[Illustration: ARMAMENTO DE LAS CARABELAS DE COLÓN]
Las indicaciones del diario de navegación del Almirante de las Indias
son tan someras, que no puede por ellas formarse juicio, ni aun
aproximado, del número, calidad, forma y disposición de las piezas de
artillería montadas en las carabelas.
No es dudoso, sin embargo, por esas mismas indicaciones, qué artillería
llevaban. El 7 de Octubre de 1492 anotó Colón que «la carabela _Pinta
tiró una lombarda_ por señal de tierra y levantó una bandera en el tope
del mástil».
El 18 de Diciembre escribió que en conmemoración de la fiesta de la
Virgen tiráronse _muchos tiros de lombarda_; puso las banderas y atavió
la nao. Vino á bordo el cacique de Santo Domingo, y al despedirle hizo
tirar _muchas lombardas_.
Queriendo luego que los indios tuvieran saludable temor á las armas de
los españoles, después que se perdió la nao capitana, «mandó armar _una
lombarda_ en tierra y tirar al costado de la dicha nao. Vido como lo
pasó y fué muy lejos _la piedra_ por la mar». Era esto el 2 de Enero de
1493.
Á poco, acabada la fábrica del fuerte nombrado de Navidad, dice que dejó
en él _mucha artillería_, pólvora, pertrechos y _un artillero_.
Esto es cuanto enseña el mencionado diario, según el extracto conservado
por el P. Las Casas y dado á luz por D. Martín Fernández de Navarrete en
la _Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los
españoles_.
Para suplir lo que calla, necesario es acudir á los primeros tratados
militares del siglo XVI, por las noticias que recogieron de los
anteriores. Las expediciones navales de D. Alfonso V de Aragón al reino
de Nápoles, mediado el XV; la guerra de Granada emprendida por los Reyes
de Castilla y Aragón, y en ella el sitio de Málaga, en que se emplearon
fuerzas navales; la armada que fué á Italia con Gonzalo Fernández de
Córdoba; la que se dispuso para el viaje de D. Fernando á Nápoles en
1506; por fin, las escuadras que acometieron á Berbería en 1505 y 1509,
comprendieron á la época en que se realizó el descubrimiento de las
islas oceánicas, y fijando límites entre los que no fueron notables los
adelantos y variaciones de las armas; ofrecen alguna enseñanza.
Han estudiado modernamente el modo de ser de la milicia de mar y tierra
al acabar la Edad Media, Capmany, Navarrete, el Conde de Clonard, Pérez
de Castro, Salas, Barado y algunos más reuniendo cédulas, relaciones,
inventarios y dibujos de gran utilidad, muy aumentados é ilustrados para
el caso presente en la obra especial dada á la estampa por D. José
Arantegui y Sanz con título de _Apuntes históricos de la Artillería
española_ en los siglos XIV, XV y XVI. (Madrid, 1887-1891.) Poniendo á
contribución los textos y algo más, inédito, que va apareciendo, se
advierte:
Que las naos de la marina aragonesa á fines del siglo XIV y principios
del XV, no llevaban más de una, dos, tres y hasta cuatro lombardas,
según su porte.
Que el rey D. Alfonso V tenía el año 1418 en la galera real dos
lombardas que tiraban 9 y 7 libras de pelota de piedra, y solo 10
proyectiles por pieza.
Que la otra galera real en que hizo D. Fernando el mismo viaje á Nápoles
en 1506, llevaba una lombarda, dos cerbatanas y dos pasavolantes.
Que en las armadas de naos por el mismo tiempo aprestadas para Italia y
Berbería, aunque no seguramente averiguado, iban cuando más, cuatro
lombardas en cada una.
Parece deducirse de estas noticias que al emprender las carabelas de
Palos su viaje, la artillería no era numerosa en los bajeles, y las
confirma una cédula de los Reyes Católicos, del año 1505, mandando
entregar 10 lombardas, las dos grandes y las ocho pequeñas para la
carraca de Iñigo de Artieta, general de la Armada de Vizcaya que estuvo
en Cádiz al emprender Colón la descubierta, por si necesario fuera
protegerla. Las dos grandes _tiraban piedra de cada setenta libras_; las
otras como _ribadoquines_.
