VIII

Don Pablo Aquiles entraba a las seis del Ministerio, minuto más o menos:

se quitaba el pesado gabán y revestíase de una chaqueta vieja bien

holgada, calzaba los pantuflos e iba a sentarse al lado de la chimenea,

apagada desgraciadamente siempre, delante de la pantalla en que las

escuálidas cigüeñas se miraban tristonas, cual si lamentaran, ellas

también, la ausencia del fuego alegre y reparador. Con el periódico de

la tarde, enrollado como un canuto, dábase golpecitos don Pablo en las

piernas, mientras comunicaba a su hermana las noticias que traía;

primero, las del diario: que el Gobierno va a hacer esto o lo otro, que

el oro está a tantos, que el empréstito no cuaja, que el ministro tal se

va...

--¡Qué se ha de ir--observaba misia Casilda pasando revista a la mesa,

que tendía Pampa;--ya verás, Pablo, como no se va! Si no se arma la de

Dios es Cristo, esto seguirá hasta el día del juicio. Claro, les dejan

hacer lo que quieren...

--Y se armará, Casilda, se armará.

--Sí, como siempre: que salen a la calle cuatro personas decentes, sin

armas o sin municiones, y me las corren y quedan las cosas como antes, o

peor; todavía, ¡si la intentona no costara sangre! pero muere más de un

padre de familia y más de un joven... ¡qué sacrificio tan estéril! Si

esta vez han de hacer lo mismo que las otras, mejor será quedarse

tranquilos y aguantar... Muchacha, ese tenedor no está bien limpio: vete

a fregarlo como Dios manda...

Luego venían las impresiones del día: si había tenido mucho trabajo en

la oficina, si el jefe estaba de buena cara, lo que se decía.

--Pero ese Ministerio es un club--exclamaba la señora,--allí se fuma, se

charla, se toma te, se reciben visitas; seguro que todo el trabajo pesa

sobre ti, que eres un infelizote, y hasta ahora el ministro no te ha

aumentado un centavo; en cambio hay otros gandules que ganan tres y

cuatro veces más. No hay cosa peor que ser bueno y honrado, porque a ése

se lo comen por sopas... Pampa, dobla bien esa servilleta...

Cuando don Pablo Aquiles venía con el cuento de que se había hecho

_saltar_ a algún compañero, para colocar a un paniaguado de la

situación, o relataba, con pelos y señales, los abusos cotidianos, las

arbitrariedades inicuas del doctor Eneene, misia Casilda prorrumpía en

violenta catilinaria.

--No me lo digas, Pablo, porque no puedo contenerme; y tú, estás viendo

esas cosas de cerca, y te callas... ¡qué pícaros! el día menos pensado

te echarán a la calle, como no les adules bien. ¿Y qué hacen los diarios

independientes? ¡Ah, si yo fuera hombre! ¡no poder escribir siquiera un

remitidito! Cada pillería de éstas, publicarlas en letras bien grandes y

adivina quién te dió. ¡Conque, le han puesto doscientos de sueldo, y

acaba de entrar! como no sale de su bolsillo, eche usted que no se

derrame. ¿Y dices que se hace pagar el coche por el Ministerio, y

abastecer su casa de vino y de cuanto Dios crió? Pero, ¿dónde tiene la

vergüenza ese señor ministro? Qué remitido escribiría yo, ¡qué remitido!

A veces, en la actitud que tomaba al sentarse, y en los golpecitos del

periódico sobre la pierna, conocía ella que venía contrariado don Pablo

Aquiles.

--Le has visto, ¿verdad?--preguntaba;--¿a que estuvo hoy en el

Ministerio?

Don Pablo decía que sí.

--¿Ves? me lo sospechaba; ¡en qué andará ese par de alhajas! quisiera

oírles por alguna rendija. ¡Tal para cual!

Un día, contó el viejo Vargas que el chico de Esteven había sido

nombrado oficial primero o segundo, con trescientos pesos, y como él no

era más que auxiliar con ochenta y en su sección estaba aquél, resultaba

que él, don Pablo Aquiles, empleado antiquísimo, quedaba bajo las

órdenes de su flamante superior, Jacintito: felizmente, éste iba tarde o

no iba nunca, y cuando iba, no hacía nada. Tan disgustado estaba el

pobre hombre y misia Casilda se puso tan furiosa, que no comieron

aquella noche. Y Quilito, razonable como pocas veces, decía que,

efectivamente, era una injusticia irritante, más, una inconveniencia

ridícula, pero que Jacinto no abusaría de su posición, pues era muy

buen muchacho; además, estaba seguro que no aportaría por el Ministerio

nunca, y esta sería la mejor solución.

--¡Pillos!--exclamaba misia Casilda, mientras don Pablo, nervioso,

llevaba el compás con su batuta improvisada,--¡Mira cómo hacen y

deshacen a su antojo! Naturalmente, el que tiene padrino se bautiza.

¡Qué pillos! ¡con trescientos pesos, y de jefe tuyo, un mocosuelo!

Quilito, hazme el favor de no defender estas iniquidades, porque creeré

que estás corrompido, tú también, que te has contagiado con el mal de la

época.

--Si yo no las defiendo, tía...

--Las excusas, que es igual.

Ella no quiso tragar, y así lo decía, eso de que Esteven se hubiera

arruinado, aunque se lo aseguró don Pablo y lo confirmó el mismo

Quilito. No, no le conocían bien: don Bernardino era un truchimán de

_primo cartello_, y ya tendría a buen recaudo todos sus valores, para

tomar las de Villadiego el mejor día; después, échenle ustedes un galgo.

Que la familia se iba al Frigal, y salían las propiedades a remate...

¡farsa! ¡ojalá pudiera ella registrarles los baúles!

--¿Y la liquidación de la casa de Jacinto?--observaba Quilito,--¿y su

entrada en el Ministerio?

--¡Farsa!--repetía la tía,--maniobras, juegos de manos... el tiempo ha

de descubrirlo todo. A esa gente, no creo yo ni el _bendito_. ¡No les

deseo ningún mal, pero si resultara verdad la ruina de Esteven, alabaría

la justicia de Dios! Sólo que Dios tiene mucho que hacer, para perder

el tiempo en castigar a los pícaros...

Lo cierto es que estas cosas les preocupaban. Y más que todo, la

conducta incalificable del niño de la casa, de Quilito, en aquellos días

de junio. Su asiento en la mesa, tanto a la hora de la comida como del

almuerzo, quedaba desocupado con una frecuencia alarmante, a pesar de

las protestas de la tía de no hacer pasteles fritos, ni carbonada, ni

ninguno de los platos criollos, que no le gustaban: se levantaba a las

doce, salía, y no volvía hasta las tres o cuatro de la madrugada. El

padre y la tía casi no le veían la cara y cuando lograban vérsela, al

atravesar el patio o al sorprenderle en su cuarto vistiéndose, se les

figuraba muy pálido, muy flaco, la estampa marcada de un calaverilla

precoz y sin freno.

