Volvió á caer el enfermo en un sueño letárgico que lo tuvo insensible
durante algunas horas, pero ya sin señales de fiebre.
La naturaleza enérgica de la juventud había triunfado de la muerte.
Cumpliendo sus deseos y las prescripciones del médico, se le trasladó á
una casa deshabitada que se comunicaba con el convento por el lado del
jardín.
Allí pasó su convalecencia que fué corta y en cuanto pudo escribir,
mandó algunas cartas á México, firmadas por personas desconocidas, que
daban la noticia de su fallecimiento.
Desde entonces consagró sus días al estudio, al trabajo y la
beneficencia.
Deseoso aún de libertad no quiso profesar, pero vestido con el tosco
hábito de la Orden, se ocultó en aquella casa solitaria.
Unicamente lo veían en el convento cuando la campana llamaba á la
oración, cuando había trabajos humildes que desempeñar ó algún enfermo
que socorrer; mas siempre escondiendo su abatida frente bajo la capilla
del monje.