[Illustration: EL GÍBARO.]
EL
GIBARO.
CUADRO DE COSTUMBRES
DE LA
ISLA DE PUERTO-RICO.
por
D. Manuel A. Alonso.
[Illustración]
Barcelona.
POR D. JUAN OLIVERES, IMPRESOR DE S. M.,
CALLE DE MONSERRATE, N. 10.
1849.
Dedicatoria.
[Illustración]
Al Sr. D. Juan Alonso, Caballero de la Orden de S. Hermenegildo,
condecorado con otras varias cruces de distincion, 2.º comandante del
6.º batallon de milicias disciplinadas de Puerto-rico, etc. etc.
_Dedica esta obrita como una muestra de gratitud por sus muchas
bondades su apasionado hijo_
Manuel A. Alonso.
[Illustración]
PRÓLOGO.
[Illustración]
Algunos años hace que deseaba publicar en obsequio de mi país una
memoria, en la cual se viera claramente la falta de armonía que reina
entre los estudios hechos en aquella isla y los de la Península, para
evitar á los padres de familia y á la juventud estudiosa tropiezos y
sinsabores que una triste esperiencia me habia hecho conocer; mas el
temor de una crítica severa ahogó los sentimientos de mi corazon, y un
silencio estéril, y acaso reprensible, encubrió verdades, dolorosas sí,
pero que siento haber callado tanto tiempo.
Cada Puerto-riqueño que venia á seguir una carrera literaria, se
encontraba aterrado por obstáculos imprevistos y muchas veces
insuperables: apareció la reforma del Plan de estudios, y con ésta
crecieron aquellos hasta tal punto, que creí un deber lo que antes era
un deseo. Resuelto ya, era preciso elegir formas que diesen un esterior
no muy desagradable al desengaño; y entonces me ocurrió la idea de
escribir una coleccion de artículos de costumbres, entre los cuales
pudiera figurar uno relativo á la enseñanza. He aquí la historia del
GIBARO.
Conforme á lo dicho en el prospecto, he reunido aquellas escenas que
juzgo mas á propósito para dar una idea de las costumbres de nuestra
Antilla, procurando ser exacto como narrador, indulgente ó severo
segun las circunstancias, y teniendo siempre la mira de _corregir las
costumbres deleitando_. ¿Habré logrado mi propósito?
Aparte de las grandes dificultades del estilo medio, que me ha sido
forzoso adoptar, y, mas que todo, aparte del ingenio que estoy muy
lejos de reconocer en mí, se oponen al logro de mis deseos dos barreras
formidables: el tiempo y la distancia. Hace cerca de siete años
que media el Océano entre mi patria y el lugar en que describo sus
costumbres: así es que mi libro no lleva la pretension de una obra
acabada, pero sí la de ser el intérprete fiel de mis sentimientos;
quizá será un estímulo para los escritores de Puerto-rico y un aviso
saludable á las personas influyentes en la Isla. Recíbanlo mis
paisanos como el fruto de muchas horas robadas al sueño y al descanso
de los estudios de mi profesion, y no podrán menos que juzgarlo con
benevolencia.
[Illustración]
[Illustración]
ESCENA I.
ESPÍRITU DE PROVINCIALISMO.
[Illustración]
I.
El lector puede que conozca hace tiempo á mi compadre Pepe, á quien
conté la _fiesta del Utuao_ en el año cuarenta y cuatro; y por si no
le tiene presente, ó nunca oyó hablar de él, sepa que es uno de los
Cubanos mas juiciosos que en mi vida estudiantil he tratado: sério,
reflexivo y sentencioso algunas veces, decidor y muy chistoso otras,
oportuno siempre, y molesto nunca; cautiva con la amenidad de su trato,
y se hace desear hasta en sus ratos de mal humor, que tampoco le
faltan, y no es entonces cuando está menos célebre.
La casualidad nos reunió poco despues de mi llegada á Europa, una
emigración á la isla de Mallorca estrechó nuestras relaciones, y la
conformidad en ideas y gustos, con la igualdad de vida y estudios, las
han mantenido siempre sin que nada haya bastado á relajarlas.
Paseábamos en una tarde de junio por la muralla de Mar, hermoso paseo
de Barcelona, disfrutando del rico y variado conjunto de trajes, y de
la infinita diversidad de fisonomías que pasaban sin cesar á nuestra
vista; mi amigo hacia las mas graciosas aplicaciones del sistema de
_Gall_, á que es algo aficionado, mezclándolas con ocurrencias menos
científicas, pero quizá mas exactas, sobre ciertas caritas, de las que
decia que eran como la manzana de la Fábula.
Ocupados en esto, no vimos, hasta que llegó á saludarnos, á un
jovencito, de quien el Saint-Remy de Sue pudiera tomar lecciones: su
vestido era rico en su calidad, elegante en el corte, y llevado con
un garbo muy difícil de pintar: este jóven hacia apenas un año que
habia llegado de las Antillas, y ya conocia y saludaba á muchas de las
señoras que encontrábamos; referia una anécdota escandalosa de cada
una, y en no pocas era él el protagonista; nos encajó una relacion
corregida y aumentada de sus conquistas amorosas, y destruyó á su modo
algunas reputaciones sin mancha.
Compadecíame yo de tanta necedad, y miraba de reojo al amigo Pepe, que
se le hinchaban los carrillos, y tragaba por no soltar las enormes
bocanadas de risa. Quise sacarle del apuro, y dirigiéndome á nuestro
compatricio, le dije:--Muy dichoso es V., paisano, hay criollito que
lleva ya media docena de años de estar en este viejo mundo, y no puede
contar una centésima parte de las aventuras que á V. se le vienen tan á
la mano. Dichoso, repito, el que ocupado tan deliciosamente, vé correr
con velocidad los dias, que á otros parecen eternos, porque estan
ausentes de su país, sin que tengan esos ratos que V. nos cuenta.
--Verdad es (contestó con mucha petulancia), que no puedo quejarme
de mi suerte, porque otros muchos mas bien parecidos (y aquí se miró
cuanto pudo de su cuerpo) no han logrado lo que yo; pero á pesar de
esto me veo fastidiado: este es un país en que hay tan poco trato, ese
maldito dialecto ó jerga que me horripila, estas costumbres, estas
comidas, todo en fin me aburre tanto, que he escrito á mi padre para
que me permita ir á Madrid á continuar mis estudios.--No entiendo,
pues, como se queja del trato, un hombre tan bien tratado; ¿y está V.
seguro de llenar en Madrid ese vacío que halla en Barcelona.