--Acabará por enfermarse--decía misia Casilda,--¡se acuesta tan tarde!

¿por qué no le hablas tú?

Y don Pablo, que no tenía calzones para hacerse respetar, contestaba que

eso era muy natural: la juventud necesita expansión, soltura; si se le

cierra la puerta, se escapa por la ventana, o por el tejado, el cañón de

la chimenea o el ojo de la llave; la cuerda que se ha mantenido tirante

al joven, el viejo se encarga de aflojarla más tarde, y es peor,

muchísimo peor. Además, ¿por qué se había de interpretar torcidamente

las entradas y salidas del niño? El tenía sus negocios en la Bolsa, sus

estudios en la Facultad...

--Que coma fuera, si eso le agrada--añadía don Pablo,--a mí me gusta

verle mezclado a esa juventud dorada, rozarse con la alta sociedad: en

esto estás de acuerdo conmigo, Casilda. Porque, la verdad, ¿qué va a

encontrar el muchacho aquí? La modestia, la pobreza, el aburrimiento;

una mesa frugal, una chimenea sin fuego. Y si él goza de mejores cosas

en la calle, ¡dichoso él! No decirle nada, pues, y que haga lo que le dé

su real gana. Verás cómo se abre camino, porque es muy inteligente y

tiene grandes aspiraciones.

--En eso no estoy conforme contigo--replicaba la hermana;--para estos

tiempos no vale la inteligencia, y mucho me temo que en los enredos de

la Bolsa no esté Quilito más comprometido de lo que fuera menester.

--Casilda, eres una pesimista de mal agüero.

--¡Ay, Pablo, ojalá me equivocara!

A los síntomas apuntados, se agregaron bien pronto el ensimismamiento,

el mal humor, la irritabilidad. Se encerraba en su cuarto y no abría a

nadie. Don Pablo decía que para estudiar, pero la tía, informada por

Pampa que, en razón de su ministerio, llegaba hasta el recluso

voluntario, en ocasiones, sabía que el niño trazaba números y más

números, o se estaba espatarrado sobre la cama, la mirada perdida en las

cortinas, los brazos inertes. Cuando salía, contestaba distraído,

impaciente:

--No sé, no tengo nada, ¡déjenme en paz!

La tía no había querido decir nada al padre, de lo ocurrido en los

primeros días del mes, hallándose ella sufriendo del segundo ataque de

reumatismo de la temporada, que la postró una semana entera: sucedió,

pues, que entre dos y tres de la madrugada, ella en su lecho y con la

lamparilla encendida, sin dormir, a causa de sus dolores, sintió que

abrían la puerta de calle, cruzaban el patio y llamaban a los cristales

de su cuarto.

--Abra usted, tiíta Silda, soy yo.

Como pudo, bajó de la cama; en camisa y descalza, con el maldito reuma

prendido a la cintura, y tiró del pasado. Quilito entró, arrebujado en

la bufanda.

--Tiíta, vengo a que me dé usted veinte nacionales, pero ahora mismo,

inmediatamente.

--Pero, muchacho, ¿qué pasa? déjame acostar... Dime, ¿para qué quieres

veinte nacionales? ¡y a estas horas!

--¿Me los da usted o no me los da? Cuando le digo que los necesito...

--Ve ahí en la cartera... sobre la cómoda; no sé si llega.

El joven buscó el bolsillo de tafilete. Abriólo y cogió dos billetes de

a diez nacionales; los guardó, y sin decir más palabra, salió del cuarto

y de la casa. El golpe de la puerta de calle retumbó, como un cañonazo.

Misia Casilda quedó espantada, temblando más de susto que de frío.

--¡Ah! ¡Dios mío! ¡se va a jugar! Quilito juega, Quilito juega... ¡Dios

mío, Dios mío!

Pasó el resto de la madrugada en vela, y el alba la encontró acurrucada

en la cama, los ojos arrasados de lágrimas amargas; se oían rodar los

carros en la calle, cuando entró el niño.

--No, no le diré nada a Pablo todavía--pensaba la señora.--¡El dice que

hay que dejar a los jóvenes probar de todo, para enseñarles a vivir!

Don Pablo Aquiles sorprendióla con los ojos hinchados, pero ella alegó

que era a causa del insomnio, y cuando vino Agapo, como solía, la

encontró abatidísima y sin ánimos para cambiar una palabra siquiera; don

Pablo se amilanó con esto, porque, a la verdad, en la casa se notaba

algo, que no se sabía explicar, se sentía venir algo, muy malo, muy

malo, ¿qué cosa? se ignoraba.

Los días siguieron así, sin variación notable, y llegó el 23 de junio.

Aquel día, Quilito almorzó en casa, o mejor dicho, no almorzó, porque

todo el tiempo se lo pasó renegando de los bodrios de Catalina, de

Pampa, que era una sucia, que así limpiaba los cubiertos como se lavaba

mal la cara; del pan, sin cocer, del vino, agrio... Y don Pablo, siempre

paciente, trataba de calmarle.

--Hay que dispensarlo, hijito; si ya sabes que esto no es el Café de

París; no podemos dártelo mejor.

La tía callaba. Pampa, aturdidamente, al presentarle un plato, pisó un

pie del niño, y éste, que reventaba de mal humor, levantóse entonces

hecho una fiera y se arrojó sobre la india, dándole de moquetes

brutales.

--¡Ay, niño! ¡ay, niño!--clamaba la infeliz.

Misia Casilda y don Pablo acudieron en su defensa...

--Toma, toma, para que aprendas y veas dónde pones las patas otra vez.

--¡Quilito!--dijo severamente la tía.

Don Pablo consiguió quitársela de entre las manos, y el joven vociferó

que se iba a su cuarto, a encerrarse, y que no quería ver a nadie, pues

odiaba al mundo entero. Lanzóse fuera del comedor y trepó la escalerilla

de sus habitaciones, pero misia Casilda le siguió, dispuesta a

zarandearle como se merecía: sabido es que la tía Silda tenía sus

momentos de energía formidables. Pero, por más que ella se apresuró,

Quilito llegó el primero arriba y se encerró a piedra y lodo.

--¡Abreme--decía la señora, aporreando la puerta,--ábreme: no hagas

escándalo, Quilito, no me faltes al respeto! Abreme.

Quilito abrió. Entró la tía, su cara de muñeca más lustrosa que de

costumbre, sin las chapas de color en ambas mejillas, porque el disgusto

las había borrado, y siguió al sobrino hasta la alcoba. Quilito se echó

en la cama, de espaldas, y misia Casilda se sentó en un sillón, frente a

frente. Bueno, ya estaban solos y podían explicarse: ella exigía, sí,

señor, exigía explicaciones categóricas, para tomar una resolución

seria: aquello no había de continuar así. ¡Qué! ¿el padre, la tía, los

criados, todos, iban a estar sujetos al humor de un chicuelo

irrespetuoso y sufrir en silencio sus rabietas inconsideradas? ¿qué se

figuraba? ¡Si el padre no tenía bien puestos los calzones, ella sabría

imponerse una vez por todas! La filípica continuó en este tono largo

rato, y el muchacho ni se movía, ni hablaba: misia Casilda usó de todas

sus armas, y trató de herirle en su amor propio, en su dignidad, en

medio del corazón, que ella conocía tan tierno, a pesar de todo.

