Juicios severos de algunos profesores. — Los caracteres esenciales. —
Eficiencia económica. — Espíritu democrático y patriótico. — Sin
ceremonias y rudos de maneras. — Actividad y alegría. — Moralidad
(la familia y el divorcio). — Religiosidad. — Idealismo social.
Creo que ha llegado el momento de suspender la desordenada descripción
de impresiones que he venido haciendo y tentar una síntesis de las
cualidades que puedan presentarse como los rasgos característicos de
este gran pueblo norte-americano. La tarea no es fácil y se halla
expuesta a los errores que son propios de las grandes generalizaciones;
pero de hecho todo el mundo la hace. Lo más frecuente es que entre
personas que han pasado por Estados Unidos se hagan preguntas como
ésta: «¿Qué piensa Ud. de los yanquis?» y que el interrogado conteste
que le parecen así o asá, expresando de una manera clara, terminante,
sin matices, juicios favorables o adversos.
Voy a apuntar estas sugestiones de psicología social como notas para
que otros las completen más adelante. Puedo anticipar que mi ánimo es
el que resulta de una impresión favorable y que me inclino a no aceptar
algunos juicios bastante severos que me ha tocado escuchar a dos
profesores universitarios respecto de sus compatriotas.
Asistí a una conferencia que en la Universidad de Columbia daba
sobre americanización el profesor Franklin H. Giddings, catedrático
de sociología en la misma universidad. Por su aspecto no se tomaría
a Giddings por americano. Su cara más bien ancha, de ojos azules
bondadosos, de barba recortada terminada en punta y de grueso bigote,
hace pensar en un inglés que llevara en sus venas bastante sangre
céltica. La sólida contextura de su cuerpo, de espaldas cuadradas y
lo demasiado recio del bigote, sugieren la idea de un herrero o de un
caballero medioeval. Uno se lo imagina fácilmente revestido de loriga
y casco, teniendo por delante, asida a dos manos, la pesada espada de
empuñadura de cruz. Pero es uno de los más eminentes cultivadores de
la sociología en los Estados Unidos y autor de numerosas obras de alto
valor científico en la materia.
Dijo Giddings que el problema de la americanización de la población del
país se había hecho apremiante con motivo de la guerra europea. Hay
centenares de miles o millones de habitantes que no hablan, ni leen,
ni escriben el inglés. Hay millones que no reciben la sana influencia
del hogar ni de iglesia alguna. Encareció la importancia de la escuela
para llenar estos vacíos y entró a tratar de labores intelectuales. Con
este motivo apuntó el juicio severo a que he hecho referencia. Dijo
que a los americanos les faltaba el verdadero idealismo, el idealismo
interno, espiritual, que conduce a admirar la inteligencia en todas sus
formas.
Otro profesor en conversación privada me expuso: «Sería muy interesante
escribir una buena psicología de los norte-americanos. Se me ocurre que
como uno de los rasgos fundamentales se podría señalar la hipocresía
o _cant_. Observe no más lo que ha pasado después de la guerra con el
famoso principio de que los pueblos sean los únicos árbitros de sus
propios destinos (principio de la _self-determination_). Este concepto
ha tenido fuerza suficiente para afirmar los derechos a la autonomía
de los polacos, checo-eslavos, yugo-eslavos, etc., es decir, de los
súbditos de los imperios centrales; pero ha resultado sin ninguna
eficacia en lo que respecta a los irlandeses, egipcios, indios, etc.,
ni tampoco lo será para los nicaragüenses, panameños y otros pueblos
semejantes, esto es, para todos los que se encuentran dentro del bloque
del Imperio Británico y de la República Norte-americana. A pesar de la
proclamación de aquel brillante principio, el destino de los pueblos
ha quedado ahora como antes, entregado al veredicto de la fuerza; los
vencedores han llevado la bandera de la libertad al territorio de sus
enemigos, pero no la han plantado en su casa. Mientras tanto, la gente
se complace aquí en cerrar los ojos sobre estas cosas y en aparentar
creer que la _self-determination_ ha sido una gran norma aplicada con
igual justicia en todas partes. Pura hipocresía. Otro rasgo fundamental
sería el afán del dinero. El norte-americano no habla más que de
negocios y dólares».
Me parece que tal vez la censura de Giddings no se halla muy lejos de
lo cierto; pero que en los juicios avanzados por el otro profesor,
cuyas palabras he transcrito, hay demasiada amargura y exageración.
Por mi parte preferiría señalar como caracteres fundamentales de la
colectividad norte-americana la eficiencia económica y el espíritu
democrático y patriótico. Resultan luego como cualidades sobresalientes
en el término medio de los individuos, el buen fondo moral y la
religiosidad, la actividad, la iniciativa y la alegría; pero, al mismo
tiempo, hay que observar frecuentemente en ellos la exageración y la
rudeza de las maneras.
Por último, en las clases cultas o _élite_--que aquí es muy vasta--es
patente la inspiración de un generoso idealismo práctico orientado
hacia las obras de progreso y de solidaridad social.
LA EFICIENCIA ECONÓMICA--Esta espléndida condición de la colectividad
norte-americana es de aquellas que saltan desde el primer momento a la
vista del más superficial viajero. Es de esas verdades sencillas que
tienen la virtud de imponerse tanto a los espíritus sagaces como a
los que no lo son. Conviene que la tomemos como punto de partida en el
análisis en que estamos empeñados.
