1867. . . . . . . . . . 9.937
1877. . . . . . . . . . 14.800
1886. . . . . . . . . . 25.535
1896. . . . . . . . . . 42.937
1906. . . . . . . . . . 72.062
1916. . . . . . . . . . 124.000
Sería razonar de una manera muy incompleta limitarse a inferir de estas
cifras que la inmoralidad aumenta de un modo alarmante en los Estados
Unidos y que la familia norte-americana se halla amenazada de muerte.
El número de los divorcios ha venido siendo mayor de año en año, no
porque los hombres y las mujeres se hayan vuelto más malos, sino
porque la evolución social, después de la mencionada guerra, ha puesto
en acción fuerzas nuevas que no han podido dejar de modificar la
constitución del hogar y a cuya influencia no han podido sustraerse
los individuos. El enorme florecimiento económico y la transformación
industrial que se notan desde aquel momento histórico, han hecho perder
gradualmente a la familia su antiguo carácter de centro de producción,
han abierto vastos horizontes de trabajo a la mujer, permitiéndole de
esta suerte alcanzar su independencia económica, y han aumentado al
mismo tiempo las exigencias de la vida.
Dentro de las condiciones anteriores al momento histórico indicado, el
hombre y la mujer habían podido soportarse mutuamente muchos defectos
e incompatibilidades espirituales y morales porque el hogar les
ofrecía ventajas económicas indispensables para la vida y difíciles
de alcanzar de otra manera. La mujer especialmente, sin preparación
para desempeñar ningún oficio o empleo fuera de la casa, no concebía
la existencia sin los medios que le proporcionaba el marido y se
encontraba sometida a éste por una estrecha dependencia económica.
Desaparecidas esas ventajas y arrancadas esas raíces materiales por
decirlo así, los cónyuges hanse tornado más exigentes en cuanto a
condiciones de armonía y de felicidad interior y menos tolerantes para
aguantar fricciones llevaderas en otro tiempo. Se considera ahora que
es menos inmoral la disolución que la permanencia de los matrimonios
sin amor.
Comprendido en este proceso de que hablamos, se observa triunfante el
reconocimiento amplio de los fueros de la individualidad humana. La
moral dogmática ha podido sostener la indisolubilidad del matrimonio
y condenar el divorcio; y, más o menos de acuerdo con ella, ciertas
doctrinas sociológicas y jurídicas afirman que la célula social es
la familia y no el individuo y que éste debe resignarse a vivir
férreamente encerrado entre las mallas sin escapatorias de las
instituciones matrimoniales y familiares. Pero estos conceptos no
se avienen con el espíritu norte-americano. Como dice un profesor
de sociología de la Universidad de Pennsilvania, «a la par que
se han hecho más intensos los sentimientos de nacionalidad y de
conciencia social, se ha reconocido mayor valor a la personalidad del
ciudadano. Creadas sobre una base de franco utilitarismo, las formas
e instituciones sociales de cualquiera clase que sean no existen
para llenar un fin en sí, sino para el bien de los miembros de la
colectividad. Libres de muchas de las tradiciones, propias de los
gobiernos monárquicos o despóticos y relativas al carácter sagrado de
algunas instituciones, los americanos no temen ningún desastre por
el hecho de llevar a cabo los cambios requeridos por la expansión de
la vida social. Los cambios no significan para nosotros muestras de
desintegración social, sino que los consideramos más bien como la
condición de un progreso sostenido. Miramos a la familia desde el
mismo punto de vista que a todas las demás instituciones sociales y
no goza de ninguna protección especial o tabú que pueda excusarla de
ser sometida a la prueba del utilitarismo. Ella, la familia, como
todas las demás, debe servir a los fines de su existencia o sufrir las
transformaciones necesarias. Desde que no es compatible con los ideales
americanos de justicia y de libertad que la familia sea tenida por más
sagrada que el individuo, el remedio debe buscarse en la modificación
de la primera antes que en el sacrificio del último»[24].