--A mí no has de engañarme, como a tu padre--dijo por último,--tú andas

en algo malo, Quilito, y si te escondes, es que el remordimiento te

persigue... de alguna acción vituperable... ¡no sé cuál! Seré muy torpe,

pero me parece que tú juegas... y si juegas, que has perdido... ¿he dado

en el clavo? ¿sí o no?

Tan había dado, que el chico se agitó, como si acabara de recibir un

alfilerazo.

--¡Por Dios! tía, déjeme usted, márchese, quiero estar solo; no tengo

gana de oír sermones.

Y se puso cara a la pared, rezongando. Pero, quieras que no, tuvo que

oírlo, de cabo a rabo, tan contundente, porque la señora no se mordía la

lengua, y soltaba cada varapalo que escocía de veras, que Quilito dió un

salto, al fin, y con el aire de un demente, prendido al enrejado de la

cama, que sacudía como si deseara arrancarlo, gritó:

--Sí, ¡he perdido, he perdido! ¿Y qué tenemos con eso?

Jadeante, se volvió a la tía, desafiándola con la mirada iracunda, pero

la consternación de la señora debía ser tan grande, pues enmudeció de

estupor, que Quilito sintióse conmovido y su cólera se apagó, como si

hubieran derramado agua encima.

--Perdóneme usted, tiíta Silda, soy un miserable, no sé lo que me digo.

Se echó a sus pies, besándola las manos y ocultando su cabeza rubia en

el regazo de la señora. Y sin darla tiempo a poder hablar, de temor, sin

duda, a que renovara la letanía de las recriminaciones, contó sus

percances de Bolsa...

--He perdido, tía, y no tengo con qué pagar: mañana, día de San Juan,

vence el plazo, a medio día... Usted dirá que por qué he jugado: ¡todo

lo que usted pueda decirme, me lo repite mi conciencia a voces, a todas

horas! He jugado porque quería salir de pobre, cambiar de posición,

tener lo que otros más afortunados tienen... Para ser rico, tía, y

hacerles felices a ustedes, y hacerme a mí mismo feliz, yendo a

depositar a los pies de Susana... no tuerza el gesto, tía... mi fortuna

y decirla: ¡Ahora, nada ni nadie podrá separarnos! Porque usted no

conoce a Susana, tía; es un ángel, y allí donde ella pone la planta, hay

que poner los labios... Y todo lo he perdido, ¿ve usted? ¡Ay, tiíta

Silda, me considero tan desgraciado, que si no fuera una blasfemia,

diría que odio a mi padre, por haberme traído al mundo, sin que yo se lo

pidiera!... Si aquí no había de hallar más que penas y miserias, ¿a qué

me han dado la vida? Tómenla, ¡yo no la quiero, no la quiero!...

Misia Casilda, acariciando la cabeza rubia, murmuraba:

--¿Ves? si yo te lo decía, yo te lo decía...

Luego, ensayó arrancarle aquellas ideas disparatadas.

--No hables así, Quilito, mira que Dios te está oyendo; no te aflijas

tanto, hijo mío, quizá todo pueda arreglarse. ¡Has perdido! es una

desgracia, pero trataremos, unidos, de remediarla. Vamos a ver, ¿cuánto

debes?

--Mucho, tía, muchísimo, ¡qué sé yo!

--Pero, dime... aproximadamente.

--Mucho, ¡muchísimo!--repitió el joven.

¿Qué iba a hacer al día siguiente? Porque todos los recursos de que

podía disponer, los había probado, y todos fracasaron. ¿Cómo no estar,

pues, de mal humor? ¿cómo no desesperar de su suerte y de la vida?

--Si le digo a usted, tía, que los pobres no debieran tener hijos; que a

uno nadie tiene el derecho de traerle, así, a la fuerza, a compartir las

miserias de la vida. ¿Acaso, a la edad de ser padres, no han echado de

ver todavía que esto no vale un centavo? y si no hay nada que ofrecer al

que ha de venir, ¿por qué obligarle a salir de dónde está sin sentir

pena ni gloria?

¡El egoísmo, tía, el egoísmo! Yo no he nacido, no, para pobre y todo mi

afán fué siempre enmendar de un golpe lo que mi destino había hecho...

¡Qué desgraciado soy, tiíta Silda, qué desgraciado soy!

Desvariaba de tal modo, que la tía, alarmada, pensó con terror en lo que

había dicho aquella noche, de pegarse un tiro si la suerte no lo

favorecía; se le imaginó verle ya con el cráneo hecho pedazos, cubierto

de sangre, después de haberse arrancado violentamente aquella vida que

él decía no querer, ni haberla pedido. Besándole con frenesí, le conjuró

por todos los santos del cielo, que se calmara: ella iba a registrar los

cuatro rincones de la tierra y le traería la suma suficiente para pagar

su deuda. ¿A cuánto alcanzaba? para saber, porque era necesario saber...

¿eran mil, dos mil, tres mil nacionales?

--No, tía, no--dijo Quilito arrojándose en la cama de nuevo,--no se

empeñe usted... ¡es inútil, es imposible! ¡Cuánto le agradezco todo,

tiíta de mi alma!

--No seas bobo; desesperarse así no es cosa de hombres; ya verás, poco

importa que no me digas la suma redonda... yo te he de traer lo

suficiente.

Y poniendo una mano sobre el hombro del joven, añadió:

--Pero con la promesa de ser más cauto en adelante, y de no buscar más

en el juego lo que sólo el trabajo puede dar.

Le dejó y bajó la escalera; en el comedor, don Pablo Aquiles se

preparaba a salir.

--¿Y qué tal--preguntó,--se le ha pasado ya el berrinchín a ese

polvorilla?

--Sí, ahí le dejo tan tranquilo; a Quilito no se le debe tomar a lo

serio: es un loco.

--Bueno, hija, hasta luego.

--Hasta luego, Pablo.

Misia Casilda esperó a que saliera: después, fué derechamente a su

cuarto y abrió el venerable armario de caoba; en el fondo del estante

mediano había una caja de sándalo... Sentada en una silla baja, empezó a

escarbar en la cajita misteriosa: dos onzas de oro de Carlos IV; un par

de _caravanas_ de brillantes y perlas, recuerdo de su madre; un anillo

con amatista; el reloj de don Aquiles; botones de puño; prendedor de

caireles con azabache...