En todas las ciudades de este país, los rascacielos, los palacios,
los magníficos hoteles, el brillo del comercio y la animación de las
calles dan testimonio de una potencia económica extraordinaria, que
se manifiesta todavía de mil otras maneras. El derroche de luz en
las noches y la vida de los teatros, restoranes y _cabarets_, son
exponentes de una gran riqueza general. Los monumentos de Washington
y los ciclópeos puentes de Nueva York proclaman con una fuerza
deslumbrante el vigor y la capacidad del pueblo que los ha hecho. Mes
a mes corren millones en favor de obras de cultura, instituciones de
beneficencia, iglesias y colegios. El Ejército de Salvación había dicho
que necesitaba doce millones de dólares para atender a sus trabajos
relacionados con la guerra y para reponerse de los quebrantos que
ésta le había causado, y en una semana reunió quince. La Universidad
de Cornell celebró en los primeros meses de 1919 el quincuagésimo
aniversario de su fundación, y, entre los muchos obsequios de que fué
objeto, había un cheque por un millón de dólares, mandados por un
ex-alumno para que se atendiese a la renovación de los gabinetes de
ciencias.
«El más notable rasgo del reciente desarrollo industrial de los
Estados Unidos, dice Bogart[14], ha sido el enorme desarrollo de las
manufacturas, sea considerado en absoluto o en comparación con otras
industrias. Desde 1850 a 1900, la población del país aumentó en más
del triple (de 23.191.876 a 76.149.386)[15], y los productos de la
agricultura se triplicaron (de $1.600.000.000 a =$4.739.000.000=. En el
mismo tiempo, las manufacturas mostraron un crecimiento que equivale
a un aumento de diez y nueve veces del monto del capital invertido
(de $533.000.000 a $9.835.000.000) y a doce veces en el valor de los
productos (de $1.019.000.000 a $13.014.000.000). La mayor parte de esta
expansión fenomenal se verificó en las dos últimas décadas de la pasada
centuria, que presenciaron el descubrimiento y utilización de los
recursos naturales del país en una forma sin precedentes, la extensión
de los mercados interiores, gracias a la mayor colonización del Oeste,
el progreso y abaratamiento de los medios de transporte y la aplicación
más completa de inventos que economizan el esfuerzo humano.
«Pocas fases del desarrollo industrial de los Estados Unidos, dice
el mismo autor, han llamado más la atención o sirven como mejor
indicio de su maravillosa expansión económica que el crecimiento del
comercio exterior de este país. Ha pasado como nación exportadora del
cuarto lugar en el mundo que ocupaba en 1880 al segundo en 1911. Esto
constituye una prueba del progreso que hemos alcanzado en nuestro
poder productivo y sugiere la posibilidad de muchos cambios ulteriores
en el comercio mundial. Hasta hace poco el pueblo de los Estados Unidos
se encontraba absorbido por la tarea de apropiarse y desarrollar los
recursos del país, y, al igual de otros países nuevos, compraba más
que lo que vendía, comprometiéndose en pesadas deudas en razón de la
adquisición de materias primas o de artículos manufacturados. Se puede
decir que este período terminó en 1876. Hasta este momento sólo en
tres años, en 1858, 1862 y 1876, excedieron las exportaciones a las
importaciones, mientras que desde aquella fecha ha sucedido siempre
lo contrario, con la única excepción de otros tres años, 1888, 1889 y
1893, en que las exportaciones fueron más bajas»[16].
La facilidad asombrosa con que los norte-americanos se prepararon para
entrar a la guerra europea, la riqueza de medios que desplegaron en
ella, y la rapidez y eficacia de su acción, fueron en gran parte el
resultado de su potencia económica.
«La situación, dice Bogart, en los comienzos del siglo XX puede ser
caracterizada de la manera siguiente: Tenemos en grande escala todos
los recursos que se necesitan en la producción moderna; una población
obrera de veinticinco millones más o menos, de los cuales muchísimos se
encuentran altamente preparados; un fondo de capital industrial de no
menos de seis mil millones de dólares; una muy eficiente organización
de la industria, de los medios de transporte y de las finanzas, lo que
permite la más económica producción e intercambio de las mercaderías;
y, por último, condiciones políticas y sociales que son altamente
favorables a la producción y adquisición de la riqueza»[17].
Nos importa averiguar ahora cuáles sean las razones y antecedentes de
este hecho, de esta condición afortunada de la nación norte-americana;
de dónde y cómo le han venido esa virtud y esa fuerza en el orden
económico.
Lo más frecuente y lo más fácil es que se señale como causa única
a la educación, y que, tomando pie de esta apreciación, se entonen
alabanzas a los métodos y procedimientos de los institutos educativos
norte-americanos y se censuren los de otros países menos ricos,
indicándolos como principales culpables de la inferioridad económica
de que se padece. En esto hay algo de cierto, pero no es todo. La
educación estado-unidense, que se halla admirablemente organizada para
favorecer el desarrollo económico de la nación, es a su vez efecto de
otros antecedentes que deben ocupar un lugar muy importante entre las
causas creadoras de la riqueza norte-americana.
