A la Reina de los cielos

Que con excelencias tantas

Se coronó de laureles

Para llevar-se la palma;

A aquella que ave divina

Se remontó bella garza

A lo mas alto del cielo,

Adonde está colocada,

Le suplico que me preste

Una pluma de sus alas

Para que escriba mi ingenio

La crueldad mas inhumana,

Y la lastima que lloran

De bronce y marmol estatuas.

En ese lucido reino

De la gente lusitana

Nació un principe famoso,

A quien dió nombre la fama

De cruel, aunque para serlo

Le dieron bastante causa.

Por gusto del rey su padre

Con una infanta de España

Casó el Principe famoso

Con grandeza soberana,

Y á Portugal, con su reina,

Pasó por dama, una dama,

Cuya hermosura por grande

Se igualó con su desgracia.

Era Doña Ines de Castro,

Ya lo he dicho, que esto basta.

Murió luego en Portugal

La princesa castellana;

Sintió Portugal su muerte

Tanto como le tocaba,

Y el Principe se portó

Con grandeza para honrarla;

Y sosegada la pena,

Que el tiempo todo lo acaba,

Salió para divertirse

Al jardin, como estilaba,

Donde dió vista á una fuente

De una fabrica tan rara,

Que era toda de alabastro,

Com una taza de plata,

Y alli poniendo sus ojos

Vió reclinada una dama,

Que en los frigidos cristales

Al espejo se miraba.

Llegó el Principe á la fuente,

Porque el fuego busca al agua

Y mirando su hermosura,

Quedó su vista abrasada.

Y á su cariñoso estilo

Volvió Doña Ines la cara.

Quedóse el Principe helado,

Y Doña Ines quedó helada,

Bebiendo se los alientos

Por los ojos, hasta el alma.

El fuego venció á la nieve,

Y derritiendo la causa

Que aprisionaba su lengua,

Rendido el Principe habia.

Palabra le dió de esposo

Prometiendo coronarla

Por reina de Portugal;

Y la dama cortesana

Con juxto agradecimiento

Su candido jazmin saca.

Dióle la mano de esposa,

Y en fe de mano y palabra

Se casaron en secreto

Con union muy voluntaria;

Y temiendo que su padre

Esta accion les estorbara,

Para que mas se ocultase

Del real palacio la saca,

Aposentando su hechizo

En una quinta que estaba

Convecina del Mondego.

Y su padre, que ignoraba

Los lances que he referido,

Trató luego con Navarra,

Atribuyéndolo á dicha,

El casarle con su Infanta.

Concediólo el Rey navarro,

Y la infanta Doña Blanca,

Acompañada de grandes

De su corte y de su casa,

Pasó á Lisboa, causando

Mil penas eslaboñadas.

Visitó el Principe al Rey,

El cual le ordena y le manda

Que pues ha de ser su esposo,

Visitase á Doña Blanca.

Obedecióle Don Pedro,

Y recibióle la Infanta

Con cariñosos cortejos,

Y el Principe asi le habla:

--Ilustrissima Señora,

Cierto me holgara en el alma

Excusar vuestro disgusto

Y el mio, por ser yo causa

De los presentes desaires

En que os miro estimulada;

Mas supuesto que es preciso

Vuestra pena declarada,

Rompa mi voz el silencio,

Pues ya no puedo occultarla.

Casé, Señora, en Castilla

Primera vez con la Infanta

Por el gusto de mi padre;

Pero pues no está ignorada

La dicha de estos principios,

Pasemos á la sustancia.

Cuando mi querida esposa

Pasó á Portugal, de España

Vino assistiendola entónces

Una bellisima dama,

Una hermosura, un prodigio,

Perdóneme el alabarla

Vuestra Alteza en su presencia:

De su belleza informarla

Mi importa, porque disculpe

Temeridades osadas,

Cuando advertida conozca

De estos extremos la causa.

Es, en fin, por abreviar,

Doña Inês, Cuello de Garza,

Tan garza, que su hermosura

Y discrecion remontada,

Por ser un cielo, es el centro

De la gloria de mi alma.