--¿Me darán por todo esto quinientos nacionales?--decíase

pensativa,--más quizá, porque las caravanas son muy buenas... a Quilito

le harán falta... a ver... unos... tres mil nacionales; ¡es una

enormidad! me parece que no puede ser más; ¡imposible! Reflexionemos:

pongamos ochocientos por todo esto, mil por la imagen de plata maciza de

la Virgen de Luján... la Santísima Virgen ha de perdonármelo... bueno,

mil, hemos dicho, y ochocientos, son mil ochocientos; el relicario con

esmeralda, que tengo en el cajón de la cómoda... ¿cuánto me darán por el

relicario? ¿doscientos? pues, ya hay dos mil nacionales... ¡Ah! y cien

que me quedan del mes, son dos mil cien. ¿De dónde sacaré el resto?

¿Pablo? me consta que no tiene nada, porque su mensualidad me la entrega

íntegra... ¡Que la Virgen de Luján me ayude! y si es más de tres mil

nacionales, veremos; hasta mañana a las doce, hay tiempo...

Se puso el mantón, y antes de salir, fué al patio interior a recomendar

a las muchachas mucho silencio, no molestaran al niño y cuidaran la

casa; ella iba y volvía.

--El niño ya encerróse--dijo la genovesa con una sonrisa imbécil.

--Bueno, mujer; usted a su cocina y Pampa que quite la mesa.

Salió con paso ligero, disimulando bajo el pañuelo de merino la caja y

la imagen de plata.

Dos horas estuvo fuera. Volvió sofocada, quejándose del sol tan fuerte,

que no parecía de invierno.

--¿Ha llamado el niño?--preguntó a Pampa.

--No, señora.

--¡Qué cabeza!--decíase misia Casilda,--no me he acordado de llevar los

cubiertos de plata; estos prenderos son todos unos judíos... ¡Cuánto

corretear y qué discutir, para no traer más que mil ochocientos

nacionales! Verdad es que yo he tasado todo con mi fantasía de dueña

legítima... ¡Ay mi Virgen! mi compañera de toda la vida; cuando la dejé

sobre el mostrador, me pareció que me lo reprochaba con sus dulces

ojos... ¡Valiente día estoy pasando! A ver esos cubiertos...

Sin quitarse el mantón, entró en el comedor y abrió, con la llave más

gruesa de su llavero, el cajón bajo del aparador: había hasta tres pares

de cubiertos de plata, envueltos en papeles de seda y en retazos de

franela muy limpia: eran los últimos restos del antiguo esplendor de los

Vargas, cuchillos y tenedores que, más de un bien cebado prior había

manejado, en las comidas suculentas y frailunas del místico don Aquiles.

A la casa de empeños con ellos, y andando.

--Ya vuelvo--dijo la señora a Pampa,--no te muevas del patio.

Media hora después volvía, sofocadísima.

--Si me sale ahora con que es más de los dos mil doscientos que le

traigo--pensaba subiendo la escalera,--¡me parte!

Ya arriba, repiqueteó sobre la puerta, y entró, cuando Quilito hubo

corrido el cerrojo.

--Aquí me tienes--dijo alegremente, echando el mantón sobre los

hombros,--espero no haber perdido mi viaje, o mis viajes, porque han

sido dos, hijo mío.

El joven la vió sacar de un pedazo de periódico, enrollados, los

billetes, que puso sobre la mesa de pino que, en aquella primera

habitación, llenaba, mal que mal, las funciones de escritorio:

quinientos, seiscientos, mil, mil quinientos, ochocientos, dos mil, dos

mil doscientos... Silencio. La tía, radiante, contemplaba el depósito;

Quilito, turbado, miraba a la tía. Esta, miró a su vez al sobrino, y el

semblante se le anubló, de pronto...

--Vamos, pues, ¿qué dices?

--¡Que la quiero a usted mucho tiíta de mi alma, y que sufro de veras

por la pena que la estoy causando!

La abrazó repetidas veces, con efusión.

--Déjame, no me aprietes tanto... ¿De modo que... eso no te alcanza?

¡Habla, habla!

Quilito hizo un gesto, que quería decir: Eso, tía, es un grano de arena,

una gota de agua, para lo que yo debo. Y misia Casilda, dando palmadas

sobre la mesa con su mano enguantada, se impacientaba, seria, de nuevo,

y severa, como antes, exigiendo se le confesara el monto total de la

deuda, inmediatamente: el joven, entonces, hizo declaraciones

completas... Treinta mil nacionales a don Raimundo de Melos Portas e

Azevedo, el más temible de sus acreedores, porque tenía un pagaré bajo

su firma, que le era forzoso, absolutamente imprescindible, recobrar al

día siguiente, y si no lo recobraba, perdería la vida con la honra: lo

había jurado; cincuenta mil a Rocchio, el corredor; veinte mil a un

fulano del Club del Progreso, y cincuenta mil más, repartidos entre

varios corredores de la Bolsa por operaciones malogradas en los días que

iban de mes... total, ¡ciento cincuenta mil nacionales! De todo esto, lo

más urgente a pagar era el saldo de don Raimundo Portas, quien no estaba

dispuesto a conceder más prórroga que los dos días de gracia; el pagaré

había vencido el 22... Los demás acreedores esperarían hasta que Dios

quisiera. Necesitaba, pues, treinta mil nacionales para el 24 de junio,

a las doce, ni un centavo más, ni un centavo menos.

No cayó de espaldas misia Casilda, porque sus nervios, a prueba de

emociones, la sostenían admirablemente, pero parecióle que el mismo

Lucifer le soplaba ciento cincuenta mil trompetazos en los oídos, y que

la casa se le caía encima. A la mente y a la lengua se le vinieron ideas

y palabras, a borbotones, y las arrojó a la cara del sobrino, cual si le

azotara con un látigo... ¡Cómo! ¡él, un chicuelo pobre, un perdulario,

endeudado por suma tan crecida! pero, ¿cómo había podido creer que sus

fondillos iban a valer tanto jamás? ¿no pensó, por un instante siquiera,

ya que su cabeza parecía tan hueca, que si perdía, no podría pagar, y si

no podía pagar, que deshonraba a su familia para siempre? ¿en qué

escuela se había educado, que así le habían sugerido la peregrina teoría

de que las deudas son cosa baladí y es lujo de caballero tenerlas? ¿y

esta era la manera con que él pensaba hacer la felicidad de su padre y

de su tía, y la suya propia? Mordíase el joven el dorado bigotito, y no

replicaba, la cabeza y los ojos bajos.

--¿Qué vas a hacer, entretanto?--preguntó la señora, recogiendo, con un

movimiento de hombros, el mantón, que se caía. Y Quilito, fríamente,

contestó:

--¡No se incomode usted, que yo sé lo que debo hacer!

Cogió un billete de veinte nacionales y pidió permiso para guardarlo.

