Antes del amanecer, los dos viajeros dejaban aquel hospitalario techo,
bien así como esas parejas de aves acuáticas, que por las tardes del
estío llegan á las granjas, pasan la noche anunciando con sus cantos la
abundancia de las cosechas y al salir el sol alzan su vuelo para no
volver jamás.
Cuando tenían necesidad de pasar por algún pueblo de importancia se
dirigían á la iglesia donde el piadoso ministro bautizaba á los niños
aconsejando la paz y la fraternidad mientras D. Carlos andaba en busca
de los enfermos y los pobres.
Su salida tenían que hacerla furtivamente para no escuchar las
aclamaciones de la gratitud é impedir que los detuvieran con súplicas y
lágrimas.
La fama de su amable indulgencia, sus medicinas y beneficios de toda
especie, circuló por muchos pueblos de indígenas.
Los enfermos iban á esperarlos por donde tenían que pasar, los dueños de
las fincas inmediatas les ofrecían sus carruajes, las madres alzaban en
brazos á sus hijos para que los conocieran y todos los consideraban como
mensajeros de la Providencia.
Ellos á su vez, tenían que ocultarse en las selvas y en los barrancos
para no ser llevados en triunfo.
Perseguidos así por las solicitudes de la miseria y las bendiciones del
agradecimiento, D. Carlos sufría mucho porque en lugar del reposo y el
olvido que se propuso encontrar en la soledad, se veía cargado de
atenciones y aturdido por el bullicio de los que le rodeaban sin cesar.