--Explícate, Casilda, explícate--dijo ansiosamente.--¿Estás tú loca o
estoy yo idiota?
Y misia Casilda habló, con esa incoherencia de las grandes emociones.
--No, Pablo, es que aquí, en casa, sucede una cosa horrible, una
desgracia inaudita... ¿ves? ya estoy llorando; no puedo contenerme...
tengo el cuerpo como si me hubieran dado de palos y alguien se me
hubiera paseado por encima luego... anoche no he pegado mis ojos,
cavilando, cavilando... pues, sucede, Pablo, que Quilito, de él se
trata, desgraciadamente, en ese juego maldito de la Bolsa, ha perdido...
no sé cuánto, mucho, y debe, y no puede pagar y ese don Raimundo irá
mañana a casa de Esteven, y esto no lo podemos consentir...
--¿Qué dices, Casilda, qué dices? no te entiendo; hablas de un modo...
--Verás: Quilito, entre otras deudas, debe treinta mil nacionales:
¡figúrate! treinta mil nacionales, a un prestamista, que ya estuvo hoy a
cobrarlos el muy sinvergüenza, porque hoy vencía el plazo... ahí tienes,
¿cómo deja el Gobierno andar sueltos a estos pícaros, que así engañan y
estafan a niños sin responsabilidad? Porque estoy segura que de esa suma
Quilito apenas habrá tomado diez mil, y el resto será los intereses del
usurero... sobre esto había yo de escribir un remetido... ese pagaré no
debiera ser válido, ¿verdad? naturalmente. Pues, Quilito, sin darse
cuenta de lo que hacía, con tal de que el prestamista le diera lo que
necesitaba, ofreció la garantía, ¿de quién te parece? ¡de Esteven!
¿comprendes ahora? ¿no? está bien claro, Pablo; dijo Esteven como
hubiera dicho cualquier otro nombre conocido en el comercio...
--No está claro--exclamó don Pablo Aquiles, que iba perdiendo el color y
la calma,--ningún prestamista da sin una firma de garantía, si la
persona no le inspira la suficiente confianza, y no podía inspirársela
un niño de teta como esa desgraciada criatura; ¿has visto tú la firma de
Esteven en el pagaré?
--No, la firma no--contestó la señora confusa y embrollándose;--pero, en
fin, yo no entiendo de esto; lo único que puedo decirte es que si mañana
no entregamos los treinta mil nacionales, el prestamista, que tiene a
Esteven por fiador de Quilito, no sé por qué, irá a presentar a ese
hombre la letra protestada: esta es la situación. Cuando yo lo supe,
figúrate cómo me pondría y qué de cosas le diría a ese mal aconsejado
niño, porque, no tengas duda, le arrastran los amigotes, y Quilito había
dado en la manía de hacerse un Creso de la noche a la mañana... ya ves
si tenía yo razón y no era tan pesimista... Antes de decirte nada,
intenté allegar recursos, empeñando cuanta antigualla de algún precio y
chafalonía guardaba en el armario: hasta mi Virgen de Luján ha ido a
casa del prendero; y no bastando esto, ¡qué había de bastar! me fuí a
casa de misia Petronila a pedirle un préstamo sobre nuestra casita, y no
ha querido... ¿qué hacer? el plazo es tan corto, que no da tiempo para
nada; ¿hemos de consentir que un pagaré firmado por Aquiles Vargas vaya
a manos de ese hombre? ¡no, por Dios!... he luchado con la idea, he
luchado, pero no encuentro yo otra solución: Esteven nos ha robado
nuestra fortuna, la que, por delicadeza y por orgullo, no hemos querido
reivindicar ante los tribunales, fortuna que ha gozado y sigue
gozando... pues bien, llega este caso, desgraciado, fatal, y yo,
apretándome el corazón y pisoteando mi amor propio, voy a Gregoria, que
dígase lo que se quiera, es nuestra hermana... con él no deseo nada, ni
verle... voy a Gregoria y la digo: Mira, yo nunca te he pedido nada,
nunca te he molestado en la posesión de lo que nos dejó nuestro padre,
pero hoy me pasa esto: Quilito, el hijo de tu hermano y de la hermana de
tu marido, que es Vargas y Esteven como tú y como tus propios hijos,
debe esta cantidad, y la honra y quizá la vida le va en pagarla:
préstame esa suma, Gregoria, y toma mi casa, lo único que poseemos, en
garantía; ya ves que no vengo a pedirte nada, no vengo a que me des
nada. Esto o algo parecido la diré, y estoy segura que ha de atenderme,
porque Gregoria no es mala y si se ha mostrado tan dura para nosotros,
es porque el marido la domina completamente... Comprendo que, después de
veinte años de interrupción de relaciones, es humillante, es humillante
ir a solicitar un favor de este género, pero... ¡hay que salvar la vida
de Quilito! ¿sabes? me ha dicho que va a matarse, y si él muere, ¿qué
será de nosotros que no tenemos más luz y más alegría que Quilito?
Eran tales las sensaciones que experimentaba el mísero don Pablo
Aquiles, que cada palabra de la hermana era una gota de aceite hirviente
que le caía sobre la piel; se quitó el sombrero y el abrigo, dejó el
bastón sobre la mesa, volvió a sentarse y a levantarse, paseaba, se
detenía a escuchar a misia Casilda, hizo ademán de subir a las
habitaciones altas, para ahogar al calaverilla del hijo; pero se
contenía y se sentaba otra vez, atusándose el bigote, mordiéndose los
labios, palmeándose la calva reluciente. Y cuando la señora calló,
aniquilada, él prorrumpió en amarga lamentación contra la suerte negra
que le acompañaba en la vida: de niño, torturado por la severidad
exagerada del padre; de joven, castigado por la pérdida de la mujer y de
su fortuna, y ahora, de viejo, obligado a abandonar la última ilusión
que le quedaba y le sostenía: ¡su hijo! Porque, después de esto, ¿cómo
tener confianza en el porvenir? si para vencer los rigores del presente
había que agacharse a lamer las botas del aborrecido enemigo...
--No, no, Casilda--exclamó con desesperación,--todo menos eso, todo
menos eso... Es cierto que no pediríamos sino una parte mínima de lo que
nos corresponde, y no en calidad de donativo, sino en calidad de
préstamo, pero siempre sería pedir un servicio, un favor, a ellos, los
Esteven. ¿Y si no te reciben, desgraciada? ¿y si no te lo hacen ese
favor que vas a pedirles poco menos que de rodillas, porque no quieren,
o porque no pueden, arruinados como dicen que están? ¡Sería una
humillación vergonzosa y estéril!
--¿Qué me importa? Nadie más soberbia que yo, y me humillaré, sin
embargo, y besaré el suelo, si es preciso; se trata de Quilito que, por
mi boca, va a pedir lo suyo. Para mí nada quiero: cáscaras comería,
antes que poner los pies en esa casa. Y si nada consigo, me quedará la
conciencia tranquila, por haber tentado todos los medios de salvarle.
Con esto no podía transigir don Pablo Aquiles: ¡todo, menos eso! se
buscaría, se pensaría, se iría a golpear a todas las puertas, y cuando
todas se hubieran cerrado, entonces... y aun así, ¡quién sabe! Repasó la
historia antigua de la familia, insistiendo sobre los hechos conocidos
en que fué triste actor Bernardino Esteven, y en que tan poco airoso
papel representó Gregoria; recordó sus miserias de veinte años, las
estrecheces soportadas con resignación y valentía, sin que jamás
hubieran necesitado pedir limosna a nadie: como se habían bastado a sí
mismos, y educado al niño de la casa con el mimo y la holgura de un
señorito rico...
--Y esto lo olvidamos hoy, Casilda, yendo a prosternarnos ante ellos,
los Esteven. Mira, cuando pienso en lo que ha venido a parar nuestro
orgullo, todos los nervios me vibran, y pacífico como soy, no sé, siento
ansias de atropellarlo todo o de romperme la cabeza contra esa pared.
¡Señor! yo he trabajado honradamente toda mi vida; no he distraído jamás
un centavo de mi humilde paga, ¡tú puedes decirlo, Casilda! todo para la
casa, todo para el niño de la casa: que se eduque bien, que se vista
bien, que viva, que goce... mañana, hombre de provecho, me resarcirá de
mis desvelos, y esa fortuna que su padre ha perdido, por desgracia y por
inepcia, lo confieso, él sabrá reconquistarla por medio de la labor
honesta... en lugar de esto, ¿qué sucede, Casilda? que no contento con
el sacrificio que le hemos hecho, de dedicar nuestra vida al cuidado de
la suya, de ahogar nuestros deseos más humildes para dar expansión a los
suyos, y de haber comprometido nuestra posición modestísima, quiere
ahora tomar nuestra dignidad, lo único que nos queda, lo único que nos
ha dejado... ¡No, esto no será, porque yo no quiero que sea! ¿debe? que
pague; ¿no puede pagar? ¡que reviente!
Estaba transformado don Pablo, y hasta los pájaros de la pantalla
debieron volver sus cuellos arqueados y sus largos picos, asombrados de
oír hablar así al viejo pusilánime que, noche a noche, iba a contarles
sus tristezas.
--¡Ah! Pablo, Pablo--dijo misia Casilda con un suspiro,--no es tu
corazón el que ahora habla.
Recordarle a ella los hechos pasados, cuando su memoria, reavivada por
el rencor, se los presentaba día a día, más patentes cuanto más lejanos,
tenía razón, muchísima razón: era horrible, era injusto, era inicuo...
ella no excusaba a Quilito, pero, en la situación en que se encontraba,
había que salvarle, ¿de qué manera? veinticuatro horas hacía que estaba
sufriendo esta tortura, y no halló más salida que esa, la más difícil...
Y pensarlo bien, ¿no era más humillante que el pagaré cayera en poder de
Esteven, quien podía creer que ella y el padre estaban complicados en el
enjuague?
--Pero, ¿dónde está el enjuague?--replicaba don Pablo.--Esteven dirá al
prestamista: ¿Y a mí qué me cuenta usted? y le despedirá con cajas
destempladas. Porque si el prestamista se ha contentado con la palabra
del chico, ya está aviado.
La señora no tenía argumentos que oponer a estas razones, porque el
gordo, el de la firma falsificada, no lo largaría ella jamás; pero
insistió en lo crítico de la situación, en los pasos inútiles que habían
dado, ella y el mismo Quilito.
--Si tú pudieras hacer algo--decía,--pero no, tienes las manos atadas,
y, ¿acaso, una finca se enajena con la facilidad de un objeto
cualquiera? hay que darse cuenta, Pablo, de la espantosa desgracia que
pesa sobre nosotros. Quilito está obligado a pagar esa suma mañana, y si
no puede, se matará; le conozco demasiado.
--¡Todo, menos eso!--repetía, don Pablo Aquiles, agitándose en el
sillón.
Y misia Casilda, aferrada a su idea salvadora, repetía que era pedir lo
suyo, ahora que se necesitaba, y a título de préstamo: una vez
reintegrado, que siguieran gozando de la fortuna benditos de Dios,
porque los treinta mil pesos serían reintegrados y cuanto antes: ese
dinero les quemaría las manos, con ser de su propiedad, como era. ¿Y
creía él que ella no sufría de verse en la dura necesidad de recurrir a
Gregoria, su implacable hermana? Al subir la escalera de aquella casa,
iba a parecerle que subía los peldaños del cadalso...
--¿Qué hacer, Pablo, si no? ¿qué hacer?
Pero don Pablo no cedía, ceñudo e iracundo. ¡Iba a matarse, decía el
niño que iba a matarse; después de asesinar a su padre, bien podía
hacerlo, en desagravio! ¡y asesinado de qué manera! a traición, con
alevosía.
--¡Ten compasión, Pablo, de él y de mí!--exclamó la señora,--mira, no
iré a casa de Esteven, si no quieres; buscaremos por otro lado, volveré
a casa de misia Petronila, correré la ceca y la meca... tú mismo, ¿por
qué no sales y ensayas? ¡Hay que evitar, a todo trance, que Esteven vea
el pagaré, a todo trance, Pablo!... No vendré a casa, sino cuando ya no
pueda más; aunque sea de noche, no te alarmes... Y voy a pedirte una
cosa: no digas nada a Quilito, que la ocasión no es de recriminaciones.
Valor, Pablo, valor; verás, la Virgen de Luján nos ha de ayudar... Hasta
luego, adiós.
Dejóle desplomado en el sillón, tan abatido, que no hizo un movimiento
para detenerla, no dijo una palabra para estimularla en la espinosa
jornada que emprendía: el golpe habíalo atontado y se le oía barbotar:
--¡Todo, todo, menos eso!
Misia Casilda salió, con paso resuelto, y tomó la calle de Moreno, rumbo
al Este.
--Si él supiera, sería el primero en decirme que fuera a casa de
Esteven, si no iba él en persona... ¡Cómo permitir que ese hombre se
entere de la vergonzosa acción de Quilito! ¡ay, sólo de pensarlo, la
cabeza se me va!... ¿Me recibirá Gregoria? Creo que no llevará su rencor
hasta el punto de arrojarme de su casa; me parece que no voy a poder
subir la escalera, ya los nervios me bailan y el corazón me da saltos:
debo estar blanca como un papel... ¿Por dónde empezaré? ¿entraré altiva
o humilde? humilde, ¡Dios mío! porque voy a humillarme; ¡qué paso tan
penoso! Sólo por él, por salvarle... si mañana no tenemos la suma justa,
la falsificación queda descubierta... ¡qué horror! a lo que se exponen
estas criaturas sin discernimiento; porque Quilito lo ha hecho de
inocente, de atolondrado... ¡Volver a casa de misia Petronila! ¿a qué?
para sufrir un segundo desaire: no, lo mejor, es esto; Gregoria no puede
negármelo: si no es para mí, ni para Pablo, es para el hijo de Pilar,
una Esteven, ya que desprecia tanto a los Vargas, olvidando el apellido
que lleva. Entraré y la diré... no sé, no sé; cuando me vea delante de
ella, después de tantos años... ¡Dios mío! ¡no tendré valor! ¡y si ese
hombre sale! cara a cara no le he visto, desde aquella vez que le llamé
ladrón con todas sus letras... ¡Ah! y aquella otra que estuvo en casa,
de luto, el muy hipócrita, a entregar la herencia irrisoria que se dignó
concedernos... Llevo toda la sangre revuelta, y cuanto más me acerco,
más me abandona el valor... Creí que la provisión hecha, después de
tanto cavilar y llorar, alcanzaría hasta el fin de mi empresa... Vamos,
Casilda, no olvides que este sacrificio que haces, es por salvar a
Quilito. Esta es la calle de Tacuarí: me faltan tres _cuadras_ todavía,
y sospecho que no podré llegar... voy como borracha, ¿qué dirá la gente?
tomaré un coche... Dame fuerzas, Virgen santísima, para subir este
Calvario... seguiré a pie, mejor, ya falta poco...
