de mi matrimonio. Entre tanto, uno de mis
amigos principales era Francisco Gavidia, quien quizás sea de los más
sólidos humanistas y seguramente de los primeros poetas con que hoy
cuenta la América española. Fué con Gavidia, la primera vez que estuve
en aquella tierra salvadoreña, con quien penetran en iniciación
ferviente, en la armoniosa floresta de Víctor Hugo; y de la lectura
mutua de los alejandrinos del gran francés, que Gavidia, el primero
seguramente, ensayara en castellano a la manera francesa, surgió en mí
la idea de renovación métrica, que debía ampliar y realizar más tarde. A
Gavidia acontecióle un caso singularísimo, que me narrara alguna vez, y
que dice cómo vibra en su cerebro la facultad del ensueño, de tal manera
que llegó a exteriorizarse con tanta fuerza. Sucedió que siendo muy
joven, recién llegado a París, iba leyendo un diario por un puente del
Sena, en el cual diario encontró la noticia de la ejecución de un
inocente. Entonces se impresionó de tal manera que sufrió la más
singular de las alucinaciones. Oyó que las aguas del río, los árboles de
la orilla, las piedras de los puentes, toda la naturaleza circundante
gritaban:--«¡Es necesario que alguien se sacrifique para lavar esa
injusticia!» E incontinenti se arrojó al río. Felizmente alguien le vió
y pudo ser salvado inmediatamente. Le prodigaron los auxilios y fué
conducido al consulado de El Salvador, cuyas señas llevaba en el
bolsillo. Después, en su país, ha publicado bellos libros y escrito
plausibles obras dramáticas; se ha nutrido de conocimientos diversos y
hoy es director de la Biblioteca Nacional de la capital salvadoreña.