Vióla mi vista, y perdila,

Pues me la robó su gracia;

Solicité su hermosura,

Y favoreció mis ansias

Tanto, que logré la dicha

De gozar premios por paga.

Ya Doña Ines es mi esposa

Que está conmigo casada,

Su esposo soy tan gustoso

Que á mi dicha no se iguala

La mayor dicha del mundo,

Porque es mi dicha tan alta:

Y asi podrá vuestra Alteza

Volverse luego á Navarra,

Que solo Ines hade ser

En Portugal coronada.--

Fuese el Principe, y quedó

En blanco la triste Blanca,

Dando á los ojos licencia

Para que tristes lloraran

La pena que padecia;

Y el noble rey de Navarra

Sintió con grandes extremos

El desaire de su hermana,

Mandó que al arma tocasen

Las trompetas y las cajas,

Y los fuertes capitanes

Se pusiesen en campaña

Con ejercitos valientes

Bien prevenidos de armas,

Hasta ver de Portugal

La corona derribada;

Que para recuperar

El agravio de su hermana

Solo pretende ponerla

Por alfombra de sus plantas.

Sonó el clarin belicoso,

Crujió el parche de las cajas,

Poblóse el campo de picas,

De mosquetes y alabardas,

Y con fieros estandartes,

Y banderas tremoladas,

Le puso sitio á Lisboa;

Y temiendo su arrogancia

El portuguez, pidió treguas

Y á sus consejeros llama:

Y puesto en el trono altivo

Su consejo les demanda.

Era el uno Egas Coello,

Y Alvar Gonzalez llamaban

Al segundo consejero,

Y el consejo que le daban

Fué que Dona Ines de Castro

Muriese, que era la causa

De las guerras, que su muerte

Era de mucha importancia.

El Rey replico que no,

Que era tirania ingrata.

Replicaron los traidores

Que perderia su fama,

Y que junto con su vida

Su corona peligraba

Y en fin, tiranos, aleves,

Tantos riesgos alegaban,

Que bajó desde su trono

El Rey, dejando firmada

De Doña Ines la sentencia

De que muera degollada.

Al Principe aseguraron

En la prizon de un alcázar,

Y partieron á Coimbra,

Donde Doña Ines estaba.

Aqui la mano me tiembla,

Aqui la pluma se pára,

Aqui el pulso titubea,

Y la lengua aprisionada

Entre penas y tormentos,

No pronuncia lo que habla,

Le leyeron la sentencia

A aquella cordera mansa,

A aquella que imitó á Abel

Entre el furor y la saña

De tan ingratos Caines;

Y vestida de mil ansias,

Rociaron sus auroras

Perlas, que en la filigrana

De sus hermosas mejillas

Se miraron esmaltadas;

Y sentada en una silla

Las manos atras atadas,

Llegó el tirano homicida,

Cubrió su cielo una banda,

Cortó el ingrato cuchillo

Su bellisima garganta.

Quedó aquella nieve, roja,

Aquella luna, eclipsada,

Aquel sol, todo nublado,

Aquella luz, apagada,

Aquella estrella, sin rayos

Aquel lucero, sin alba,

Sin purpura, aquella rosa,

Aquel clavel, sin fragrancia,

Aquel jazmin, deshojado,

Y sin cuello aquella garza,

Abatidos ya sus vuelos,

Y remontada su fama.

Murió Doña Ines de Castro,

Dios le dé gloria á su alma,

Y entre hermozos paraninfos

S'eternice colocada;

Y el Principe mas amante

Cuando supo la desgracia,

Sus amorosos extremos

Digalos por mi la fama;

Y desmintiendo la noche

Con la luz de cien mil hachas,

Le hizo un entierro solemne.

Desde Coimbra á Alcobaza,

Donde sobre su cabeza

Puso la corona sacra,

Y luego todos sus grandes

Besaron la mano blanca.

Hizo que todo su reino

Por su reina la jurara,

Y á los ingratos traidores

Por las traidoras espaldas

Arrancó los corazones,

Porque su culpa pagaran.

