El aparato que se emplea para estimar la velocidad de las naves, llamado
por los marineros españoles _Corredera_, no se generalizó hasta los
fines del siglo XVII, aunque antes se hubieran ensayado diversos
mecanismos. D. Amonio de Gaztañeta escribía todavía[37]: «No puedo dejar
de decir con qué pocos fundamentos se discurre entre algunos navegantes
el conocimiento de lo que una nao navega de distancia, pues algunos,
haciéndose astrólogos judiciarios, solamente se atienen á su conjetura,
sin más fundamento que sólo mirar á la espuma que deja la nao con su
movimiento... Otros hay que la distancia ajustan solamente con echar un
pedazo de palo ó astilla por la proa de la nao, algo distante, y luego,
así que empareje la astilla con él, camina para popa según la astilla;
hecho esto hace la consideración: «si yo caminara en tierra según aquí,
lo que podía caminar en una hora sería...»; y con este discurso ajusta
el camino que hace en la navegación. Otros hay que hacen unas señales en
el costado, de medidas determinadas, y luego echan un palo por la proa,
y emparejando á la primera señal empiezan á contar, y según fueron
contando y á qué señal llegan, hacen la conjetura de lo que camina una
nao.»
[Nota 37: _Norte de la navegación_, Sevilla, 1692.]
El conocimiento de las propiedades de la embarcación y el juicio de los
hombres experimentados sobre la fuerza de los vientos y demás
accidentes, era en efecto de lo que se servían para calcular la marcha y
á lo que hubo de acudir Cristóbal Colón al atreverse á penetrar en el
Atlántico, perdiendo de vista por la popa las costas de las islas
Canarias.
Desde un principio lo indica con claridad su diario, apuntando á 8 de
Agosto de 1492 «que hubo entre los pilotos de las tres carabelas
opiniones diversas donde estaban, y la suya salió más verdadera», y
repite en los sucesivos haberse propuesto llevar dos cuentas, poniendo
en una menos leguas de las que andaba «por si el viaje fuese luengo, no
se espantara ni desmayara la gente.»
Mucho confiaba en su criterio y en su autoridad para imponerlo á los
pilotos, pues lo mismo que él podían apreciar la velocidad de las
carabelas por rutina, y mejor debían de conocer las propiedades de
barcos de su pertenencia en que antes habrían navegado. El propósito de
contar menos leguas era contrario á la regla que observaban los
españoles, calculando más largo el camino á fin de no aventurar el
encuentro de la tierra, sobre todo de noche. Acaso por lo mismo lo
adoptó, teniendo presente cuanto pudiera influir en la imaginación el
exceso, al hacer camino por un paralelo sin que la diferencia de latitud
lo afectara.
«De Leste Oeste (enseñaban las disciplinas) no se da altura ninguna
porque el polo (yendo contino por este via) ni se alza ni se abaja mas
en una parte que en otra; e asi el que Leste Oeste navegare, la cuenta
de su camino es á su arbitrio, considerando lo que el navio puede andar
según el tiempo y navio y la carga fueren»[38].
[Nota 38: Medina--_Regimiento de navegación_, Sevilla, 1563.]
Ello es que á 1.º de Septiembre escribía D. Cristóbal: «Aquí
descubrieron sus puntos los pilotos; el de la _Niña_ se hallaba de las
Canarias 440 leguas; el de la _Pinta_ 420; el de la _Santa María_ 400
justas», y en 1.º de Octubre volvía á decir: «el piloto de la _Santa
María_ tenía hoy en amaneciendo que habían andado desde la isla de
Hierro hasta aquí 578 leguas; la cuenta menor que el Almirante mostraba
á la gente eran 584, pero la verdadera que juzgaba y guardaba era 707.»
La última cuenta era de tal modo aproximada á la verdad, que avistada la
isla Guanahaní al cabo de treinta y tres días de viaje y de un trayecto
de más de mi leguas; trazando la derrota en carta de las modernas,
resulta error no ya pequeño, considerado el tiempo y los elementos de
que las carabelas disponían, sino sorprendente hoy mismo con todos los
adelantos conseguidos.