--Esto es todo lo que acepto de usted, tiíta; dígame, ahora, cuanto se

le ocurra: todo lo merezco, hasta que me arrojen a puntapiés a la calle,

porque soy muy culpable, más de lo que usted cree, quizá... No sé, yo

quería ser rico, pronto, pronto, y no pasar la vida trabajando, para

comer pan negro de viejo, como sucede casi siempre... ¡Luego, mi amor

por Susana! yo me decía: Si me hago millonario, ni los Esteven se

opondrán, ni en casa me harán la guerra: el rico es libre y el dinero

todo lo allana. Y vea usted cómo han fallado mis cálculos: en la Bolsa,

la suerte siempre de espaldas, y en el club; hasta la lotería... mi

número sin querer salir...

Del cajón de la mesa sacó un puñado de billetes de lotería, arrugados,

que arrojó al suelo.

--¡Sin querer salir!--repitió con tristeza;--en balde practicaba los

medios supersticiosos de que se valen algunos jugadores: escoger el

billete en día trece, entrar en la agencia con el pie derecho, tomarlo

con los ojos cerrados... ¡Nada! ¿y el club? ¡Si usted supiera, tía

Silda! Algunas noches mucha suerte, y otras barranca abajo... ¿Se

acuerda usted de aquellos veinte nacionales que vine a pedirle esa

madrugada... que salí después? Había perdido en el club cuatro mil

nacionales, y se me puso que con un billete de veinte, que fuera suyo y

hubiera usted tocado, haría saltar la banca... y la hice saltar, tía,

asómbrese... para saltar yo, después, porque ofuscado, puse cuanto había

ganado a una carta, y lo perdí... ¡Ah! tiíta, el juego es así... Aquí

tiene usted mi proceso hecho; la sentencia usted la ha pronunciado: si

no pago mañana los treinta mil nacionales a don Raimundo, caerá la

deshonra sobre mi nombre... y deshonrado, arruinado, alejado de Susana

para siempre, sin ilusiones, sin esperanzas, sin porvenir... ¿qué voy a

hacer? me pregunta usted; ¡hacerme justicia, tía, y acabar!

Dijo esto con tal sentimiento, y de modo tan lúgubre, que los reproches

expiraron en los labios de la tía, y se abalanzó a él, como loca,

estrechándole en sus brazos, suplicándole que no volviera a proferir la

terrible amenaza, si no quería verla caer muerta a sus pies. ¡Qué

muchachos estos! hacen una barrabasada, y no se les ocurre mejor medio

de remediarla que el suicidio; ¡bonita manera de arreglar las cosas! la

suerte que son pura boca, y que del dicho al hecho... ¡Vamos!

reflexionar un poquito y estudiar el medio más decoroso y fácil de salir

del atolladero: treinta mil nacionales no se encuentran así como así,

bajo el primer adoquín de la calle... ¡Oh, la inexperiencia y la

ambición son dos caballos desbocados que llevan al precipicio a

cualquiera! Ya se lo pronosticó ella, y después dicen que las viejas no

entienden... Basta; dejar ese gestito de contrariedad, que no

recomenzaría con sus sermones; verdaderamente, en estas circunstancias

las amonestaciones huelgan: es como dar de palmadas al niño que acaba de

romperse la cabeza; lo urgente era encontrar el dinero... Ella, que le

había criado y educado y mimado, que era su segunda madre, le salvaría.

Quilito se lo agradecía todo, besándola las manos, como un perrillo que

ha sido castigado y quiere hacerse perdonar del amo la falta cometida.

--No me preguntes nada, hijo mío--agregó misia Casilda,--de aquí a

mañana tenemos tiempo para pensar y para obrar... pero, prométeme que te

dejarás de locuras: tu tía vieja te lo pide: ¡en estos casos de la vida,

es cuando se debe mostrar que se tiene sentido común, sentimientos y

religión! prométemelo, Quilito.

--Prometido queda--contestó el joven maquinalmente.

Antes de salir, la señora recorrió las dos piezas, buscando con los ojos

si había puñal o revólver o instrumento alguno capaz de producir la

muerte, y no bajó sin dejar al querido sobrino más tranquilo, en

apariencia al menos, después de nuevas y patéticas exhortaciones. Bajaba

los escalones, uno a uno, deteniéndose, apoyándose en el pasamano, y las

lágrimas le caían gota a gota, sobre la falda negra; ese movimiento

rencoroso de todo el que sufre, contra la indiferencia del mundo

exterior, experimentólo la señora al ver el cielo tan puro y el sol tan

brillante, cual si no tuvieran noticia de la desgracia ocurrida y de la

más tremenda que se preparaba.

--¡Qué sol más antipático!--murmuró,--todo debiera estar de duelo, como

lo estoy yo! ¡Qué hacer, qué hacer, Dios mío! ¡Virgen de Luján, ayúdame!

Te ofrezco una novena y misa cantada, si nos sacas a todos de este mal

paso... Lo peor, lo peor es que no me viene una idea, una sola... no

queda ya nada por empeñar, y aunque hubiera: la casa entera no vale

treinta mil nacionales... Inútil ha sido llevar al prendero esos

recuerdos de familia...

Se había parado en el penúltimo escalón, y mirando los billetes

envueltos en el periódico, que guardaba en la mano, repuso

maquinalmente:

--La base aquí está, sin embargo, esto ya es algo, esto es mucho...

falta el resto, ¿a quién acudir? ¡Dios mío! no se me ocurre nada...

De pronto, al poner el pie en el último escalón, la idea vino, clara y

precisa...

--¡Qué disparate!--exclamó.

Y trató de ahuyentarla; pero, la idea, como mosca impertinente, la

siguió hasta su cuarto, revoloteando sobre su cabeza, picoteándola en la

frente, persiguiéndola incansable, más pegajosa cuanto más desechada.

--¡Qué disparate!--repetía misia Casilda.--¿De dónde ha venido a

ocurrírseme semejante cosa? Solamente loca... ¡Dios me libre!

Repasó la lista de sus escasas relaciones, discutiendo consigo misma

cuál conceptuaba ella capaz de hacer un servicio al prójimo, pero como

se trataba de un servicio tan extraordinario, veíase obligada a eliminar

nombres, unos por ser de personas tan pobres como ella, otros por poca

simpatía, o ninguna confianza. Y se acordó de misia Petronila

Barrientos, una viuda sin hijos, riquísima, que la visitaba con

frecuencia, y en cada visita la repetía sus ofrecimientos de buena

vecina y antigua amiga.

--Casildita, ya sabe que estoy a sus órdenes; mándeme en cuanto pueda

serle útil. Ocúpeme con toda confianza, Casildita.

A la vuelta vivía, en una casa muy hermosa, de su propiedad...

--Iré a ver a misia Petronila--pensó la señora,--y le ofreceré la finca

en garantía; mi carácter no es para estos casos: nunca he pedido dinero

a nadie y creo, estoy segura, que la vergüenza no me dejará hablar...