Emplazado murió el Rey

Para dar cuanta tan larga:

Quedó Doña Ines sim vida,

Y los traidores sin alma;

Y cuando supo el suceso

Levantó el sitio Navarra,

Y el Principe sin consuelo

Quedó llorando mil ansias.

Rendido pide el ingenio

Perdon de sus muchas faltas.

_Pliego suelto._

* * * * *

8

Romance de Dona Isabel

--De cómo Dona Isabel quiso en vano ser reina de Castilla.--

(ANONYMO)

Yo me estando en Tordesillas

Por mi placer y holgar,

Vinome al pensamiento,

Vinome a la voluntad

De ser reina de Castilla,

Infanta de Portugal.

Mandé hacer unas andas

De plata, que non de al

Cubiertas con terciopelo

Forradas en tafetan.

Pase las aguas del Duero,

Paselas yo por mi mal

En los brazos a Don Pedro

Y por la mano a Don Juan,

Fuerame para Coimbra,

Coimbra de Portugal:

Coimbra desque lo supo

Las puertas mando cerrar.

Yo triste, que aquesto vi,

Rescibiera gran pezar:

Fuerame a un monasterio

Qu'estaba en el arrabal,

Casa es de religion

Y de grande santidade;

Las monjas estan comiendo,

Yá que querian acabar

Luego yo cuando lo supe

Envie con mi mandar

A decir á la Abadesa

Que no se tarde en bajar

Que espera Doña Isabel

Para con ella hablar.

La Abadesa que lo supo,

Muy poco tardo en bajar:

Tomarame de la mano,

A lo alto me fué a llevar

Hizome poner la meza

Para haber de yantar.

Despues que hube yantado

Comenzome a preguntar

Como vine a la su casa

Como no entré en la ciudad?

Yó le respondi:--Señora,

Eso es largo de contar:

Otro die hablaremos,

Cuando tengamos lugar.

_Cancionero de Romances_, fol. 176 v.

* * * * *

9

Romances de Dona Isabel de Liar

Cómo, porque el Rey tenia hijos de ella, la reina la mando matar.--I

(ANONYMO)

Yó me estando en Giromena

Por mi placer y holgare,

Subierame a un mirador

Por mas descanso tomare:

Por los campos de Monvela

Caballeros vi asomare:

Ellos de guerra no vienem,

Ni menos vienen de paz,

Vienem en buenos caballos,

Lansas y adargas traen:

Desque yó lo vi, mezquina,

Peremelos a mirare,

Conociera a uno d'ellos

En el cuerpo y cabalgare,

Don Rodrigo de Chavella

Que llaman del Marechale,

Primo hermano de la Reina

Mi inemigo era mortale.

Desque yó, triste, le viera,

Luego vi malo señale.

Tomé mis hijos conmigo

Y subime al homenaje;

Yó que yo iba a subir,

Ellos en mi casa estane:

Don Rodrigo és el primero,

Y los otros traz el vane.

--Salveos Diós, Doña Isabel.

«Caballeros bien vengades.

--Conoscedesnos, señora,

Pues asi vais a hablare?

«¡Yá os conozco, Don Rodrigo!

Yá os conozco por mi male!

¿A qu'era vuestra venida?

¿Quien vos ha enviado acae?

--Perdonemedes, señora,

Porque lo que os quiero hablare,

Sabed que la Reina, mi prima

Aca enviado me hae,

Porque ella es muy mal casada,

Y esta culpa en vos estae,

Porque el Rey tiene en vos hijos

Y en ella nunca los hae,

Siendo, como sois, su amiga,

Y ella mujer naturale:

Manda que murais, señora

Paciencia querais prestar.--

Respondió Doña Isabel

Con muy grande honestidade:

«Siempre fuistes, Don Rodrigo,

Todo em mi contrariedade:

Si vos queredes, señor,

Ben sabedes la verdade

Qu'el Rey me pedio mi amôr,

Yo no se lo quiso dare,

Teniendo en mas a mi honra

Que no sus reinos mandare;

Cuando vió que no queria

Mis padres fuera a mandare,

Ellos tan poco quisieron

Por la su honra guardare

Desque todo aquesto vido,

Por fuerza me fué a tomare;

Trujome a este fortaleza,

Do estoy en este lugare;

Trez años he estado en ella

Fuera de mi voluntade,

Y si el Rey tiene en mi hijos

Plugo a Diós y a su bondade,

Y si no los ha en la Reina

És asi su voluntade.

