Concluida esta carta, la puso con la otra en un extremo de la mesa y
vacilando como si caminara entre tinieblas, se dirigió á su caja de
viaje, sacó una gran pistola de chispa y con febril violencia, se colocó
la extremidad del cañón en el pecho, tirando del martillo que sonó
ásperamente, pero el arma no dió fuego.
El desdichado intentó dispararse por segunda vez y todo fué inútil; el
ambiente húmedo del camino había descompuesto la pólvora.
Entonces, con los cabellos en desorden y los ojos inyectados de sangre,
volvió á dirigirse á la caja y apresuradamente, como si temiera perder
la ocasión de morir, tomó un paquete de sales, vació una parte en el
vaso de agua y mirando que los polvos no se disolvían, con la mano
trémula y en movimiento giratorio, sacudió el vaso fuertemente y se
llevó á los labios el veneno, mas en el acto volvió á ponerlo en la mesa
porque había escuchado golpear suavemente la puerta y la voz del Padre
José que le decía:--Señor Magistrado, aquí está la niña.
En el reloj del convento habían dado las doce.