Pero, ¿a quién acudir, si no? ¡Esto, antes que lo otro! Ya me tiemblan

las piernas y me pongo colorada...

A la calle otra vez. Pero, ¡fíese usted de los amigos y de sus

ofrecimientos! Misia Petronila Barrientos la recibió con afecto, la

escuchó con atención... y la despidió con política, diciéndola muy

fresca, que no podía ser... porque no podía ser. Y vuelta a la casa,

abatida y llorosa, por el sacrificio estéril que de su amor propio había

hecho, alimentando pensamientos tan negros como éstos: El amigo es para

ir de fiesta y no para acompañar en la desgracia. El corazón de un

extraño es más tierno que el de un amigo. En el pedir y en el dar, se

aquilata la amistad, etc.

Vino don Pablo Aquiles, por la tarde, y se enteró de que el niño seguía

en su cuarto, bajo llave.

--¡Qué demonio de muchacho!--dijo,--¿qué tendrá? Igualito es a su madre,

¿te acuerdas, Casilda, que Pilar era así?... Pero, aquí yo no veo

motivo; el disgusto de esta mañana no pasó de una tontería; voy a subir.

--No, Pablo, ¿para qué? Déjalo solo; es mejor.

--Le dejaremos, pues; pero, hazme el favor de cambiarte de cara,

Casilda.

--¡Jesús! ¿por qué me lo dices?

--Me pareces muy preocupada, hija.

--Aprensión tuya, Pablo.

Cuando se sentaron a la mesa y se sirvió la comida, Quilito mandó a

decir que él no bajaba, porque no tenía gana.

--¡Ya me va cargando el chico éste!--exclamó el padre.

Misia Casilda preparó en una bandeja dos platos, y bien tapada, con el

pan y el vino, mandó a Pampa que la subiera al niño.

--Mira--observó,--si no abre, dejas todo en la escalera, delante de la

puerta.

--Se enfriará, mujer--dijo don Pablo, a quien tanto mimo ponía de mal

humor.

Fué lúgubre la comida. La señora no comió, empeñada en la batalla con la

mosca de su idea primera, que había vuelto a acometerla, y don Pablo dió

satisfacción al estómago con dos cucharadas de sopa, preocupado también

y triste. Recogióse temprano misia Casilda, y sin desvertirse, pasó la

noche en la sillita baja, delante del nicho vacío de la Virgen. Quilito

no había salido, y esto la tranquilizaba, pero desesperábase de que la

hora fatal estuviera tan próxima, y ella no hubiera encontrado más

recurso que aquel descabellado, que le había venido a la imaginación, y

que desechaba como impracticable y humillante.

--La Virgen ha de iluminarme--decía;--ya lo sabes, madre de mi alma:

novena y misa cantada; ¡se trata de él, de nuestro orgullo, del que ha

de ser nuestro sostén mañana! A Pablo no le diré nada, hasta no ver, ¿a

qué darle un disgusto? y él, me parece, que huele algo... ¡ay, Dios mío!

¿qué es eso? ¡qué ruido tan extraño! el corazón me ha dado un salto...

Debe ser el gato, que ha tirado alguna maceta, en el patio... ¡Tanto

hablar de tiros y desatinos esa criatura! no estoy tranquila; quisiera

llorar y no puedo. ¡Otra vez eso! ¡qué pesadez! y es un disparate, un

solemne disparate... ¿A dónde, a dónde ir? No sé, me parece que todos

van a recibirme como misia Petronila... Claro, apenas comprenden de lo

que se trata, se encapotan y sacan el cuerpo con mucha urbanidad... Esto

de hacer la pedigüeña no es para mí, ¡no es! y es preciso, sin embargo:

cuando la necesidad habla, el amor propio se echa a la espalda. Si

Pablo... ¡pero, qué! con las cuentas de sastres y zapateros de ese niño

aturdido, ha molestado tanto al Habilitado, que no quiere éste

adelantarle ya nada; todavía, si fuera una suma pequeña... ¡Señor!

¡Señor! ¿estaré condenada yo a pasar por tanta vergüenza?

Amaneció, y la nueva luz encontróla en la sillita baja, pensativa.

--Hoy es día de San Juan--dijo abriendo los postigos,--¿qué presente nos

reservará?

Durante las primeras horas de la mañana, ocupóse en las tareas de la

casa; a golpes de plumero perseguía el polvo, y cada golpe parecía

descargarlo sobre la idea, que no la abandonaba.

--Es estúpido esto que se me ha metido aquí: si antes de las doce no se

me ocurre otra cosa, no sé... yo tengo confianza en la Virgen; ella ha

de hacer un milagro.

A la hora del almuerzo, Quilito tampoco pareció. Pampa dijo que le había

visto salir, y misia Casilda imaginó que habría ido a buscar recursos

por su lado, a pedir otra prórroga quizá... Entonces, antojósele que lo

mejor, lo más hacedero, era irse directamente a ese señor de Portas, y

arrancarle la concesión de un nuevo plazo prudencial para efectuar el

saldo del maldito pagaré: ¡veinticuatro horas de prórroga importaba

quizá la salvación! Esto es; prontito, a casa del señor Portas, que lo

que es elocuencia para convencerle y lágrimas para ablandarle, no le

habían de faltar. ¡Caramba! no haberlo pensado antes... Día de fiesta

era, y don Pablo Aquiles, que estaba de morro y no quiso almorzar, se

fué a dar su paseo; la campanada de las diez y media sonó en el reloj

del comedor, y la señora se cubría ya con el velo y el mantón, cuando el

llamador de la puerta de calle se hizo oír con grave redoble.

--¿Quién?--preguntó Pampa acercándose a la reja;--señor no estando;

niño, tampoco.

Misia Casilda, en el umbral del gabinete, se asomaba, por la curiosidad

de saber quién era...

--Que pase ese caballero, Pampa; déjale pasar.

La india abrió y don Raimundo de Melo Portas e Azevedo entró en el

patio, saludando, la chistera tornasol en la mano; en vez del levitón

legendario, llevaba ahora un sobretodo de pelo rizado, de estos color de

ceniza, que no muestran la porquería...

--No le conozco--se dijo la señora;--pero, a esta hora y con esa facha,

viene por Quilito: debe ser un acreedor. ¡Que la Virgen nos asista!

Pasó a la sala, donde el insigne portugués estaba ya instalado, en un

sillón de seda amarilla, gastadísima, con los flecos deshilachados.

--Muy señora mía...

--Servidora de usted...

Al nombre de Portas, misia Casilda se animó.

--¡Ah, es usted el señor de Portas! Pues precisamente iba yo a su casa

ahora.

--¿De veras?--exclamó don Raimundo, sacando los dientes en una

sonrisa,--el señor Vargas la había encargado entonces... a eso venía yo

también; aquí está el pagaré, vencido el 22 y que hoy debe ser saldado.