Así pensaba la tía Silda, y según sus ideas, más o menos animosas,
apresuraba o acortaba el paso; en la esquina de Piedras se paró, porque
al mirarse en el espejo de un escaparate, se vió de cuerpo entero, la
estampa viva de esas pobres vergonzantes, viudas de pega, generalmente,
que andan hocicando en las casas ricas, de mantón y velo color de ratón,
con lágrimas perennes, como cristalizadas, en los ojos, y en la mano,
cubierta a medias por mitones agujereados, el certificado, amarillo y
grasiento, de la parroquia, lleno de borrones y de firmas ilegibles.
Digo que esto se le figuró a misia Casilda, a causa del estado de ánimo
en que se encontraba, y comparación tan injusta como ésta no se ha
hecho, pues señora más atildada y limpita que ella no podía haberla;
pero lo cierto es que se paró, deseosa de volverse atrás.
--Segura estoy que los criados de Gregoria van a tomarme por una de
estas mujeres, que piden limosna para el hijo tullido, y no me dejarán
pasar... esto, si no me traen, de parte de la señora, un puñado de
cobres... ¡ay, Dios mío! ¿no sería mejor volverme?
Luchando entre su amor propio, que se resistía, y su cariño a Quilito,
que la empujaba, llegó, y desde la esquina, miró la casa. ¡Cuántas
veces había pasado por delante, la cabeza muy alta, orgullosa de poder
proclamar con esta actitud, que no necesitaba de ellos, los Esteven!
quién la hubiera dicho entonces... Vió ante la puerta dos carros de
mudanza, y _changadores_ que entraban y salían, y descargaban en la
acera muebles, cuadros y estatuas; los sillones de brocatel, en medio de
la calle, las consolas doradas y los vasos de ónix, producían singular
efecto sobre la alfombra poco limpia del empedrado: era la casa de
Esteven que se desmoronaba, el lujo arrojado a escobazos por la ruina,
la soberbia insolente castigada por la justicia; aquellos rudos gañanes
eran sus ejecutores inconscientes. Misia Casilda se acercó, dando
vueltas en su imaginación a esta idea:
--¿Será cierto la marcha al Frigal? y si se van al Frigal, ¿será cierta
la quiebra?
El mal trago, pasarlo pronto: la señora entró, y sufriendo los codazos
de los mozos mal olientes, a la verdad, subió la escalera sucia de
polvo, deteniéndose, para dar paso a un mueble que bajaban o a un
changador, que subía. Arriba, en el vestíbulo, nadie: muebles por todos
lados, rollos de alfombra y de cuerdas, espejos arrimados a la pared;
algunas plantas, maltratadas, tristes en medio del desorden: las puertas
abiertas, mostrando el piso desnudo de las habitaciones... el sol, a
través de la vidriera, pintaba preciosos cuadritos de color sobre las
losas de mármol... allá dentro, se oía mucho bregar y voces y el canto
alegre de un canario.
--Nadie--pensaba misia Casilda,--ni un criado, ¿llamaré? ¡Dios mío! no
me atrevo; ganas me dan de bajarme y echar a correr... ahí viene
alguien. ¡Valor!
Cuatro changadores, con el piano en hombros, salieron por la puerta de
la antesala, y una vocecita fresca decía:
--¡Cuidado! reparar en los cristales y en el farol; más despacio,
agacharse un poco...
Los mozos, sudando, hipando, echando ternos y cuaternos, avanzaban,
encorvados, y el mueble, negro y lustroso, parecía un animal extraño, de
muchas patas; misia Casilda se apartó, y cuando la procesión hubo pasado
y el piano, dando encontrones, bajaba bufando la escalera, vió delante
de sí a una niña de trenzas rubias, que la miraba, pasmada de sorpresa.
Y de pronto, sin saber cómo, sin que ella hiciera un ademán ni dijera
una palabra, clavada por el estupor y la vergüenza, sintióse la señora
estrechar en cariñoso abrazo por la niña rubia, y la vocecita fresca,
que murmuraba:
--¡Oh, tía Silda, tía Silda!
Sin saber cómo tampoco, se vió en una habitación, que no habían
desguarnecido todavía, ella sentada y la niña a sus pies, besándola, y
repitiendo:
--¡Oh! tía Silda, tía Silda...
¡Qué buena era! había esperado la hora de la desgracia para venir, para
ofrecer la reconciliación a sus hermanos arruinados; antes, de ricos, no
quiso presentarse, sin duda, para que no creyeran que iba a pedirles
favores, pero, ahora, que la suerte les había hecho iguales, venía,
noblemente, generosamente, olvidando pasados agravios, a confundir sus
lágrimas con las de la familia hermana.
--¡Ah, tía Silda, que buena es usted! yo sin conocerla, siempre me la
había figurado así... Yo soy Susana, su sobrinita, que tanto la quiere,
porque yo la quiero, tía Silda, mucho, muchísimo; ¡qué alegre estoy! la
veo aquí y no lo creo... Es Dios mismo quien le ha inspirado este paso,
y su corazón bondadoso: yo siempre rogaba por usted y por el tío Pablo,
y pedía en todas mis oraciones que la reconciliación se hiciera, porque
no había razón, no había razón... ¿Vendrá también el tío Pablo? hoy es
día de fiesta para mí, y eso que debiera estar triste, porque, ¿ve usted
tía? estamos de mudanza, los muebles van al remate y nosotros al
Frigal... pobres como usted, tía Silda, pobres, después de haber tenido
tanto. Pero, esto no es una desgracia, ¿verdad? la pobreza es la menor
de las desgracias... Dígame algo, tía, dígame que quiere mucho a su
humilde sobrinita...
Misia Casilda, conmovida, besó a Susana con placer inefable; no se
cansaba de mirarla y de oírla, tan bella y tan discreta, la santita de
la casa, como sabía que la llamaban: era digna, sí, de ser amada, y el
pobre Quilito no exageraba cuando hacía su entusiasta panegírico... Ya
la niña se había levantado y hablaba gozosa, de ir a llamar a su madre.
--Verá qué contenta se pone, tía Silda, porque ella la quiere, en el
fondo, en el fondo, la quiere...
Pero, misia Casilda, temerosa, la retenía, diciendo que no deseaba
incomodar, que se marchaba.
--¡Marcharse usted! no faltaba más, tía, sin ver a mamá.
Se escapó, gritando alegremente:
--¡Mamá! ¡mamá!--como un ángel que va a anunciar la buena nueva.
La señora se había puesto de pie, pálida como un cirio... y si sus
piernas la hubieran obedecido, habría huído de aquella casa, donde nada
tenía ya que hacer, puesto que su intención era otra bien distinta de la
que la santita le prestaba: repugnábale pasar por más generosa de lo
que, humanamente, se creía capaz... Y se oyó la vocecita fresca:
--¡Es la tía Silda, mamá, es la tía Silda!
Y cuando ésta buscaba con los ojos espantados un agujero donde meterse,
donde no la vieran, misia Gregoria se presentó, traída de la mano por
Susana, radiante... En la puerta se detuvo y las dos hermanas, frente a
frente, se miraron, con asombro de verse así, tan cerca, después de
veinte años; ni una ni otra habló, rígidas las dos: Susana empujó a la
madre suavemente.
--Es la tía Silda, mamá; abrázala, porque es muy noble lo que ha hecho,
de acordarse de nosotros, ahora que ya no somos ricos.
La de Esteven, arma en ristre, asestó el primer golpe, diciendo entre
dientes, con amargura:
--¡Ah, tú aquí! ¡vienes a gozarte, sin duda, en mi desgracia!
El tono era injurioso; la actitud, provocativa. Pero, misia Casilda, que
iba desarmada, se adelantó, tendiendo su mano.
--No, Gregoria, no--dijo,--vengo a verte... simplemente.
Susana dió nuevo empujoncito a la madre, y misia Gregoria tomó la mano
que se la ofrecía... Y blandió el arma otra vez.
--¡Ahora te acuerdas!
Las dos manos se soltaron, después de rozarse tibiamente; y ambas
hermanas sentáronse, Gregoria, pronta siempre a herir; Casilda,
resignada a sufrir, sin dar el cambio, todos los golpes, que le fueran
dirigidos. La de Esteven pensaba:
--¿A qué vendrá ésta? ¿qué mosca la habrá picado? ¡es ocurrencia!
después de tantos años... y cuando nadie la llamaba; ella no podrá decir
que haya hecho yo la menor insinuación. Si creerá que esta visita de
desagravio va a hacerme olvidar su conducta con nosotros... pero, ¡ya
caigo! tú vienes por el renacuajo, a ver si así, después de este paso,
logras meterlo en la casa... ¡pero ya escampa!
Y la de Vargas:
--¡Siempre la misma! no sé cómo he podido yo figurarme que iba a
recibirme de otra manera... ¡si no tiene corazón! ¿Por qué no habré
escuchado a Pablo? me he humillado inútilmente... tres puntos en la
lengua me daré, antes de pedirle nada; además... ¡están arruinados! era
cierta la quiebra. Quisiera estar a cien leguas, no haber venido. ¡Ah,
Quilito, Quilito!
El silencio se hacía embarazoso. Misia Casilda dijo, mirando a Susana:
--¿Esta es la mayor, Gregoria?
--Sí--contestó la de Esteven,--la mayor.
--Y a Angelita, ¿no la conoce usted, tía Silda?--intervino la niña,
viendo que el silencio volvía.
--La conozco, sí, de vista.
--La llamaré...
--Déjala; no quiero molestarla.
--Voy a llamarla.
Y escapó. Las dos hermanas, solas ya, mirábanse de reojo.
--¡Qué tiempo tan hermoso!--dijo la de Vargas.
--Muy hermoso--repitió la de Esteven,--no parece de invierno.
--No parece, no... de modo que... ¿se van ustedes al Frigal?
--Sí, nos vamos al Frigal.
Esto dió pie a misia Gregoria para hablar de la situación, de cómo
estaba todo, los alquileres por las nubes... luego, ¡la dichosa Bolsa!
El que entra allá, sale sin pellejo. Así es, que se iban a la
_estancia_, a reponerse; lo que no le daba vergüenza confesar, porque no
era ella la única...
--Si es la peste que tenemos encima--apoyó misia Casilda,--no sé
nosotros lo que haremos, sin _estancia_ dónde refugiarnos... pero
felizmente, hasta ahora no nos podemos quejar.
Nuevo silencio, que una y otra interrumpían para decir una frase vulgar
sobre la vida del campo, el trabajo que da una mudanza... La de Vargas
pensaba:
--Ni una palabra me ha dicho de Pablo, ¡qué mala es!... y tanto hablar
de su estado de fortuna: sin duda teme que yo le pida algo; me guardaré
bien de hacerlo. ¡Ay! ¿por qué habré venido?
Y la de Esteven:
--¡No me ha preguntado por Bernardino! ¡qué rencorosa es!... he de
insistir en lo de nuestra ruina, porque viene a _pechar_... ya me ha
echado una indirecta sobre la _estancia_.
Vino Susana con Angelita, y ésta, desgreñada, mordiéndose las uñas, se
paró delante de misia Casilda, con aire de pifia...
--Esta es Angelita--dijo Susana risueña, presentándosela.--Abraza a la
tía Silda, Angelita.
--Ven, monina; ¡qué pícara es! tiene tus ojos, Gregoria.
La besó, y la muchacha, en vez de devolver la caricia, soltó una
carcajada estridente.
--¡Ah! la tía Silda, ¡ja, ja, ja, ja!
Y salió del cuarto riendo y haciendo cabriolas.
--Es una loca--observó misia Gregoria,--está furiosa porque nos vamos al
Frigal, ¡figúrate!
Susana, avergonzada, dijo que la hermanita era una muchacha sin juicio,
de la que no podía sacarse partido; Jacinto era otra cosa; no estaba
allí en aquel momento, si no le llamaría, para que la tía le conociera y
viera qué serio y qué hombre estaba.
--Papá se fue ayer a Montevideo--añadió la niña,--y no vuelve hasta la
semana entrante, que se irá al Frigal con nosotros; él va a sentir mucho
no haberla visto, tía Silda...
La de Vargas movía la cabeza, con una sonrisa forzada en los labios
pálidos.
--¡Ah! está en Montevideo... ¡Ah! sí, en Montevideo.
Y misia Gregoria, con indiferencia estudiada, explicó que Esteven se
había ido por sus negocios: un paseo de ocho días y nada más. Este
nombre, torpemente lanzado por la inocente niña, acabó de helar la
entrevista, ya de suyo glacial; misia Casilda esperaba el momento de
poder levantarse, y misia Gregoria deseaba impaciente verlo llegar. Las
miradas de reojo decían ahora: la de Esteven:
--¿No te vas todavía? ¿qué esperas? Ya habrás comprendido que nosotros
somos como el aceite y el vinagre, y que si no te he echado de casa, ha
sido por no dar escándalo, y de lástima de ver cómo te has agachado a
pedir perdón... Es en balde, hija; nunca nos entenderemos nosotros... lo
que yo siento, es no saber a qué has venido...