En instrucciones que se dieron á D. Johan Manuel para fletar dos
carracas de 2.000 botas cada una, se indicaba que montaban _cient
lombardas de todos calibres_, seis de ellas de 25 á 30 libras, _tirando
por puertas levadizas_[18]. Conforma en cierto modo con este dato los
que ofrecen las relaciones de vistas celebradas en Saona por Luis XII de
Francia con nuestro D. Fernando el año 1507. Un historiador del
primero[19] refiere que el almirante Philippe de Ravestain lució en la
ocasión una carraca nombrada _La Charente_, de las mejores que flotaban
en la mar: llevaba á bordo 1.200 hombres de guerra sin los marineros y
montaba 200 piezas de artillería, _de las cuales 14 tenían ruedas_ y
tiraban piedras grandes.
[Nota 18: Arantegui, obra cit., t. II, pág. 316.]
[Nota 19: D'Anton, _Histoire de Louis XII_.]
No contradicen estas referencias á las anteriores: aun tratando de
carracas que eran las naves de mayor porte y capacidad, y de una tan
excepcional por la grandeza y objeto, como _La Charente_, se comprende
que, separadas las 14 piezas encabalgadas, el mayor número componían las
de horquilla y pinzote fijo en la borda, manejadas por un hombre, si
comprendidas en la denominación genérica de piezas de artillería,
distinguidas en particular con las de falconetes, versos y pasavolantes.
La frase _mucha artillería_ empleada por Cristóbal Colón al hablar de la
que dejó en el fuerte de Navidad, sería relativa ó hiperbólica, como lo
era al referirse á las salvas. Debe entenderse que en la fortaleza dejó
toda la que montaba la nao perdida, ya que en las otras sólo de estorbo
había de servirle. Habiendo encarecido en su narración la docilidad y
natural pacífico de los indios, querría decir que la artillería era
mucha, por estimarla más que suficiente para estorbarles el acceso.
El número efectivo en _La Santa María_ no excedería seguramente del que
tenía la carraca capitana de Iñigo de Artieta, y suponiéndolo igual,
esto es, de dos lombardas y seis falconetes, estaría bien armada,
considerada la época y el porte. Apoya la hipótesis la certeza de ser la
nave una de aquellas de Cantabria destinadas al comercio con los estados
de Flandes, que conciliaban en lo posible los medios de seguridad con la
mayor carga, y no es de presumir que los primeros se alteraran al
emprender un viaje de exploración para el que lo importante era contar
con vitualla y agua en la ida y la vuelta; vitualla calculada, según
algunos marinos dijeron, para un año, si bien parece cifra en doble
exagerada.
La fundición de artillería de bronce estaba en mantillas al empezar el
reinado de doña Isabel; era de hierro forjado la que se empleaba para la
defensa y ataque de las plazas, así como para el armamento de las naves,
sobresaliendo en la fábrica los ferreros de Vizcaya, y un curioso
documento del Archivo de Simancas[20] relativo á la comisión que se dió
á Pedro Ruiz de Ibarra y á Juan Pérez de Tolosa, repostero de cámara de
sus Altezas, ambos vascongados, para comprar en aquel país las piezas
que hicieran falta al organizar la expedición de Mazalquivir en 1505
explica las dimensiones, calibre y costo de las que se destinaban á los
buques.
[Nota 20: Publicado por Arantegui, obra citada, tomo II, pág. 312.]
Dice la primera partida de la cuenta: «Que se hicieron hacer (en
Vizcaya) veynte e cuatro lombardas que tiran piedra de diez libras (15
cm) de nueve palmos en largo con cada tres servidores con sendas
corueñas, que fué igualada cada pieza en veinte e un ducados».
Las otras partidas especifican las variaciones, salvo la longitud que
era la misma en todas las piezas (el mismo longor de nueve palmos) como
sigue:
24 lombardas que tiran 10 libras, á 25 ducados.
