Tales eran los acontecimientos que tuvieron lugar por tierra durante
ese tiempo; voy a contar ahora cuanto sucedió por mar en la misma
época,[171] así como cuanto tuvo lugar en las ciudades marítimas,
fijándome únicamente en los hechos más culminantes y dejando de
mencionar aquellos que carecieron de gran importancia.
Después de haber derrotado a los lacedemonios en el combate naval,
Farnabazo y Conón dieron la vuelta a las islas y ciudades marítimas
para arrojar de ellas a los gobernadores lacedemonios, dando a
aquellas la seguridad de que no se ocuparían sus fortalezas y que
se les respetaría su independencia. Oyen con placer las ciudades
esta declaración, y envían en reconocimiento dones de hospitalidad
a Farnabazo. Conón era quien había hecho comprender a este que
tratando de ese modo a las ciudades se las haría completamente amigas,
mientras que si quería sujetarlas abiertamente, cada una de ellas le
suscitaría tantos obstáculos como pudiera, y le pondría en el riesgo
de una coalición de todos los griegos si comprendían sus designios; y
estas reflexiones habían convencido a Farnabazo. Desembarca después
en Éfeso y da cuarenta trirremes a Conón, diciéndole le aguarde en
Sesto, pues él irá por tierra a su gobierno, ya que Dercílidas, que
era su enemigo desde largo tiempo, se hallaba en Abido, mientras tenía
lugar la batalla naval, y en lugar de huir como los otros gobernadores
lacedemonios, se había conservado en dicha población y había sabido
mantenerla fiel a Esparta.
Convocando a los abidenos, les había dirigido estas palabras:
«Abidenos, ahora es cuando vosotros, los antiguos amigos de nuestra
ciudad, podéis mostrar vuestros beneficios hacia Esparta. Nada tiene
de notable el conservarse fieles en la próspera fortuna, pero se es
acreedor a un reconocimiento eterno cuando se permanece fiel a los que
se hallan en desgracia. No hay que creer, sin embargo, que hayamos
perdido nuestra importancia por haber sido vencidos en este combate
naval, pues aun en la época en que los atenienses tenían el predominio
marítimo, en todas partes se hallaba nuestra república en situación
de recompensar a los amigos. Y ciertamente, cuanto más se apresuren
las otras ciudades en abandonarnos cuando no nos sonríe la fortuna,
más grande aparecerá realmente vuestra fidelidad. Si teme alguno de
vosotros ver sitiada por tierra y por mar a esta ciudad, piense que no
hay aún en estos parajes ninguna flota griega y que jamás Grecia podrá
consentir intenten los bárbaros tomarle el imperio sobre el mar, de
manera que esta ciudad al defenderse se hará a la vez aliada nuestra.»
Al oír estas palabras, obedecen con intenso placer los abidenos y
reciben amigablemente a los gobernadores que llegan a la ciudad, así
como llaman a los que se encuentran fuera de ella. Cuando se halla
reunido en la ciudad un número considerable de hombres importantes,
Dercílidas pasa a Sesto, que está a una distancia que no llega a
ocho estadios; reúne allí a todos los lacedemonios que han recibido
de Esparta los bienes que poseen en el Quersoneso y a todos los
gobernadores que habían sido arrojados de las ciudades de Europa;
les recibe amigablemente y les dice no deben desesperar de su actual
situación, antes bien, acordarse de que en la misma Asia y en los
dominios del rey hay las pequeñas ciudades de Temnos, Egas y otras
plazas, que pueden habitar sin estar sujetos al rey. «Y sin embargo
--añade--, ¿podríais acaso encontrar una posición más segura e
inexpugnable que Sesto, para cuyo sitio son necesarios un ejército
terrestre y una flota?» De este modo con sus discursos procuraba
fortalecer su valor. Farnabazo, hallando en estas disposiciones a
los de Sesto y Abido, les hace saber que si no mandan retirar a los
lacedemonios, les declarará la guerra, y como rehúsan obedecerle,
ordena a Conón les bloquee por mar, mientras él devastará el territorio
de los abidenos. Pero no pudiendo llevar a cabo su sumisión, se vuelve
a su provincia y ordena a Conón procure concertarse con las ciudades
griegas del Helesponto a fin de que pueda reunir gran número de naves
para la primavera siguiente. Irritado contra los lacedemonios por
cuanto ha sufrido de ellos, su más vivo deseo es el poder dirigirse a
su país vengándose de la manera más manifiesta.