Y la de Vargas:
--¿Me despediré ya? me parece que aquí estoy de más... No, si no podía
ser de otro modo: con Gregoria nunca hemos congeniado, y lo que ha
habido entre nosotros, no es cosa que pueda olvidarse... Sin embargo, la
verdad es que me ha recibido, con política, si no con cariño... que
nunca podrá existir, ¡nunca!
Y Susana se entristecía, viendo que la reconciliación no era sellada con
un abrazo fraternal; allí estaban las dos, hablando de cosas
indiferentes, como personas extrañas; ¡y cuánto tenían que decirse, sin
embargo! ¿no valía más explicarse de una vez? ¿por qué se mostraba tan
intratable la madre, cuando la otra había dado, la primera, el gran
paso? ¡Por Dios! cuántas ilusiones se forjara en los breves instantes
que la tía Silda estaba en la casa; cuando la descubrió en el vestíbulo,
parada, como una evocación; cuando la vió darse la mano con su madre...
¡Era su magna empresa realizada! el Señor la había escuchado, y su
corazón latía de amor y de esperanza. Pero, así que misia Casilda se
levantó, en medio de un silencio más largo que los otros intervalos de
la conversación desganada, que habían sostenido con la punta de los
labios, Susana se abrazó a ella, suplicándola no se marchara todavía.
--Aquí estoy molestando, hijita, estáis muy ocupadas...
La de Esteven, de pie, no decía nada. Y cuando misia Casilda extendió la
mano, en señal de despedida, ella la tocó con la punta de los dedos,
articulando un adiós tan frío, que se le quedó congelado entre los
dientes. Acompañóla hasta el vestíbulo, y allí, en la puerta de la
antesala, con una inclinación seca de cabeza, la despidió, volviendo
luego la espalda, para hablar a los changadores... Susana besaba a la
tía.
--Prométame que no será ésta la última vez que vendrá--murmuraba
desolada,--usted es buena, tía Silda, y dispensará a mamá: ella es así,
pero en el fondo, la quiere... ¿Vendrá pronto? ¡y si no, porque no
estaremos, yo iré a visitarla a su casa, iré con muchísimo gusto, tía!
La señora retribuyóla sus caricias, prometiéndola cuanto quiso
pedirla...
--¡Pobrecita! es un ángel, no puede negarse--decía misia Casilda bajando
la escalera.
Y Susana, llorando, la tiraba besos como quien echa flores, con el
presentimiento que ya no vendría más, porque la reconciliación no se
había pactado... no, no vendría más; su empresa había fracasado y su
corazón, de duelo, ya no latía como antes. Pobre santita de la casa, que
así, en un momento, viera trocarse la miel en acíbar...
Ya en la calle, misia Casilda no supo adónde ir; estaba tan quemada de
la conducta de Gregoria, que se asombraba de su propia paciencia: cómo
había soportado en silencio el par de bofetadas con que la obsequió al
entrar, sobre todo aquel _ahora te acuerdas_, que llevaba más filo que
un puñal florentino; y luego el aire, la cara, el tono, cual si le
debieran y no le pagaran... ¡Valiente papelón había hecho, y todo para
salir como rata por tirante! ¡Qué candor el suyo de creer que iba a
conmoverse Gregoria con solo verla, que iba a sentirse tocada en el
corazón ante aquel acto de nobleza! Si en Gregoria no había que buscar
más que a la hembra y a la madre, pues fuera del instinto ciego por su
hombre y por su prole, no se encontraban en ella rastros de otra clase
de sentimientos, y esto habíalo probado muchas veces y acababa de
comprobarlo ahora. ¡Ah! si el pagaré falsificado llegaba a sus manos, la
suerte de Quilito estaba jugada; felizmente, Esteven había marchado a
Montevideo... Esto daría algún respiro, un plazo de ocho días era mucho
en las presentes circunstancias; entretanto, se buscaría con linterna un
comprador para la casa, o se harían diligencias para hipotecarla...
Pero, esta pálida esperanza no podía endulzar el trago amargo que la
señora acababa de pasar: sus mejillas de muñeca brotaban fuego, y la ira
contra sí misma por haber cedido a aquella idea de reconciliación tardía
y de fines interesados, se mezclaba a la que sentía contra su hermana,
tan orgullosa en la misma desgracia; si llega en otro momento, y pide,
la hubiera recibido de idéntica manera y despedido con un _no_ tan frío,
como aquel _adiós_, que parecía un puntapié.
--Y yo callada--decía misia Casilda, caminando sin rumbo,--como si no
tuviera lengua para decirle cuatro frescas; se me han quemado los
libros: cuando comprendí que mi visita era inútil, debí erguirme y
tratarla de igual a igual; ¿a qué humillarse? Creo que me he contenido
porque estaba delante aquel ángel, que no parece hija suya, si no... nos
hubieran oído los sordos, señora Gregoria... a Pablo no le hablaré jota
de esto, porque se enfermaría, y con razón, como voy a enfermarme yo, de
seguro... pero, ¿a dónde voy? no sé, no sé... a casa no me vuelvo así,
con las manos vacías; mi gran recurso ha hecho fiasco. ¡Dios mío! estoy
tan desesperada, que me arrojaría bajo ese tranvía que pasa... Yo pienso
que estos golpes de la vida la endurecen a una el corazón: estoy
contenta, sí, señor, de que haya tronado el ladrón de Esteven. Dios
castiga sin piedra ni palo: toma, toma... a comer cardos al Frigal
ahora... ¿a dónde voy? ¿a dónde voy?
Se acordó de míster Robert. Muchas veces le había oído a Quilito
ponderar aquel hombre, elogiando su honradez, su contracción, su
inteligencia; y cuando ella lo sacaba de ejemplo, estimulándole a
imitarle, el joven hacía burlas.
--Si eso no sirve para nada en el comercio, tía; hoy el que no es vivo y
no sabe pasar por todo, con arte, se fastidia: míster Robert, por culpa
suya, no ha de caer, pero le empujarán por detrás, y le tirarán de
cabeza, por _zonzo_, usted lo verá.
Ella, escandalizada de tales teorías, le zurraba de firme, con aquel
látigo de la moral casera, que tan bien sabía manejar... Puede ser;
míster Robert la auxiliaría con algún consejo, si le encontraba en el
escritorio, que no le encontraría quizá, por ser día de fiesta.
Dirigióse a la calle Piedad: ella sabía que el escritorio estaba al lado
de una tienda de juguetes y de una agencia marítima, pero pasó y repasó
sin dar con él: miraba las tablillas de las puertas y no veía el nombre
de Esteven... Aquí está la juguetería, cerrada; aquí está la agencia,
cerrada; ¿será esta? habían sacado las tablillas, pero la puerta no
parecía cerrada: empujó, y en la mampara de pino, imitando la caoba, vió
una chapa de porcelana con letras negras, que decía: Esteven y Compañía.
Aquí es... La señora entró.
Tres hombres había en el escritorio: uno, muy rubio, montado a caballo
sobre un banco alto, y dos, de barba, con los sombreros puestos,
paseando. Y el rubio decía:
--Esta es la situación: yo fuí y le hablé claro al padre y le mostré el
estado de la caja y de los libros: un pasivo de doscientos cincuenta mil
nacionales. Empeñarse en seguir era locura, porque en vez de ponernos a
flote, íbamos a hundirnos más, y con el capital a perder el crédito, es
decir, el mío, que el del socio ya andaba por los suelos, desde que su
nombre salió en la pizarra de la Bolsa, por no poder pagar... Ese día,
yo me resolví a la liquidación; felizmente, Esteven ha estado muy
razonable, lo confieso, y bien pudo no estarlo en medio de sus
compromisos, haciéndose cargo de la mayor parte del pasivo; pero,
cincuenta mil nacionales para mí es mucho, es todo, es la ruina otra
vez... ¡y va la tercera! Si esto es justicia y vale ser honrado, para
hacer el papel de víctima siempre, que venga Dios y lo vea...
--¿Y usted cree que los bienes de Esteven alcanzarán a cubrir los
créditos?--preguntó uno.
--Eso mismo se ha discutido en el concurso de acreedores--respondió
míster Robert,--y hasta se piensa que sí... Es indudable que, sin la
salida del doctor Eneene del gabinete, Esteven se hubiera repuesto
pronto: todos sabemos sus afinidades oficiales y el uso que hacía de
ellas, pero este golpe ha acabado de partirlo.
--El viaje a Montevideo me huele a mí a fuga--dijo el otro.
--Volverá o no volverá, pero los bienes responden de sus compromisos y
los acreedores no se preocupan de su salida de Buenos Aires; lo que sí
puedo asegurarles a ustedes es que el famoso don Bernardino es tipo de
volver a dominar la plaza; ya le veremos entrar triunfante, de nuevo.
--¿Y usted, amigo Robert?
--No sé todavía... ni quiero pensar lo que haré... iré a cavar la
tierra, ¿no es mejor? ¡Ah! ¡la Bolsa, la Bolsa! no la pizarra, las
columnas hubiera querido yo arrancar, como Sansón, para hacer desplomar
el templo maldito...
Misia Casilda, que había entrado sin ruido, parada junto a la mampara,
tosió para llamar la atención: el inglés saltó del banco y vino a ella.
--Señora...
--No se moleste usted, volveré más tarde...
--¿A quién tengo el honor...?
--Soy la tía de Aquiles Vargas.
Ya los otros se despedían.
--No faltarme esta noche--dijo míster Robert,--hoy es el santo de mi
padre, y mal que mal, lo celebraremos con pasteles hechos de manos de mi
mujer.
Salieron los dos, y el ex socio de Jacintito condujo a la señora al
sofá.
--Usted dirá, señora...
--Pido a usted mil perdones, caballero, si he venido a importunarle,
pero, usted conoce a mi sobrino, y por él conozco yo sus cualidades
recomendables...
Misia Casilda, francamente, no sabía cómo exponer el asunto que la
llevaba, de modo que lo entendiera míster Robert y el buen nombre de
Quilito no sufriera menoscabo.
--Esto es una consulta de médico, más bien--insinuó sonriendo
tristemente.
Dijo que a él acudía, como hombre práctico en negocios, y perdiéndose en
un laberinto de circunloquios, explicó a su manera el apuro en que se
encontraba: un pagaré a saldar al día siguiente, una casa con qué hacer
frente a este saldo y un comprador que faltaba, ¿qué podía intentarse?
El caso era grave.
--Y tiene todos los síntomas de la peste actual, señora--observó míster
Robert;--lo malo está que la botica grande, es decir, los Bancos, no
despachan ya. A su sobrino de usted se lo advertí que tuviera cuidado
con el contagio...
--¿Y yo, señor Robert? he gastado más saliva...
--Tanto andar con el apestado del primito...
--Eso es, ¡los amigotes! Así se lo decía hoy a mi hermano; pero, en fin,
señor Robert, espero que usted me dará un consejo o una información que
me sea útil; yo quiero vender esa casa, o hipotecarla o darla en
garantía de préstamo, ¿es posible esto en las veinticuatro horas?
--Señora, hay casos, como éste, en que la sangría está indicada: acuda
usted a los prestamistas particulares, a don Raimundo Portas, y no cito
más que uno, que tiene una lanceta y un pulso de operador admirables.
--No, don Raimundo Portas, no--exclamó misia Casilda con alarma poco
disimulada.
--¿Por qué no ve a Rocchio, el corredor?
--No, Rocchio, no--dijo la señora, rechazando este nombre con igual
alarma que el primero.
--Pues, entonces, voy a darle una tarjeta mía para un capitalista (a
usted le parecerá mentira que en esta época exista pájaro tan raro) de
mi conocimiento: es un hombre que tiene su capital saneadito, pues no se
ha metido en especulaciones, y compra ahora a bajo precio todas las
propiedades que puede acaparar; la mía, lo único que poseía, ha pasado a
sus manos así, en venta particular y por una suma irrisoria; debo
prevenirla, pues, que la operación será dolorosa.
--A todo estoy preparada, señor Robert--contestó misia Casilda
suspirando.
Y el inglés fué a extender la receta, como decía él con amarga ironía y
la entregó a la tía de Quilito.
--Calle de Santa Fe--leyó ésta;--lejitos es; tomaré el tranvía. Señor
Robert, muchas gracias...
Despidióse a estilo vulgar, con ofrecimiento del domicilio y de sus
servicios, y salió con más ánimo. ¡Qué trotar aquel día la infeliz
señora! No alcanzó el tranvía, y se fué a pie, porque tampoco halló
coche, y después de media hora de caminata, llegó a la casa indicada, y
tocó el llamador: nadie; subió la escalera de caracol, y en el primer
descanso, dió dos palmadas: silencio siempre; derrengada casi, sin
alientos, siguió subiendo, y allá arriba, campanilleó largo rato, hasta
que salió un chico, con cara de Judas, y dijo que el señor no estaba. ¿A
qué hora volvía? muy pronto, si quería esperar, que esperara. No había
banco en el recibimiento, y como el condenado aquél no la invitó a
pasar, misia Casilda se sentó en un tramo de la escalera; ¡ganas de
llorar tenía! ¡con tal que pudiera entenderse con aquel hombre! Esperó
mucho tiempo, envuelta en el mantón, conteniendo las lágrimas,
suspirando, ya de angustia, ya de impaciencia, y se colgó otra vez de la
campanilla, y el Judas salió y con modos dignos de su catadura, dijo
que no había nadie en la casa, y que si venía por limosna, que podía
marcharse, porque el _patrón_ no la recibiría.
--No, hijo--contestó la señora con blandura,--no vengo a pedir limosna.
¿Tengo yo facha de pordiosera? Si el señor no está, dime dónde puedo
encontrarle, porque necesito verle con urgencia.
--Pues el patrón... estará en casa de su compadre, calle de Entre Ríos.