El mismo autor, estudiando el problema desde un punto de vista moral,
dice: «Nuestras modificadas ideas éticas nos hacen sentir hoy día que
el matrimonio ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el
matrimonio, y que el valor moral de éste depende de la mutua felicidad
que asegure a los desposados. Cuando esta condición no se realiza ni
se puede realizar, los más altos intereses, tanto del individuo como
del estado, reclaman que se rompa ese matrimonio perjudicial y que
se coloque a los cónyuges en situación de encontrar la felicidad que
les ha faltado. De esta suerte, un nuevo _humanitarismo_ ha venido a
ocupar en religión y en ética el lugar que antes llenaban las reglas
teóricas de la ortodoxia de generaciones pasadas. Descansa él sobre
una moralidad práctica que estima el valor de las instituciones en
proporción al servicio que hacen en la formación del carácter y en la
producción del bienestar humano»[25].
Con estas palabras, queda señalada la actitud americana ante el
divorcio y desvanecido el cargo de inmoralidad que por este motivo se
pudiera formular.
RELIGIOSIDAD.--El Estado norte-americano no tiene religión oficial, y,
por lo mismo, florecen aquí las religiones como plantas espontáneas
en un terreno libre de las limitaciones planeadas por los hombres y
donde obran con toda libertad las fuerzas naturales fecundantes. En
los Estados Unidos prosperan más de cincuenta religiones y sectas, que
cuentan con más de cuarenta y dos millones de adeptos.
Es característico de las religiones en Norte América que orienten su
actividad en un sentido humano de bien y de servicio social y que sean
amplias, hospitalarias y tolerantes.
Estos rasgos han sido descritos de la manera siguiente por el católico
inglés William Barry: «Los americanos en otro tiempo creían con
pavor en la total depravación del hombre, de la cual sólo un pequeño
número de agraciados sería redimido. Ahora creen que el hombre es
por naturaleza bueno, por destino perfecto, y completamente capaz de
salvarse a sí mismo. En una especie de América ideal, señalan el motivo
fundamental de esta vida más humana, a la cual deben tender sin cesar.
La república, la comunidad es su fin, los negocios, el camino para el
cielo, el progreso, su deber, la libre competencia, su método. Rechazan
el misterio, la obediencia y la renunciación de la propia personalidad;
pero admiran la disciplina que condena y proscribe lo contrario a la
dignidad del hombre, o, deferentes a una idea delicada, practican la
temperancia. Forman los americanos una casta de héroes más que de
ascetas. Para ellos la divinidad es un amigo y no un señor omnipotente
o un hado misterioso. Su creencia en la naturaleza humana como algo
que posee valor intrínseco que debe ser perfeccionado, significa la
libre aceptación de una idea divina que el hombre tiene la obligación
de realizar. De esta suerte, civilización y religión no son más que
diferentes fases de una misma gloria».
En muchas universidades privadas hay templos. En el de Princeton se
celebran servicios religiosos diariamente, pero ahí ofician los
ministros de todas las religiones, alternando, por consiguiente,
el católico con los de las diversas sectas protestantes o con un
predicador de los Jóvenes Cristianos. Los estudiantes no son obligados
a asistir al templo sino una vez cada quince días.
La misma índole de hogar cristiano, sin confesión determinada,
abierto al más dilatado espíritu religioso, es propia del templo de
la universidad de Leland Stanford Junior. Muchas tardes, se dan aquí
recitales de órgano, sin ninguna ceremonia o acto del culto, y hasta el
alma más descreída puede disfrutar de una hora de reposo y recogimiento
íntimo, y sentirse llevada en alas del arte a las regiones de una pura
religiosidad.
En medio del más agitado torbellino mundano, en Broadway, la gigantesca
arteria de Nueva York, en la puerta de un templo se lee la siguiente
dulce invitación: «No importa lo que pienses, no importa lo que creas;
entra; esta es la casa de Dios abierta para todos; entra a descansar».