En la formación del pueblo norte-americano han obrado un conjunto
de circunstancias extraordinariamente favorables. Los primeros
colonizadores del país, especialmente los puritanos y los cuáqueros,
eran de una noble cepa de hombres austeros que vinieron al Nuevo Mundo
a fundar comunidades democráticas, en que armonizaron la libertad
política con los estrictos preceptos de una religión severa. Venían
no a improvisarse ricos, sino a repartir su vida entre el culto de
Dios y el culto al trabajo, lo que significa la mejor disposición de
ánimo posible para llegar a una situación económica sólida. Desde
ese momento, la corriente europea humana no ha cesado de afluir a
los Estados Unidos, que han sido un crisol gigantesco, donde se han
fundido los elementos de las mejores razas del Viejo Mundo y los de
algunas que, sin ser tan buenas, se han depurado al contacto de las
demás. No hay nación moderna compuesta de elementos tan heterogéneos
como la americana. En el período de 1819 a 1910 han ingresado a ella
más de veinticinco millones de inmigrantes. Primeramente, los más de
éstos venían de Alemania, de Inglaterra e Irlanda; pero en los últimos
treinta y cinco años se operó un gran cambio en el carácter de la
inmigración, y han sido Austria-Hungría, Rusia, Polonia e Italia los
países que han dado el mayor porcentaje de ella. Todavía es menester
agregar que no ha habido un simple traslado de fuerzas humanas a
través del océano, sino un mejoramiento enorme en las condiciones de
éstas. «Cuando uno considera, dice Channing, el clima de los Estados
Unidos, su configuración física, su adaptabilidad al servicio del
hombre civilizado, su fértil suelo y sus magníficas caídas de agua, sus
inagotables recursos minerales, y el efecto de este medio sobre el
organismo humano, se tiene que admitir que la raza europea ha ganado
con trasladarse de su viejo hogar a la tierra norte-americana».
La situación geográfica de los Estados Unidos frente al Viejo Mundo
y los tesoros del país, han sido sin duda un factor determinante
del rumbo tomado por la emigración europea; pero no hay que olvidar
cuánta influencia ha ejercido también sobre los hombres de todos los
países el renombre de que gozan los Estados Unidos de ser la tierra
de la libertad: las instituciones democráticas norte-americanas han
funcionado como un centro de absorción de energías humanas, y de
asimilación y multiplicación de ellas.
Una vez obtenida por las trece primeras colonias la independencia de
Inglaterra, ocurrió un hecho transcendental para su porvenir económico.
No continuaron ellas separadas, sino que lograron organizarse en un
solo Estado. Este acontecimiento es considerado con razón como el
más importante de toda la historia política de los Estados Unidos y
Gladstone lo ha llamado «la obra más maravillosa llevada a cabo en
cualquier tiempo por el cerebro y los propósitos del hombre». No cabe
en realidad exagerar su alto significado e influencia. Mientras las
colonias hispano-americanas, después de conquistar su independencia
veinticinco años más tarde, entraban a la vida libre divididas en
una multitud de Estados rivales y desorganizados, las colonias
inglesas, por haberlo hecho formando un solo organismo político, se
libraron de verse desgarradas por rivalidades y guerras entre pueblos
hermanos. Los pueblos hispano-americanos vieron transcurrir por la
circunstancia apuntada y su carencia de educación política no escasa
parte del siglo XIX sacudido por tormentas revolucionarias y discordias
internacionales. No tuvieron así ni la capacidad ni la posibilidad de
dedicarse en buenas condiciones a la explotación de las riquezas de su
suelo. En cambio, los norte-americanos, bajo una dirección política
única y sin las zozobras de las revoluciones, pudieron lanzarse a la
conquista económica de un continente. Porque es de advertir que los
Estados Unidos, considerados aún en sus límites estrictos, tienen más
los caracteres y proporciones de un continente que los de un país.
«Es probable, dice Shaler, que medida en caballos de fuerza o por
los productos manufacturados, la energía derivada de las corrientes
de los Estados Unidos sea ya más valiosa que la de todos los demás
países tomados en conjunto». «No solamente, apunta Bogart[18], se
encuentran los Estados Unidos a la cabeza de todos los países en la
producción de artículos de lechería, granos y trigo, de carbón, hierro,
zinc, fosfato, azufre y petróleo, sino que la mayor parte de las
maderas, carnes, tabaco y algodón que figuran en el comercio mundial
salen de sus selvas y de sus campos. Esta diversidad de climas y de
recursos ha traído consigo a su vez gran variedad de ocupaciones con
la correspondiente diferencia de intereses, de modos de vivir y de
maneras de pensar. Aunque este hecho ha tenido cierta influencia para
dividir al pueblo en secciones animadas de intereses opuestos, con
todo, en general, ha dado lugar más bien a cierta amplitud de miras y
universalidad de sentimientos».
No cuesta ver que la descripción anterior corresponde sin dificultad
más a las condiciones de un continente que a las de un país. A fin de
apreciar bien las ventajas que se han derivado de estas circunstancias
en que insisto, bastará imaginarse las que habrían resultado para
nosotros, desde el punto de vista de nuestra prosperidad industrial y
comercial, si, por ejemplo, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Perú
y Bolivia hubieran formado un solo gran Estado federal sin aduanas
interiores ni hostilidades separadoras.
En la lucha por el dominio de su continente, los norte-americanos
no han tenido otros obstáculos que vencer que la resistencia de los
franceses, con los cuales combatieron en el siglo XVIII por la posesión
de la hoya del Mississipi; y la de los mejicanos, a quienes quitaron
en 1848, después de una fácil guerra, vastos estados en la región del
Pacífico.