Apuntó el número misia Casilda, y bajó aprisa; ni tranvía ni coche a
mano tampoco esta vez: anda, anda, anda. Y la gente, endomingada,
paseaba alegre, y el sol y el cielo parecían más risueños que nunca. Era
el de la calle Entre Ríos un caserón de planta baja; desde la acera se
veía jugar a varios muchachos en el patio: cuando la señora se acercó a
la reja, apenas podía hablar, de cansancio.
--¿El señor de tal?
Los chiquillos la rodearon: uno le sacó la lengua, otro le tiró del
mantón, y todos pusiéronse a hacerle pitos, descaradamente... Vino un
criado y dijo que el señor de tal se había marchado ya...
--¡Dios mío! ¿volveré a la calle de Santa Fe? ¿y si no le encuentro? son
las cinco; pronto obscurecerá... ¿y Quilito? llegar así, ¡sin adelantar
nada! me voy a casa de misia Petronila: un desaire más, ¿qué importa? En
caso de deshaucio, escribiré esta noche a ese caballero... ¡yo no me
rindo!
Anda, anda, anda. Cuando entró en casa de la de Barrientos, no se
atrevió pasar del vestíbulo, porque oyó mucho holgorio en la sala:
voces y carcajadas y bailables tocados al piano, que se interrumpían
para cantar nombres, aclamados y festejados con risas y redobles de
teclas.
--Están jugando a las cedulitas--pensó misia Casilda,--ahora caigo: si
ayer me invitó ella, diciéndome que pasaría un buen rato. ¡Ay! muy
bueno, muy bueno, lo estoy pasando. No, ahora no puedo entrar; volveré a
la calle de Santa Fe.
Anda, anda, anda. De la calle de Santa Fe a la de Entre Ríos, de ésta a
la de Suipacha, donde vivía don Raimundo, de aquí otra vez a la de Santa
Fe, y por último, ya encendidos los faroles, a su casa, cuerpo y
espíritu abatidos por la fatiga y el poco éxito, pues no encontró lo que
buscaba, ni logró ver a nadie: en la puerta, tropezó con don Pablo
Aquiles, que llegaba. Miráronse.
--¿Nada?--preguntó don Pablo.
--Nada--respondió misia Casilda. ¿Y tú?
--Nada--contestó él sombríamente.
Entraron en el comedor y se sentaron: la lámpara brillaba en medio de la
mesa, tendida ya con la prolijidad de siempre. Y don Pablo contó el
empleo de su día:
--De aquí, sin querer ver a ese desventurado niño, porque no podría
verle, Casilda, no podría verle... ¡me ha destrozado el corazón! me fuí
en busca del habilitado y del subsecretario y les dije no sé qué: hasta
creo que he llorado... Mi intención era pedir un adelanto que, unido a
lo que tú has recaudado con las alhajitas, pudiéramos ofrecerle a ese
caimán de prestamista, que ya se contentaría con una parte ahora... y
si no se contentaba, menudo escándalo le armaba yo, por andar en
semejantes tratos con menores de edad; pues nada, hija; me hicieron
tanto caso, como a un perro: que no podía ser, que la acefalía del
Ministerio... ¡Mira por donde vine a lamentar no estuviera Eneene en su
poltrona! Entonces hablé a un ricachón que yo conozco, y a uno de estos
que comercian con los sueldos de los empleados, pero, como me veían con
la soga al cuello, me hicieron tales ofertas que, de aceptarlas, estaría
condenado a trabajar para ellos, viviendo del aire, unos dos años... y
me he vuelto, corrido, desesperado, porque, la verdad, hay que salvar a
ese muchacho... la cosa no tiene vuelta. Y tú, ¿dónde has estado?
Tocóle a misia Casilda el turno de relatar su odisea, y lo hizo a
tropezones, balbuciente, temerosa de delatarse ella misma con sus
reticencias o sus rodeos.
--Pues, yo, Pablo...
Insistió sobre su consulta a míster Robert, elogiando su amabilidad y su
tacto: a la verdad, el único resultado obtenido era la recomendación del
inglés para aquel individuo, que nunca estaba en su casa... pero se
guardó bien de aludir remotamente siquiera a la entrevista desgraciada
con la hermana, con Gregoria. No lo decía y esquivaba la mirada de don
Pablo, porque estaba segura que, si sus ojos se encontraban, entregaría
su secreto sin resistencia; y don Pablo la preguntaba, la apuraba,
espiando sus gestos, desmenuzando el sentido de sus palabras, cual si
sospechara que algo había oculto y no quería mostrársele. Por último,
cara a cara, hizo la pregunta, a quemarropa:
--Pero... en casa de Esteven, ¿no estuviste?
--¡No, no, no he estado!--contestó con aplomo misia Casilda.
Y cada una de estas negaciones, la reforzó con movimientos enérgicos de
cabeza. Turbada, sin embargo, se levantó a desprenderse el velo, dando
la espalda al hermano, por temor de que sus colores la vendieran; y se
puso a mover platos y copas para mejor disimular.
--Has hecho bien--decía don Pablo Aquiles,--te aseguro que me has tenido
con el alma en un hilo, de pensar que irías... ¡imagina! después de
veinte años, separados por un rencor cada vez más vivo, presentarse así,
de sopetón, a pedir, ¡porque tú ibas a pedir, Casilda! no te hubieran
dado nada, hija, y habrías sacado lo que el negro del sermón, ítem más,
el amor propio herido.
--¿Digo yo lo contrario, Pablo? Pero la desesperación me excusa de
haber... tenido la idea, porque, no ha sido más que una idea loca, de ir
a casa de Esteven; ¡hacerme yo ilusiones de Gregoria!
--Entretanto...
--Entretanto, Pablo, es preciso pensar, buscar: mañana vence el plazo,
¿ves? esta noche debieras ir tú a casa de ese aprovechado capitalista,
que dice míster Robert: de noche será fácil encontrarle, si no, Pablo,
no sé, no sé...
--¡Iré, ya lo creo que iré! ¡todo, todo, menos eso!
Misia Casilda pasó a su cuarto, impotente ya para seguir fingiendo, y
echada en el reclinatorio, delante del nicho desierto, lloró largo
rato...
--No, no se lo diré, porque se moriría... felizmente, nada le pedí a
Gregoria, nada, pero, aun así, ha sido humillante mi visita... ¿qué no
haría yo por salvar a Quilito? ¡y si no se logra tapar la boca al
portugués, no le salvaremos, no! ¿Cómo he de estar yo tranquila, si sé
que la honra de nuestro apellido anda en juego? ¡Madre mía, aunque te
halles ausente ahora, tú me oyes, no nos desampares!
Trataba de ahogar los sollozos y no podía; don Pablo Aquiles la
sorprendió así, y, aunque afligido, hizo la comedia de que se enfadaba,
por lo flojas que son estas mujeres, que todo lo abultan y ennegrecen.
--Vaya, mujer, no te pongas así; con lloriqueos no vas a remediar lo que
está hecho. Si para mañana no tenemos el dinero suficiente, yo me
encargo de amansar al prestamista: y en último caso, hija, le ofrecemos
la finquita, aunque vale más del doble; que la venda y se cobre o que se
quede con ella y se la coma entera; en cuanto a Quilito, déjalo por mi
cuenta: en adelante, a sus estudios, y a llevar vida de pobre... No seas
tonta, no creas en eso de tiros y puñaladas: todos los muchachos dicen
lo mismo, cuando algo les contraría. ¡Cuántas veces me he suicidado yo,
así, de boca!
La obligó a levantarse y llevóla al comedor, diciendo jovialmente, para
darle ánimo, que tenía mucho apetito, ¿qué _menú_ había? Como día de San
Juan debía haber algo de extraordinario; la señora, silenciosa, se
entretenía en arreglar el cubierto del niño, mirando el lustre del
cuchillo, los dientes del tenedor, palpando el pan, a fin de verificar
si estaba tierno o no... Don Pablo paseaba, vuelto a su sombría
preocupación... En la chimenea el viento soplaba lúgubremente... Pampa
entró, preguntando si servía la comida.
--¿Está el niño arriba?
--No, señora.
--¿Cómo? ¿ha salido?
--Sí, señora.
--¿Lo oyes, Pablo? Quilito no está en casa.
--Ya volverá, hija...
--Bueno, le esperaremos.
El corazón se le había oprimido tanto, tanto, que no podía respirar; fué
a la puerta del patio interior y miró a ver si había luz en el cuarto de
Quilito, y estuvo mucho tiempo, con la frente sobre el vidrio helado, en
la otra que caía al patio principal, y de donde podía verse el zaguán y
la calle: las seis, las seis y media, las seis y tres cuartos...
--¿Qué hora tienes, Pablo?
Cuando él decía la hora justa, ella suspiraba y el corazón se la oprimía
más, todavía más; pasó a la sala, abrió la ventana, y a pesar del frío,
se estuvo asomada, espiando el paso de los transeuntes.
--Ahí viene alguien, ¿será él? parece que se detiene... no, sigue; ahí
viene otro, pero pisa más fuerte que él...
Volvió al comedor; eran las siete, las siete y cuarto, las siete y
media; no, a Quilito le había ocurrido algo. Tan asustada estaba misia
Casilda, que el mismo don Pablo se alarmó.
--Te has empeñado en que tiene, por fuerza, que suceder algo... ¡qué
mujeres! llamaremos a Pampa.
Interrogada, la india declaró que el niño había salido casi detrás de la
señora; que, antes, subió ella al cuarto, para arreglarlo, y el niño la
despidió, diciendo que _ya_ no valía la pena...
--¿Ves, Pablo? Ese _ya_ quiere decir mucho.
--¡Qué disparate! si esta china condenada no sabe lo que dice; a ver,
¿qué hacía el niño cuando entraste?
--Pampa no sabiendo.
Y añadió que le encontró con los pelos revueltos, muy agitado, y la
regaló un cuaderno con figuras.
--¡Qué desatinar de muchacha!--exclamó don Pablo,--si estaba así, como
lo pintas, ¿cómo iba a regalarte estampitas? Un buen sopapo te debió
dar, por lengua larga; retírate, si no quieres que te lo dé yo.
Pero ya misia Casilda había cogido la lámpara, y dijo que iría al
cuarto, a ver... Quizá, el joven había vuelto y no lo sabían; la señora
delante, alumbrando, don Pablo detrás, y la india de escolta, subieron
la escalerilla, defendiéndose del viento huracanado, que quería matar la
luz. Arriba, faltóle el valor a la señora y entregó la lámpara a su
hermano, pidiéndole entrara primero... Ya le parecía ver el cuerpo de
Quilito, inanimado, en medio de la pieza. Don Pablo tomó la lámpara, y,
¿era el viento o eran sus nervios? la lámpara bailaba en su mano, a
riesgo de volcarse. La puerta estaba entreabierta, y entraron... En el
cuarto de estudio, todo en su sitio: los libros sobre la mesa, un
montoncito de papeles rotos sobre la carpeta... En el dormitorio, nada
ni nadie: la colcha de la cama revuelta, como que el cuarto estaba sin
aviar, según propia confesión de Pampa, a quien el niño había dicho que
_ya_ no hacía falta.
--¿Te convences, Casilda?--dijo don Pablo,--con tus exageraciones eres
capaz de volver loco a cualquiera; bajemos, que Quilito no debe tardar.
--Aquí hay un papel--saltó de pronto la señora.
--¿Qué?... ¿dónde?
--Aquí, en la almohada, prendido con alfiler.
Se abalanzaron a la almohada, pero ni don Pablo ni misia Casilda podían
desprenderle, tal temblor les entró a los dos; cuando lo tuvieron
delante de los ojos, no podían leer, porque el susto les cegaba.
--Lee, Pablo, que mis ojos no distinguen nada.
--Lee tú, más bien, hija, tengo la vista nublada. Vete, Pampa, aquí
estorbas.
Cuando la india se marchó, don Pablo Aquiles, más muerto que vivo, se
acercó a la luz, y trató de descifrar lo que había escrito, pero no
podía, no podía...
--Casilda, ven, ven...
La entregó el misterioso rótulo, y se sentó en el borde de la cama,
embobado, mirando en silencio a la hermana. Y entonces, cual si vinieran
del otro mundo, acompañadas del viento que gemía en la puerta y
sollozaba en la ventana, se oyeron estas palabras, que los labios de
misia Casilda pronunciaron gravemente: ¡Padre mío! ¡tía de mi alma,
perdón!... El papel cayó al suelo, y el padre y la tía, como
hipnotizados, no se movieron... De pronto, la señora dió un grito y se
arrojó sobre don Pablo, enloquecida... Correr a la calle, a la policía y
dar parte; quizá se estaba en tiempo aún, quizá podía evitarse la
horrible desgracia. ¡Quilito muerto! no, ni pensarlo: ¡Dios no sería tan
cruel, la santísima Virgen de Luján no lo permitiría! Lloraba, hablaba,
se revolcaba en la cama del querido niño, besando las almohadas,
estrujando las sábanas: que fueran a buscarle, que se le trajeran,
pronto, pronto, pronto... Don Pablo, ahogado, ensayaba calmarla: no
debían interpretar así el papel, porque era muy natural que Quilito
pidiera a su padre y a su tía por escrito, el perdón que no se atrevía a
pedir de viva voz; decía simplezas como ésta, tartamudeando, y después
de vano esfuerzo, concluyó por llorar él también, abrazado a los hierros
del lecho.
--Pero, ¿no te mueves?--exclamó misia Casilda,--corre, vuela a la
policía, no pierdas tiempo.
Le arrastró, y dando traspiés, como ebrios, salieron los dos, bajaron la
escalerilla atropelladamente.
--¡Quilito! ¡Quilito!--clamaba la señora.
A sus lamentos, acudieron Pampa y la genovesa... En el comedor, la tía
Silda echó sobre los hombros de don Pablo el sobretodo, le puso el
sombrero de través, y le dió el bastón, por la contera.