Consumen ambos el invierno ocupándose en estos preparativos y al
llegar la primavera equipa Farnabazo gran número de naves, recluta un
ejército mercenario y se hace a la vela con Conón, pasando por Melos a
través de las islas y dirigiéndose a Laconia. Principia por abordar en
Feras[172], cuyo país saquea por completo, y después verifica varios
desembarcos en distintos puntos de la costa, haciendo en ella todo el
daño posible. Pero temiendo pronto la falta de puertos en estos parajes
y la llegada de los enemigos, así como la falta de víveres, abandona
aquellas costas y se dirige a Fenicunte, en la isla de Citera. Temiendo
un asalto, las tropas que ocupaban aquella ciudad abandonan la plaza y
Farnabazo deja que se retiren en libertad a Laconia, bajo la garantía
de un tratado repara después las fortificaciones de la ciudad, y
estableciendo en ella una guarnición, nombra gobernador de los citereos
al ateniense Nicofemo. Dirígese después al istmo de Corinto y exhorta a
los aliados para que sostengan con vigor la guerra y se muestren fieles
aliados del rey, con lo cual, después de entregarles todo el dinero de
que puede disponer, regresa a su gobierno.
Conón le ruega entonces se le confíe la flota, que sabrá sostener
a expensas de las islas, y con la cual podrá volver a su patria y
reconstruir los grandes muros atenienses y la muralla del Pireo, ya
que no cree haya cosa más penosa para los lacedemonios. «De este modo
--añade--, te asegurarás la amistad de los atenienses y te vengarás de
los lacedemonios, pues con esto solo inutilizarás todos los esfuerzos
que hasta ahora han realizado.» Persuadido de esto Farnabazo, le envía
inmediatamente a Atenas, dándole además el dinero necesario para la
reconstrucción de los muros. Luego que llega a Atenas levanta Conón
gran parte de la muralla, empleando el equipaje de su flota, pagando el
salario de los albañiles y demás operarios y haciendo todos los gastos
necesarios; reconstrúyense otras partes por los atenienses, beocios y
demás aliados que se apresuran todos a contribuir a tal obra.
Habiendo los corintios equipado algunas naves con el dinero que les
dejó Farnabazo, nombran comandante de las mismas a Agatino y dominan en
el golfo de Acaya y del Lequeo. Por su parte los lacedemonios hacen a
la vela las naves mandadas por Podánemo; pero es muerto en un combate,
y habiéndose visto obligado Polis, su lugarteniente, por sus heridas
a dejar la flota, toma Herípidas el mando de las naves. El corintio
Proeno, sucesor de Agatino en el mando de la flota, sale de Río[173],
punto de que se apoderan los lacedemonios, y Teleutias, que había
sucedido en el mando a Herípidas, vuelve a adquirir la supremacía en el
golfo.
Sabiendo los lacedemonios que Conón reconstruye los muros de Atenas y
sostiene su flota con el dinero del rey, conquistando para Atenas las
islas y las ciudades vecinas del continente, piensan que si informan
de todo esto a Tiribazo, general del rey, podrán conquistarle a su
partido, o a lo menos hacer que se retiren a Conón los medios para
el sostenimiento de la flota. Envían con este objeto a Antálcidas
junto a Tiribazo, con encargo de informarle de cuanto sucede y de
procurar la paz entre Lacedemonia y el rey. Sabiendo los atenienses
estas disposiciones, envían por su parte a Conón, Hermógenes, Dión,
Calístenes y Calimedonte, así como deciden a sus aliados manden también
los suyos, haciéndolo los beocios, corintios y argivos. Una vez allí,
Antálcidas dice a Tiribazo que viene de parte de su república para
proponer al rey la paz bajo condiciones verdaderamente ventajosas para
él, pues respecto a las ciudades griegas de Asia, ninguna condición
pretenden imponer los lacedemonios al rey, bastándoles sea reconocida
la independencia de las islas y de las restantes ciudades. «Y como
estos son nuestros deseos --añade--, ¿qué motivo hay para que los
griegos o el rey nos hagan la guerra y derrochen neciamente el dinero?
Toda expedición contra el rey es imposible por parte de los atenienses
mientras no la ordenemos nosotros, cosa que nos es completamente inútil
desde el momento en que sean autónomas las ciudades.»