Y aunque uno no entre, agradece la invitación, y siente que una
sensación de placidez discurre por todo su ser.
El ambiente norte-americano de libertad y la falta de una religión de
Estado, son favorables al desarrollo del sentimiento de religiosidad.
No ocurre aquí lo que en aquellos países hispano-americanos, donde el
catolicismo goza de la preeminencia de religión privilegiada, llega
generalmente hasta las urnas electorales a defender sus privilegios,
y queda degradado por ambiciones de predominio social y político y por
las enconadas pasiones que se suscitan en su contra. No encontrando
además los espíritus por lo común en la América latina otra manera de
ser religiosos que la que les ofrece el credo católico, y no pudiendo
comulgar con éste por razones científicas, filosóficas o políticas,
caen en el indiferentismo con perjuicio a veces de su completa vida
espiritual y moral y de su paz interior. En los Estados Unidos, en
cambio, se puede ser religioso de muchos modos y el sentimiento y la
fantasía encuentran más posibilidades que en otras partes de llenar el
vacío angustioso que los misterios de lo desconocido suelen abrir en
algunas almas.
IDEALISMO.--Grandes ideales han movido a los norte-americanos en
momentos culminantes de su historia, como ser la unión de las trece
colonias que obtuvieron su independencia de Inglaterra en 1783, la
defensa de la autonomía del continente americano, encarnada en la
doctrina de Monroe, la lucha por la abolición de la esclavitud, y el
amor a la democracia, que constituye un _leitmotiv_ en la evolución
social y la política de este pueblo.
La fuerza de un resorte idealista se observa hoy día en la acción
de una _élite_ formada por millares de personas de ambos sexos que
comprenden desde sacerdotes de todas las religiones y profesores hasta
los millonarios. No hay problema de la colectividad que no traten de
resolver, no hay dolor que no vayan a aliviar, y los beneficios de su
voluntad filantrópica y de sus millones pasan las fronteras del país y
llegan hasta los huérfanos de Francia y Bélgica o van a tender una mano
salvadora al infeliz y secularmente atormentado pueblo de la Armenia.
Es un idealismo práctico de carácter social. Su acción se muestra de
una manera estupenda en toda obra de cultura, y en el sostenimiento
de bibliotecas y de institutos de educación. Existen en el país,
debidas casi en su totalidad a la iniciativa privada, más de tres mil
bibliotecas con un total de setenta y cinco millones de volúmenes. Se
gastan al año en el mantenimiento de escuelas para el pueblo en toda la
nación cerca de seiscientos cincuenta millones de dólares. La renta de
las universidades se ha elevado, en virtud de las donaciones y legados
que han recibido, de diez y siete millones de dólares que era en 1892 a
ciento veinte millones en 1915.
Es este idealismo tan propio del alma americana que es el que informa
las doctrinas de sus más genuinos filósofos y pensadores. Como hemos
recordado en un capítulo anterior, Emerson fué un moralista y William
James ha preconizado en su pragmatismo la prioridad de la acción sobre
el pensamiento y la busca de la verdad, no por la verdad misma, sino en
cuanto puede servir para la vida. Ideas más o menos semejantes sustenta
el filósofo más representativo del momento actual, Juan Dewey; y, aun
pensadores que no han comulgado con el pragmatismo, como el sociólogo
Lester F. Ward, han señalado a la existencia del hombre la finalidad
del «meliorismo» o sea el mejoramiento de la vida, lo que equivale a
llegar por distinto camino al mismo objetivo.
Esta filosofía, que puede presentarse como no satisfactoria e
incompleta para inteligencias especulativas y ansiosas de ahondar
en las últimas razones de las cosas, ha probado ser bastante para
espíritus ante todo activos, como los americanos, y, ya hemos visto en
el párrafo anterior, que hasta la religión misma ha recibido el sello
de esa orientación distintiva del alma nacional.