--Te vas a la policía--recomendábale sofocada,--y le hablas al jefe, al
mismo jefe... y que le busquen, que le busquen... ¡Dios mío! ¡todo el
tiempo que se ha perdido! ¡ya estará muerto, muerto! yo voy a salir
también, a recorrer las comisarías, y las calles... Vete, vete.
Don Pablo dejaba hacer, como un maniquí, sin hablar. Y a empujones, la
hermana le echó fuera. Pero, no había dado un paso en el patio, cuando
alguien llamó a la puerta, y luego a la reja, con tal apresuramiento,
que daba a entender la prisa que se traía.
--¡Quilito! ¡Quilito!--gritó la tía, corriendo desaforada al zaguán, en
la esperanza que fuera el querido niño...
No, no era Quilito: era un hombre alto, con muchas barbas, era Agapo.
--Tú traes noticias de él--exclamó misia Casilda,--dime, dime, ¿dónde
está?
El filósofo, turbado, balbuceó que no sabía nada, que no traía ninguna
noticia...
--Sí, sí--insistió la señora,--te lo conozco en la cara; vienes pálido,
con los ojos hinchados... y sin embargo, no estás borracho, no.
Agapo se adelantó, a fin de evitar la luz del farol, y dirigióse a don
Pablo, que no se movía, en el umbral del comedor.
--Tengo que hablarle--díjole rápidamente,--sígame, afuera, en la calle.
El bastón cayó de las manos temblorosas de don Pablo Aquiles... Misia
Casilda se había precipitado al atorrante, y le obligó a entrar y a
ponerse delante de la luz, que quería evitar.
--Te digo que estás pálido, Agapo, no lo niegues, ¿qué le has soplado a
Pablo ahora? tú vienes a hacer de lechuza aquí... dime, dime, ¿dónde
está Quilito? ¿qué ha sido de Quilito?
Le sacudió desesperada, asida a su brazo inerte, y a este violento
impulso, una lágrima cayó de las pestañas del filósofo y fué a perderse
en el matorral de sus barbas.
Esta lágrima lo dijo todo... Misia Casilda se desplomó en los brazos del
desventurado don Pablo Aquiles, y éste, bajo el peso de su hermana y de
su pena, se postró en tierra, llorando... y Agapo, por la primera vez de
su vida, sintió en el corazón la cruel picadura del dolor.
X
...y se encerró en su cuarto, con doble vuelta. Corrió las cortinas de
la ventana, a causa del sol indiscreto que a ella se asomaba, y después
de escuchar un momento, si se sentían pasos en el patio o en la
escalerilla, retiró cuidadosamente del bolsillo de su gabán claro un
objeto y lo colocó sobre la mesa: ahí estaba el pequeño revólver, como
un juguete de brillante acero: Quilito, inclinado, lo miraba, con esa
fijeza con que los condenados a muerte miran el instrumento de su
suplicio. ¡Ah, si la pobre tía supiera! sus veinte nacionales habían
servido para comprar la terrible alhajita... ¿No estaba empeñada
generosamente en salvarle? ¿qué mejor medio de salvación que aquel, tan
fácil y expeditivo? Lo demás, era manotear en el vacío, pretendiendo
volar, cual si los brazos fueran alas. Que se pagaba al portugués, y
esto era muy problemático, evitando así el descubrimiento de la
falsificación, ¿y luego? Rocchio, el del Progreso, y los otros; aun
trampeando de aquí y de allí y encalleciéndose las manos en el
trabajo... El juego tan sólo, pero no se acercaría ya al tapete: su
última carta estaba jugada. ¿A qué luchar más? Si su destino era ese,
lo aceptaba sin pestañear: él había entrado en la vida por la puerta
color de rosa, como convidado que acude a espléndida fiesta, a
deleitarse con manjares y músicas y placeres sin cuento, y encontró el
salón a obscuras, la mesa del banquete desierta, pan y agua por todo
manjar, los demás invitados de blusa en vez de frac, y no escuchó más
música que la del arado, de la azada y del martillo... ¡ah! no, ¡muchas
gracias! él no había venido para eso, ¿por qué le engañaron? ¿a qué le
trajeron? si no existía algún medio de hacer como aquellos pocos, que no
visten blusa, y se pasean y divierten, se marchaba. ¿Había uno? ¿y no
era necesario sudar ni quebrarse la cabeza? no, mucho pulso y buena
suerte. El pulso, no lo tenía; la suerte, le había faltado: ¡adiós, y
hasta la eternidad! Pero, al irse para siempre, desengañado, no lo hacía
sin amargo pesar, de separarse así de su padre, de su tía y de su
novia... poderosa trinidad de afectos, que le ligaba al mundo, del que
quería salir. ¡Susana! este recuerdo enternecióle, y lloró su primero y
único amor... La vida es un viaje de recreo, en que no se paga el
billete, pero sí los vidrios rotos; Quilito saldaría su cuenta de daños
y perjuicios, y se iría allá, muy lejos, a otra parte, donde el trabajo
no fuera una ley. ¡Quién sabe! dicen que hay otros mundos, bien
distintos de esta miserable y carcomida nuez que habitamos, ¿por qué no
encontraría en alguno la felicidad que él buscaba? Y si no los había, ni
podía encontrarla, valía más dormir eternamente dentro de la caja del
cementerio, que andar soñando aquí abajo, como sonámbulo.
Cogió el revólver y lo examinó, hizo jugar el gatillo, colocó las balas
diminutas, y delante del espejo, como aquel suicida célebre, se paró,
acercando la boca del arma a la sien...
--¡Qué sensación tan extraña!--dijo contemplándose en aquella
actitud,--el acero está tan frío, que parece recibirse el beso de una
muerta... Pensar que sólo con mover el dedo ya está todo concluído...
pero, no aquí; sería muy cruel para ellos, mis viejos queridos del alma,
que ahora mismo, allá abajo, sufren la inmensa pena que les he causado,
y se esfuerzan por salvarme. Voy a poner este chisme sobre la mesa y a
escribirles largamente, confesando todo; quiero que me perdonen, porque
sin su perdón, no me iría tranquilo... ¿qué dirá de mí, papá? ¡tanto
esperar de su Quilito! tengo la pluma en la mano y el papel por delante,
y no sé qué decirle; me da vergüenza confesarle que su hijo es un
falsificador... no, no se lo diré, no le escribiré nada; vale más irse
en silencio, sin despedirse... Romperé esta carta y escribiré dos líneas
pidiéndoles perdón, porque sin el perdón no me voy, no me voy... A
Susana, sí, una carta muy larga, para que se acuerde de mí, para que
rece por mí, ¡qué desgracia la mía! tan feliz que podía haber sido, y no
he podido serlo, a causa de esta tendencia maldita, que lo reconozco, me
lleva por otro camino que el del trabajo, que, forzosamente, fatalmente,
estamos obligados todos a seguir; yo creo que en mí hay algo del tío
Agapo, solo que él se contenta con lo que tiene, y no hace nada, y yo
he deseado tener más, sin hacer nada... Lo que he puesto el nombre de
Susana, la mano me ha temblado: ahora lloro, ¿me faltará valor? ¡ay! no
puedo pensar en mis viejos y en ella, sin afligirme... Tiíta Silda,
estoy seguro, ha de guardar mi secreto, y si logra recuperar el pagaré,
mi falta no la sabrá nadie, nadie más que ella y Dios; esto me consuela,
porque la idea de que había deshonrado a mi padre, después de
arruinarle, y que él lo supiera, y que Susana lo supiera, y que todos lo
supieran, amargaría más mis últimos momentos... ¡Adiós! Susana, no me
olvides, ruega al cielo por tu desgraciado Quilito... Ha salido muy
borroneada, pero podrá leerla; aquí está ya cerrada, con la dirección
bien puesta: cuando me encuentren, me registrarán, y no faltará una
buena alma que se la lleve... También le escribiré al comisario,
diciéndole que a nadie se culpe de mi muerte: así hacen todos los que se
matan, ¡cuántas veces lo he leído en los diarios! esta carta la guardaré
en el bolsillo, con la otra. La despedida a mis viejos, voy a ponerla en
sitio visible... ¡ay, Dios mío! ¡cuando entren y la vean!
¡pobrecitos!... aquí, en la mesa, la haría volar el viento; ¿dónde la
pondré? en la almohada, prendida con un alfiler... ¡así! ¿estoy pronto
ya? saldré de puntillas, para que no me sientan, pero, antes voy a
asomarme a la ventana, a ver si viene alguien... ¡Han llamado! y no he
oído pasos en la escalera, ¿será papá? no, si es él, me mato aquí mismo:
su presencia me sería insoportable... ¿Quién es? ¡ah! es Pampa... algún
recado de tiíta Silda... el revólver aquí, en el bolsillo, bien
disimulado.
Abrió, y entró la india, diciendo que venía a arreglar la pieza, pero él
quiso despedirla, porque ya no valía la pena.
--Mira, deja las cosas revueltas como están, y vete.
La tomó del brazo y empujóla hacia la puerta; ella se resistía, mirando
al joven con sus ojos extraños.
--Niño no queriendo Pampa--dijo pronunciando lentamente, con la singular
entonación que acostumbraba,--niño pegando ayer Pampa, ¿por qué?
--Porque eres muy mala y desobediente.
--¿Qué queriendo decir desobediente?
--¡Qué gracia! desobediente es aquella persona que no hace caso de lo
que se le manda.
--¡Ah! ¡Pampa haciendo siempre caso! ¡Pampa estando muy triste... anoche
soñando que madre haber muerto! ¡cristiano matando con cuchillo muy
largo... yo queriendo morir también!
¡Pobrecilla! con las manos, deformadas horriblemente por los sabañones,
restregábase los ojos, haciendo ese hipo lastimero del niño que va a
llorar; Quilito, compadecido, la acarició los pelos cerdosos,
irreductibles a la disciplina de la peineta.
--No llores, tonta, que eso que has soñado es una mentira muy grande;
todo lo que se sueña es mentira, ¡te lo digo yo! tu madre está sana y
buena, y un día de estos vendrá a verte. ¿Por qué crees que yo no te
quiero? ¿no te acuerdas que el día aquel que llegaste en ese vapor, fuí
yo con tiíta a buscarte y te regalé confites?
--Sí, sí, ese día quitando madre Pampa, y hermanitos... ¡Pampa no verles
más!
--Bueno; si te he dicho que has de verles pronto... no llores así, que
te pones muy fea... y después te he enseñado a leer, y a escribir y a
contar: si no sabes bien todo esto, es que no eres muy despejada... Y
para probarte que el niño te quiere, voy a regalarte una cosa.
Súbitamente, la india dejó de gimotear.
--¿Ves este álbum? todo llenito de figuras: pues te lo doy, para que te
acuerdes del niño y seas buena y aplicada; te lo doy, con una condición:
que has de ser fiel y sumisa para el señor y la señora, que te visten,
te alimentan y te educan... que los cuidarás bien, si se ponen
enfermos... ¿me lo prometes?
Pampa dijo que sí con la cabeza y recibió el álbum, muy sorprendida de
ver llorar al niño.
--Ahora, vete, vete.
La india salió, con el cuaderno bajo el brazo, la cara de bronce
inundada de lágrimas y mocos, que ella limpiaba a lengüetadas, mientras
bajaba la escalera; Quilito, en la ventana, la miraba.
Este incidente le había conmovido; bien es verdad, que su corazón
desbordaba de amargura en aquel momento supremo.
--Me ha hecho llorar esta criatura; ¡pobre Pampa! ahora me duele haberla
pegado ayer, tan injustamente... ¡qué hermoso día! para estar alegre,
para ser feliz... No saldré hasta que tiíta no salga, si no, me atajaría
en el patio, y me molestaría a preguntas, y quizá, no me dejaría
marchar, de miedo... y va a salir, porque desde aquí la veo en el
comedor, de velo puesto... hasta les oigo hablar, aunque no distingo lo
que dicen: ¡esto es lo que más me aflige! ¡si yo no lo merezco,
viejecitos de mi alma, que así os preocupéis por mí! soy un miserable,
indigno de vuestro cariño, que no he sabido hacer vuestra felicidad,
como era mi deber; ya lo veréis: Quilito muerto, quedaréis tranquilos,
disfrutaréis en paz de vuestra rentita; y Quilito morirá, porque es un
estorbo y una vergüenza para su familia, porque no quiere ser un segundo
Agapo, como tiíta lo profetizó con tantísima razón... ¿otra vez
llorando?... tiíta se levanta, sale... ya sonó la reja, ya está en la
calle, ¿a dónde irá? a poner en práctica el medio de que me ha hablado,
a arrastrarse, a cavar la tierra, como ella dice... ¡y por mi culpa!
¡ah! no merezco perdón: lo que he hecho es inicuo... no se moleste
usted, tiíta: si el medio, el medio infalible, aquí lo tengo, en el
bolsillo. Llegó la hora: me voy, no sea que papá suba y me sorprenda...
no puedo respirar, tiemblo como si tuviera miedo, y no tengo miedo, pero
sí tristeza, mucha tristeza...
Fué al dormitorio, y de la percha descolgó el sombrero; la vista de
objetos que le eran familiares, le causó emoción tan grande, y sobre
todo, el papel clavado en la almohada, a manera de fúnebre _inri_, que
se puso a sollozar.
--Es una vergüenza, pero no puedo contenerme: sí, aquí, en este
cuartito, he vivido soñando... ¡qué ilusiones! ¡para llegar a esto!...
¡en marcha y tener valor!
Salió, descendió de puntillas y miró por los vidrios de la puerta del
comedor a don Pablo Aquiles, de espaldas, sentado; tenía la cabeza sobre
la mano, y esta mano pasaba, de vez en cuando, por sus ojos y por su
frente.
--¡Sufre, sufre, y por culpa mía! Ya voy a hacerme justicia, papaíto de
mi alma; no nos volveremos a ver, pero Quilito no te dará más disgustos.
¡Adiós, papá, adiós!
Atravesó el zaguán, abrió la reja y se fué por esas calles, sin rumbo.