De una cartera de cuero, sacó el papelucho y lo presentó, haciendo el

amable.

--Así la evito a usted una molestia--repuso;--dígnese fijarse usted

señora, si es ese el documento, porque tengo unos ojos...

Misia Casilda decía:

--¿Molestia? no, señor, al contrario.

Tomó el papel, sin saber qué hacer.

--Sí--dijo,--éste es; treinta mil nacionales, y aquí está la firma,

Aquiles Vargas...

--Debajo, debe estar la de don Bernardino Esteven.

--¿Qué dice usted?

--Sí, señora, del fiador; el señor Esteven ha garantizado la firma de su

sobrino.

La señora sintió un desvanecimiento tan grande, que creyó iba a perder

el sentido. ¡Esteven fiador de Quilito! Una de dos, o el joven mantenía

relacione con sus tíos, de tapadillo, o aquella firma era falsificada;

si lo primero, ella conocía a don Bernardino y no creía que su

generosidad llegara a tanto, aunque estuvieran en los mejores términos

con el joven, luego... No veía bien, no respiraba bien; un sabor muy

amargo la envenenaba la boca.

--En efecto--balbuceó haciendo un esfuerzo,--aquí está también la firma

de... ese caballero.

Se calló, mirando atontada el papel, que conservaba en su mano

temblorosa; don Raimundo, apoyado en el bastón, la chistera sobre las

rodillas, esperaba. Y viendo que misia Casilda no daba muestras de

aflojar los monises, el portugués se alarmó. ¿El señor Vargas no había

dejado nada para él? porque estaban a 24 de junio, término de la

prórroga; si el pagaré no lo saldaba el señor Vargas, en cumplimiento de

su compromiso, se vería él en la dura necesidad de presentárselo al

fiador, a Esteven.

--No, no--exclamó la señora, agitadísima,--se pagará, sí, señor; mi

sobrino sabrá hacer honor a su firma y no tendrá usted que recurrir al

fiador, no, no.

--Lo decía, porque, como yo tengo otras cuentecitas que arreglar con el

señor Esteven, no había más que incluir ésta con las otras...

--Si le digo que se pagará, ¿por qué ha de ponerlo usted en duda? Me

ofende usted, caballero, me ofende usted.

--Bien, señora, a sus órdenes...

--Solamente que--agregó misia Casilda sudando, a pesar del frío que

sentía, no podrá ser ahora mismo, en el acto... a eso iba yo a su casa,

precisamente... a pedirle una nueva prórroga, corta, muy corta: en dos

o tres días se habrá reunido la cantidad suficiente... Vea usted, señor

Portas, cómo andan ahora los negocios; esto usted lo sabe mejor que yo;

además, hoy es fiesta, no lo olvide usted. Estamos tan atrasados, que

para el puchero apenas nos llega... pero, en dos o tres días, se lo

prometo a usted; tenemos un depósito en el Banco y vamos a recibir

ciertas cantidades que nos adeudan...

Lloraba casi, en su súplica desesperada, y don Raimundo movía la nariz,

contrariado, tocando el tambor sobre la chistera, de impaciencia.

--Pero, señora, comprenda usted que del 22 a aquí van ya dos días de

prórroga y la ley no exige...

--Caballero, sea usted bondadoso.

--No puede ser...

--En dos días más...

Siguió la porfía, hasta que el prestamista declaró, levantándose, que si

al día siguiente, a la misma hora, no le entregaban los treinta mil

nacionales, iría con la letra protestada a ver a don Bernardino Esteven.

Y se marchó, bruscamente, después de guardar el papelucho en su cartera

de cuero.

Parecióle a misia Casilda que, vestidita como estaba, la habían

zambullido de cabeza en agua fría, porque daba diente con diente, como

quien tiene tercianas, a la vez que llamaradas de fuego le quemaban la

cara. ¡Esteven fiador de Quilito! ¿De qué manera había el joven obtenido

esta firma? ¿directamente? Luego se veía con los tíos, entraba en la

casa, trincaba con ellos, los enemigos jurados de su padre; ¿por

intermedio de Jacinto? Era dudoso, y en uno y otro caso, pensaba ella

que Esteven, más calculista que caritativo, no sería tan necio como para

prestar su garantía a un joven que, le constaba, no tenía con qué

responder a compromiso tan importante. Lo que misia Casilda deducía de

todo esto, era tan espantoso, que se puso a llorar... El desgraciado

niño lo había dicho: que era más culpable de lo que ella creía.

Entonces, si la sospecha horrible resultaba evidente, urgía recuperar el

pagaré de manos de don Raimundo, no darle ocasión de que fuera a poner

bajo los ojos de ese hombre la firma falsificada...

--¡Sí, recuperarlo, pero cómo, cómo, Dios mío!--exclamó.

La mosca impertinente volvió, agitando sus alitas impalpables, y ella no

la rechazó, como antes, la acarició, al contrario... ¡Sí, se humillaría

hasta hundir la frente en el polvo! se trataba de salvar a Quilito, y si

no había más medio que ése, el último, a él, apelaría, con los ojos

cerrados.

De pronto, se acordó que el joven no había vuelto todavía; si no era a

ver a don Raimundo, ¿a dónde habría ido? El temor de que fuera a

realizar su amenaza de suicidio, la asaltó, arrancándola del sillón.

Desatentada, salió al patio, gritando a Pampa si el niño estaba en su

cuarto, a tiempo que la reja se abría y entraba Quilito.

--¡Ah! ya vuelves--dijo la tía con sofocada voz.

Hízole entrar en la sala, y estrechando sus manos con fuerza,

descompuesta, loca, prorrumpió en esta pregunta:

--¿Qué has hecho, hijo mío, qué has hecho?

Quilito, pálido, no comprendía. Y la tía, sin soltarle, repitió su

pregunta desolada:

--¿Qué has hecho? ¿qué has hecho? ¡Alguien te ha aconsejado mal, te ha

arrastrado al crimen, porque tú has sido siempre bueno, has sido

honrado, honrado como tu padre y como tu abuelo!

--Tía, ¡por Dios!

Misia Casilda le soltó, y sentándose en el sillón, porque sus piernas,

flojas, no podían sostenerla, repetía, llorando:

--Sí, alguien te ha aconsejado, porque tú no eres malo, no eres capaz...

Dijo que don Raimundo acababa de salir, que había exhibido el pagaré de

treinta mil nacionales, y que ella, con sus propios ojos, que comería la

tierra, había visto al pie de su firma, la firma de Esteven... Miró a

Quilito, y en su turbación y en su semblante demudado leyó la verdad, la

comprobación de su sospecha.

--¿Qué has hecho? ¿qué has hecho?--volvió a decir con angustia.