8 -- 7 -- á 14 --
11 -- 6 -- á 12 --
20 -- 5 -- á 10 --
14 -- 4 -- á 8 --
12 -- 3 -- á 6 --
10 -- 2 -- á 4 --
3 de diez palmos 27 -- á 30 --
Por la escala gradual de calibres es de juzgar que á las carabelas, como
naves menores, se destinarían las lombardas que tiraban dos ó tres
libras de pelota de piedra y que así las llevaron las de Colón. En el
Museo de Artillería de Madrid se conserva un ejemplar de lombarda
pequeña, de las de dos libras, cuyas dimensiones corresponden
exactamente con las de la relación de Ruiz de Ibarra y Pérez de Tolosa y
también con inventario del año 1500, copiado en Simancas por el
brigadier de ingenieros Sr. Aparici. La ha discutido y dibujado á escala
el comandante de artillería D. José Arantegui[21]: tiene los nueve
palmos de longitud y diámetro que por la fórmula P==VxD, ó sea 920==4,
18V 3x2, 40, da para el de la pelota de piedra poco más de 9 cm.
[Nota 21: En la obra citada, tomo I, pág. 401 y lám. 9.]
Por el examen detenido se deduce el método racional de fabricación,
formando primeramente el cilindro del ánima con barras ó duelas de
hierro batido, de 6 cm. de grueso, sujetas con manguitos de 12 cm.
también de grueso y de 55 á 65 de longitud, y cubiertas las uniones de
uno y otro con zunchos de 5 cm. de grueso y 20 de anchura. El refuerzo
de la boca se alargaba en la parte superior formando una arista paralela
al eje y á la determinada por dos zunchos suplementarios en los tercios,
con sendas argollas.
De estas piezas había _con servidor_ ó recámara postiza y también con
culata cerrada, haciéndose en el último caso el tapón á sombrerete,
soldando las duelas á martillo. La disposición del fogón era entonces
próxima al plano de la culata, terminando arriba en una pequeña cazoleta
de 18 mm. de amplitud. Cortado el sombrerete venía á tener esta pieza
1m,430 de longitud.
Se empleaban las piezas de servidor al aire libre porque teniendo dos y
tres que se cargaban independientemente, era el tiro más rápido; las de
culata cerrada se preferían en baterías bajo cubierta. Diego García del
Palacio explicaba la causa en su _Instrucción náutica_, escribiendo:
«Todas las piezas abiertas que se sirven con cámaras han de estar sobre
cubierta, porque si están debajo, el humo que queda dentro ocupa la
vista á los que los sirven.
[Illustration]
Por manera que éstas y los versos se han de poner sobre las toldas de
popa y proa, y las cerradas, que son de culata, que echan el humo por la
boca, abajo...»[22]
[Nota 22: Según noticia del capitán Sr. E. A. D'Alberti, del fondo
del puerto de Génova se han extraído dos lombardas cerradas, que se
cargaban por la boca, semejantes á las que aquí se describen: tiene la
una 1m,11 de longitud y 0m,09 de diámetro en la boca: la otra
1m,12 y el mismo calibre.]
Lo dificultoso de todo punto es determinar la forma y construcción de
los montajes, que según la cuenta extractada del año 1505 ya se llamaban
por entonces _corueñas_. Es esta una de las investigaciones más obscuras
entre las que atañen á la artillería antigua: nada hay averiguado
históricamente hasta ahora, pues los dibujos que en las piezas de sitio
y de campaña suplen en muchos casos la falta de descripciones, no dejan
ver de qué modo se colocaban en el interior de la nao esas lombardas. El
discurso tiene que guiarse por analogías con los montajes de plaza y por
indicaciones vagas como lo es la de aquella carraca _La Charente_ en que
había algunas piezas _con ruedas_.
El mencionado García de Palacio decía: «Terná la nao sus portañuelas dos
palmos en cuadro con sus bisagrones para cerrallas y abrillas cuando
convenga, y en los lados de cada una dos argollones de hierro fuerte, y
cerca del muñón un gancho, y del á las argollas puestos sus aparejos
para zallar las piezas, y de las argollas á la culata de cada una de sus
retenidas tan largas cuanto es menester para recular la pieza,
advirtiendo que la una sea mas corta que la otra, para que reculando la
pieza y teniendo la boca dentro, por la retenida corta dé media vuelta y
quede prolongada de popa á proa, para que el lombardero pueda tornalla á
cargar, sin que por la portañuela le puedan hacer daño.»
Como la construcción es casi un siglo posterior al tiempo de las
carabelas de Colón y trata ya de piezas con muñones y de portañuelas
cuadradas, sirve solamente como dato del progreso que en ciertos
detalles se había conseguido: mas á falta de otras, y cotejada con lo
que se sabe de montaje de artillería de sitio y de campaña, ayuda á
conjetura, siendo, sobre todo, de utilidad, para el conocimiento de los
herrajes y guarnimientos de palanquines y del braguero con dos brazos,
_corto y largo_.