Oye Tiribazo con la más viva fruición estas palabras de Antálcidas;
pero la opinión contraria se formulaba en estos términos: temían los
atenienses ver declarada la independencia de las islas y ciudades,
pues perderían Lemnos, Imbros y Esciros; los tebanos temían también
verse obligados a reconocer la autonomía de las ciudades beocias, y
los argivos no deseaban se los obligase a renunciar a tratar a Corinto
como parte de Argos, cosa que sucedería si se firmaba esta paz. Esto
hizo que la paz no pudiese concertarse y que cada cual volviera a su
patria. Tiribazo, sin embargo, cree puede ser peligroso para él el
aceptar la alianza de los lacedemonios sin previo conocimiento del rey;
pero da ocultamente dinero a Antálcidas, con objeto de que puedan los
lacedemonios equipar una flota y obligar de este modo a los atenienses
y demás aliados a que deseen más vivamente la paz, y luego, dando
crédito a las referencias lacedemonias, hace prender a Conón como
traidor. Preséntase después al rey para participarle las proposiciones
de los lacedemonios; dícele asimismo que ha hecho prender como traidor
a Conón, y le pide instrucciones para obrar a tenor de lo que el rey le
mande.
Este, mientras se halla Tiribazo junto a él, envía para dirigir los
asuntos marítimos a Estrutas, quien se inclinaba fuertemente en favor
de los atenienses y de sus aliados, recordando todo el daño que había
causado Agesilao a los países del rey. Al ver los lacedemonios que
Estrutas les es hostil y que se halla favorablemente dispuesto hacia
los atenienses, envían a Tibrón para que le haga la guerra. Dirígese
este a Asia, y saliendo de Éfeso, atraviesa por Priene, Leucofris
y Aquileo, ciudades de la llanura del Meandro, pasando a sangre y
fuego el país del rey. Por fin Estrutas, observando que Tibrón sale
cada vez desordenadamente sin tomar precauciones de ningún género,
destaca la caballería para la llanura, ordenándole se arroje sobre
el enemigo procurando envolverle y cargándole de frente con todo el
empuje posible. Tibrón acababa de almorzar y salía de su tienda con
el flautista Tersandro, quien no solo era un músico excelente, sino
que se gloriaba también de haber aprovechado la educación lacedemonia,
relativamente a su fuerza y vigor. Estrutas, viendo marchan en aquel
momento las fuerzas enemigas en completo desorden con una vanguardia
muy débil, se le opone de improviso con una caballería numerosa y
bien ordenada. Son de los primeros en morir Tibrón y Tersandro, y
los demás soldados, al saber que han perecido, emprenden la fuga,
siendo perseguidos por el enemigo, que hace en ellos gran matanza,
consiguiendo solo unos pocos refugiarse en las ciudades aliadas. Quedan
también con vida algunos que no han salido con la expedición por
ignorar que se verificase, ya que muchas veces, como en esta, Tibrón se
ponía en marcha sin anunciarlo anticipadamente. De este modo tuvo lugar
el referido desastre.
Llegan a Lacedemonia algunos rodios desterrados por el pueblo, y
declaran que es una indignidad tolerar que los atenienses ocupen
a Rodas y robustezcan de tal modo su poderío. Comprendiendo los
lacedemonios que efectivamente si el pueblo domina en Rodas toda la
isla caerá en poder de los atenienses, y por el contrario, dominarían
en ella si mandasen los ricos, equipan ocho naves bajo el mando de
Écdico. Embárcase también en ellas Dífridas, a quien habían ordenado
protegiese las ciudades que se habían entregado a Tibrón, reuniese los
restos del ejército y aumentándolo con cuantas tropas pudiese reclutar,
hiciese la guerra a Estrutas con todas estas fuerzas reunidas. Dífridas
ejecuta estas órdenes y consigue algunas ventajas; apodérase del yerno
de Estrutas, Tigranes, que se dirigía a Sardes con su esposa, y por
el cual exige considerable rescate, que le proporciona los necesarios
medios para pagar a sus tropas. Era Dífridas un hombre no menos amable
que Tibrón, y un general más previsor y activo: no se dejaba dominar
por los placeres corporales, y al mismo tiempo ponía todo su empeño en
llevar a buen término cuanto se proponía.