En el viaje de vuelta lo tuvo mayor, así por los rumbos al Nordeste, que
requerían apreciación de apartamiento del meridiano, como por los
temporales que dificultaban la estima de la marcha. El 10 de Febrero de
1493 dice el Diario:
«En la carabela carteaban ó echaban punto[39] Vicente Yáñez y los
pilotos Sancho Ruiz y Pero Alonso Niño y Roldán, y todos ellos pasaban
mucho adelante de las islas Azores, al Este, por sus cartas, y navegando
al Norte ninguno tomaba la isla de Santa María, ques la postrera de
todas las de los Azores, antes serían delante cinco leguas e fueran en
la comarca de la isla de la Madera ó de Porto Santo. Pero el Almirante
se hallaba muy desviado de su camino, hallándose mucho más atrás
quellos, porque esta noche le quedaba la isla de Flores al Norte y al
Este iba en demanda á Nafe, en África y pasaba á barlovento de las isla
de la Madera de la parte del Norte. Así quellos estaban más cerca de
Castilla quel Almirante con 150 leguas. Dice que mediante la gracia de
Dios desque vean tierra se sabrá quien estaba más cierto.»
[Nota 39: _Punto de fantasía_ llamaban á éste.]
Ocho días después, llegados á la isla, se complacía con razón de la
confianza que puso en los pronósticos: «Dice que aquella en navegación
había sido muy cierta y que había carteado bien, aunque se hacía algo
delantero. Y diz que fingió haber andado más camino por desatinar á los
pilotos y _quedar señor_ de aquella derrota de las Indias, _como de
hecho queda_, porque ninguno de todos ellos trae su camino cierto, por
lo cual ninguno puede estar seguro de su derrota.»
Fingió á la ida andar menos porque la gente no se desalentase; fingió á
la vuelta andar más por desatinar á los pilotos; si á esta declaración
se junta la que hacía á los Reyes en la carta que escribió desde
Jamaica, diciendo que sólo él sería capaz de decir dónde estaba Veragua
y de volver á la costa, no puede menos de reconocerse, ya que no la
pedantería de que le acusa el escritor alemán Rodolfo Cronau, cierta
inmodestia. Acaso le juzgó severo Girava en aquellos día teniéndole por
_gran marinero y mediocre cosmographo_[40]; el Sr. Gelcich, director de
la escuela náutica de Lusinpíccolo, estima ahora con más justicia sus
excelentes dotes de piloto, dotes que resaltan en el Diario de
navegación que nos sirve de prueba; mas los hechos demuestran al mismo
tiempo que ni excedía mucho en conocimiento y menos en práctica á los
compañeros que con él carteaban, ni había de serle fácil _desatinar_ á
pilotos tales como los Pinzones, La Cosa, Pero Niño y tantos más como
fueron explorando el Nuevo Mundo á pasar de las precauciones que
autoritariamente tomó recogiéndoles las cartas, derroteros, vistas y
descripciones que hacían, _por quedar único señor del camino_, pues
llegó el extremo, que él mismo lamentaba, de haberse hecho descubridores
_hasta los sastres castellanos_.
[Nota 40: _Dos libros de Cosmographia compuestos nuevamente_, por
Hieronymo Girava, Tarragonés. Milán, 1556.]
Veamos ahora de qué medios disponían los astrólogos náuticos para
diferenciarse de los judiciarios á quienes D. Antonio de Gaztañeta
enderezaba la sátira del principio.
Tanto como yerran los que han creído que eran las carabelas de Palos
embarcaciones menores sin cubierta, tanto se equivocan muchos al
presumir se guiaban por la aguja flotante primitiva á que aluden las
Leyes de Partida y las obras de Raimundo Lulio. La aguja náutica recibió
durante el siglo XIV dos de las más importantes modificaciones cuyo
conjunto constituye su actual disposición; á saber, la de apoyarla en un
estilo vertical sobre el que puede girar libremente dentro del mortero;
y la de colocar éste en la suspensión de dos círculos concéntricos;
sencillos, pero admirables inventos que además del carácter de utilidad
que los distingue, lleva el sello del verdadero genio[41]. Así las
construía en Mallorca Jaime Ribes, antes de dirigir la Academia de
Sagres á que le llamó el infante D. Enrique; así las usaban las naves
portuguesas y castellanas en la navegación de la Mina de África y de la
carrera de Flandes, siendo una de las causas de sus progresos[42].