--Seguro á mas no poder... ¡Vaya! ¿en la Corte quiere V. que no le
llene? Allí que todo es lujo, todo diversiones, con una finura que no
tiene límites, y con una variedad de espectáculos que nunca me dejará
fastidiar, ¿qué mas puedo pedir?
--Menos diversiones, menos espectáculos, y puede ser que menos finura,
para que quede mas tiempo que emplear en la Universidad y en los
libros. Viéndose nuestro hombre atacado de veras, y recordando que
se las habia con uno, que, como se dice vulgarmente, podia meterle
el susto en el cuerpo, varió de conversacion, y se marchó á poco,
incorporándose con una familia de las que peor habia tratado algunos
momentos antes.
--No tenia á este (dije yo) por una cabeza tan infelíz; le habia
hablado pocas veces, y como tiene un esterior tan agradable, confieso
que me engañó.
--Como á otros, repuso Pepe, le hace falta quien le trate con
severidad, y no le adule por su dinero, ó por su buena presencia.
Este muchacho es hijo de un asturiano honradísimo, su padre fué á mi
pueblo hace treinta años, y entró á servir en casa de un comerciante
muy rico, allí á fuerza de trabajo y de virtuosa probidad llegó desde
simple criado á socio del que antes servia, se casó despues con su hija
única, y hoy es uno de los hombres mas justamente venerados en el país.
Tiene dos hijos que él hubiera dedicado al comercio; pero su mujer,
que carece de la dulzura de nuestras paisanas y á quien sobra mucha
vanidad, ha querido educarlos á su modo, y á lo último ha gastado cada
uno en estudios, que no ha hecho, y para los cuales no era á propósito,
cien veces mas de lo que suelen gastar otros, instruyéndose bien.
A este le dió por ser abogado; los mejores profesores de Cuba enseñaron
al niño que, aunque no era el mas aprovechado en el colegio, casi
siempre sacaba algun premio que volvia loca de contento á la mamá:
concluidos los estudios preparatorios en aquella Isla, vino á emprender
el de la Jurisprudencia; hace un año que se pasea por aquí, y un año
tambien debiera tener de carrera, pero por _fas_, ó por _nefas_, él no
se ha matriculado y ya tiene un curso perdido.
[Illustración]
Al principio manifestaba tener buenas inclinaciones, atendia cuando
se le aconsejaba sobre sus deberes, y acaso hubiera llegado á ser
útil para algo; pero aquello duró muy poco, dió en acompañarse con
cierta clase de pájaros, que le ayudaban á gastar bonitamente sus muy
buenas asistencias, y que, como él dice, no le dejaban un momento
para fastidiarse. Estos le han hecho adquirir infinidad de relaciones
perjudiciales que le han engreido de suerte, que ahora solo habla
de estudios cuando le sirven de pretesto para alguna peticion loca,
tal como la de ir á Madrid á hacer el papel de Duque; y con estos
conocimientos y esta aplicacion censura las costumbres del país, que
cree conocer, porque tiene en la memoria una lista de tontuelas que le
desvanecen, y de personas de juicio que le desprecian.
--Tristeza me da, amigo mio, el ver á un padre engañado de ese modo;
¡pobre padre y pobre patria, si de él necesitan algun dia!
--Pues no hemos llegado á lo mas curioso, y es que él cree amar mucho á
su país, porque contínuamente dice pestes de todos los demás, y alaba
cuanto hay en aquel, sea bueno ó malo; ¿se trata de adelantos en las
ciencias ó artes? pues allí es donde no pueden hacerse mayores; ¿de
cultura, buenas costumbres, etc., etc.? su tono es decisivo y su juicio
no tiene apelacion: mas de una vez me he sonrojado, porque delante de
personas respetables por su edad y erudicion ensarta tales disparates
que es capaz de trastornar al cerebro mejor sentado.
En este punto interrumpió nuestro diálogo la llegada de otros amigos, y
nos olvidamos por entonces del objeto de él, hasta que la casualidad me
facilitó el terminarlo de un modo que no esperaba.
II.
Cuatro ó cinco dias despues, volvimos á encontrarnos los dos, aunque
en distinto lugar. Este era un café. Apurábamos cada uno su taza
que parecia ser de _Caracolillo_ segun la fragancia que despedia,
recordando aquellas Islas en que tanto y tan bueno se cosecha, cuando
vimos entrar al señorito conocido nuestro, del fastidio, y de las
conquistas, el mismo que algunos dias antes nos habia dejado en la
muralla, acompañado de otros no sé si maestros ó discípulos suyos, pero
que se le parecian bastante. Saludámonos, y sentáronse en nuestra mesa.
De repente se me ocurrió una idea, dí una ligera pisada al amigo Pepe,
la cual acompañé con un signo de inteligencia, y dije:
--¿Saben Vds., señores, que he tenido esta mañana un malísimo rato
oyendo hablar á un inglés recien llegado de mi país? Figúrense Vds.
un hombre como un castillo, con una cara redonda como una _jigüera_,
que á pesar de saber donde nací, se empeñó en decir que aquello es un
destierro, que allí no hay mas que bárbaros, que la civilizacion no ha
llegado aun, que se ignora hasta el a, b, c, de las artes que en todo
el mundo estan ya olvidadas, y siguiendo así no dejó nada en paz....
¡Infelices de nosotros, y qué tunda llevamos!
--¿Y qué le respondió V.? contestó nuestro jovencito.
--¿Qué hubiera V. respondido?
--¿Yo? que era un bestia, un mal educado, que no tenia presente que
hablaba con un Puerto-riqueño.
--No hubiera sido mal dicho, porque bestialidad, mala educacion é
insolencia, es decir mal de un país delante de quien nació en él,
(esta vez fuí yo quien me sentí pisar debajo de la mesa); pero habia
un pequeño inconveniente, y es, que á mí no me acomodaba batirme á
puñetazos con un gigante, y menos siendo inglés, porque sus padres no
le habian educado mejor.
--Yo no hubiera callado al oir semejante cosa.
--Tampoco yo callé, sino que esperando con aparente calma que
concluyera, le pregunté con muy buen modo: ¿Estuvo V. mucho por allá,
caballero?