Todos paseaban en aquel día de San Juan, todos estaban alegres, todos
parecían felices; los tranvías iban llenos de gente, ávida de respirar,
de divertirse, satisfecha de vivir...
--Quisiera hacer como todos hoy--pensaba el joven,--reirme, gozar...
¡parece que soy yo solo el triste y el desgraciado! ¡ay, no! que están
mis viejos, que ya no volverán a reír ellos tampoco... ¿por qué he
tomado esta calle? iré por el río, es más solitario... pero, antes,
pasaré por casa de Susana, quiero despedirme de ella: ¡cuántas veces he
seguido este camino! en esta cigarrería entraba a comprar cigarros, en
aquella esquina me esperaba el italianito vendedor de diarios: daba
luego mis tres paseos frente a la casa de Esteven: ella, en el balcón o
detrás de la celosía, me miraba y me sonreía, y así que desaparecía, me
iba al escritorio de Jacinto, y después a la Bolsa, ¡la Bolsa! ¿por qué
habré pisado la Bolsa? no me vería en la que me veo.
Caminaba muy despacio. Así llegó a la casa de Esteven y el mismo
espectáculo que sorprendió a misia Casilda, le chocó a él igualmente.
--Susana me escribió que se iban al Frigal, pero no creía yo que fuera
tan pronto... ¡Se va entonces a la _estancia_! y pobre, completamente
arruinada; con qué alegría me lo dice en su última carta: «Ahora que
somos iguales, no habrá más obstáculo a nuestra felicidad que la
desavenencia de las dos familias, pero de esto me encargo yo.» ¡Siempre
la misma, confiando en Dios! bien se ha portado Dios con nosotros, que
no ha querido oírnos... Allí está el balcón, por donde ella me aparecía:
un changador se ve ahora, triste representación de la realidad... Tú no
me ves, Susana, ni puedes oírme, pero, desde aquí, te digo que te
quiero, que te adoro: ahí va un pedacito de mi corazón destrozado,
¿sabes? todas tus cartas las he quemado, conforme me indicaste: nadie
sabrá nuestros secretos... ¡adiós, Susana, adiós!... vamos, si sigo
aquí, concluiré por llorar...
Dió una última mirada a la casa, y marchó más aprisa; atravesó la plaza
de la Victoria, y desviando sus ojos de la Bolsa, bajó la barranca que
lleva a la estación y entró en los descuidados jardines del paseo de
Julio; en un banco apartado descansó un rato, dando vueltas en sus manos
al junco, y en su cabeza a la idea de suicidio, que le dominaba.
Echado sobre el parapeto, se entretuvo también en la muda contemplación
del río soberbio, de los botes que se balanceaban, de las _toscas_
verdinegras que las aguas iban cubriendo poco a poco; de los pilluelos,
desnudos de pie y pierna, que jugaban en la orilla con barquichuelos de
papel... En cuchillas sobre la roca, con una larga caña guiaban la
frágil armazón que, deslizábase como barco de verdad, hasta tanto el
agua no comía su mal blindado casco; así, hacían regatas inverosímiles,
distinguiéndose los botes rivales por medio de banderitas de color,
enastadas en canutos de paja... En el jardín, correteaban los niños,
haciendo de caballitos briosos, duros de boca, dando corcovos y coces...
Quilito siguió andando, lastimado de ver reír a todos, y que la
decoración de aquella tarde de invierno no estuviera en armonía, con las
tristezas de su alma, ¿por qué no se nublaba el cielo? ¿por qué no se
escondía el sol? ¿por qué las gentes no cantaban en coro la oración de
agonizantes, si él iba a morir? Esta idea de la muerte dábale
escalofríos. Ahora poco, había visto un bote de papel, que un golpe de
caña hizo zozobrar, y que, sacado del agua y bien escurrido, pusieron a
secar al sol; pues al rato, este bote navegaba otra vez como si tal
cosa, desafiando a sus rivales nuevecitos... Quizá él cometía una gran
tontería en pegarse un tiro, por pérdidas de juego; si todo el que
pierde se matara, aviados iban a estar los jugadores. El instinto de
conservación, siempre despierto, le soplaba al oído que bien podía
esperarse un poco, que la tía, por ejemplo, ensayara el gran recurso que
decía: reconquistado el pagaré, lo demás era cosa de poca monta; a
Rocchio y comparsa se les pagaría o no, según las circunstancias, y por
eso no había de dejar de ser él tan caballero y tan decente como el que
más. Fulano, zutano y mengano habían hecho lo mismo, y no se les
ocurrió tomar billete para el otro mundo con un pistoletazo; al
contrario, ahí andaban tan frescos... Mejor era volver a casa, y ver si
tiíta Silda consiguió algo, ¿no dijo que iba a vender la finca? pues con
eso había de sobra para arrancar el pagaré del poder de don Raimundo...
Eso es, y luego echarse panza arriba, para que los dos viejos,
arruinados, le dieran de comer, y le vistieran y le costearan sus lujos,
como antes, y meterse de nuevo en la Bolsa, ávido de desquite, para
hundirse más en el pantano. El estaba convencido: trabajar, no podía, de
ninguna manera; sujeto a un sueldo, sin porvenir, vegetando, aunque no
tuviera que mover los brazos, como Jacinto, tampoco...
--Soy más canalla de lo que yo creía--se dijo;--me parece que tengo
miedo, y por eso me vienen estas ideas de encadenarme a la vida...
¿miedo de qué, estúpido? si es cuestión de un momento: se mueve el dedo
y ¡zas! ya está. He dicho que no quiero la vida, no la quiero: quédense
ustedes con ella, y divertirse; prefiero ser comido de gusanos y no que
la miseria me devore... Yo creo que la fría impresión del revólver sobre
la sien, me dura todavía, y es por eso que el valor me abandona; siento
el peso del arma en el bolsillo, y la sangre se me hiela, ¡soy un
cobarde! pues no, no lo soy y he de probarlo... En lugar de apuntarme a
la cabeza, me apuntaré al corazón: así, la muerte vendrá más pronto; ya
te enseñaré a no brincar como ahora, saltarín de los demonios. Tendría
que ver que volviera a casa, después de darles el gran susto; si no
tengo valor para matarme, ¿iba a tenerlo para mirar a mi padre frente a
frente, y para vivir de él, como lo he hecho siempre? en mi casa soy un
estorbo, y en el mundo no hay sitio para mí... Me irrita la alegría de
esta chusma...
Salió del paseo y se metió en los sauzales del río: allí estaba más a
gusto, más solo, y podía llevar a cabo su propósito sin dificultad,
porque en aquel paraje no lucía el sol: arriba, el dosel tupido de los
sauces llorones; delante, el río, desenvolviendo sus aguas turbias;
detrás, la ciudad, con sus ronquidos de gigante. El tren del Norte
pasaba, resoplando y silbando... Quilito sintió frío y se abrochó el
gabán; un calambre del estómago le hizo recordar que no había comido
aquel día.
--He debido tomar algo--pensó,--para tener fuerzas: si el cuerpo
desfallece, el espíritu se amilana... No es extraño, pues, que me sienta
sin valor y eche mano de todos los sofismas de la cobardía para
convencerme que no debo suicidarme; a los condenados a muerte, se les da
un cordial, para que resistan: con razón, el armero me preguntó si iba a
batirme, porque estaba muy pálido... pálido de debilidad y no de miedo,
debilidad de estómago, entendámonos... aquí me encuentro mejor... pero,
todavía no, más tarde; hay tiempo.
Sentóse sobre un tronco, suspirando. Y se quedó absorto, mirando correr
las olas, que se perseguían las unas a las otras, encrespadas de furor,
e iban a morir mansamente a sus pies... La lucha interna seguía,
entretanto.
¡Qué triste! era dejar así la vida, lejos de los suyos, en la aurora
risueña de los veinte años; se pegaría el tiro, bueno, ya lo había dicho
y cumpliría su palabra, pero su cuerpo quedaría allí sobre la maleza,
como el de un perro callejero, y pronto vendrían los curiosos y los
vigilantes, y le registrarían, aún caliente, con sus manazas rudas para
saber quién era, y sin miramientos, como se carga la res que se acaba de
desollar, le colocarían sobre sucias angarillas y le llevarían a la
comisaría, al depósito de cadáveres, hasta que papá o tiíta Silda
vinieran a reclamarle. ¡Qué triste! ¡qué triste! ¿no sería mejor
arrojarse al río, con una gruesa piedra a la cintura, para quedarse allí
abajo dormido, y que nadie, nadie, volviera a verle? ¡ay, no! el
ahogarse cuesta mucho, se sufre y la muerte tarda en venir... ¿Qué hora
era? el sol iba a ponerse, y bajo los sauces se sentía más frío que
antes: cuando la noche cerrara del todo, entonces, entonces... ¿Qué
harían en su casa? los viejos estarían esperándole: a su cuarto no
habían de subir, hasta que el retardo no les alarmara. ¿Habría
conseguido algo tiíta Silda?
--¡Padre mío! ¡tía de mi alma, perdón!--murmuró, repitiendo las palabras
de su despedida.
Si fuera, no iría, era una suposición... si fuera y les sorprendiera en
el comedor, ¡qué alegría! allí mismo se echaba a las plantas del padre,
prometiendo regenerarse, ser bueno, ser trabajador, y tiíta Silda,
mostrándole, muy risueña, el pagaré de don Raimundo, le decía:
--Aquí lo tienes, pero, ¡cuidadito en adelante!
Y el cobarde instinto de conservación, le quemaba las orejas.
--No te mates, tonto, que la vida es muy buena y muy agradable; una vez
hecho a ella, ya verás... Si no tienes más que veinte años, y por eso,
inexperto, exageras tus faltas y crees que no podrás sobrellevarlas;
pero piensa en tanta cosa de que vas a privarte, de que todos se hartan
a dos carrillos, y que tú, por flojo y tío melindres, te irás sin catar
siquiera... Mira Jacinto, ¿no ha hecho lo que tú? es cierto que no ha
falsificado firmas... esto de la falsificación es fácil remediarlo con
la venta oportuna de la finquita... pero Jacinto ha jugado y ha perdido,
y sin embargo, no piensa en matarse; ahí le tienes en una oficina, mano
sobre mano, viviendo del erario. ¿Crees que el mundo va a despreciarte,
porque no pagues? si el no pagar está a la moda, y es muy _high-life_; y
mira, hijito, al mundo con el pie, si no quieres que te monte encima.
Además, piensa que es muy doloroso morir a tu edad, y estarse pudriendo
tierra tontamente, mientras los otros ríen y bailan sobre tu
sepultura... ¿Sabes lo que sucederá después que te dés el tiro? te
llamarán _malogrado_ por los diarios, y _requiescat in pace_; a los dos
días nadie se acuerda del santo de tu nombre: no olvides el refrancito:
el muerto al hoyo, y el vivo al bollo; sólo papá y tiíta Silda te
llorarán hasta la consumación de los siglos y esto será el único
resultado de tu suicidio; bien triste, ¿no es cierto? ¿Y no te parece,
hijito, que aquí hace mucho frío, que el suelo está muy húmedo, y que,
ahí, encima de la maleza, se debe estar muy incómodo? ¿y no temes que la
mano te tiemble, en el momento de disparar, y vayas a herirte malamente,
y en lugar de volver muerto a casita, te lleven herido, para sufrir
dolores y apósitos y visitas de médico? créeme y fíjate bien en lo que
voy a decirte: tu falta, a los ojos de la moral, siempre pudibunda, es
grave, naturalmente, no tiene vuelta de hoja, pero, tal como andan hoy
las cosas en nuestro país, es una chiquillada, una gracia, que más que
la censura, despertará la risa, con esta frase por todo comentario: ¡Qué
diablo de muchacho! este Varguitas es muy vivo... No tiene más que
hacer, pues, que ponerte bajo la égida de un fantasmón de la política,
un Eneene cualquiera, y verás cómo esa falta, que a ti te parece tan
deshonrosa, sirve maravillosamente para tu carrera, y recorres de un
salto la escala, mientras los que se emperran en hacer el desairado
papel de honrados, vegetan en los últimos tramos... ¿Qué no? ¿no te
convenzo? ¿eres honrado, tú también? ¿tienes delicadeza? ¿tienes
vergüenza? pues, hijo, pégate el tiro, porque, francamente, no sirves
para nada... pero, ¡cuidado no tiembles!... ¿Y Susana? ¿qué me dices de
Susana? ¿has visto _porteña_, más deliciosa? y la dejas, para que se la
lleve otro: tú comprendes que, siendo como es, no quedará para vestir
imágenes, y aunque constante y santa, por añadidura, no va a guardarte
duelo toda la vida; fíate y no corras: las santas son de carne y hueso,
por más que digan, y cuando la carne habla, no valen disciplinas,
hijo... Ahí tienes: Susana hubiera sido tuya, a la larga; no lo dudes.
Esos tiquis miquis de los viejos tenían que acabarse, y si no se
acababan, porque, en tu familia, las mujeres son muy tercas, cargabas
con la santita a cuestas, y a vivir; las santas se dejan robar también,
cuando llega la ocasión: no habrás visto a ninguna defenderse, si entran
ladrones en la iglesia... ¿Tampoco te convence esto? entonces, a
matarse, y de prisa.