[Nota 41: D. Francisco de P. Márquez. _Discurso leído ante la Real
Academia de Ciencias_, Madrid 1875.]
[Nota 42: Lulio Gregorio Gyraldi, escritor de Ferrara en el libro
que dedicó á Ercules de Este, titulado _De re nautica_, Basilea 1540,
dice que los españoles y los portugueses utilizando esta aguja han
extendido el conocimiento del mundo.]
Colón por su mano dió testimonio del uso de la aguja perfeccionada en el
Mediterráneo en la carta fechada en la isla Española en Enero de 1495
que dirigió á los Reyes y cuyo texto nos ha conservado el P. Las
Casas[43].
[Nota 43: _Historia de las Indias_, t. I, cap. III, pág. 48.]
«A mi acaeció (escribía) que el rey Reynel, que Dios tiene, me envío á
Tunez para prender la galeaza _Fernandina_; y estando ya sobre la isla
de San Pedro en Zerdeña, me dijo una saetia que estaban con la dicha
galera dos naos y una carraca; por lo que se alteró la gente que iba
conmigo, y determinaron de no seguir en el viaje, salvo de ser volver á
Marsella por otra nao y más gente. Yo, visto que no podía sin algún arte
forzar su voluntad, otorgué su demanda, _y mudando el cabo de la aguja_
di la vela al tiempo que anochecía, y otro día al salir el sol estábamos
dentro del Cabo de Carthagine, teniendo todos ellos por cierto que
íbamos á Marsella...»
No es ocasión de examinar si con procedimiento tan sencillo, utilizado
por Julio Verne en una de sus novelas, es fácil engañar á marineros de
guerra que con vista de las estrellas y aun con la dirección del viento
solo habían de conocer el verdadero rumbo, ni importa investigar á qué
fin enderezaba D. Cristóbal el cuento: lo que de él se deduce y al
objeto presente aprovecha, es que la rosa estaba pegada á la aguja y
ocultaba sus giros sobre el estilo, sin lo cual no podía imaginar el
ardid.
En las más antiguas cartas mallorquinas que se conocen está ya pintada
la _rosa náutica_ con treinta y dos vientos tal cual se fijaba sobre la
aguja tocada del imán; tal cual la llevó Colón en las carabelas y con la
elegancia con que la dibujó Juan de la Cosa en su famoso mapamundi.
De que así era da otras pruebas al referido Diario de Colón, documento
primordial en nuestras investigaciones. El 9 de Septiembre anota
observación por la cual se advierte que estaban marcadas en la rosa las
divisiones de media partida, ó sea de 5 en 5 grados. Los días 17 y 30
del mismo mes, expresa que los pilotos marcaron repetidas veces la
estrella polar y el sol al hallarse en el horizonte.
Pormenores de la construcción del instrumento no tenemos de los mismos
días ni parece que estuvieran publicados, toda vez que el maestro Pedro
de Medina decía en el proemio de su _Regimiento_: «Viendo yo que de
España se hacen más largas navegaciones que de otra ninguna parte del
mundo y que para tan largos caminos por la mar casi ninguna cosa había
escripta que aviso para las navegaciones les diese, tomé gran voluntad
de escribir...para esto he compuesto este libro.»
Antes lo habían hecho Martín Fernández de Enciso[44] y Francisco
Falero[45].
[Nota 44: _Suma de geographia que trata de todas las partidas et
provincias del mundo, en especial de las Indias, et trata largamente del
arte del marear..._, Sevilla 1519.]
[Nota 45: _Tratado del Esphera y del arte de marear..._, Sevilla
1535.]
El mismo Medina dió á luz primero el _Arte de navegar_ (1545) y la _Suma
de Cosmographia_ (1561), siguiéndole Martín Cortés que completó las
teorías y prácticas del tiempo[46], Medina y Cortés enseñaron á Europa
la ciencia del piloto propagándola con universal crédito entre los
navegantes; uno y otro alcanzaron á Colón; estuvieron al corriente de
sus viajes y lo que dicen de los instrumentos es por tanto aplicable á
los que el Almirante usó.
[Nota 46: _Breve Compendio de la sphera y de la arte de navegar_,
Sevilla 1551.]
Más minucioso Cortés que el otro, trata de la construcción de la aguja
en términos curiosos que no han de holgar aquí.