Fué, asimismo, una fortuna inmensa para esta nación que los ingleses
fracasaran en sus tentativas de encontrar un camino inter-oceánico a
través del mar Ártico, y que no pudieran ni siquiera pensar en llegar
al Pacífico por algunos de los istmos de la América Central. Si en la
época de la conquista ponen ellos su planta en el Grande Océano, como
lo hicieron desde temprano los españoles, habrían, como éstos, fundado
nuevas colonias en el Oeste, y los estados del Este se habrían visto
detenidos en su desarrollo por una barrera inamovible de naciones de su
misma raza, tal cual les ha acaecido a los pueblos hispano-americanos.
A no ser por el hecho que apuntamos, tendríamos hoy por lo menos dos en
lugar de una gran república anglo-americana, y no se puede negar que la
forma en que se verificaron las cosas ha significado la mayor suerte
posible para los Estados Unidos.
Con razón ha podido decir Bogart que «la clave de la historia nacional
de los Estados Unidos se encuentra en esta obra de ganar un continente
a la naturaleza y someterlo a los usos del hombre».
En esta obra colectiva, la nación ha procedido generalmente guiada
por una política proteccionista y animada de un valiente espíritu
nacionalista.
En los primeros años de vida independiente, «a pesar, dice Farrand, de
los esfuerzos gastados por hombres como Washington y el Coronel David
Humphreys y aun por sociedades agrícolas, había muy poca lana fina
producida en el país, de manera que los americanos tenían que traer
del extranjero los artículos de lana manufacturada que necesitaban
y aun lana en bruto»[19]. Las guerras napoleónicas y el bloqueo
continental dictado por el Emperador tuvieron resonancia en el pueblo
americano a principios del siglo XIX, perturbaron profundamente sus
relaciones comerciales con Francia e Inglaterra y lo hicieron entrar
por el camino de bastarse económicamente a sí mismo. Del Presidente
Madison se dijo que el día de su inauguración en el poder había sido un
argumento andando para alentar la manufactura de la lana del país. Su
levita hecha en la hacienda del Coronel Humphreys y el chaleco y demás
piezas de su traje en la del canciller Livingston eran de lana merino
americana.
La guerra de 1812 con Inglaterra vino a consumar esta orientación.
Una de las primeras disposiciones tomadas después del conflicto, fué
una nueva tarifa aduanera que es considerada como la primera medida
protectora adoptada por los Estados Unidos. Contribuyó ésta a afirmar
el establecimiento de las manufacturas y después de ella se puede
decir que el país pasó de la edad de los tejidos domésticos a la de
las maquinarias. «La guerra de 1812 se considera con justicia como la
segunda guerra de la independencia, porque, dice Farrand, señala el
verdadero comienzo de nuestra libertad industrial y comercial trabada
antes por la dependencia en que estábamos de Gran Bretaña y Europa;
y es todavía de mayor importancia que por primera vez en la historia
de los Estados Unidos, el pueblo de las costas atlánticas entrase a
apreciar la importancia del Oeste, y que, volviendo las espaldas a
Europa, mirase resueltamente hacia el Pacífico»[20].
Dejando para tratar más adelante, en párrafos especiales, de otras
cualidades que significan también factores importantes en la vida
económica, digamos dos palabras sobre la educación.
La educación norte-americana merece sin duda casi todas las alabanzas
de que se la hace objeto y ya he dicho que se halla admirablemente
organizada para preparar al pueblo a la lucha económica. No es posible
entrar aquí en detalles completos sobre el particular, ni estaría
tampoco en situación de hacerlo. La educación vocacional, o sea la que
tiende al desarrollo de la eficiencia económica de los individuos, es
materia de una atención constante en todos los grados de la enseñanza.
Grandes institutos superiores están consagrados exclusivamente a este
fin, como ser el Instituto de Tecnología de Massachusets en Cambridge,
que ya he mencionado, un instituto para investigaciones científicas
relacionadas con la industria, anexo a la Universidad de Pittsburgh,
los Colegios de Agricultura y Minería de la Universidad de California,
los Colegios de Agricultura y Química Industrial de la Universidad
de Wisconsin, el Sheffield Colegio de la Universidad de Yale, y el
Departamento de Física de la Universidad de Princeton.
En otro capítulo he mencionado el Liceo Técnico de Oakland. Como éste
o si no tan completos, semejantes establecimientos se encuentran en
las principales ciudades para dar preparación técnica y comercial a la
juventud en la segunda enseñanza.
Fuera de lo que se hace directamente por medio de la instrucción
vocacional, son propios de la educación americana dos caracteres
muy favorables al fomento de la eficiencia económica, a saber, los
métodos activos y prácticos y el sistema de ramos elegibles y no
de plan fijo, como existe entre nosotros. Cada alumno puede elegir
para estudiar en el curso de cuatro o seis años los ramos que más
convengan a sus inclinaciones y aptitudes intelectuales. Todos los
alumnos deben estudiar una misma cantidad de tiempo; pero no todos
se hallan obligados a estudiar las mismas cosas ni todas las cosas.
Esta organización, junto con los métodos que he mencionado, tiende
poderosamente a estimular la iniciativa, el trabajo con gusto, y, por
consiguiente, la actividad y la eficiencia.
En relación con la iniciativa, no debemos silenciar la inventiva,
como una de las cualidades características del pueblo yanqui, que
debe ocupar un lugar muy importante entre las causas creadoras de su
potencia económica. Ya a mediados del siglo XIX, un comisionado de la
Cámara de los Comunes decía: «Debo expresar que la mayor parte de los
nuevos inventos introducidos últimamente en este país (Inglaterra) han
venido de afuera; y que, en especial casi todas las ideas relativas
a maquinarias nuevas o al perfeccionamiento de las existentes, han
tenido su origen en Norte América».