Quilito se descubrió la cabeza; tenía fiebre. La marea le mojaba ya los
pies, y se retiró al otro extremo del tronco: miraba el agua avanzar y
decía:
--Cuando llegue hasta aquí y los faroles del muelle se enciendan,
entonces, entonces... Es inútil, será cierto y muy razonable todo eso,
pero yo no quiero la vida, lo repetiré cien veces; ni ante mi padre, ni
ante Susana me atrevería a presentarme ahora, aunque estuviera seguro
del perdón del uno y del amor de la otra. No y no. Aun en el supuesto de
que pudiera echarse tierra sobre la falsificación... ¿qué porvenir me
espera? ¡trabajar, trabajar siempre! porque de esto sí estoy convencido,
el juego no saca de pobre a nadie: los jugadores son ricos de relumbrón,
y aun así, en las raras ocasiones que la suerte les permite brillar,
pues, a lo mejor, se quedan a obscuras por larga temporada... y con
franqueza, yo no podría trabajar, no podría; ¿acaso me voy a poner
detrás de un mostrador? ¿a entrar de cagatinta en una oficina? ¿a ir de
guardador de ovejas a una _estancia_? ¡sería vergonzoso! y como carezco
de capital, me sería imposible emprender un negocio cualquiera... Creo
que, si lo tuviera, el capital, lo jugaba de un golpe, a ver... No
sirvo, pues, para trabajar, y no pudiendo avenirme, naturalmente, con
mis gustos y mi educación, a hacer las del tío Agapo, me doy yo mismo
el pasaporte... Ya llega, ya llega el agua y el farol de la punta del
muelle está encendido... pero, todavía no...
La noche cerraba, y bajo los sauces el frío y la obscuridad aumentaban;
sobre la superficie del río, brillaban, desparramadas, lucecitas
amarillas, a lo lejos, que se movían, como fuegos fatuos. En el cielo,
ni una estrella; los ecos del paseo se habían acallado... Quilito sacó
el revólver.
--A ver quién es más valiente--dijo acariciando el arma;--por mí te
prometo que no he de temblar; pero no vayas a echar el tiro por la
culata: recto al corazón y me lo partes, para no sufrir más...
Suspiró, guardó otra vez la alhajita y abandonó el tronco, internándose
en el sauzal. Un hombre iba delante de él, andrajoso, con un saco a la
espalda, recogiendo los residuos de toda especie que encontraba: huesos,
ramas, papeles, trapos, canturriando para amenizar su faena; llegó así a
un sitio, cerca del terraplén del ferrocarril, en que había dos enormes
caños de estos que debieran servir, y no sirven, para las obras de
salubridad, abandonados, y se sentó sobre una piedra, dejó el saco
repleto en el suelo, sacó la colilla de tras de la oreja y la
encendió... A la luz del fósforo, Quilito reconoció al gran Menipo, o
sea Agapo, en prosa llana. Ya el otro le había sentido, y se vino
derecho al bulto, con la cerilla en la mano.
--¡Sobrinito!--exclamó el filósofo,--¿qué haces aquí, en mis dominios?
Vienes a visitarme, ¡qué amable! pues, haremos los honores, como
corresponde... Esta es mí casa: ¿ves ese caño maestro? ahí tengo el
dormitorio; bien tapado por un extremo, echo el poncho y duermo dentro
muy abrigado y a gusto; el otro, más pequeño, me sirve de despensa... mi
lavabo está enfrente: el río, con agua limpita y fresca... y nada más,
no necesito más... hasta chimenea tengo: el sol, de día, y de noche no
me faltan ramas secas para hacer una hoguera. Pero, ¿qué demonios te ha
dado por venir aquí? es ocurrencia, ¡ajo! ¿has comido? no te invito,
pues tú vendrás de esos _cafeses_ de lujo, harto y reharto... pero no
creas que mi cocinero es malo; voy a encender mi hoguera: hoy es día de
San Juan.
En un periquete, preparó una pila de rastrojos y la prendió fuego. Y
sentado en la piedra, sonreía al sobrinito, quien, a caballo sobre el
caño pequeño, miraba, ensimismado, la alegre llamarada...
--¿Qué tal mi chimenea? no hace humo, como las de los ricos... Pero,
explícame, ¿cómo te encuentras por estos andurriales? ahora, cuando te
vi, se me figuró que serías alguno de esos pilluelos, que vienen a robar
en mi despensa: por eso me eché encima de ti, sin prevenirte... Ni
soñaba, hijo, que pudieras ser tú, ¡ajo! ¡miren al Varguitas, el rey de
los _cajetillas_, en casa del tío Agapo! Me pareces triste, Quilito;
estás paliducho, con muchas ojeras... vamos a ver, ¿de qué lado te
duele? El tío Agapo es médico, y de los buenos, precisamente porque no
ha estudiado: el estudio seca la mollera y hace evaporar el talento;
mira si no: los que se comen los libros son, generalmente, los más
brutos... Conque, dime lo que te pasa, ¿es un dolor de _bolsa_ lo que
sientes o, simplemente, una _nanita_ pasajera?
El joven quiso sonreir, y contestó, con esfuerzo, que ni la Bolsa ni la
prima venían a cuento ahora; él andaba por allí... por capricho, porque
le daba la gana.
--Bueno, hombre, no te enojes; el geniecito de la familia...
De la _despensa_ retiró una botella y un trozo de pan, y del saco un
envoltorio que, una vez abierto, dejó ver apetitosos relieves de pavo
asado y pasteles y rosquillas de maíz.
--Anímate, hombre, y prueba un bocadito; si te digo que mi cocinero es
de primera, ¿qué tal? ¿me doy yo la gran vida o no? ¡ya ves cómo me
regalo el estómago, y esto es de todos los días, que, para mí son
siempre de fiesta, ¡pavo y pasteles! cuántos, de casa propia, no lo
catarán hace siglos; ayer tuve pollo, y anteayer también, y un habano,
de postre, enterito, ¿eh?...
Quilito le miraba comer, y su estómago, en ayunas, excitado por los ojos
y el olfato, rezongaba, impaciente. Con mucho gusto hubiera trincado con
el tío, pero le daba vergüenza mostrar que tenía hambre; un traguito,
sí, bebería, para no desfallecer en el trance fatal, pero le repugnó ver
a Agapo chupar la boca de la botella con sus labios grasientos.
--Tampoco querrás beber--dijo el atorrante,--no hay vaso y somos muy
delicados; pues así es la mejor manera de apreciar el vino, ¿me creerás?
he pasado tres días sin probar gota, porque a Nanita le había prometido
no emborracharme, y siempre caía en falta: con el vicio no se puede
luchar, hijo; cuando no tomaba, me dolía la cabeza, no dormía bien... en
fin, para mí el vino, es como el riego para una planta: me secaría y
quedaría en los huesos, si no bebiera. Pues, el otro día, me presenté
algo mareado, lo confieso, y mi santita me excomulgó y arrojó de casa,
condenándome a ocho días de destierro, en penitencia... Para volver a su
gracia, me juré a mí mismo aborrecer el vino... por una semana: he
pasado los peores días de mi vida, ¡ajo! pero, yo no le aflojaba al
cuerpo, y le decía: ¡Aguante usted so vicioso! ¡y no le di ni esto! en
tres días... Cuando ayer supe la culada del hermano Bernardino, y que al
otro pájaro del Ministerio le habían también _colgado la galleta_, te
digo que mona más a gusto, no la he tomado nunca: pasé cantando el _¡Oíd
mortales!_ por su casa, con tales gritos, que la gente salía a las
puertas, y de miedo que los vigilantes me aguaran la fiesta, me vine a
mi palacio y aquí la continué, en la alegre compañía de algunas de mis
aristocráticas relaciones... Se bebió y se cantó, hasta la madrugada,
¡ajo! ¿te parece a ti, que no iba a estar yo alegre? ¡pillo, ladrón!
La llama de la hoguera dábale un aspecto siniestro, así, con el
chambergo ladeado, los ojos fulgurantes de odio, la navaja abierta en la
mano, que blandía, como si quisiera despachurrar a alguien. Quilito no
le hacía caso, abstraído.
--¡Pillo, ladrón!--repitió el filósofo,--ya las pagarás todas juntas:
esto no es nada; si él es el culpable de que yo me haya descarriado;
nunca me tuvo cariño, porque mi madre no era su madre, y decía que yo
había ido a comerle su parte de pan, y en vez de darme educación y
oficio, me echó a la calle, a que me lo buscara donde Dios quisiera...
El, entretanto, estaba manoteando en casa de tu abuelo: ya lo sabes.
Toma, pícaro, toma, ¡ajo! ahora conocerás lo que es tener hambre... no,
siento que no lo sepas todavía, porque te queda la _estancia_, pero, ya
te llegará tu San Martín, como a los _chanchos_... Lo principal, que es
el primer paso, está ya hecho: el Bernardino, patas arriba y el
ministril aquel de las uñas largas, boca abajo; la tierra tiembla: mira,
Quilito, ponte como los gauchos o los indios, la oreja contra el suelo,
y sentirás un rumor así como de muchos caballos que galopan: es la
vanguardia de la revolución, que se anuncia, que se armará pronto...
¡ay! ¡qué gusto! ese día, cuando el _bochinche_ esté en lo mejor, atrapo
al doctorcito Eneene... no, lo que es a ese nadie me lo toca, es mío...
y con unas buenas tijeras le podo las uñas, cortándole hasta raíz de las
yemas; le pongo un bonete con un murciélago pintado y un letrero que
diga: ¡por ladrón! y a patadas, amarrado codo con codo, le llevo a la
plaza Victoria y allí, delante del respetable público, le ensarto en la
lanza del muñeco de la Pirámide; ¿qué tal? qué bueno sería, ¡ajo!
Quilito, abstraído, pensaba:
--¿Y he de llegar yo a estar como este hombre, sucio, harapiento,
comiendo las sobras de los otros, durmiendo en el suelo, dominado por el
vicio y la pereza? Cuanto más le miro, más asco me da: la mugre le brota
encima, como el verdín en las casas viejas... me parece imposible que
pueda vivirse de esta manera, y tan contento; ¡ah! pero él está
contento, porque es honrado, porque, en medio del vicio, ha sabido
mantener limpia la conciencia... ¡qué bueno debe ser mirar para adentro
y no ver ninguna mancha! ¡qué bien se debe dormir, aun envuelto en el
poncho de Agapo, dentro del caño! pero, con esta comezón del
remordimiento, no es posible conciliar el sueño... Cada vez estoy más
decidido a matarme: me estoy mirando en el espejo de Agapo, y me
horrorizo, de verme con su chambergo roñoso, sus guiñapos prestados, y
la cara abotargada por las malas noches... En él es el vino; en mí sería
el juego... y todavía, él sale ganando en la comparación, pues si ha
tenido que ver con las comisarías, no ha estado nunca en la cárcel:
Agapo es honrado y yo un falsificador... ahí viene el tren, ¿me echaré
en los rieles? ¡sería horrible! mejor es el revólver, que el tren y que
el río...
El filósofo vaciaba la botella.
--Acércate, muchacho--dijo con el último trago,--y caliéntate un poco:
tienes frío; estás temblando... mi salón no es muy abrigado, pero, ya
ves que la salud no se afecta: ni un resfriado me viene, quizá por
aquello de: mala hierba... Vivo tan a gusto aquí y soy tan feliz, que no
te envidio tus lujos; si aquí me he criado, ¡ajo! a mí nadie me molesta
y hago mi santa voluntad, vagabundeando como un rentista, y sin
importárseme de que el oro baje o suba: para mí, siempre está a la par.
Mira, si hicieras lo que yo, no tendrías esa cara; tú te has metido en
la Bolsa, y me parece que te han pegado una soba... no lo niegues; ¡si
yo sé que tenías a Jacintito de compañero, y Jacintito ha salido
disparado... bueno, ya te enojas otra vez! no te diré nada. Lo que sí te
prometo es que, ese día, el día que yo le cobre las cuentas a Eneene de
la manera que te he indicado, hago saltar la Bolsa en seguida, y si no
ese día, la víspera, cuando no haya empezado el alboroto todavía: he de
elegir la hora en que todos los especuladores estén reunidos tramando
sus picardías: ¡ya subirán todos más alto que el mismo oro! te lo
advierto, para que te cures en salud y no vayas por allí. Después... he
de realizar mi programa, sin suprimir un solo número.
Se oyó el silbato de la locomotora, y el tren pasó, haciendo retemblar
el suelo; algunas brasas encendidas cayeron a los pies del filósofo.
--¡Ajo!--exclamó dando un puntapié a los tizones,--¡que vais a quemar mi
palacio! ¡siempre ocurre lo mismo con estos condenados maquinistas!
Quilito se había estremecido, porque parecióle que las ruedas le pasaban
por encima, triturándole los huesos... De pronto, Agapo, que se
calentaba a la lumbre, volviéndose de lado y de frente, para repartir el
calorcito equitativamente, preguntó:
--¡Ah! dime... bien decía yo que tenía algo que preguntarte y no caía
qué cosa era... hoy debe haber ocurrido algo muy grave, muy
extraordinario, en tu casa.
--¿Por qué?--dijo asustado el joven.
--Porque he visto, he visto, ¿entiendes? a la señora Casilda entrar...
repito que lo he visto... en casa de Esteven.
--¡Tiíta Silda en casa de Esteven!--exclamó Quilito, tan sorprendido que
dió un salto y casi fué a dar de bruces en la hoguera.
--Sí, señor, ¿te sorprende? pues lo mismito quedé yo; estaba
entretenido, en la acera de enfrente, en ver sacar los muebles de mi
señor hermano, y a cada uno que echaban al carro, lo saludaba, diciendo:
¡toma, pillo! ¡toma, ladrón! cuando ¡cataplum! la señora Casilda que
llega y se para a la puerta, con el aire de quien vacila, diciendo:
¿Entro o no entro? Y entró... ¡si te digo que lo he visto! ¡Ave María
Purísima! decía yo; ¡una Vargas en casa de Esteven! y misia Casilda,
nada menos, ella, que truena contra los Esteven, exceptuando tan sólo,
¡Dios se lo pague! a un servidor. ¿No te habrás equivocado, Agapo? mira
que cuando estás borracho, y ahora tienes una mona medianita, ves las
cosas al revés, y todo lo cambias, las caras, los nombres, hasta las
palabras, porque, con la memoria, se te pone torpe la lengua. A pesar de
esto, estaba convencido que era la mismísima tía Silda, la que acababa
de entrar: y no volvía en mí, te lo juro; ver lo que yo había visto, era
para dejar patitieso a cualquiera, ¡figúrate! Y me devanaba los sesos,
pensando: ¿qué habrá pasado en la calle Moreno? una desgracia, sin duda.