«Tómese un papel como de naipes y dese en él un círculo de cuantidad de
una mano, poco más ó menos, en el cual se han de pintar los 32 vientos
con los colores y la orden que dimos al tratar de la carta, no olvidando
de señalar el Norte con una flor de lis y el Levante con una cruz, y
demás desto, cada uno según su fantasía la hermoseará y agraciará.»
Así lo hacían todos los constructores, con oro y colores varios,
poniendo en el centro la imagen de la Virgen, por el estilo de la que se
ve en la carta de Juan de la Cosa. Rodrigo Zamorano dibujó otra muy
bella en su arte[47] poniendo por leyenda MARIS STELLA SVCVRRE NOBIS.
[Nota 47: _Compendio del arte de navegar_, del licenciado Rodrigo
Çamorano, cosmógrafo y piloto mayor de S. M., Sevilla 1588.]
Sigue explicando Cortés que la línea norte-sur se señala en la parte
opuesta para asentar los fierros ó aceros. «Para estos se ha de tomar un
filo tan grueso como una alfiler gordo; se ha de doblar de modo que cada
una de las partes sea tan luenga como el diámetro de la brújula y más la
cuarta parte. Los cabos, ó puntas de estos fierros ó aceros se han de
apretar y ajustar y en los medios se han de abrir ó apartar uno de otro
hasta que los cabos vengan á igualar con las extremidades del diámetro
de la brújula, y así quedarán los aceros cuasi en figura oval[48]. Estos
fierros se han de pegar por la parte baja de la brújula, de manera que
las extremidades ó puntas vengan precisamente por la línea del
Norte-Sur, y para fijarlos así, se han de cubrir con un papel delgado
engrudado, dejando las puntas ó extremidades descubiertas. Y estas
extremidades se han de tocar en la piedra imán de esta manera: la parte
que está debajo de la flor de lis se ha de refregar con aquella parte de
la piedra que corresponde al norte, y esto bastaba para la perfección
del aguja; pero algunos quieren para superabundancia tocar la otra parte
del fierro con aquella parte de la piedra que corresponde al Sur. Este
tocamiento del fierro con la piedra para que la virtual demostrativa sea
engendrada, se ha de hacer dando con un martillo algunos golpes en
aquella parte de la piedra que se ha de tocar, es á saber, en el norte ó
en el sur, y allí le saldrán unas barbas donde se ha de refregar la
punta del fierro como quien lo amolase, y quedarle tan pegadas algunas
de las dichas barbas de la piedra, y así tocados y pegados los fierros
hase de tomar una punta de latón de figura piramidal, que es abajo
ancha y arriba hace punta, y por lo bajo ó ancho se ha de barrenar con
un taladro. Esta pirámide, á que los marineros dicen chapitel, hase de
encajar por el centro de la brújula, como la punta salga por la parte
más ancha y allí se ha de pegar y bien fijar.»
[Nota 48: Zamorano recomienda que con los alambres se forme una
figura de hierro de lanza.]
Explica luego cómo se hace á torno una caja cilíndrica de madera
(redonda dice) de poco mayor diámetro que la rosa, con el fondo postizo
para que se pueda quitar con facilidad cada vez que hayan de tocarse con
la piedra (á que dicen cebar); cómo se coloca el estilo en el centro, y
porque no entre viento por la parte de arriba, se cubre con un vidrio, y
sus juntas con cera. Esta caja se pone en otra cuadrada sobre dos
círculos «_enejados_ uno con otro, que sirvan para que no penda el aguja
aunque penda la nao»[49].
[Nota 49: Siguiendo exactamente este método se ha construído la
aguja que lleva la nueva nao _Santa María_.]
Medina cuenta en el _Regimiento de navegación_ impreso «a la gloria de
Dios nuestro Señor y de su benditísima madre y para provecho e utilidad
de los navegantes», que como antiguamente no había otra navegación sino
de Flandes á Levante, y las agujas en Flandes y en Francia se comenzaron
á hacer, y de allí fué el principio de poner flor de lis por cabeza en
el Norte, así se pone. Se cree que esa navegación de Levante
desarrollada por las cruzadas es la que impuso la Cruz en el Este.