Cuando se habla del valor de la iniciativa individual, de cómo se la
desarrolla en los Estados Unidos y de que éste es un país de promisión
para ella, uno no puede dejar de acordarse al mismo tiempo de las
organizaciones que la limitan. Éstas son los _trusts_, que nacieron
poco después de 1880[21], como grandes combinaciones de compañías
industriales y comerciales encaminadas a alcanzar los siguientes
principales fines: suprimir la competencia; regularizar y obtener
economías en la producción; división de los mercados y mantenimiento
de los precios. Estas organizaciones gigantescas arrollan y aplastan
sin dificultad a toda empresa que asome en el mercado con pretensiones
de hacerles competencia y no dan lugar, es claro, a más iniciativas
que a las que puedan desenvolver sus asociados y empleados dentro de
las férreas mallas de la institución misma. En estas condiciones, no
ha sido difícil que los _trusts_ fueran culpables muchas veces de los
abusos del monopolio. Todo monopolio es odioso y los trusts han dado
bastante que hacer a gobiernos y legisladores en los últimos treinta
años. Se pensó primero en combatirlos levantando al frente de cada
_trust_ otro que le hiciera competencia; pero este procedimiento no dió
resultados. Uno de los trusts quebraba y las cosas seguían a veces
peor que antes. Dejarlos en completa libertad no era posible y menos
aún eliminarlos enteramente. No ha habido otro camino que someterlos
a regularizaciones establecidas por la ley, que es lo que se ha
verificado.
Con anterioridad a la organización de los _trusts_ y luego en
combinación con ellos, se ha operado una gran concentración de las
riquezas en las manos de unas pocas familias. De una estadística hecha
sobre la propiedad rural y urbana en los Estados Unidos en 1890, se ha
sacado en claro que el noventa y uno por ciento de las familias del
país no poseen más del veinticinco por ciento de la riqueza y que el
nueve por ciento de las familias tienen en sus manos el setenta y cinco
por ciento de las riquezas.
A propósito de estos hechos, dice Bogart con cierta amargura: «Es
evidente que nos hemos alejado mucho de las condiciones democráticas de
una relativa igualdad económica que existía hace setenta y cinco o cien
años. Las fortunas colosales son un fenómeno del siglo XX, y muchas de
los Estados Unidos se han formado gracias a que los recursos naturales
han sido monopolizados por unos pocos que se han hecho ricos con el
aumento de la población y la consiguiente mayor demanda. Situados esos
individuos en puntos estratégicos del mundo industrial, han arrancado
tributos a la sociedad ni más ni menos como lo hacían los caballeros
bandidos de otros tiempos. Bajo esta circunstancia, el aumento de la
riqueza no ha significado ni una eficiente utilización de los recursos
del continente, ni una mayor ventaja social derivada de su uso. El
aumento de la producción ha venido acompañado de aumento de desigualdad
en la distribución».
La distribución desigual va acompañada generalmente de una pobre
economía y de baja eficiencia en la obra de la producción. Mientras
por un lado se ha desarrollado en el país un espléndido tipo de
organizador de negocios, hay que notar por el otro las pérdidas
sociales que resultan del exceso de trabajo, de la labor de los
niños, de las enfermedades profesionales, de los accidentes y del
vivir en arrabales y malas habitaciones. Una mejor organización de la
industria y de la distribución de la riqueza evitaría muchos de estos
males y elevaría el nivel general de la eficiencia. Gran desigualdad
significa también menos placer en el consumo de la riqueza. Lo que
se necesita es no solamente más y más riqueza, sino que ésta sea de
tal manera distribuida que el bienestar, la satisfacción económica
de la sociedad pueda ser llevada a su más alto grado. La suma total
de las satisfacciones económicas tiene que ser mayor en una sociedad
donde reine una justa igualdad de distribución que en otra donde el
millonario se codee con el vagabundo. Da prueba, por último, de cierta
inconsistencia, por no decir que se halla amenazada de un peligro, la
sociedad que es en el orden político democrática, y, al mismo tiempo,
en el económico plutocrática»[22].
Sin embargo, con motivo de la guerra europea, tuvo el Gobierno que
entrar por el camino de tomar medidas consideradas por algunos como
propias de un estado socialista, como ser la apropiación y manejo de
los ferrocarriles, y de otras inspiradas en un amplio criterio de
justicia social, como la ley que ha venido a gravar la renta y llegado
hasta imponer el sesenta y cinco por ciento de contribución a las más
grandes fortunas.
Aunque nunca haya sido el socialismo una entidad política preponderante
en los Estados Unidos, no por esto deja de inspirar cuidado. «Hasta
ahora no es muy extenso el número de adeptos oficiales al partido
socialista en nuestro país, dice N. Murray Butler, pero las doctrinas
y enseñanzas del socialismo se están difundiendo sistemática y
vehementemente entre nosotros. Muchas escuelas y colegios y muchos
púlpitos se dedican consciente e inconscientemente a tal labor. En
las elecciones de 1916, el partido socialista de los Estados Unidos
obtuvo casi exactamente el 3,3 por ciento de la votación total. Es
probable que a causa de haber adoptado oficialmente la política
internacional de los bolchevistas rusos se haya alienado el partido
socialista la simpatía de sus primitivos defensores, hasta el punto de
que los votos a su favor se redujeran a menos del dos por ciento. Por
pequeño que parezca este número representa una organización y actividad
desproporcionada con su importancia. No es posible equivocarse respecto
de su programa. Califica abiertamente de inmoral nuestra Constitución.