Al llegar Écdico a Cnido, y sabiendo que el pueblo de Rodas gobernaba
en todos los asuntos de mar y tierra y que poseía doble número de
trirremes de las que él traía consigo, se queda a la expectativa
en Cnido, hasta que se convencen los lacedemonios de que no tiene
bastantes fuerzas para ayudar a sus aliados, y ordenan a Teleutias
se reúna a Écdico con las doce naves que están a sus órdenes en el
golfo, en las zonas de Acaya y del Lequeo, y dictan las necesarias
instrucciones para que volviéndose Écdico a Esparta abrace los
intereses de cuantos se declaren amigos y cause todo el daño posible
a los enemigos. Teleutias llega a Samos, donde toma el mando de las
naves, y se hace a la vela para Cnido, regresando Écdico a la patria.
Dirígese Teleutias a Rodas, teniendo a sus órdenes veintisiete naves, y
por el camino encuentra casualmente a Filócrates, que venía de Atenas
con diez trirremes y se dirigía a Chipre para auxiliar a Evágoras,
apoderándose de todas ellas, con lo cual se invierten los papeles, pues
los atenienses aliados del rey protegen a Evágoras, que hace la guerra
a aquel, y Teleutias, mientras los lacedemonios están en guerra con
el rey, destruye las naves que iban a hacerle la guerra. Vuélvese a
Cnido para vender la presa, y después dirígese nuevamente a Rodas para
socorrer a los partidarios de Esparta.
Los atenienses, al ver que los espartanos vuelven a estar en camino
para reconquistar su poderío sobre el mar, envían a Trasíbulo, el de
Estiria, con cuarenta naves, quien no se dirige a Rodas, pues le parece
difícil tomar venganza en los amigos de Lacedemonia, siendo, como son,
dueños de una plaza fuerte y apoyados por la presencia de Teleutias y
de su flota, y además no cree que los aliados de los atenienses corran
peligro de sucumbir, pues poseen las ciudades, son superiores con mucho
a sus adversarios, y acaban de ganar una batalla, por todo lo cual
navega hacia el Helesponto, y no encontrando allí adversario alguno,
imagina podrá prestar algún buen servicio a su patria. Habiendo,
pues, sabido que Amádoco, rey de los odrisios, y Seutes, soberano del
litoral, se hallaban enemistados, los reconcilia y se capta su amistad
y alianza para Atenas, pues esperaba que, gracias a esta alianza,
las ciudades griegas de Tracia estarían mejor dispuestas en favor
de los atenienses. Y como estas comarcas, del propio modo que las
ciudades griegas de Asia, no le daban inquietud alguna, a causa de la
alianza del rey con Atenas, se dirige a Bizancio y asegura el diezmo
que se exigía a las naves que salían del Ponto. Sustituye asimismo el
gobierno democrático al oligárquico de los bizantinos, por lo que este
pueblo ve con placer a gran número de atenienses que residen en su
ciudad. Después de esto afirma con mayor seguridad la amistad de los
calcedonios, y luego sale del Helesponto.
Halla aliadas al partido lacedemonio a casi todas las ciudades de la
isla de Lesbos, excepción hecha de Mitilene; pero no ataca a ninguna
de ellas antes de haber reunido en esta población los cuatrocientos
hoplitas que se hallaban en sus naves y todos los desterrados de
aquellas ciudades que se habían refugiado en Mitilene, a los cuales
añade asimismo los habitantes más valerosos de esta última población.
Promete a los mitilenios que si se apodera de aquellas ciudades les
dará la preeminencia sobre toda la isla; a los desterrados, que si
reúnen sus fuerzas contra cada una de las ciudades de que han sido
expatriados, se hallarán en condiciones para volver cada uno a su
patria y a los marinos, que si consiguen hacer de la isla de Lesbos una
aliada de Atenas, procurarán a esta un abundante manantial de riquezas.
Después de haberles animado de esta suerte, forma sus tropas y las
conduce contra Metimna.
Cuando Terímaco, el gobernador lacedemonio, sabe la llegada de
Trasíbulo, reúne los marineros de sus naves, los metimneos y a todos
los mitilenios que se hallaban en la ciudad, y se dirige con sus
tropas a la frontera. Librado el combate, perece Terímaco, sus tropas
emprenden la fuga y mueren muchos de ellos. La mayor parte de las
ciudades abren entonces las puertas a Trasíbulo, quien devasta a las
que rehúsan rendirse, con lo cual procura dinero a sus soldados.
Apresúrase después en volver a Rodas; pero a fin de infundir ánimo a
su ejército, exige contribuciones a las diferentes ciudades y llega a
Aspendo, sobre el río Eurimedonte. Había ya recibido el dinero de los
aspendios, cuando sus soldados cometen algún destrozo en los campos,
e irritados aquellos, verifican de noche una irrupción y le degüellan
en su tienda. Así murió Trasíbulo, que era tenido por uno de los
hombres mejores de su patria, y los atenienses eligen como su sucesor a
Agirrio, que va a tomar el mando de las fuerzas.