Zamorano llama ya _mortero_ á la caja cilíndrica de madera que contiene
la rosa _por tener hechura de una grande escudilla_; recomienda que si
la aguja se inclina se ponga en la parte contraria un poco de cera ó una
delgada lámina de plomo, y hecho el instrumento, llamado _aguja de
marear_, se asiente en la popa, donde está la bitácora, en la línea que
pasa desde el bauprés por el centro del mástil mayor.
No hablando ninguno de estos autores más inmediatos á Colón, de
fórmulas, se preguntará cómo se hacían las marcaciones á la estrella
polar y al sol, que el Almirante menciona en el diario. Se hacían
rudimentariamente: puesta la vista en el objeto, se describía con la
mano de canto un arco de círculo vertical, repitiendo la operación
cuantas veces se creía necesaria. Á este modo de marcar llamaban los
marineros _bendiciones del piloto_.
Duda de más interés han suscitado los términos concisos de las
anotaciones hechas por Colón. Á 17 de Septiembre se lee en el Diario:
«Tomaron los pilotos el Norte, marcándolo, y hallaron que las agujas
noruesteaban una gran cuarta, y temían los marineros y estaban penados y
no decían de qué. Conociolo el Almirante, mandó que tornasen á marcar el
Norte en amaneciendo, y hallaron que estaban buenas las agujas.»
Llegando aquí D. Martín Fernández de Navarrete en su obra de _Viajes_,
puso por comentario: «El ingenioso Colón, que fué el primer observador
de la variación, procuraba disipar los temores de su gente,
explicándoles de un modo especioso la causa de este fenómeno. Así lo
asegura su historiador Muñoz, y así era la verdad, como se comprueba al
ver las reflexiones que hace en su tercer viaje sobre estas alteraciones
del imán. La misma sorpresa y cuidado de los pilotos y marineros es una
prueba decisiva de que hasta entonces nadie había notado esta variación
en las agujas. Así lo dicen Casas, Hernando Colón y Herrera,
historiadores exactos y fidedignos; y por lo mismo es muy singular que
haya cundido tanto la opinión de que el primero que observó las
declinaciones del imán fuese Sebastián Caboto, que no salió á descubrir
hasta el año 1497 con permiso del rey de Inglaterra Enrique VII,
suponiendo que publicó esta novedad el año 1549; y que otros le
atribuyan á un tal Criñon, piloto de Dieppe, hacia el año 1534. Nuestro
erudito Feijóo incurrió en este error y lo sostuvo, tomándolo, según
dice, de Mr. de Fontenelle en su historia de la Real Academia de
Ciencias del año 1712. El P. Fournier atribuye la primacía de aquella
observación á Caboto y á Gonzalo Fernández de Oviedo, sin duda porque
habló de ella en el libro II, cap. XI de su Historia general de las
Indias. Así se ha procurado obscurecer el mérito de Colón hasta en las
observaciones que eran propias de su situación é hijas de su meditación
y conocimientos.»
Raro parece que Fernández de Navarrete, tan entendido en materias
náuticas y tan escrupuloso en las investigaciones de su historia, al
censurar con razón á los que atribuyen á Caboto y navegantes posteriores
el descubrimiento de la variación, por que lo dijeran Muñoz y los que
cita, incurriera en el mismo error de atribuirla á Colón y en el de
pensar que se obscurezca su mérito con negarle éste que no le pertenece.
Ni la noticia consignada en el Diario el 17 de Septiembre de 1492 ni las
reflexiones del Almirante durante el tercer viaje, que menciona sin
examinarlas; aun más, ni la sorpresa y cuidado de los pilotos y
marineros, constituyen prueba menos que decisiva de que hasta entonces
nadie había notado la variación. El juicio de don Martín tanto se aparta
de la exactitud como al presumir que «el ingenioso Almirante procuraba
disipar los temores de su gente explicándolas de un modo especioso la
causa del fenómeno». No para satisfacción de la gente escribía el
Diario, documento secreto en que consignaba aquello de las dos cuentas
de leguas y del propósito de _desatinar_ á los pilotos. Lo que anotó el
17 de Septiembre refleja las impresiones que de momento sentí al marcar
la estrella polar, corroborándolo segunda anotación hecha el 30 del
mismo mes de Septiembre en iguales términos:
«En anocheciendo, las agujas noruestean una cuarta, y en amaneciendo
están con la estrella justo: por lo cual parece que la estrella hace
movimiento como las otras estrellas, y las agujas piden siempre la
verdad.»
Esta impresión repetida quiere decir que las observaciones imperfectas
hechas al amanecer, le hacían dudar de las que con verdad marcaban
durante la noche la variación de la aguja y le inducían en el nuevo
error de suponer que la estrella describiera al rededor del polo un
círculo de más de 12 grados (_una gran cuarta_).
Continuadas las observaciones en los otros viajes, llegó ya á comprender
la realidad, aunque no de un modo absoluto todavía; la reflexión á que
Navarrete se refiere sin haberla estudiado, dice literalmente:
«Cuando yo navegué de España á las Indias, fallo luego en pasando cien
leguas á Poniente de las Azores grandísimo mudamiento en el cielo e en
las estrellas... Fallo que de septentrión en austro, pasando las dichas
cien leguas, que luego en las agujas de marear _que fasta entonces
nordesteaban, noruestean una cuarta de viento todo entero_, y esto es en
allegando allí á aquella línea como quien traspone una cuesta...»
No podía descubrir Colón la variación de la aguja porque de mucho tiempo
atrás estaba descubierta[50]; lo que sí advirtió ó descubrió, lo mismo
que los pilotos y marineros, por ser los primeros que atravesaron el
Océano, es que la variación de la aguja no es constante; que no es la
misma en todos los lugares de la tierra; que existe más allá de las
Azores una línea de Septentrión en Austro un meridiano magnético, pasado
el cual las agujas se desvían desde el Nordeste (variación que en 1492
tenían en España, conocida por Colón y para todos los marineros) al
noroeste, y este cambio inexplicable, que en vano Colón quería penetrar,
era lo que á los pilotos preocupaba.
[Nota 50: Winsor, _Cristopher Columbus_, pág. 200. La variación de
la aguja, observada por Peregrini en 1269 fué claramente marcada en la
carta de Andrea Bianco de 1436.]
Tal era la confusión del Almirante, que como entre otras especies
escribiera[51]: «fallé allí que en anocheciendo tenía yo la estrella de
Norte alta 5 grados, y entonces las guardas estaban encima de la cabeza,
y despues de la media noche fallaba la estrella alta 10 grados, y en
amaneciendo, que las guardas estaban en los pies, 15»; hubieran de
llamar la atención, y Pedro Mártir de Angleria recogió las objeciones
escribiendo[52]:
«Refiere el Almirante acerca de la diferencia del polo ciertas cosas
(copia el párrafo antecedente), que por parecerme que van en contra del
sentir de todos loa astrólogos, las tocaré ligeramente.
»Es cosa sabida que aquella estrella polar que los marineros llaman
tramontana, no es el punto del polo ártico sobre el cual gira el eje de
los cielos; y esto se conoce fácilmente, si cuando salen las estrellas,
miras á esa por un agujero pequeño; y si en la última vigilia, cuando la
aurora las oculta miras por el mismo agujero, encontrarás que ha mudado
de sitio. Mas como pueda suceder que en el primer crepúsculo de la noche
se eleve en aquella región (de Paria) 5 grados en Junio, y al retirarse
las estrellas por los rayos solares que vienen, se eleva 15 grados,
tomando el mismo cuadrante, no lo entiendo, y las razones que él da no
me satisfacen del todo, ni tampoco en parte, pues dice que ha
conjeturado que el orbe de la tierra no es esférico, sino que en su
redondez, al ser criado, se levantó cierto lomo; de modo que no tomó la
forma de una pelota ó de una manzana, como otros siente, sino la de una
pera pendiente del árbol, y que Paria es la región que ocupa la
eminencia aquella (el pezón escribe el Almirante) más próxima al cielo».
[Nota 51: En la misa relación del tercer viaje.]
[Nota 52: Dec. I, lib. VI, cap. IV, traducción del Sr. Torres
Asensio.]
No valía la pena que se dió Fernández de Navarrete de discutir si
navegantes posteriores á Colón descubrieron la dicha variación de la
aguja que el Almirante adjudica; á mano tenía los libros de Enciso
(1519), de Falero (1535), los más antes citados, en que se discurrió
sobre el fenómeno[53]. Basta aquí de la cuestión y del instrumento que
hacía pensar á Medina. ¿Qué primor ni sutileza hay en el mundo tan
grande que se compare con la del aguja de marear?
[Nota 53: De los primitivos tratados de navegación escribieron
juicios ó comentarios útiles para el objeto presente, D. Rafaél Pardo de
Figueroa, _Crítica del Regimiento de navegación del maestro Pedro de
Medina_, Cádiz 1867; D. Francisco de P. Márquez, _Discurso citado_,
Madrid 1875; Fernández Duro, _Disquisiciones náuticas_.]
Á 13 de Diciembre de 1492 explica el _Diario_ de D. Cristóbal: «Halló
por el _cuadrante_ questaba de la línea equinoccial 34 grados». Este
instrumento que en otras ocasiones menciona el Almirante y de que habla
también Pedro Mártir de Angleria en la crítica transcrita, era
modificación del astrolabio y vino á sustituirlo en los navíos, de
forma, que ya Rodrigo Zamorano escribía que astrolabio y cuadrante eran
una misma cosa.
[Illustration]
Martín Cortés lo describe con la minuciosidad que los otros
instrumentos, y desde luego se advierte que en el astrolabio náutico se
suprimieron por falta de aplicación, las doce casas celestes, la línea
crepuscular, los doce vientos, la red aránea con todo aquel complicado
mecanismo de que se servían los astrónomos en los observatorios.
Redújose á un círculo de latón de un palmo de diámetro y medio dedo de
grueso, aunque solía dársele más, porque para algunos pilotos, cuanto
más pesado por mejor la tenían. Pendía de una argolla por la que se
introducía el dedo pulgar de la mano derecha, dejándolo colgar
libremente. Trazados dos diámetros, que representaban el horizonte y el
vertical, en la parte exterior se graduaba en 90 partes desde el
horizonte al zenit, y por esto se llamaba cuadrante. Sobre el centro
giraba una alidada ó _fiducia_ con dos pínulas ó almenillas y dos
agujeros en cada una; el primero grande cuanto cupiera un alfiler gordo,
que servía para tomar la altura de las estrellas; el otro tan sutil
cuanto cupiera una aguja de labrar, y éste servía para la altura del
sol. Tomando el instrumento por la anilla, colocándolo en el plano
vertical del astro y moviendo con la otra mano la aliada, hasta
conseguir que un rayo de luz penetrando por el agujero de la pínula
superior, correspondiera con el otro, la línea fiducia señalaba la
altura, contada desde la línea del horizonte[54].
[Nota 54: Más pormenores pueden verse en las _Disquisiciones
náuticas_, t. IV.]
Para tomar la altura de la estrella polar preferían los pilotos, y
llevaba Colón, la _ballestilla_, báculo ó radio astronómico de muy
antiguo usado. Era una vara cuadrangular de madera dura, de seis ó más
palmos de longitud, «porque cuanto más larga era más precisa», y otra
más pequeña que á través de una escopladura corría por la primera en
sentido perpendicular ó en cruz. La primera se llamaba _virote_ ó radio;
su extremo inferior coz de la _ballestilla_; la segunda vara se nombraba
_sonaja_. Se graduaba el virote desde el extremo de la coz, por un
método gráfico sencillísimo que explican todos los autores citados.
Se observaba con ella aplicada la coz al lagrimal del ojo, puesta la
cara hacia la estrella y mirándola por la parte alta del un extremo de
la sonaja, se había de dirigir á la vez una visual por el extremo bajo
de la misma sonaja al horizonte, corriéndola en uno ú otro sentido hasta
conseguir la coincidencia, en cuyo caso, los grados y minutos contados
hasta la sonaja, representaban la distancia del astro al cenit, ó
complemento de altura.
Agregando á los tres instrumentos, aguja, cuadrante y ballestilla, la
ampolleta ó reloj de arena de media hora, se completa la colección de
que dispusieron los descubridores del Continente nuevo y aun de los
primeros que rodearon el mundo, dándonos á conocer la verdadera figura
de la tierra, tan satisfechos de los resultados, como de los medios. El
referido maestro Pedro de Medina escribía:
«Cosa muy justa es que el caballero que ha de entrar en batalla tenga
sus armas y caballo bien aderezados, y en tal manera, que cuando fueren
menester no le hagan falta. Bien así es justo que el piloto para entrar
en la batalla de la navegación, donde no menos peligros que en las otras
batallas suele haber, tenga las armas con que se ha de defender que son
sus instrumentos, bien aparejados y ciertos, y su caballo que es el
navío... Dos cosas deben tener los instrumentos de la navegación: una
que sean ciertos, y otra que sean polidos e muy bien hechos, y que el
piloto se precie de tenellos tales. Pues el ser ciertos le es gran
provecho, y ser polidos y muy bien hechos da contento».
_Polido_, cual ninguno, brindaba y sigue brindando la Providencia á los
marineros el _Relox del Norte_, cuya manilla, _la guarda delantera_ (P.
Ursæ Minoris), jamás se descompone. El referido maestro Medina decía de
este recurso natural:
«Provecho grande y aviso muy bueno es para el que navega saber que hora
es de la noche, donde quier que estoviere; lo cual por el ampolleta no
puede todas veces saberse; porque el ampolleta muchas veces se para y
otras se duerme el que la vela.»
Que lo último ocurriera no era raro por ser incumbencia de los pajes,
muchachos de pocos años, _la vela_, y cuando no se dejaban vencer del
sueño, buenas sacudidas daban al instrumento porque la arena corriera y
se acabara más presto su guardia. Cantaban al punto un estribillo de que
Eugenio de Salazar nos ha conservado memoria, y _se picaba la hora_ en
la campana[55].
[Nota 55: _Disquisiciones náuticas, tomo II._ Para los que
desconocen la vida de mar no será impertinente expresar que desde tiempo
inmemorial hasta ahora, aunque mucho he que desapareció la vela, sigue
la campana de las naves de todas las marinas del mundo, tocándose por
ampolletas, y como ocho de estas, ó cuatro horas dura la guardia, no dan
nunca las campanas más de ocho golpes, repitiéndolos en la guardia
siguiente, con intervalos que diferencian la hora y la media, como
sigue:
CAMPANADAS HORAS
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I 4-1/2, 8-1/2, 12-1/2
II 5, 9, 1
II--I 5-1/2, 9-1/2, 1-1/2
II--II 6, 10, 2
II--II--I 6-1/2, 10-1/2, 2-1/2
II--II--II 7, 11, 3
II--II--II--I 7-1/2, 11-1/2, 3-1/2
II--II--II--II 8, 12, 4
Los pajes antaño cantaban al volver la ampolleta:
Buena es la que va,
Mejor es la que viene;
Una (ó las que fueren) es pasada y en dos muele:
Mas molerá si Dios quisiere;
Cuenta y pasa, que buen viaje faza.
¡Ah de proa! ¡Alerta; buena guardia!
]
Cristóbal Colón creyó observar que el _Relox del Norte_ atrasaba en el
Nuevo Mundo; el Domingo 30 de Diciembre de 1492 anotaba en el Diario
que «las estrellas que se llaman las guardias, cuando anochece están
junto al brazo de la parte de Poniente, y cuando amanece están en la
línea del brazo al Nordeste, que parece que en toda la noche no andan
salvo tres líneas, que son nueve horas, y esto cada noche.»
Se proveían por entonces los pilotos de unas efemérides perpetuas de la
declinación del sol, deducidas de las Tablas Alfonsinas, con las cuales
y la altura meridiana calculaban la latitud con error que podía llegar á
dos grados. Otra tabla tenían que daba las leguas navegadas y el
apartamiento de meridiano, resolviendo un triángulo rectilíneo
rectángulo en que eran conocidos un cateto (diferencia de latitud de un
día á otro) y el ángulo adyacente (ángulo de rumbo).
Por último, se servían de la carta de marear ó representación en un
plano de la superficie de la tierra, en que se consideraba cada
hemisferio como un cilindro cuya base era el Ecuador, y los meridianos
eran paralelos. En la carta, partiendo de un punto conocido se situaban
todos los demás por rumbo y distancia, ó por rumbo y diferencia de
latitud ó por distancia y distancia de latitud.
Á esto se reducía el _Arte de Navegar_ cuando Colón salió de Palos con
ánimo asombroso de llegar á la India Oriental por Occidente.
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