Acusa de mercenarios, de pillos, de hombres de inteligencia mediocre
y de abogados de la clase capitalista a los padres de la nación. La
plataforma del partido socialista en 1912 demandaba explícitamente no
sólo la política comunista, sino la abolición del Senado de los Estados
Unidos y de la facultad del Presidente de imponer el veto; la abolición
de los tribunales federales, con excepción de la Corte Suprema y la
elección de todos los jueces por corto tiempo»[23].
Tampoco faltan los anarquistas, como lo prueban los numerosos atentados
dinamiteros llevados a cabo en 1919, en las principales ciudades de
la Unión, en contra de miembros de la judicatura de financieros y
de hombres públicos. Entre las asociaciones obreras es tenida por
francamente maximalista la de los I. W. W. (Industrial Workers of the
World. Trabajadores industriales del mundo).
Los detalles apuntados sobre los trusts y los anarquistas manifiestan
que el espléndido cuadro económico y social de los Estados Unidos no
carece de sombras. Es condición de los extranjeros dejarse deslumbrar
por las grandezas que encuentran fuera de su patria y exagerarlas para
presentarlas con la mejor intención como modelos. Esto les ocurre a
muchos sud-americanos, y no sería raro que en especial a los chilenos,
con las magnificencias de los Estados Unidos. El edificio económico
de este país es sin duda imponente y superior a cuanto se ha visto
hasta ahora en la historia, pero, como toda sociedad humana, sin
excepción, la norte-americana no puede sustraerse a la ley de que vayan
apareciendo desperfectos en ella, que engendran descontentos y reclaman
reformas.
EL ESPÍRITU DEMOCRÁTICO.--FALTA DE CEREMONIAS Y RUDEZA DE MANERAS.--En
otro capítulo he hablado ya de las instituciones de la democracia
americana y en este momento no cabe sino recordar cómo su espíritu se
muestra en la manera de ser de los americanos.
Este es un pueblo muy poco afecto a las ceremonias. Recién llegado a
Berkeley, le pregunté a un profesor de la Universidad de California,
cómo debería tratar a un decano que me acababan de presentar y si era
la costumbre dirigirse a ese funcionario con su título más alto y
llamarlo Decano Jones o decirle simplemente profesor Jones. «Oh no, fué
la contestación», llámelo Mr. Jones y basta. Nosotros somos un pueblo
sin ceremonias. Cuando vaya a ver al Presidente de la República no
se preocupe de fórmulas de especial cortesía ni de nada semejante y
dígale con toda naturalidad «¿Cómo le va, Mr. Wilson?».
No es raro que a las personas a quienes se ha invitado a tomar el
lunch o a comer las conviden también los dueños de casa, después de
los postres, a lavar junto con ellos los platos en la repostería o en
la cocina. Es éste, sin duda, un caso de falta de ceremonias; pero es
igualmente un resultado de la falta de servidumbre que proviene de la
elevación creciente de las clases sociales bajas y de las oportunidades
que se les ofrecen de ocuparse en mejores condiciones en las fábricas y
talleres.
Los hombres no se sacan generalmente el sombrero para saludar a otros
hombres y ni los estudiantes proceden de otra manera con sus profesores.
Los comerciantes suelen no ser muy amables. Quieren despacharse
pronto y no se insinúan con el cliente. A veces dan ganas de quedarse
descalzo antes que comprarle botines a un sujeto que se le pone a uno
por delante y parece decirle con su actitud: «No se demore tanto,
señor, apúrese, elija pronto, pague y váyase». En cierta ocasión un
joven sud-americano, estaba comprando una maquinita para afeitarse y
pedía explicaciones sobre su mecanismo. «No pregunte tanto, señor, le
contestó el vendedor, ejercite su propio juicio».
De regreso de Washington a Nueva York nos quedamos un día en Baltimore.
Buscamos una pieza en uno de los mejores hoteles de la ciudad y como
nos pidieran seis dólares por ella al día, sin comidas, quisimos verla
antes de tomarla. Subimos cinco o seis pisos. No era muy buena; pero,
en fin, es por un día, nos dijimos mi esposa y yo. Era pleno verano; el
día de mucho calor y veníamos sofocados por el viaje en tren. Pedimos
agua fresca para beber y nos dispusimos a lavarnos. En esto suena el
teléfono de la pieza. Era el administrador que me llamaba desde la
oficina.
--No ha dicho usted si se queda con la pieza.
--Sí me quedo, le contesté.
--Baje entonces a inscribirse en el libro del establecimiento.
--En cuanto me lave bajaré.
Poco después entró el mozo con el agua fresca y me dijo:
--El administrador dice que baje a inscribirse, señor.
--Ya le he contestado que en cuanto me lave bajaré.
Al poco rato nuevamente el repiqueteo del teléfono. Otra vez el
administrador.
--Ya le he dicho, señor, que baje a registrarse, me observó en un tono
que no tenía nada de amable...
--Y yo le he respondido que en cuanto me lave bajaré, repuse, y corté
la comunicación.
Después de unos pocos minutos golpean a la puerta.
--Adelante.
Nadie entra. Nuevos golpes.
--Adelante, exclamé con más fuerza.
Nadie entró tampoco. En mangas de camisa y sin cuello tuve que abrir
yo mismo la puerta. Era el administrador en persona que venía a
insistir en que bajara inmediatamente a inscribirme. Le repetí lo que
ya le había dicho, agregándole que no me explicaba su proceder, que
encontraba muy descortés. Le dije también quién era (aunque esto en
verdad no significaba un argumento de mucho peso) y le presenté mi
tarjeta.