Por presunción lógica tenía que estar la lombarda montada ó encabalgada
sobre una pieza sólida de madera en la que, á media caña, se hubiera
rebajado el lugar del asiento á tope de la culata. Sentaría sobre dos
tablones adelante y atrás prolongados lo suficiente para dar, como base,
mayor estabilidad al conjunto y á fin de que, no estando dicha base en
contacto continuo con la cubierta de la nave, dejaran espacio é hicieran
posible y fácil dar las fuertes trincas de cabo ó cuerda que hacían de
la lombarda y su cureña un solo cuerpo, y tesarlas ó reforzarlas á
medida que el ejercicio requiera mantener la sujeción.
Bien podía conseguirse teniendo la corueña un eje delantero con ruedas
pequeñas enterizas; pero las ruedas representan otro adelanto que no es
probable se hallara en práctica en las carabelas, toda vez que como
novedad y cosa rara se señalaba años después.
Claro es que no podría con esta disposición variarse la puntería en
altura, y que habían de ir los tiros rasando el agua, como dice el
cronista portugués García de Resende; con todo, siendo como era corto el
alcance y empleada por consiguiente la artillería sólo como preliminar
del abordaje, cumpliría tal afuste con su objeto, sirviendo al disparo
de la pelota de piedra, de cuyo efecto en los costados de madera habla
Julio César Firrufino, y el mismo Colón dió idea en la ocasión citada
precedentemente, contando cómo pasaba el proyectil la endeble obra
muerta de su nao.
Justifica al mismo tiempo la inmovilidad de la lombarda en su montaje,
porque no se abrían compuertas cuadradas en los costados. Una abertura
circular de poco mayor diámetro que la boca de la pieza era suficiente
para el disparo y protegía más á los sirvientes contra los tiros de
armas portátiles.
El modo de cargar las piezas con pólvora á granel introducida con
cuchara, se indica en la siguiente Cédula real, que recomienda la
sustitución en las Indias de la artillería de hierro forjado por la de
bronce[23].
[Nota 23: _Colecc. de docum. inéd. de Indias_, t. XXXI.]
«El Rey.--Comendador mayor, nuestro veedor general de la nuestra
Artillería. Porque para la isla Española son menester algunas piezas de
artillería, Yo vos mando que luego questa viéredes, fagais facer en esa
cibdad de Málaga cinco sacabuches e un cañon pedrero que tenga _una
linterna de oxa villa (?)_ engastada en el atacador, para le atacar, e
ducientas e cincuenta piedras para él, e dos falconetes e ducientas
piedras de plomo, e un molde de azofar para los falconetes, _e otra
linterna_ como la del cañón, e sea todo de buen metal porque de yerro
luego se dapna allá a cabsa de la humedad de la tierra, los quales ansí
fechos con todos sus aparejos, los entregareís a nuestros oficiales de
la Casa de la Contratación que residen en Sevilla, ó a quien su poder
ovier. E mando a Juan de Soria, mi Contador de la artillería, que ansí
se los faga luego entregar su carta de pago, o de quien su poder oviere,
cuanto que sean rescebidos. Fecha en la villa de Medina del Campo a 30
de Setiembre de 1504 años.--Yo el Rey.--Por mandado del Rey, Gaspar de
Gricio.»
Los falconetes ó versos fijos en la borda que equivalían á las piezas
actuales de tiro rápido, eran de hierro batido, como las lombardas; se
fabricaban de la misma manera, diferenciándose en el calibre menor; en
que lanzaban proyectiles formados con dado de hierro revestido de plomo
y en que no teniendo cureña, pues giraban verticalmente sobre muñones y
horizontalmente sobre horquilla acabada en pinzote, tenían en la parte
posterior un bastidor ó marco para afianzar con cuña el servidor, y una
rabera con que lo manejaba el lombardero.