Los lacedemonios, al saber que los atenienses han vendido en Bizancio
el diezmo sobre las naves que salen del Ponto, que ocupan a Calcedonia
y que gracias a la amistad de Farnabazo se hallan en inmejorables
relaciones con las demás ciudades del Helesponto, creen no deben
descuidar sus asuntos. Nada tenían que echar en cara a Dercílidas;
pero Anaxibio, que había sabido conquistarse el favor de los éforos,
alcanza que se le mande como gobernador a Abido, prometiendo, si se
le conceden subsidios y naves, hacer una guerra tan decidida a los
atenienses, que su posición en el Helesponto no pueda sostenerse.
Concédenle tres trirremes y el dinero necesario para poder sostener mil
soldados mercenarios, y entonces se le manda a Abido. Una vez allí,
recluta en los alrededores buen contingente de tropas mercenarias,
aparta de la amistad de Farnabazo algunas ciudades de Eólida, ataca
a las que se habían confederado contra Abido e invade y devasta su
territorio, equipa además otras tres naves, que añade a las que posee,
e intenta con ellas apoderarse en el mar de alguna nave ateniense o de
sus aliados.
Informados los atenienses de estos hechos, y temiendo ver destruido
el predominio que ha obtenido para ellos Trasíbulo en el Helesponto,
envían a Ifícrates con ocho naves y cerca de mil doscientos peltastas,
la mayor parte de los cuales habían servido a sus órdenes en Corinto.
Los argivos, una vez sometida Corinto, les habían declarado no
necesitaban ya de ellos, acaso porque Ifícrates había hecho matar
algunos argivos, por lo cual había regresado a Atenas, donde entonces
se hallaba. Después de su llegada al Quersoneso, Anaxibio e Ifícrates
pelean entre sí mandándose corsarios, pero algún tiempo después,
habiendo sabido Ifícrates que Anaxibio se había dirigido a Antandro
con sus mercenarios, con los lacedemonios que tenía a sus órdenes
y doscientos hoplitas de Abido, y sabiendo además que se ha aliado
con la ciudad de Antandro, sospecha que después de dejar allí una
guarnición, regresará a Abido para conducir de nuevo a los habitantes
de esta población, por lo cual, pasando la noche en lo más desierto del
territorio de Abido, y subiendo a los montes, le prepara una emboscada;
al propio tiempo ordena a las trirremes que le han conducido allí, se
vuelvan al Quersoneso, para aparecer, como de ordinario, ocupadas tan
solo en la exacción de tributos. Obrando de este modo no se equivocó,
pues Anaxibio emprende su regreso sin que las víctimas, según se dice,
fuesen favorables; pero esto no le inspira cuidado, pues tenía que
pasar únicamente por territorio amigo hacia una ciudad aliada, y con la
noticia que dan cuantos encuentra, de que Ifícrates navega en dirección
a Proconeso, avanza completamente descuidado.
Ifícrates, sin embargo, no se mueve mientras que el ejército de
Anaxibio se halla a su misma altura; pero así que los abidenos, que
formaban la vanguardia, han llegado a la llanura de Cremaste, donde se
hallan las minas de oro, y que el ejército que le seguía se encuentra
en la pendiente del monte que baja Anaxibio con los lacedemonios,
échaseles encima a la carrera saliendo de su emboscada. Comprende
Anaxibio que no tiene esperanza alguna de salvación, y contemplando la
larga línea de su ejército, que se extiende por el desfiladero, conoce
que la montaña impedirá vengan en su auxilio los que le preceden.
Viendo, pues, el terror que se apodera de todas sus tropas cuando se
aperciben de la emboscada, dice a los que le rodean: «Amigos, hermoso
me parece el morir aquí; procurad salvaros vosotros, antes de que
vengáis a las manos con los enemigos.» Dice esto, y tomando el escudo
a su paje, halla la muerte combatiendo. Perece a su lado su amado, así
como unos doce gobernadores lacedemonios de diferentes ciudades, y el
resto, o perece en la fuga o es perseguido hasta la ciudad. Quedan en
el campo unos doscientos hoplitas y unos cincuenta abidenos, después de
lo cual, Ifícrates regresa nuevamente al Quersoneso.