(_Aparenta no oirle. Levanta su casco, descubre su severa y tersa
frente, mansión de la inteligencia, y con voz argentina y clara,
exclama._)
Te ruego me oigas, poderoso hijo de SATURNO, que conmueves el Olimpo
al fruncir tu ceño terrible, y vosotros, prudentes y venerandos
dioses que presidís y gobernáis á los hombres, no toméis á mal mis
palabras, siempre sometidas á la voluntad del donante. Si por acaso
mis razones carecen á vuestros ojos de peso, dignáos rebatirlas y
pesarlas en la balanza de la justicia. Hay en la antigua HESPERIA, más
allá de los Pirineos, un hombre cuya fama ha atravesado ya el espacio
que separa al mundo de los mortales del Olimpo, ligera cual rápida
centella. De ignorado y oscuro que era, pasó á ser juguete de la
envidia y ruines pasiones, abrumado por la desgracia, triste destino
de los grandes genios. No parece otra cosa sino que el mundo,
extrayendo del TÁRTARO todos los padecimientos y torturas, los ha
acumulado sobre su infeliz persona. Más á pesar de tantos sufrimientos
é injusticias no ha querido devolver á sus semejantes todo el dolor
que de ellos recibiera, sino por piadoso y demasiado grande para
vengarse, trató de corregirles y educarles, dando á luz su obra
inmortal, el DON QUIJOTE. Hablo, pues, de CERVANTES, de ese hijo de la
ESPAÑA, que más tarde será su orgullo, y que ahora perece en la más
espantosa miseria. EL QUIJOTE, su parto grandioso, es el látigo que
castiga la risa; es el néctar que encierra las virtudes de la amarga
medicina; es la mano halagüeña que guía enérgica á las pasiones
humanas. Si me preguntáis por los obstáculos que superó, servíos
escucharme un momento, y lo sabréis. Hallábase el mundo invadido por
una especie de locura, tanto más triste y frenética cuanto más
extendida estaba por las imbéciles plumas de imaginaciones
calenturientas, cundía por todas partes el mal gusto y gastábase
inútilmente en lecturas perniciosas, cuando hé aquí que aparece esa
luz brillante que disipa las tinieblas de la inteligencia; y cual
suelen las tímidas aves huir al divisar al cazador ó al oir el silbido
de la flecha, así desaparecieron los errores, el mal gusto y las
absurdas creencias, sepultándose en la noche del olvido. Y si bien es
verdad que el cantor de Ilión, en sus sonoros versos, abrió el primero
el templo de las musas, y celebró el heroísmo de los hombres y la
sabiduría de los inmortales; que el cisne de Mantua consalzó la piedad
del que libró á los dioses del incendio de su patria y renunció á las
delicias de VENUS, por seguir tu voluntad; tú, el más grande de los
dioses todos, y que los más delicados sentimientos brotaron de su
lira, y su melancólico estro transporta á la mente á otras regiones;
también no es menos cierto que ni uno ni otro mejoró las costumbres de
su siglo, cual hizo CERVANTES. A su aparición, la Verdad volvió á
ocupar su asiento, anunciando una nueva Era al mundo, entonces
corrompido. Si me preguntáis por sus bellezas, á pesar de conocerlas
yo, os envío á APOLO, único juez en este punto, y preguntadle si el
autor del QUIJOTE ha quemado incienso en sus inmortales aras.