No es necesario reconstituir estas piezas discrecionalmente, pues
existen en el Museo de Artillería de Madrid dos ejemplares auténticos
extraídos del fondo del mar y por primera vez descritos en el _Museo
Español de antigüedades_. Uno de ellos tiene 70 milímetros de calibre y
23 de espesor en el brocal: la bala de hierro emplomado pesaría 1.500
gramos. El otro tiene 45 milímetros de calibre y la pelota no debía
pesar más de 360 gramos. En el último son las duelas de 5 milímetros,
los manguitos de 17 y los zunchos de 40. La longitud de la caña es de
750 milímetros; la del marco, en dirección al eje, 250; la de la rabera
340, de modo que la longitud total alcanza á 1m,340[24]. Que las naos
y carabelas grandes ó pequeñas llevaban artillería, acredita el
_Memorial_ que Cristóbal Colón dirigió á los Reyes en 1498 enumerando
las cosas que necesitaba, diciendo[25]:
«Es mas menester para los navyos que fueren, como para la gente que allá
residiere ansy armas, lombardas para los navyos, e lanzas e espadas e
puñales e ballestas e madexuelas para las ballestas, e almacén para las
ballestas.»
[Nota 24: Se han extraído falconetes casi iguales del fondo de los
puertos de Santander, Alicante y Barcelona, y según noticia del Capitán
Sr. E. A. D'Albertis, otros tres ejemplares muy parecidos en todo se han
encontrado en los puertos de Génova y de Rapallo; dos de ellos tienen
1m,33 de longitud y 0m,04 de diámetro; el otro sólo 1m de
longitud.]
[Nota 25: Original en la Academia de la Historia, donación del
General San Román.]
Relativamente al cuarto viaje del descubridor de las Indias hay
constancia oficial en las cuentas de Rodrigo de Narváez conservadas en
Simancas[26], importante al fundamento de lo que va expuesto, por esta
partida:
«Data.--Por una cédula fecha en 20 de Marzo de 1502 años se libró en el
dicho Rodrigo de Narváez mayordomo del Artillería de sus Altezas dos
ribadoquines é 24 quintales de pólvora que lo dé a Xºval Colón,
Almirante para el viaje que ha de facer, lo cual se le libró por una
cédula del thesorero A.º de Morales fecha en Sevilla a 8 de Marzo de
1502.»
[Nota 26: Contadurías, 1.ª época, núm. 613. Copia del Sr. Aparici,
1847. Remesa 13, núm. 21.]
Con la experiencia de lo acontecido á la nao _Santa María_ quiso D.
Cristóbal llevar bajeles de menor porte en este viaje que había de ser
de exploración por las costa de Tierra-firme y, según refiere el P. Las
Casas, compró cuatro navíos de gavia á propósito, el mayor de los cuales
no pasaba de 70 toneles ni el menor de 50 bajaba. Los dos ribadoquines
entregados por el mayordomo de la artillería de Málaga no serían únicas
piezas con que se armaron las cuatro naves, pues en tal caso fuera
excesiva la cantidad de 24 quintales de pólvora con que se las dotaba;
es de concebir por ello que con esas dos piezas se aumentó y mejoró el
armamento ordinario de artillería de hierro que las carabelas tendrían,
á petición del Almirante.
Consignó el cura de los Palacios, cronista de los Reyes Católicos, al
tratar de la guerra con Portugal y batalla de Toro[27], que el duque de
Villahermosa, fué por entonces (1475) el primero que metió
_ribadoquines_ en Castilla. Para el sitio de Ponferrada ya se fundieron
en Zamora y Benavente, sabiéndose por las cuentas del tesorero Ruy López
de Villalobos (1486) haberse encargado la fundición á los maestros Pedro
y Juan, á condición de pagarles por cada uno que saliera limpio y bueno,
sufriendo la prueba de dos tiros 1.000 maravedís, siendo de su cargo la
leña, carbón, molde y demás cosas necesarias, _excepto el cobre y
estaño_. Fundieron 17, y salieron tan buenos, que sobre el precio
estipulado se les abonaron 1.500 maravedís[28].
[Nota 27: Cap. XVIII.]
[Nota 28: _Memorias históricas de la ciudad de Zamora_, tomo II, pág
105.]
Eran pues los ribadoquines piezas ligeras de bronce de reciente
adopción, cuyas condiciones se descubren en las partidas de cuentas de
gastos hechos para aquel sitio, á saber:
Bancos de ribadoquines pagados á los carpinteros.
Maderos de olmo labrados á hacha para los mismos.
Maromas.
Hoja de lata para medida de ribadoquines.
Dados de hierro para pelotas de ribadoquines.