--No tengo nada que ver con quién sea usted, me contestó; o baja
inmediatamente a registrarse o deja la pieza.
--No cabe la menor duda, señor, le dejo la pieza.
No era grato quedarse en una casa dirigida por semejante energúmeno.
Guardamos precipitadamente los objetos de tocador y ropa que ya
habíamos sacado de las maletas, arreglamos nuestras personas como
pudimos y nos marchamos. Me fuí pensando que seguramente los
reglamentos de policía exigen que todo pasajero se inscriba en el
registro del hotel antes de instalarse; pero que ese administrador
era un majadero cuyo cerebro estrecho no le consentía elasticidad
para aplicarlos y llegaba hasta la grosería en lo que él estimaba el
cumplimiento de su deber.
No son escasas las veces, por otro lado, en que los empleados de
tiendas y almacenes, especialmente algunas niñas, dan prueba de una
paciencia estoica y de amabilidad sincera. Después que el cliente
solicita los precios de cuanta cosa se le ocurre, lo revuelve y lo mira
todo, hace perder media hora y no compra nada, la empleada lo despide
con la más dulce sonrisa diciendole:
«_I see you again, come again», «hasta la vista, venga otra vez._».
ACTIVIDAD.--Es un hecho reconocido que el clima de los Estados
Unidos, continental, variable y crudo como es, posee grandes virtudes
vigorizantes y estimulantes. Un viejo marino inglés decía que él se
tomaba una botella de vino en cada comida en Liverpool, y no podía, por
efecto del clima, tomar más de media botella en Nueva York.
En un párrafo anterior hemos visto cómo este clima ha transformado
favorablemente a los retoños de las razas europeas transplantadas al
Nuevo Mundo.
Aquí tenemos indicados dos de los antecedentes explicativos de la
actividad norte-americana: el clima y la raza. Habría que tomar en
cuenta también la acción de las instituciones democráticas. Ya hemos
dicho en una página reciente de qué manera éstas han obrado como focos
de absorción para atraer a las gentes de todo el mundo, seduciéndolas
con sus oportunidades de vida libre y próspera. El federalismo y la
falta de centralización son aspectos muy importantes de este mismo
fenómeno. En los Estados Unidos no hay una sola gran capital, un gran
centro que sea considerado por los habitantes del país como el único
lugar posible para vivir, y hacia el cual vuelvan todos la atención
de sus espíritus dócilmente imantados. No ocurre lo que en Francia y
la Argentina donde la gente se disloca por París y Buenos Aires, ni
tampoco lo que pasa en nuestro pequeño mundo de Chile, cuyos habitantes
provincianos parecen sufrir de una especie de desviación espiritual
a fuerza de mirar tanto hacia Santiago y de suspirar por él. En los
Estados Unidos, Washington, la capital federal, no puede competir, en
cuanto centro de atracción, con los grandes emporios del comercio y de
la industria; y el hecho de que Nueva York sea una metrópoli colosal
de siete millones de habitantes, no quita que muchas ciudades como
Chicago, Filadelfia, Baltimore, Boston, San Francisco, Los Angeles,
Buffalo, San Luis, y varias otras, constituyan centros importantes,
autónomos en cuanto a sus elementos de cultura y con caracteres
distintivos y propios. Muchas de estas condiciones se encuentran aún
en pequeñas ciudades universitarias como New Haven, Berkeley, Ithaca,
Princeton, Palo Alto, etc. De aquí resulta en general la existencia
por doquiera de un ambiente favorable a la actividad porque el
norte-americano encuentra en cualquier parte los elementos de una vida
completa y hace dar a su iniciativa donde le toca el mayor rendimiento
posible, sin que necesite esperar algo de un centro más o menos remoto.
Al lado de la influencia externa de las instituciones en el desarrollo
de las iniciativas individuales, es menester no olvidar la de la
educación, que tiende a la formación de personalidades independientes y
vigorosas. La educación, obrando de consuno en muchos casos con cierta
religiosidad tradicional y honda, llega a sugerir un concepto serio
de la vida, apartado de frivolidades y que busca la realización del
destino humano en el cumplimiento del deber y en las satisfacciones que
ofrece una existencia interior armónica y tranquila.
La actividad norte-americana lleva generalmente como perfume propio una
sana alegría, según hemos tenido ocasión de hacerlo ver más de una vez
en estas notas.
PATRIOTISMO.--Los norte-americanos han dado múltiples pruebas de
patriotismo en el curso de su historia y los ideales nacionales han
sido resortes poderosos en muchas de sus empresas de carácter político
y económico, como ser la lucha contra la esclavitud, la colonización
del Oeste y la ocupación de Oregón hacia 1842. Después de haber fijado
los límites entre los Estados Unidos y Canadá, hasta los montes
Roqueños, había quedado en suspenso la decisión relativa a las tierras
del Oeste, o sea principalmente Oregón. No inspirando confianza la
actitud de Inglaterra al respecto, los norte-americanos se lanzaron a
ocupar de hecho ese Estado, y gracias a su empuje quedó incorporado a
la Unión.