Pero, el joven se había echado ya a sus pies e imploraba su compasión;

sí, era cierto, era cierto que él falsificara la firma de Esteven, para

obtener del prestamista el dinero que necesitaba, pero lo hizo ciego,

sin saber lo que hacía, ni a lo que se exponía, pensando, en su fiebre

de fortuna improvisada, que, llegado el vencimiento, podría retirar

fácilmente el pagaré, las manos llenas de oro, como había de tenerlas;

nadie se lo aconsejó, sino su mala cabeza.

--¡Soy un miserable, tía de mi alma, no merezco que usted me mire

siquiera, porque, aunque honrado en el fondo, no he sabido resistir y

evitar una acción vergonzosa, que la ley castiga, tía!

Y bien, como la deuda no podía saldarla, y el pagaré, protestado, iría a

parar a manos de don Bernardino, si no estaba ya en su poder, quedábanle

a él dos caminos: o dejarse meter en la Penitenciaría o saltarse los

sesos... Misia Casilda dió un grito y le abrazó, aterrada. Quilito se

debatía, diciendo que, puesto que había deshonrado las canas de su

padre, debía sufrir el condigno castigo; que él no se atrevería ya a

afrontar su mirada, y que la idea que Susana, su adorada Susana,

conociera su delito, le enloquecía...

--No, yo no podré resistir esto, no podré, no podré.

--¡Escúchame, desgraciado, tengo un medio de salvarte, un medio supremo;

ya lo verás: el prestamista me ha concedido un plazo de veinticuatro

horas, ¿sabes? y en estas veinticuatro horas se puede volver el mundo

patas arriba, figúrate. Yo por un lado, tú por el otro: cavaremos,

cavaremos hasta encontrar esa suma. Nunca me había imaginado esto, pero,

ha sucedido y debemos remediarlo con algo más positivo que con

lamentaciones y amenazas: déjate de tiros y de Penitenciaría. ¡Qué

horror! ¡Había de permitir la Virgen de Luján que tú fueras tratado como

un criminal empedernido! No, ¡imposible! has cometido una falta grave,

pero sin medir todo su alcance, ofuscado en esa jugarreta de la Bolsa,

que yo tanto te incriminaba... Pierde cuidado, tu padre no sabrá nada, y

ese hombre tampoco, porque, mañana, a estas horas, habremos

reconquistado el pagaré. Si te digo que tengo un medio, infalible no,

infalible no, pero... es muy probable... veremos; quiero que te

tranquilices, hijo mío.

--Es usted muy buena, tiíta Silda, pero, verá usted como todos los

medios serán inútiles...

--¿Qué sabes? déjame a mí, que yo sé lo que me digo.

Hasta sonreía la infeliz señora, ansiosa de calmarle, de inspirarle

valor y confianza.

--Pero, tú me has de ayudar, ¿eh? En primer lugar, no haciendo tonterías

y abandonando esas ideas de desesperación, que Dios condena; luego,

viendo por ahí... tú tienes amigos ricos, relaciones influyentes: no

desanimes, hijo mío...

El joven dijo que había visto a muchos amigos, pero sin resultado;

¿quién presta, sin garantía, treinta mil nacionales? Y misia Casilda,

recordando a la de Barrientos, contestaba que, efectivamente, muchas

veces los mejores amigos son los primeros en dar el esquinazo, y que

vale más dirigirse a los extraños; pues, por dejar de pedir no quedaría,

y si el medio supremo, el suyo, no resultaba, se hipotecaría la finquita

o se vendería: con el producto bien podía pagarse al señor Portas y a

alguno de los demás acreedores, pues si la casa, vieja, no valía gran

cosa, el terreno, por el sitio, valía mucho.

--¡Ahora!--arguyó Quilito desalentado,--¡imposible!

--¿Y por qué no? todo está en buscar comprador... conque, hijo mío,

manos a la obra; tu vieja tía ha de salvarte.

Se oyó el golpe del bastón de don Pablo en las losas del patio y sus

pasos mesurados; Quilito se arrancó de los brazos de la tía y huyó por

las habitaciones interiores, trepando la escalerilla de su cuarto, donde

se encerró con doble vuelta.

--¿Quién estaba en la sala, Casilda?--preguntó don Pablo Aquiles

deteniéndose junto al aljibe.

--Nadie--contestó la señora,--yo sola.

--¿Así, de velo y mantón?

--Es que voy a salir.

--¿A dónde?

--Entra y te lo diré.

Penetró don Pablo en el comedor, y sin quitarse el sombrero ni el

abrigo, muy risueño, sentóse en el sillón de costumbre, y mirando a su

hermana, dijo:

--Adivina la gran noticia que traigo...

--No sé...

--He encontrado al oficial mayor en la calle; ¡qué casualidad! y me ha

sorprendido, hija, porque no imaginaba yo que esto sucedería: asómbrate,

¡el ministro Ensene ha renunciado!

--¿De veras?

--De veras, parece mentira, ¿eh? pues, sí, señor, el hombro ha caído, y

vergonzosamente, como tenía que suceder; si le dejan un día más en el

Ministerio, se lleva hasta los clavos de las paredes. Ahora sí que van a

empezar a descubrirse las picardías, hija.

--Por mí, que se descubran; como no han de hacerle nada... ¡todavía si

fuera, para atarle codo con codo y mandarle a presidio! pero ya verás

como echan tierra al asunto.

--De esta vez, ciertos son los toros: caído Eneene, la ruina de Esteven

es segura; ¿no ves que era el compadre que le sostenía? Ahí decían que

en la liquidación última de la Bolsa, de la que Esteven salió tan

comprometido, el ministro le había echado un cable para salvarle, pero,

lo que es ahora, el cable se ha roto y mi hombre se hundirá y _¡laus

Deo_! que bien ganado se lo tiene.

--Pues yo no lo creo, Pablo, mientras no lo vea, no he de creerlo...

Y cambiando de tono, temblándole la voz, añadió:

--Hablemos de otra cosa, Pablo, de algo muy grave.

Don Pablo la miró, y echó de ver entonces que había llorado, que estaba

pálida y tenía los labios blancos.

--Habla, Casilda, me asustas, ¿qué pasa aquí? ¿dónde está Quilito? ¿a

dónde ibas?

--Tranquilízate; Quilito está en su cuarto... Yo no quería darte este

disgusto, me hubiera callado, pero se trata de algo tan grave, tan grave

que... mira, Pablo, no hay otro remedio, no lo hay, aunque te rompas la

cabeza buscándolo... Es una humillación para nosotros, lo comprendo,

pero, ¿qué hacer, cuando la honra y la vida de Quilito están de por

medio? Si me ves así, Pablo, es que voy... es que voy... a casa de

Esteven.

El rayo había caído, y sin embargo, don Pablo Aquiles vivía, sentado en

su sillón, paseando sus ojos atónitos de misia Casilda, inmóvil, a las

cigüeñas de la pantalla, mudas confidentes de sus cavilaciones, y en

esta mirada parecía preguntarles qué era aquello, qué significaba,

aquello, porque él, francamente, no lo comprendía...

Quilito · 第 12 / 14 题