O será la Gregoria que mandó por la hermana; entonces aquí se ha hundido
la casa, solamente así... y la casa no se ha hundido. Entretanto, Agapo
no se mueve de este sitio, hasta que la señora de mantón, que a él se
le ha antojado ser doña Casilda Vargas, salga de enfrente y pueda
confirmarlo o no... Pues, hijo, salió y era, sin sombra de duda... Te
diré a qué hora ocurrió el extraordinario suceso: a las cinco, sí, de
cuatro y media a cinco... ¡ah! un detalle: la señora salió muy agitada,
y se estuvo un segundo en la orilla de la acera pensativa, y cuando se
decidió a marcharse, hizo ademán de secar los ojos o de pasar la mano
por la frente, con disgusto o despecho, digo yo... ¿a que se han tirado
de los pelos? claro, era de presumir. Pero, me pareció tan acongojada,
que si no atravesé la calle para ofrecerle mis servicios, fué porque no
me tenía firme sobre mis piernas y me daba vergüenza... Explícame, pues,
qué significa esta visita de tu tía a una casa donde no ha puesto los
pies, desde que tú abriste los ojos.
Quilito, a horcajadas otra vez en el caño, la barba sobre sus manos,
lívido, mirando la llama con fijeza magnética, balbuceó que no sabía
nada, que él desde mediodía faltaba de casa...
--Es un disparate tuyo--agregó,--cuando se está mal de la cabeza, se ven
visiones.
Agapo atizaba el fuego.
--¡Por estas!--dijo besando los dos índices en cruz,--estaba mareado,
pero no ciego. Créeme, hijo, créeme...
La cabeza de Quilito echaba chispas, como la hoguera que removía el
filósofo.
--¡Ah, desventurado!--decía la voz interior,--¿y todavía alientas,
después de lo que has oído? ¿por qué no empuñas el revólver y te
arrancas de una vez la miserable vida, que a pesar de todo pareces
empeñado en conservar? ¿no comprendes que ya para ti no hay remisión?
Mira, observa, reflexiona, hasta dónde han llevado tus calaveradas a tu
familia infeliz: ¡a humillarse a los Esteven! ¡a solicitar, de rodillas,
su favor para salvarte! porque, no lo dudes: el medio supremo, a que se
refería tiíta Silda, y que ella misma no consideraba infalible la
desgraciada, era ése: recurrir al odiado pariente... ¡ah! ¡qué corazón
tan grande el de tiíta! y por lo que dice Agapo, el recurso ha
fracasado, y a los Vargas han dado los Esteven una vez más con la punta
de la bota... ¿ves? te imaginas... no es posible, pues no eres dueño de
tu razón... pero, si pudieras imaginar cómo están en tu casa esos viejos
que has deshonrado, y que llamas _queridos_, falsamente, mentirosamente,
porque si verdad fuera, no habrías hecho lo que has hecho; y tú dudando
todavía, vacilando cobardemente; no te hagas ilusiones; en tu casa no
puedes presentarte ya, y ahora menos que antes, ahora que sabes toda la
extensión de tu falta; los umbrales aquellos no puedes pasarlos sino
muerto, en expiación... ¡Estás creyendo que bastaría con echarte a los
pies de tu padre! ¿y tendrías valor? ¿no comprendes que si no te
rechazaba, sería por compasión y por lástima? ¡convéncete! no eres un
segundo Agapo en la familia; eres un Quilito, y este nombre está por
debajo del otro... ¡vete, huye, y cumple con tu deber!
Se levantó, vacilante, los ojos extraviados, y a Agapo, que, asustado,
le cortó el paso, con un ademán le rechazó, diciendo, entre dientes,
que se iba, que se iba...
--¡Ajo!--exclamó el otro persistiendo en detenerle,--no, así no te vas,
me das miedo, Quilito, ¿qué tienes? bien me pareció desde un principio
que había algo de extraño en ti.
--Déjame, déjame...
--No, así no, así no; si quieres que te acompañe a tu casa... pero, solo
no, aunque te enojes y me pegues.
--¡A mi casa!--exclamó el joven delirante,--no puedo ir, no puedo,
porque no, porque soy un miserable, ¿entiendes? porque he deshonrado a
mi familia, ¿entiendes? porque debía estar ahora en la Penitenciaría,
¿entiendes? escúpeme, Agapo, escúpeme, pero, ¡déjame marchar!
Embistió al filósofo denodadamente, pero el otro le cogió por la cintura
y le cargó como a un niño, obligándole a sentarse en sus rodillas, a
pesar de sus esfuerzos rabiosos por soltarse... Sí, le dejaría ir cuando
se calmara, pero no solo: él no se fiaba de su buen juicio, ahora que le
había visto hecho un loco, como si quisiera tirarse al río; ya lo creo
que le llevaría a su casa, y de la mano, como se hace con los chicos que
se ha encontrado _raboneando_ en el _Bajo_. ¿Qué desatinos eran esos que
acababa de decir? ¡qué Penitenciaría, ni qué as de copas, ajo! alguna
tunda de papaíto, por haber entrado tarde o hecho una diablura de
jovencito desbocado. Que le tirara de las barbas cuanto quisiera, pero
él no le soltaba hasta que no le viera tranquilo... bueno, ¿se lo
prometía? de esta manera, sí; pero, mucho cuidado, porque Agapo tiene
muy malas pulgas y fuerzas suficientes para hacerse respetar, ¡ajo!
Quilito, libre, se calmó. Repitió con energía, que lo dicho, dicho
estaba: que él no podía volver a su casa, por razones que al tío no le
importaban un bledo, pero que si le dejaba marchar en paz, le prometía
ser todo lo juicioso posible...
--Si no vas a tu casa, muchacho, ¿a dónde vas?
--A tomar el fresco...
Agapo le vigilaba, y vió que se sonreía, que parecía tranquilo...
--¡Qué bruto eres, Agapo!--dijo Quilito sentándose de nuevo en el caño,
para acabar de desorientar al tío;--¿qué te has figurado entonces? ¿qué
iba a darme un baño a estas horas? tienes razón: un regaño del viejo me
ha puesto así... chocheces y niñadas, por una y otra parte. Y punto
final. Cuando se me pase el coraje, volveré a casa... Ahora, se me
ocurre darte un encargo, ya que he tropezado contigo: ¿irás esta noche a
casa de Esteven?
--No sé...
--¿Irás? la familia no saldrá hasta mañana, quizá, para el Frigal...
Vete, pues, y entregas esta carta, en mano propia, a Susana.
--¿Esta carta?
La tomó el filósofo, apenas repuesto, sin quitar ojo del sobrinito, que
sonreía siempre.
--En mano propia--recomendó otra vez el joven,--tú vas a verla, Agapo,
¡feliz, cien veces feliz! dile de mi parte... no, no le digas nada;
entregas la carta, y te marchas, para evitar preguntas: ahí dentro está
todo.
La emoción le dominaba, y sus ojos azules se empañaron. Registró en sus
bolsillos y sacó un reloj de níquel, que ofreció al atorrante.
--Quisiera darte el estipendio de costumbre, Agapo, pero no tengo un
mezquino centavo; toma esto, y guárdalo, en recuerdo mío, ¡ojalá fuera
de oro!
--¿Y por qué has de dármelo, ajo? ¿para pagarme el porte de la carta? no
me da la gana: yo te he servido siempre, pues es mi deber de tío, y de
tío que te quiere, Quilito; tú y los tuyos habéis compadecido y tratado
bien a Agapo: no os habéis burlado de su desgracia, ni avergonzado de su
parentesco, como los otros. Por eso os quiero, ¡ajo! y si he recibido de
ti los dos nacionales de las cartas a la primita, es porque soy pobre, y
comprendía que aquella era una manera delicada tuya de auxiliarme.
--Precisamente; por eso deseo que aceptes este reloj, que quizá no valga
dos nacionales...
--Bueno, si es así... pero, conste que yo no te pido nada.
El filósofo guardó la modesta alhaja.
--Y ahora--repuso Quilito con la voz un poco alterada,--dame la mano,
Agapo, que quiero decirte adiós.
Le estrechó la diestra, nerviosamente, y Agapo notó que la mano del
sobrino estaba helada, y al resplandor de la hoguera, que moría, su
semblante demudado y la misma mirada de demente de ahora poco.
Se había puesto el joven de pie y se despedía, pero el filósofo,
intranquilo, le retuvo, diciendo que iba a acompañarle...
--Iré detrás, si no quieres que vaya al lado...
--Estás muy pesado, Agapo...
--No, solo no te dejo; repito que me das miedo.
--Vas a hacerme perder la paciencia.
--¡Solo no; no te dejo!
Quilito, colérico, dio un empujón al tío, que volvió a cogerle de la
cintura, echando más ajos que nunca, furioso también; el joven entonces,
las manos libres, sacó el revólver y puso la boca del cañón en la frente
del atorrante.
--Suéltame, suéltame o te mato.
La sorpresa de Agapo fué tan grande que, maquinalmente, le soltó. Y
Quilito, en salvo, a la distancia, le apuntaba con el arma.
--No me sigas, te prohíbo que me sigas; si te siento detrás, te mando un
tiro.
La hoguera se había apagado; la noche era obscura, y debajo de los
sauces no se veía... Agapo corrió en pos del sobrino, desaparecido entre
las tinieblas.
Y Quilito, loco, sin sombrero, iba delante. ¡Imbécil! ¿quién le daba al
otro velas en su entierro? se había de matar, aunque vinieran a
impedírselo todos los filósofos de la tierra. La maleza crujía bajo sus
pasos y detrás se oían las zancadas de Agapo, que venía persiguiéndole;
Quilito se acurrucó al pie de un sauce, se quitó el sobretodo claro, que
podía denunciarle, y esperó, el revólver amartillado en la mano... Agapo
llegó, pasó y se alejó, rastreando la caza, gritando desesperado:
--¡Quilito! ¡Quilito!
Y cuando no se oyeron ni los pasos ni la voz del tío, y el joven se vió
solo, frente al río que arrastraba sus aguas negras, en medio de la
obscuridad, con rumor siniestro, desprendió el chaleco, abrió la camisa,
y sobre la piel que despedía el dulce calor de la vida, colocó la boca
del arma, en el sitio en que sus dedos vacilantes, sintieron agitarse
más el corazón... Salió el tiro, la sangre tibia brotó mansamente y
Quilito experimentó un escozor vivísimo... pero la vida no quería soltar
su presa, porque él veía, pensaba, sentía aún.
--¡Ah! vida infame--murmuró con un quejido de dolor,--¡cuánto me
cuestas! ¡déjame, no quiero nada de ti, te desprecio! la mano me ha
temblado, ¡qué cobarde soy!
A tientas y a gatas, perdiendo sangre, buscó el revólver, caído en la
maleza, lo cogió de nuevo, y se disparó otro tiro, en la sien esta
vez... Cayó de espaldas, los brazos en cruz y quedó inmóvil; del
horrible agujero de la frente, el hilo de sangre corría, manchando sus
cabellos rubios, y en el pecho, el líquido rojo se coagulaba sobre la
blanca camisa. Y la vida huyó de aquel cuerpo, arrojada por el espíritu
obcecado, que decía no querer nada de ella, porque él no la había
llamado...
Ya las zancadas y los gritos de Agapo se oían de nuevo.
--¡Quilito! ¡Quilito!
Dos hombres venían con él. Y todos tres buscaban, olfateando como
lebreles, más cerca, más lejos, se iban y volvían, hasta que el pie del
filósofo dió con el cuerpo del suicida.
--¡Ajo! ¡una luz aquí! ¡pronto, pronto!
Encendida la cerilla, Agapo la acercó y retrocedió, dando un alarido de
espanto: ahí estaba el desgraciado niño, los ojos azules aun
abiertos...
--¡Dios mío! la culpa es mía, por haberle dejado solo... ¡no me lo
perdonaré! ¿quién lleva ahora esta noticia a la familia? iré yo.
Quedarse aquí vosotros, hasta que la policía venga; avisaré. ¡Qué
desgracia, ajo, qué desgracia!
Desapareció y el cuerpo de Quilito quedó allí, frente al río, que
murmuraba su letanía indiferente, y entre los dos desconocidos, que
fumaban, en silencio...
* * *
En esta misma fatal noche de San Juan, míster Robert, a la espera de su
tranvía, después de cerrar el escritorio por última vez, paseaba por la
acera de la Catedral. Vencido en la lucha con el agio, había salido
destrozado del combate, sin fe y sin esperanza, sin fuerzas ya para
mantener el peso de su honradez sobre los hombros. ¡Ah! si era una carga
inútil, ¿por qué no arrojarla a la calle? La luz roja no venía, y míster
Robert siguió su camino y fué a pararse delante de la Bolsa. ¡Cosa rara!
míster Robert no bebía vino, y es probado, pero padecía de alucinaciones
sin duda; y tal como aquella vez creyó ver las extravagancias, de que se
ha hecho mención, ahora, al mirar el edificio con encono, observó, creyó
observar, mejor dicho, se le figuró, se le antojó que veía, en la
cornisa del frente, sobre la puerta principal, un gran caballo, de
piedra o de lo que fuera, con un hombrazo encima, de casco y espada
desenvainada, y la adarga caída entre las patas del animal... Y debajo
había dos letreros, que era lástima no pudiera leer, como míster Robert,
el desgraciado joven rubio, de ojos azules, que en aquel momento,
tendido sobre sucias angarillas, atravesaba sin vida los umbrales de una
casa de la calle Moreno.
Decía el uno: Que tu caballo de combate sea el trabajo y tu espada la
perseverancia; mas, si quieres vencer en la contienda, no dejes caer a
tierra el escudo de la prudencia.
Y el otro: La mejor lotería es el ahorro, no el que amontona por vicio,
sino el que guarda por previsión.