--Mas de quince años.
--Friolera, pues V. conoce mi tierra mejor que yo.
--Ya lo creo que la conozco; sobre todo la Costa, porque en ella he
ayudado á desembarcar varios cargamentos de negros de Africa.
[Illustración]
--¡Hola! ¿con que hacia V. la trata; y no temia V. al celo
filantrópico de sus paisanos? no le espantaba el temor de ir á
Sierra-Leona?
--Maldita la cosa; reuní en cuatro años algunos centenares de duros;
me embarqué despues en una goleta, y con mis pacotillas que traia de
San Tomas hice un capitalito regular, con el cual compré en compañía
de otro una hacienda, y en ella he pasado otros siete años trabajando
siempre para poder retirarme, como lo haré, á mi país, despues de
viajar un poco por Europa.
--Perfectamente: ha sido V. cuatro años negrero, otros cuatro
semicontrabandista, y siete hacendado: total quince, para llegar
despues á propietario acomodado, ¿y no perdona V. sus faltas á aquel
país que se las ha pagado en libras esterlinas?
Los dueños de la casa se sonreian maliciosamente, y el inglés se volvia
y revolvia en la silla dando muestras de grande enfado.
--Nunca, dijo finalmente, nunca podré querer bien aquella maldita
tierra; porque además de todo lo que he dicho de ella, me hizo
perder mi salud.... sí, mi salud (repitió, notando que se reian), mi
salud; porque aquí donde VV. me ven tan gordo y de buen color, jamás
tengo el estómago bueno; he gastado un dineral, y siempre lo mismo;
los avestruces médicos de su Isla de V. (dijo mirándome) no saben
curar nada, sino privándole á uno el tomar su copita de rom, que tan
necesaria es para que se siente bien la comida.
--Dice V. muy bien, esa es una privacion terrible, mas valiera no tener
una patata para entretener el hambre, como dicen que no tienen los
Irlandeses del país eminentemente civilizado que llaman Inglaterra.
Cuando decia esto, tenia mi sombrero en la mano, y sin dar lugar á
otra contestacion, me despedí disgustado, como es natural, de oir
que un hombre que debia á mi patria la fortuna, de cuyas ventajas
iba á disfrutar en otra parte, fuese tan ingrato con ella: pensaba,
y no podia comprender como entre tantos que van pregonando la bondad
del clima, la sencillez de costumbres, la dulzura de carácter y la
hospitalidad de sus moradores, con otras muchas gracias que derramó
allí el Criador á manos llenas, hubiese uno que llegara al estremo de
desconocerlas.
En todo el dia no he podido olvidar aquella escena, y por mas que
hago por vencerme, creo que el amor á mi país sofoca las muy justas
reflecsiones que en vano procuro traer á la imaginacion.
--Y basta y sobra esa causa: yo no puedo sufrir que digan lo mas mínimo
del mio (replicó nuestro criollito), así es que para vengarme no paso
ninguna donde quiera que estoy, y á todo el mundo le canto clarito las
faltas del suyo.
El compadre Pepe, viendo que no me habia comprendido, se espresó en
estos términos:--No puede darse un país tan malo que no tenga algo que
alabar; ni tampoco hay uno tan bueno que nada pueda decirse en contra
suya: son los pueblos tan distintos unos de otros como los hombres
entre sí: ¿qué hombre hay completamente hermoso? ¿y podria una misma
hermosura parecer igual á todos los habitantes de la tierra? seguro es
que no: desprecian estos lo que aquellos ensalzan, y aman aquellos lo
que á estos es odioso. En una misma nacion, cada provincia quiere ser
la mejor, en una provincia, cada poblacion, y en una poblacion, cada
casa. Todos tienen sus buenas y malas cualidades, y del conjunto de
ellas resulta un sello particular que distingue á unos de otros, y que
sirve al hombre de talento, no para ajar á sus semejantes, sino para
utilizar en provecho de la humanidad y en el suyo propio las virtudes,
y aun los vicios, que todos tenemos.
Volviendo ahora á nuestras Antillas, ¿qué seria de ellas sin los muchos
que allí van, como suele decirse, á hacer fortuna? Figurémonos por un
momento que nada agradezcan, y que hagan como el inglés que tanto ha
incomodado á nuestro paisano, ¿qué lograrán con esto? chocar si dan con
uno que sea vivo de genio, ó que se les rian los que les oyen, si son
personas instruidas y prudentes: mientras tanto ellos han abierto allá
una casa de comercio, ó han montado una hacienda de caña ó cafetal,
etc.; abandonan, es cierto, el suelo en que se enriquecieron; mas esto
no es un crímen; ¿quién es el que no desea volver á ver á sus padres,
sus amigos y allegados, los compañeros de sus juegos infantiles, la
casa y los muebles cuyas señas recuerda uno tan bien cuando está
ausente? ¿quién es el que no suspira por oir aquella campana que le
llenaba de tristeza á la hora de ir á la escuela, y de placer la
víspera de un dia festivo?
Poco importa al país que la casa corra bajo tal ó cual razon social,
que la hacienda se llame con este ó el otro nombre; el resultado es
que el propietario aquel deja un nuevo núcleo de riqueza que ya no se
mueve de la Isla; á cada uno que sale de este modo, en vez de tildarle,
débesele estar muy agradecido.
Cierto es que hay algunos, por dicha nuestra muy pocos, á quienes puede
llamarse ingratos; pero á estos puede oponerse otro número, tambien
afortunadamente muy escaso, de hombres que en nada estiman el adelanto
y prosperidad de su patria, puesto que nada es para ellos el aumento de
poblacion y riqueza.
Concluyo pues diciendo: que para hablar de un país es necesario antes
conocerle y estudiarle mucho; que se debe apreciar y proteger en gran
manera á los forasteros para que nunca puedan quejarse con justicia;
que siempre es arriesgado el oficio de censor, y que nada prueba tanto
los buenos sentimientos y la educacion esmerada como el juzgar de los
demás con benevolencia.
Salimos del café y nos despedimos: luego que yo estuve solo me pregunté
á mí mismo: ¿habrá aprovechado la leccion al paisanito? No lo sé: y
puede que de nada valga, porque una mala costumbre no se quita con un
sermon: y entonces volví á preguntarme: ¿Y podrá aplicarse á alguno en
mi país?... ¡Ojalá!.. ojalá! mil veces que no.
[Illustración]
ESCENA II.
El Bando de S. Pedro.
[Illustración]
El bando de San Pedro debe ocupar un lugar, y no secundario, en
un cuadro de costumbres Puerto-riqueñas, porque, además de su
originalidad, viene á hacer precisa su aparicion en un libro el olvido
en que comienza á caer este regocijo popular, que yo, á fuer de hombre
amante de su país, quisiera se perpetuase en él para siempre. Para
cumplir pues con mi propósito, y dar una idea de lo que comprende el
título de esta escena, es necesario retroceder algunos años, pues de
otra suerte no podria pintar el Bando de San Pedro sino en el período
de su _civilizada_ decadencia; y así supongo que nos quitamos doce ó
catorce años de encima, lo cual harian de veras y con mucho gusto
algunos de mis lectores.
Eran las diez de la mañana; el sol cubierto con un lienzo de nubes que
debilitaba su ardor tropical, templado además por la brisa diaria en
aquel clima durante las abrasadas horas del dia, alumbraba el recinto
de una ciudad, que ya no ecsiste, tal es la trasformacion verificada en
ella en tan corto espacio de tiempo.
Las calles no eran aseadas y agradablemente vistosas como en el
dia; una recua de caballerías mayores y menores que recogian sus
inmundicias, iba dejando por todas ellas señales no muy limpias de su
paso; y gracias al empedrado, cuyas aceras de ladrillos puestos de
canto, gastados unos, elevados otros, arrancados muchos y desiguales
todos, el transeunte no podia dar un paso sin llevar, como suele
decirse, los ojos en los pies; las plazas, hoy hermosas, estaban
cubiertas de yerba que daba pasto al caballo del carbonero, al macho
del borriquero y á unas cuantas vacas y cabras que iban de puerta en
puerta, y sin que nadie las molestase, buscando los desperdicios que
espresamente y para ellas estaban guardados.
Circulaba por toda la ciudad mayor número de personas que en los dias
ordinarios, causando aquella especie de rumor que en las poblaciones
de poco movimiento, como era entonces la capital de Puerto-Rico, es
anuncio seguro de un dia de fiesta popular. Infinidad de personas,
que por su traje y maneras mostraban ser de los campos de la Isla,
discurrian acá y allá admirando la maravilla de una tienda de
quincalla, de una confitería, ó de una de aquellas barracas de madera
llamadas _casillas_, que llenas de juguetes y otras chucherías, estaban
en la plaza de armas arrimadas á la negra y muy sucia pared del
presidio, hoy bonita fachada del cuartel de Artillería. Los balcones,
ventanas y puertas bajas se veian cuajados de gente de todas clases, la
plaza de armas llena de caballos para alquilar, y los muchachos corrian
por todas partes produciendo con sus gritos las notas mas agudas de
aquel bullicioso conjunto de sonidos, que á fuerza de ser desacorde
tiene su armonía particular. Poco despues veíanse pasar algunas
máscaras á caballo que se encaminaban á la plaza principal, para formar
un escuadron, que á estar en moda la mitología pudiera llamarse el
escuadron de Momo. Reunidas allí todas, se dió la señal de marcha,
seguida en el órden siguiente:
[Illustración]
1.º _Caseros, cotisueltos, lecheros y guaraperos_; éstos sin disfraz,
aunque disfrazados con sus mismos trajes; los primeros eran gíbaros
montados en los caballos que por sus buenas mañas no habian podido
alquilar, pero que con su _garroneo_ y su _fuete de á cuatro reales_
hacian ir mas ligeros que el viento; los segundos eran amigos de éstos
de la capital, ó jornaleros que gastaban en aquella broma el salario de
una semana; distinguíanse por los movimientos descompasados de todos
sus miembros que hacian flotar su camisa como una bandera, y de aquí
su denominacion; las otras dos clases eran los que habiendo despachado
su mercadería, se solazaban en pasear por las calles al galope de sus
encanijados é inseparables compañeros. Esta era la vanguardia, formada,
como se ve, de gente de rompe y rasga, puesto que rota y rasgada
llevaban no pocos la vestimenta.
[Illustración]
2.º Caballería ligera; compuesta de los muchachos que por su buen
comportamiento en la escuela, ó por otra causa, habian logrado el
permiso de los papás; de jóvenes de todos oficios, artes y carreras,
inclusos los que en todo el año no tenian otra ocupacion que correr
aquel dia, y de las _cumarrachas_ que muchos de estos llevaban á la
grupa: los caballos que montaban, si bien no del todo buenos, podian
sin embargo seguir á la vanguardia, y los trajes eran sino de grande
invencion, caprichosos y variados desde el cuotidiano hasta el de
arlequin, ó de negro, con la cara y brazos bien tiznados ó cubiertos de
seda.
[Illustración]
3.º Caballería pesada; componíanla hombres de mas edad, y entre ellos
muchas personas de suposicion y respetables en todos conceptos:
sobresalian por la exagerada ridiculez de sus trajes, y por la
inutilidad de sus rocines, cojos, tuertos ó ciegos, desorejados, y con
mas faltas que sobras. Entre estos (no entre los rocines) iban el que
hacia de notario, el pregonero, y los tocadores de cornetas y timbales.
De esta suerte llegaron delante de la fortaleza ó palacio del Capitan
General; el notario, acompañado del pregonero, se colocó debajo de las
ventanas del edificio; los trompetas y timbales tocaron furiosamente y
con el mayor desconcierto por algunos momentos, luego callaron todos, y
poniéndose el primero unos anteojos de _jigüera_, comenzó á dictar, y
el pregonero á repetir en alta voz, el siguiente
BANDO.
Don Tintinábulo Caralampio de los Lepidópteros nocturnos, Señor de las
carambímbolas del Peñon de Rio Grande, Pachá de las Islas Baleares
mayores y menores, que se hallan en tierra firme entre el Peloponeso
y la Isla de Madagascar, Presidente del Senado de la China, y primer
Cónsul de la República cochinchiniana, Conde del Manglar de Martin
Peña, de las tembladeras de Loiza y de la cuesta del Cercadillo,
Emperador de los Godos, Visogodos, Alanos, Puritanos y Samaritanos,
Duque del Golfo de las Damas, y Cabo 2.º de la Compañía de Morenos de
Cangrejos, etc. Hallándose el dia de San Pedro encima de nosotros, como
nosotros encima de las bestias que nos rodean, y deseando que dicho dia
se celebre con toda clase de celebraciones, y con la pompa, algazara
y estrategia que son de costumbre, segun consta de los archivos del
Agua-buena. Deseando además, que ningun bicho viviente ni por vivir
altere en lo mas mínimo el buen órden y compostura, que debe reinar en
estos dias en que corren por esas calles toda clase de animales, y
con el fin de evitar contumelias y otros accidentes desagradables que
pudieran ocurrir: Ordeno y mando.
Artículo 1.º Queda prohibido bajo pena de la vida el morirse, hasta
pasados ocho dias de la publicacion de este bando.
2.º Todo individuo que coma, beba, duerma y haga otros menesteres que
se dirán en caso preciso, está obligado á montar, como montan los
hombres si fuere del género masculino, y á que le monten, á las ancas ó
como mejor le pareciere, si es del femenino.
3.º Se previene á los tenderos de toda clase de comestibles, inclusos
los de ropa, que enciendan hogueras (vulgo _candeladas_) en los dias de
carreras; teniendo cuidado de apagarlas al toque de la oracion, para no
iluminar lo que debe pasar á oscuras.
4.º Siendo las carreras de San Pedro una prueba de lo mucho que
adelantamos, aunque siempre corremos por el mismo lugar, deben ser así
mismo un modelo de cortesía; queda pues privada toda accion sospechosa,
como toser, estornudar, etc.
5.º Queda igualmente prohibido el llevar las manos á las narices,
orejas ni á ninguna otra parte de las que estan vedadas por la buena
educacion; debiendo al contrario tenerlas siempre de manifiesto para
evitar malas interpretaciones.
6.º El gobierno de las bestias queda á cargo del bello secso, por haber
demostrado la esperiencia que el otro que no es bello, no contiene
muchas veces la fogosidad de los potros que quieren salir de las calles
en direccion al campo del Morro.
7.º Para impedir en dicho lugar caidas que pudieran causar rasguños,
cardenales y chichones mas ó menos pronunciados, se pondrá al rededor
de la cantera que hay en el mismo un guardian que avisará con un tiro
de fusil la aparicion de todo ser animado.
8.º En caso de ser estas apariciones tan frecuentes que no tuviese
tiempo de cargar el arma, se duplicará, triplicará, y centuplicará el
número de guardianes, hasta que entre todos hagan un contínuo fuego
graneado.
9.º No pudiendo usarse el agua, sino licores mas ligeros y menos
dañosos, como el _cañete_, _anisao_, etc. quedan cerrados todos los
algibes, pozos, y las cataratas del cielo, hasta pasados ocho dias
contados desde la fecha.
10. Será declarado reo de _lesa carátula_ todo el que contraviniere en
lo mas mínimo las disposiciones adoptadas en este bando; siendo además
juzgado con arreglo al código de _Tio Luna_.
11. Encargo á los magnates y sacatecas de mis dominios que guarden y
hagan guardar el presente bando, á todo _siniquitate_ que se halle bajo
su férula, y que agarrochen á los que no quieran entrar por el surco.
¡Vivan las fiestas de San Pedro! ¡vivan las gentes de buen humor! ¡viva
todo el mundo!
Dado en las Cuevas del _Sumidero_ á 4 del mes de los gatos, y del año
de las cornucopias.--Firmado--Tintinábulo Emperador de los Alanos,
Puritanos y Samaritanos; Cabo 2.º de la Compañía de morenos de
cangrejos.
Una endiablada gritería y los mas furibundos toques de clarines,
trompetas y timbales, anunciaron á larga distancia que habia terminado
la lectura del bando que antecede; emprendieron la marcha en el mismo
órden que habian venido, y fueron repitiendo la publicacion en los
parajes mas públicos, despues de lo cual se desbandaron, durando las
carreras hasta las dos ó las tres de la tarde.
[Illustración]
Tal era el bando de San Pedro en la época á que me he referido; desde
unos dias antes ya servia de tema de conversaciones muy animadas,
y que tenian por objeto la redaccion del célebre documento, que
todos deseaban leer; la invencion de un disfraz, el hallazgo de un
_jamelgo_ indefinible por sus viciosas anomalías, y otras muchas cosas
que ocupaban á personas de todas las clase de la sociedad: los mas
entonados iban á caza de _alimañas_ que despreciaria el jitano mas
hábil, y las mas lindas manos se ocupaban en hilvanar, prender, y atar
ropajes, flores, y cintas, que adornaban á sus allegados, amigos y aun
á ellas mismas.
Ahora que he procurado hacer que conozca, ó recuerde el lector el
bando de San Pedro, reflecsionemos algo sobre el mismo; porque, como
he dicho al principio, temo que los progresos de la civilizacion,
arrebatándonos nuestra sencillez de costumbres, arrastren consigo
todas aquellas diversiones que al par que deleitan, tienen el gusto
de la originalidad; diversiones que recuerdan nuestra infancia, y que
influyen no poco en el carácter de los habitantes de nuestras Antillas.
Ultimamente ha venido á reducirse esta costumbre, á carreras sin objeto
ni fin alguno, y la clase privilegiada de la sociedad Puerto-riqueña
se aparta cada dia mas de ella, considerándola quizás como indigna del
buen tono y de la cultura, de que con sobrada razon blasona; pero en
mi humilde sentir debieran interesarse en sostenerla, por ser un medio
económico é infalible de divertir al pueblo, y de procurar salida á
muchas cosas que no la tienen sino en tiempo de tales fiestas.
Aquel regocijo, á que eran llamadas todas las clases, y del que
disfrutaban todos, ya como actores, ya como espectadores, se acomoda
mucho á los gustos y hábitos del país. La afluencia de gentes de los
campos, aumentando las relaciones de estos con la capital, satisfacia
ese deseo innato de hospitalidad y franqueza tan conocido en los
habitantes de Puerto-Rico. Cada casa de la Ciudad era una posada
gratuita; y esto que de pronto parece una carga muy penosa, tiene allí
indemnizacion segura; si una familia aloja y obsequia á otra que viene
á divertirse con las máscaras de San Pedro, puede ir á su vez y por el
tiempo que guste, á disfrutar de los encantos de la campiña, sin mas
trabajo que un aviso dado algunos dias antes.
Escusado es decir que el comercio gana, y no poco, con el sostenimiento
de esta y otras fiestas que empiezan á decaer; ¿quién es el que viene á
una capital á divertirse sin que arregle su equipaje, que en los campos
no suele estar siempre á punto de revista? ¿Quién es el que vuelve
sin llevar un regalito para el pariente, amigo ó esclavo á quien dejó
el cuidado de su casa? ¿Los mismos que reciben á estos forasteros, no
tienen precision de ataviarse como ellos, para acompañarles á todas
partes? ¿el consumo de la despensa es igual entonces al de los dias
ordinarios? respondan á esto el bolsillo de algunos, y las balanzas y
la vara de medir de otros.
Finalmente los hacendados que se dedican á la cria caballar, ganan
tambien, porque si en la mañana de la víspera de San Pedro no se miran
las buenas cualidades de las bestias, no sucede lo mismo por la tarde
y al dia siguiente; cuando la concurrencia y rivalidad las ponen
todas de manifiesto; y Dios sabe los tratos, ventas, y _cambalaches_
á que esto da lugar; de manera que no sé como empieza á olvidarse una
costumbre tan útilmente graciosa, y tan graciosamente útil; mil veces
he pensado remitir á mis paisanos una cartita que tengo borroneada,
pero no lo he hecho por cortedad. Esta carta la transmito en reserva á
los suscritores del _Gíbaro_, y dice lo que sigue: «Queridos paisanos,
los que vivis felices, entre Bieques y Sto. Domingo: gozoso estoy á
mas no poder, con las noticias que recibo de esa nuestra tierra, porque
segun ellas cada dia va siendo el país mejor de los posibles; por allá
puede un hombre acostarse seguro de que, si no viene la _pelona_ por
sus pasos contados, dispertará al dia siguiente sin sustos ni cosa
que lo valga, lo cual no sucede en todas partes por acá, en el mundo
civilizado, y sino que lo digan los Parisienses que hace poco han
tenido el inocente desahogo de mandar á la eternidad á mas de diez mil
de sus hermanos, con su añadidura de robos, violaciones, mutilamientos,
y otras lindezas que no hay mas que pedir.
[Illustración]
Segun he sabido los caminos, puentes, calzadas, y otros medios
de comunicacion que no hace mucho tiempo estaban buenos _para los
pájaros_, ahora se van mejorando que es un gusto; la capital se ha
convertido en una tazita de plata, y todos los demás pueblos la van
siguiendo; de suerte que cuando yo vuelva, que no está muy lejos,
tendré que tomar un _cicerone_, que me esplique cada una de las muchas
novedades que se me ofrezcan á la vista.
No puedo menos de daros el parabien por tanta dicha, y lo haria, si es
posible, de mejor gana, si no hubiera llegado á entender que comenzais
á olvidar, junto con ciertas preocupaciones ridículas, algunas de
nuestras sencillas y buenas costumbres: me han dicho, entre varias
otras cosas, que apenas os acordais del bando de S. Pedro, que tanto
nos divertia, y juro por la cuesta del _Guaraguao_, que no hemos de
tener la fiesta en paz hasta que sepa que os habeis corregido. ¿Cómo
se entiende, señores reformistas, quereis que no quede rastro bueno ni
malo de los usos de nuestros padres? ¿teneis acaso la vanidad de pensar
que nada es bueno mas que lo que hagamos nosotros? Si os molesta el sol
porque os habeis vuelto mas delicados, mudad la hora, pero no toqueis á
la costumbre; si algunas palabras que antes pasaban no pueden tolerarse
en el dia, porque el buen gusto se ha desarrollado, ingenios hay en la
Isla que os darán cada año un bando mejor que el Código Romano, y que
las Tablas de Solon.
Cuidado, señores mios, no nos suceda lo que al loco que dió en tener
asco á sus propias uñas, y para impedir que crecieran queria cortarse
los dedos; vayamos con tiento, no afinar tanto la guitarra que se le
rompan las cuerdas, y tengamos presente que hay un adagio que dice, que
no por mucho madrugar, amanece mas temprano.
Fuera de esto, aplaudo ese espíritu de regeneracion bien entendida
que se desarrolla entre nosotros, quisiera poder contribuir á nuestro
adelanto; pero ya que no otra cosa, admiro vuestra cordura y sensatez,
y quedo vuestro paisano y afectísimo S. S.--_El Gíbaro de Caguas._
[Illustración]
[Illustración]
ESCENA III.
REFLECSIONES SOBRE INSTRUCCION PÚBLICA.
A los padres de Familia.
[Illustración]
Arduo es el asunto de esta escena de mi cuadro de costumbres
puerto-riqueñas, y muy difícil el trazarlo de suerte que ciertas tintas
no hieran demasiado la vista de algun amante de la sombra; porque esta
hace grandes y á veces monstruosos los objetos que á la claridad son
pequeños, y que no imponen, sino dan lástima.
Difícil será tambien que pueda mi pluma, harto por mi desgracia mal
cortada, trasladar al papel cuanto pienso y cuanto quiero decir, porqué
de sentir una cosa á espresarla tal como se siente hay la misma
distancia que de comprenderla á ponerla en ejecucion. Mi audacia por lo
tanto no está en haber emprendido una obra que hace tiempo bullia en mi
cerebro, sino en querer encerrar en los límites de un solo artículo un
pensamiento de cinco años.
No pretendo ser aplaudido por cuantos leyeren esta escena, antes
creo que no faltará quien me trate de visionario; pero en este caso,
comparen los padres de familia, á quienes la dedico, el interés que
tengo yo en poner en claro la verdad, con el que acaso tengan otros en
ocultarla: mediten sobre el resultado de despreciar este aviso, fruto
de repetidas esperiencias, y piensen mucho que una buena educacion es
el mejor legado que pueden hacer á sus hijos.
Con esta ligera advertencia paso á tratar de los estudios que hacen los
jóvenes Puerto-riqueños. Para proceder con órden, me ocuparé primero de
la instruccion que se recibe en la Isla; despues, de la que se da en la
Península, concluyendo con la del estranjero.
Cinco son las carreras á que con preferencia se dedican los hijos de
Puerto-Rico: el Sacerdocio, el Comercio, la Jurisprudencia, la Medicina
y la Farmacia; sin incluir los Militares y los Ingenieros civiles.
El estudio de la Teología se debe hacer segun el plan de estudios del
modo siguiente:
1.º año: Fundamentos de la Religion.--Lugares teológicos.
2.º año. Teología dogmática (parte especulativa).
3.º año. Teología dogmática (parte práctica). Lengua griega.
4.º año. Teología moral.--Lengua hebrea.
5.º año. Historia y elementos del Derecho canónico.--Oratoria sagrada.
6.º año. Sagrada Escritura.--Lengua griega (2.º curso).
7.º año. Historia y disciplina general de la Iglesia y particular de
España.--Lengua hebrea (2.º curso).
Se necesitan por consiguiente siete profesores distintos, y que el
alumno curse siete años para ser teólogo, y en Puerto-Rico todo se
hace en tres con un solo profesor: á mis lectores dejo el deducir la
consecuencia.
El Comercio es á mi entender la carrera que mejor puede seguirse en
la Isla; no obstante, para perfeccionarse en los idiomas es casi
indispensable la permanencia en el estranjero por dos años á lo
menos. Esto tiene grandes ventajas, de las cuales, así como de los
inconvenientes que ofrece, me ocuparé á su debido tiempo.
Llegamos á la Jurisprudencia, y á la Medicina: estas dos no pueden
estudiarse en Puerto-Rico, pero sí la Filosofía como introduccion á
dichas facultades. Veamos si esto se hace como es debido, y como lo
reclama la ilustracion de la época; y aquí advierto de nuevo que al
poner de manifiesto el estado de atraso de nuestra enseñanza es mi
único objeto el despertar, si es posible, á mi patria de ese sueño que
la hace marchar á tan larga distancia de la metrópoli.
El plan de estudios previene que se curse la Filosofía en cinco años de
esta manera:
1.º año. Latin y Castellano.--Geografía.--Religion y Moral.
2.º año. Latin y Castellano.--Geografía.--Historia, Religion y Moral.
3.º año. Latin y Castellano.--Historia.--Religion y Moral.--Curso
preparatorio de Matemáticas (Aritmética y algunas nociones de
Geometría). Repaso de Geografía.
4.º año. Retórica y poética.--Historia.--Religion y Moral.--Matemáticas
(Álgebra hasta las ecuaciones de segundo grado inclusive). Geometría,
Trigonometría plana y nociones de Topografía.
5.º año. Psicología y Lógica.--Elementos de Física y nociones de
Química.--Nociones de Historia natural.--Ejercicios prácticos de
Retórica y poética.--Religion y Moral.
En Puerto-Rico se emplean dos, tres, ó mas años en la Latinidad;
concluida esta, empieza la Lógica, que dura otro año; sigue la
Física[1], y en el tercero la Ética y Metafísica. Las Matemáticas,
nociones de Química y la Geografía se estudian tambien en algunos de
estos años, y sin ser obligatorio.
[1] Gracias á los desvelos y sumo desinterés del Dr. D. Rufo M.
Fernandez, hay un gabinete de Física esperimental, y un laboratorio de
Química que regaló dicho Sr. á la Sociedad económica de Amigos del país.
Faltan por consiguiente la Historia, Retórica y poética, Historia
natural y ejercicios prácticos de Retórica y poética; muchísimo mayor
es el defecto en cuanto á los profesores.
Para desempeñar las cátedras de Filosofía se necesitan doce profesores
por lo menos, cuando en el colegio de Puerto-Rico, sino fuera por las
clases que sostiene la Sociedad económica de Amigos del país, solo
habria dos de Latinidad y otro para el resto de la Filosofía. ¿Cómo es
posible que uno solo pueda cargar con peso tan enorme? No es estraño
que, al presentarnos en las universidades de la Península, se rian de
nosotros y de nuestros certificados los que con mucha razon ven en la
Filosofía el fundamento de todas las carreras literarias.
No pueden un médico ni un farmacéutico serlo completos sin algunas
nociones de Historia natural; así como tampoco un abogado ni un teólogo
pueden ser buenos oradores sin el conocimiento de la Literatura. Toda
mi vida recordaré con pesar lo que sufrí al graduarme de bachiller en
Filosofía. El catedrático llamado entonces de Literatura me dirigió una
pregunta que no entendí, y tuve que confesar ruborizado que en mi país
no se enseñaba....
Acabaré los estudios de la Isla hablando de la Farmacia, que se cursa
tambien en ella (ignoro el como) y puede ejercerse en todo el país
mediante un certificado que da la Subdelegacion de dicha facultad. Este
certificado, título ó como quiera llamarse, puede igualar á jóvenes que
en su vida han visto un gabinete de Mineralogía, ni un jardin botánico,
ni otras muchas cosas, con hombres que en Europa han asistido siete
años á estos sitios, y que, como suele decirse, «han gastado los bancos
de las universidades.»
Pasemos á los estudios de la Península. Despues de haber invertido un
padre sumas considerables durante cuatro ó cinco años, y cuando su hijo
ha concluido la Filosofía, es preciso, si se dedica á la Jurisprudencia
ó á la Medicina, que continue sus estudios en la Península; sobrevienen
nuevos y grandes gastos para la familia, pero el cariño paternal todo
lo allana, y al cabo de un par de meses se halla en Madrid, Barcelona
ó Cádiz el aspirante al Bachillerato en Filosofía. Preséntase en
la Universidad provisto de todos sus documentos; el Secretario los
examina, y á cada párrafo, á cada punto, á cada frase menea la cabeza
de un modo harto significativo para el pretendiente; porque en él
puede comprenderse la respuesta que á mí me dieron el dia de aquel
primer fallo. «_No hay americano que traiga sus papeles en regla, y que
haya estudiado todo lo que previene el plan de estudios. V. no puede
graduarse._»
Cualquiera comprenderá la posicion nada agradable en que estas palabras
colocan á un jóven sin edad ni esperiencia para oirlas con calma.
Empiezan entonces las súplicas tanto de palabra como por escrito; quien
recurre al Rector, quien al Gobierno de la nacion, y entre unos y otros
pasa un jóven los peores dias de su carrera, hasta que por quitárselo
de encima ó por compasion, le admiten al primer año de la facultad que
quiere cursar.
Hasta aquí los trabajos; ahora empieza otra vida, que, si bien necesita
laboriosidad, es metódica y mas descansada; cércanla empero graves
escollos que pueden hacer naufragar al talento mas privilegiado.
[Illustración]
Los padres de familia, por indiscreta confianza en sus hijos, los dejan
á veces enteramente libres en un país nuevo para ellos y colmado de
tales atractivos que pueden seducir al corazon mas frio: diversiones
de todo género, mujeres tan hermosas como venales que pululan en los
parajes mas públicos, compañeros harto complacientes para enseñarles
el camino de su perdicion, y dinero en abundancia para satisfacer sus
caprichos; son los elementos de su ruina: ¿somos acaso ángeles del
cielo para poder resistir siempre á tanta seduccion?
Otros hay que por un esceso de celo se fian demasiado, y dan facultades
amplias sobre sus hijos á sujetos indignos de tenerlas, y los cuales
contribuyen no poco á que se estravien, teniendo para con ellos ó un
absoluto descuido, ó un rigor inconsiderado.
La cantidad destinada para la instruccion y sustento de un jóven debe
tambien pensarse mucho, no fiándose nunca de informes de personas
estrañas, sino de los padres de alguno que esté en igual caso y que
tenga buena conducta. Del olvido de esto puede resultar que un jóven
se estravie por tener demasiado, ó que contraiga obligaciones que
despues no pueda cumplir, por carecer de lo preciso para sostenerse con
decencia y adquirir lo necesario á su carrera.
Hasta las cartas de recomendacion deben tenerse en cuenta al enviar un
jóven fuera de su país: las dirigidas á personas ricas y de una clase
elevada, no son las mas útiles en ciertas circunstancias; porque estos
sujetos, si no tienen relaciones íntimas con el que recomienda, y
quizás aunque las tengan, lo mas que hacen, por lo comun, es obsequiar
al recomendado con su palco abonado en el Teatro, convidándole á comer,
presentándole en tertulias y dándole todos los buenos ratos posibles,
pero que cada uno de ellos no deja de ser una distraccion. Esta clase
de recomendaciones son buenas para despues de pasado algun tiempo, mas
no al principio, cuando es necesario todo el dia para empezar bien el
estudio; por otra parte, creer que el que tiene escelente posicion
social haya de ir acompañando á un jóven á suplicar y á cuestionar con
los empleados de la Universidad, es creer un despropósito.
Una carta para uno de estos empleados, sea cual fuere su clase, ó para
un estudiante adelantado en la carrera, vale mucho mas que aquellas,
que, como he dicho, son buenas para mas tarde; y aun entonces deben
economizarse, pues el jóven que se conduce bien, tiene entrada en todas
partes, y le sobran siempre buenas relaciones.
Algunos de mis paisanos se dedican á la carrera de Ingeniero civil,
ignorando sin duda sus muchas dificultades; y por esta razon advierto
á los padres de familia, que en el colegio de Ingenieros civiles de
Madrid, el único de España, solo se admite un número determinado de
alumnos, que para entrar en él necesitan estudios que no pueden hacerse
en Puerto-Rico, y que aun teniéndolos, y saliendo bien de un ecsámen
rigoroso, no es seguro el conseguir una plaza solicitada por muchos
otros con igual mérito, con favor y con grandes recomendaciones,
porque del colegio salen ya con un sueldo pagado por el Gobierno.
Hablemos de los estudios del estranjero.
Muy encontradas son las opiniones sobre si es conveniente ó no, que un
jóven estudie en el estranjero; razones hay que á primera vista parece
nos convencen de ser no solo útil, sino casi indispensable.
Es cierto que los métodos de enseñanza han llegado fuera de España
á un grado mayor de perfeccion; mas no lo es menos que un jóven que
desde niño se ha educado en una de esas capitales colocadas al frente
de la civilizacion, al volver á Puerto-Rico siente en su alma un vacío
inmenso: aunque ame á su familia, echa de menos aquellas costumbres
en que ha sido criado, y que no halla en su patria. Adquiere un nuevo
idioma, pero esto es no pocas veces olvidando el suyo. Yo he conocido
jóvenes de instruccion brillante, que á los aficionados llamaban
_jugadores por amor_, á la gorra de cuartel _bonete de policía_, que
en lugar de _V. me adula_ decian _V. me flatea_, y otras por el mismo
estilo. ¿Debe pues huirse de ir al estranjero?
Mi opinion es que no; pero es preciso aguardar á que los hábitos del
país se fijen con la edad y con el estudio, de suerte que, aunque los
cubra el barníz estranjero, vuelvan á aparecer con los aires de la
patria. En una palabra, debe un padre enviar su hijo á perfeccionarse
en cualquier carrera; pero no á comenzarla y acabarla fuera de España.
Habiendo hablado de los estudios que se hacen en Puerto-Rico, en la
Península, y en el estranjero, parece que debiera decir algo de los de
la Isla de Cuba; pero como quiera que son ya muy contados los que van á
seguir su carrera en aquella Isla, por ser los gastos mucho mayores en
igualdad de circunstancias, me creo dispensado de hacerlo, en obsequio
de la brevedad. Concluiré pues indicando algunos de los medios de
mejorar en mi país la instruccion que en él se recibe, para que no haya
obstáculos en las carreras cuando quieran continuarse fuera de él.
Es ante todo indispensable que la enseñanza siga una marcha uniforme,
que haya un colegio en la Capital que forme el centro, y que todas
las escuelas de la Isla sean ramificaciones suyas; porque mientras
pueda cualquiera titularse Maestro y abrir un establecimiento que
nadie se cuida de clasificar; mientras pueda seguir en él el método
que le dicte su capricho; mientras, en una palabra, no haya para los
padres de familia mas garantía que la buena ó mala fe de los maestros;
mientras suceda todo esto (y lo digo muy alto), en Puerto-Rico se
enseñará mal, y el que quiera ser sólidamente instruido en cualquier
profesion, tendrá despues que estudiar gran parte de lo que debió saber
al concluir la instruccion preparatoria.
No quiero decir que no haya algunos profesores muy dignos de serlo,
pero estos serán los primeros en reconocer que hay tambien otros á
quienes no vendrian mal unos cuantos años de escuela; si para llamarse
maestros hubieran tenido que pasar todos por un ecsámen rigoroso sobre
materias cuyo nombre ignoran quizá algunos de ellos, y las cuales son
indispensables al que ha de conducir á los niños en los primeros pasos
que dan por la senda del saber, entonces podrian los padres estar
tranquilos, y no tendrian que separarse de ellos desde su mas tierna
edad, como ahora sucede, para ponerlos en escuelas que les merecen mas
confianza.