Dos carros e dos pares de bueyes en que se llevaron seis ribadoquines.
Poco después se aplicaba tal artillería á la defensa de las plazas: los
inventarios del mayordomo manifiestan haber entregado en 1501, con otras
piezas; para la fortaleza de Bermiliana un ribadoquín que pesó 2
quintales e 1 arroba e 10 libras.
Para la de Buñol, 1 ribadoquín e 2 arcabuches que pesaron 3 quintales e
18 libras de metal.
Para la de Adra, 2 ribadoquines e 2 arcabuches que pesaron 5 quintales e
2 arrobas e 10 libras.
Para la de Lanjarón, 1 ribadoquín e 2 sacabuches que pesaron 2 quintales
e 3 arrobas e 1 libra.
Las relaciones del año siguiente de 1502 hacen distinción de
_Ribadoquines San Migueles_; ribadoquines con muñones; ribadoquines
chicos, y aun dicen que Maestre Cristóbal, fundidor, entregó 19
ribadoquines _ochavados_, 14 ribadoquines _redondos_ y moldes de pelotas
para ellos.
Los arcabuches ó sacabuches eran, por lo que parece, piezas de campaña,
más ligeras y modernas que los ribadoquines. No atañe al Almirante, sino
á su sucesor en el gobierno de la isla Española la primera mención,
hallada en la siguiente cédula, digna de notoriedad[29].
[Nota 29: Simancas, copias del Sr. Aparici, publicada por Arantegui,
tomo II, pág. 175.]
«El Rey e la Reina.--Rodrigo de Narváez, mayordomo de nuestra
Artillería. Nos vos mandamos que deis y entreguis al Comendador de
Lares, nuestro gobernador de las Indias, o a la persona quel con su
carta embyare, veinte e cuatro _sacabuches de metal_[30] e la pólvora e
pelotas que fuere menester para ellos e para quince espingardas que le
mandamos de otra parte dar, e así mismo le dad los moldes e otro aparejo
que fuere menester para hacer las dichas balas, lo cual todo es para
llevar a las Indias, e tomad su carta de pago, ó de la persona que
asymismo enviare con la cual e con esta mandamos que vos sea rescibido
en cuenta lo que asy le dieredes y entregaredes, lo cual vos mandamos
que hagades, asentando esta nuestra cédula el Comendador mosen San
Martyn nuestro proveedor e veedor de la dicha artillería e Joan de Soria
contador della, e dando ellos su parescer en las espaldas desta nuestra
cédula de las cosas susodichas que les debais dar.
[Nota 30: Ya se ha visto que en algunas cuentas se nombran
_arcabuches_; también _hacabuches_.]
Fecha en la ciudad de Granada a 31 días de Agosto de 501 años.--Yo el
Rey.--Yo la Reina.--Por mandado del Rey e de la Reina, Gaspar de
Gricio.»
Cuando llegó Colón al puerto del Retrete en el cuarto viaje, después de
reconocer las costas de Mosquitos y de Veragua, le hostilizaron los
indios, osando llegar hasta cerca de los navíos, que estaban con el
bordo en tierra. Para atemorizarlos mandó al Almirante tirar
_lombardas_ sin pelota, pero con el ruido se alborotaron más, burlándose
del recurso. D. Fernando Colón, testigo presencial, refiere que, visto
su demasiado atrevimiento, por espantallos, mandaba tirar el Almirante
alguna _lombarda_ de cuando en cuando, y que ellos respondían con gran
grita, dando con sus bastones en las ramas de los árboles, haciendo
grandes amenazas y mostrando no tener temor del sonido ó estruendo de
las _lombardas_, pensando que debían ser como los truenos secos sin
rayos, no más de para causar espanto; y que porque no tuviesen tan gran
soberbia, ni menospreciasen á los cristianos, mandó que una vez tirase
una _lombarda_ contra una cuadrilla de gente que estaba junta y
apeñuscada en un cerrito, y dando por medio dellos la pelota, hízoles
cognocer que aquella burla era también rayo como trueno, por tal manera
que después aun tras los montes no se osaban asomar.»
Acredita el dicho que las carabelas disponían de piezas de mayor calibre
que los dos ribadoquines entregados por Narváez, pues que éstos no se
comprendían en el nombre general de lombardas, aplicado á las grandes.