En los días en que estos apuntes fueron tomados, las manifestaciones de
patriotismo habían pasado a ser detalles de la vida cotidiana. A donde
volviera uno la vista encontraba la bandera estrellada flameando sola
o en compañía de las de las naciones aliadas. En las ventanas de las
casas se la veía frecuentemente al lado de la pequeña banderola en que
se indicaba con estrellitas cuantos miembros de la familia habían ido a
la guerra. A veces las estrellitas eran negras, lo que significaba que
ellos ya no volverían más. En las oficinas públicas y privadas y en los
almacenes, grandes banderas, a menudo con centenares de estrellitas,
decían la contribución de sangre que el personal había enviado al
Ejército de la Patria. Todo espectáculo empezaba invariablemente con el
himno nacional, ejecutado por la orquesta, a veces cantado, y que la
concurrencia escuchaba con recogimiento de pie.
La cooperación de todas las clases sociales en esos momentos supremos
era manifiesta. Ya he indicado en otro capítulo de qué manera se
levantaron los primeros empréstitos de la libertad en San Francisco.
Una vez terminada la guerra, le llegó el turno al último de ellos,
al de la victoria, destinado a saldar la situación. Fué como un
levantamiento general de las poblaciones en un movimiento arrebatador
de festividad patria y de civismo intensificado por los mil recursos
de la propaganda americana. Las amplias calles de altísimos edificios
ricamente embanderados y los faroles adornados con los colores
nacionales que terminaban en panoplias de flámulas y gallardetes
parecían estar de gala para recibir a un ejército victorioso.
La operación se inició con un discurso pronunciado por un alto
funcionario administrativo a mediodía en las gradas del edificio del
Tesoro en Nueva York. Los acordes marciales de una banda militar
detuvieron por un instante la inmensa corriente de gente que a esas
horas llenaba Wall Street y las inmediaciones de la Bolsa, y el orador,
bajo un sol de verano y al lado de la estatua de Washington, expuso las
razones de suscribir con creces el empréstito de la victoria.
Luego, millares de oradores, continuaron insistiendo en todas partes
sobre el mismo asunto durante una semana. Tinglados y tabladillos
se levantaron en las principales plazas y en las más concurridas
boca-calles de todas las avenidas donde pequeñas bandas de músicos
tocaban para atraer a la gente a oir la oración patriótica de los
propagandistas del empréstito. Los guardianes que dirigen el tráfico
callejero llevaban en la mano un disco con una V, que se levantaba
sobre la muchedumbre cada vez que ellos paraban o hacían continuar el
movimiento, para hacer presente la victoria y la necesidad que había
de pagarla. Agentes del empréstito recorrían las grandes arterias
en autos embanderados y tocando cencerros. Desde garitas levantadas
en las esquinas, damas ofrecían bonos a todos los transeuntes; y
vendedores de todas clases, hombres, mujeres y niños, lo asaltaban a
uno en las aceras y en los hoteles. En todos los teatros, hacia la
mitad del espectáculo, un orador pronunciaba un discurso sobre el
empréstito y luego empleadas de la empresa iban a vender bonos entre la
concurrencia. A veces el orador mostraba al público un casco prusiano
que decía haber sido tomado a un oficial del Kaiser y lo ofrecía
como premio al que comprara una suma alzada en bonos. No pasaba mucho
rato sin que el casco fuera entregado a algún señor de la platea o
de un palco. Se había organizado una sugestión inmensa, irresistible
para saldar la victoria; las ciudades competían unas con otras a fin
de sobrepasar la cuota que se les había señalado y de esta suerte se
suscribieron muchísimos más millones de los fijados por el Gobierno.
MORALIDAD (_la familia y el divorcio_).--Me atrevo a apuntar como
cualidades concomitantes de la actividad norte-americana en términos
generales a la moralidad y la religiosidad. No se me oculta que si es
arriesgado hablar de la psicología de un pueblo, no lo es menos hacerlo
de la moralidad. Nunca faltan razones y datos para sostener en este
terreno las tesis más opuestas. En contra de la moralidad americana se
recuerdan los estupendos golpes de mano que suelen dar los criminales
de aquel país. A no pocos he oído quejarse de la falta de honradez y
seriedad de los comerciantes yanquis. No obstante algunos incidentes
apuntados en estas notas, que pudieran pesar en contrario, mi impresión
general, formada con detalles que también he referido y con el trato de
gente principalmente universitaria, es que los norte-americanos son por
lo común buenos y honrados. Llegaría a decir que en la apreciación que
este pueblo hace de las facultades y valores humanos prefiere la bondad
a la habilidad.
Se suele afirmar también que en los Estados Unidos la familia casi
no existe, que se halla en plena disolución. En verdad, no existe con
los caracteres tradicionales con que se suele presentar en algunos
pueblos de Chile, donde se ven casos de que vivan sólidamente unidas en
un mismo hogar tres generaciones, de abuelos a nietos, incluyendo un
respetable número de yernos y de nueras. Se encuentra, sí, la familia
en el sentido estricto del término, es decir, como el grupo formado
por un matrimonio y sus hijos o un matrimonio solo. Nicolás Murray
Butler habla en el estudio ya citado de que en los Estados Unidos hay
más de diez y ocho millones de viviendas ocupadas aproximadamente por
veintiún millones de familias y de que seis millones de familias poseen
propiedades sin gravamen y otros tres millones son propietarios de
bienes sujetos a hipotecas.
También es cierto, que esta familia en sentido estricto no tiene en
los Estados Unidos los caracteres de inmutabilidad y solidez que
la distinguen en Chile; pero quedaría todavía por averiguar si las
condiciones de acá son mejores que las de allá.
Se observa que el número de los divorcios ha ido en proporción
creciente de año en año después de la guerra separatista, como se ve en
las siguientes columnas: