El joven funcionario, conmovido ante la generosidad y el valor de
aquella noble alma, insistió y suplicó en vano, hasta que bajando la
frente con respeto, se despidió del religioso después de compararlo con
aquel filósofo de Atenas, que llenó de bendiciones y consuelos al
portador de la cicuta enviada por sus enemigos.
Era el 24 de Junio, hacía seis meses que el activo Guardián había
removido y aliñado el convento para recibir á D. Carlos Félix de
Miranda, y ese día, dijérase que hacía otro tanto para dejar los restos
de su amigo abandonados en un rincón de la iglesia.
Preparaba su marcha y la recepción del nuevo Guardián, adornando el
convento é inventariando libros, papeles, imágenes y vasos sagrados.
Concluido todo esto, se retiró á la casa que había servido á D. Carlos,
huyendo de la multitud de personas que iban á procurar impedir su viaje
ó á despedirse ofreciéndole ropas, monedas y lágrimas.
Antes de que amaneciera el día siguiente, tomó el bastón de peregrino
con que hacía veinte años había llegado al monasterio pidiendo asilo
como extranjero suplicante y entró á la iglesia llevando bajo el brazo
un pequeño bulto que contenía su breviario, su pasaporte y sus cilicios.
Allí encontró á Sebastián que había velado sobre la sepultura de D.
Carlos.