Que todas las carabelas montaban algunas indica el mismo libro de D.
Fernando Colón, al decir que sufriendo temporal sobre la costa de
Veragua «los truenos eran tan bravos y espesos, que pensaban los de un
navío que los de los otros disparaban _el artillería_ demandando
socorro, porque se hundían».
El diario referido de Colón, en el primer viaje, menciona la espingarda
como arma de mano de que disponían los tripulantes de las carabelas;
pero habían de ser muy pocas, no estando por entonces generalizadas. El
contingente de ejército de 6.000 hombres que salió de Sevilla para la
guerra de Granada sólo contaba con 400 espingarderos; el de la Santa
Hermandad, cuerpo de hombres escogidos á cuyo cargo estaba la seguridad
en los caminos y despoblados, tenía una espingarda para cada diez. En
fin, al alistarse las 17 naves con que emprendió el Almirante el segundo
viaje llevando 1.500 hombres, se ordenó por cédula dada en Barcelona á
23 de Mayo de 1493, que se le entregaran 100 espingardas y 100
ballestas, resultando aún menor la proporción.
Hállanse dibujadas y descritas estas armas en los tratados de arte é
indumentaria militar aludidos; hay además ejemplares en la Armería Real,
y para las espingardas se cuenta con otro dato de gran interés; la
sillería del coro de la Catedral de Toledo, obra ejecutada en el reinado
de doña Isabel. Allí se ven esculpidos espingarderos en función. Tenía
la espingarda un cañón corto con boca acampanada, sujeto á larga caja de
madera. Cargábase con baqueta, llevando la pólvora á granel en frasco de
hierro y las balas en bolsa. Se disparaba sosteniendo la puntería con la
mano izquierda y aplicando con la otra una mecha al oído.
Menciona asimismo el referido diario arcos turquescos que disparaban
flechas, á diferencia de las ballestas, con que se lanzaban jaras. Como
el Almirante se sirvió de lanza para matar la monstruosa iguana cuya
piel mostró á la vuelta, en España, como cosa rara, hay evidencia, que
no fuera necesaria, de que con lanzas y espadas muy cortantes[31]
combatía la mayor parte de la gente. Todos los inventarios de la época
cuentan como de mayor número estas especies de armas ofensivas
distinguiéndolas en clases que nombran _lanzas manesgas_, _lanzas
largas_, _chuzos ó picas_, _romañolas_, _guadañas_, etc., amén de las
arrojadizas que entraban por cientos, como dardos, virotes y barras
aguzadas.
[Nota 31: Encareciendo Colón la simplicidad de los indios de las
Lucayas dice que tomaban las espadas por la hoja y se cortaban las
manos.]
[Illustration]
Como defensivas tenían corazas compuestas de peto y espaldar, capacetes,
gorguerinas y otras piezas diversas de arnés; rodelas con la divisa real
pintada y paveses con las mismas insignias. Los últimos servían de
defensa y adorno para cubrir las bordas, y de ellos viene el nombre de
pavesada que conserva el vocabulario naval, aplicándolo ahora á la
cubierta de los cois, igualmente colocados por parapeto defensivo. En
las cuentas que dieron Pedro Ruiz y Juan Pérez de Tolosa de las compras
hechas en Vizcaya el año 1502 para la jornada de Mazalquivir, antes
citadas, hay pormenores curiosos de las armas portátiles; comprenden
armaduras suizas, cada una de ellas con piastron e guarnición de brazo
izquierdo y celada e barbote, sin manopla, que costaban á 610 maravedís;
corazas fechas en cueros de cordobanes, marcadas y estañadas y templadas
á prueba de ballesta, cada una á 485 mrs.; ballestas echizas con sus
poleas de á cada dos cuerdas e con sus cintos de armar e con sus cuerdas
e con todo el aparejo que era menester á 480 mrs.; lanzas de mano con
hierros acerados enclavados, con sus regatones de hierro á 250 mrs. la
docena; dardos con sus hierros e puestos sus avientos, á 50 mrs. la
docena; pasadores acerados grandes y pequeños, á 5 mrs.; saetas, etc.,
etc.
Comparados tales elementos con los que al cabo de cuatro siglos tiene á
su disposición la marina militar, parecerán poca cosa; ¡pero qué enorme
cifra de maravedís cuestan ahora!