¿Porque me habeis de dar muerte

Pues no merezco mal?

Merced os pido, señores,

No me la querais negare:

Desterreisme d'estes reinos,

Qu'en ellos no estaré mares

Irme he yo para Castilla,

O a Aragon mas adelante,

Y si no bastare aquesto

A Francia me iré a morare.

--Perdonedenos, señora,

Que no se puede hacer mas.

Aqui está el Duque de Bavia

Y el Marquez de Villareale,

Y está el Obispo de Oporto

Que os viene a confesare.

Cabe vos está el verdugo

Que os habia de degollare,

Y aun aquesto pajecico

La cabeza ha de llevare.--

Respondió Doña Isabel,

Con muy grande honestidade:

«Bien paresce que soy sola,

No tengo quien me guardare,

Ni madre ni padre tengo,

Pues no me dejan hablare;

Y el Rey no está en este tierra,

Qu'ere ido allende el mare;

Mas de qu'el sea venido

La mi muerte vengarae.

--Acabedes yá, señora,

Acabedes de hablare.

Tomalda señor Obispo,

Y metedla a confesare.--

Mientras en la confesion,

Todos trez hablando estane,

Si era bien hecho o mal hecho

Esta dama degollare:

Los dos dicen que no muera,

Qu'en ella culpa no hae;

Don Rodrigo, qu'es muy cruel,

Dice que la ha de matare.

Sale de la confesion

Con sus trez hijos delante,

El uno dos años tiene,

Elle otro para ellos vae,

Y el otro, qu'era de teta,

Dandole sale a mamare,

Toda cubierta de negro,

Lástima es de la mirare:

«Adiós, adiós, hijos mios;

Hoy os quedareis sim madre:

De alta sangre caballeros,

Por ellos querais mirare,

Que al fin son hijos de rey,

Aunque son de baja madre.»

Tiendenla en un repostero

Para habella degollare:

Asi murio esta Señora

Sin merecer ningun male.

_Cancionero de Romances._

* * * * *

10

Al mismo asumto.--II

(ANONYMO)

En Ceute estava el buen Rey,

Ese Rey de Portugal,

Cuando le dieron aviso

De tristeza y de pesar,

Diciendole que habian muerto

A Doña Isabel de Liar

Y que lo mandó la Reina

Por su mala voluntad.

Don Rodrigo fué el cruel,

El que llaman del Marchal.

Y ese Duque de Salinas,

Y el Marquez de Villareal,

Con el o bispo de Oporto,

Que la fuera a confesar.

Cuando aquesto supo el Rey,

No hace sino llorar;

Juraba por su corona

Que le habia de vengar.

Mandó tocar sus trompetes,

El real mandara alzar,

Vistiose todo de luto

Luego se quizo embarcar

Con solo diez caballeros

Que no le quieren dejar.

No quiso aguardar la flota,

Por no se tanto tardar,

Y dentro de siete dias

A Sevilla fué á llegar

Y de alli a pocos dias

Es llegado a Portugal.

Fuese derecho a palacio,

Do salia reposar.

La reina cuando lo supo

Vinose a lo visitar;

Mas el Rey con mucha saña

D'esta suerte le fue a hablar:

--Mal vengades vos, la Reina,

Malo sea vuestro llegar.--

En diciendo estas razones,

La mandó presto tomar,

Y en el mismo repostero

Do su amiga fué a finar,

Mandó degolar la Reina,

Don Rodrigo cuartear,

Y a ese Duque de Salinas,

Y al marquez de Villareal,

Y al buen Obispo de Oporto

Le mandó descabezar.

Hizo sacar a su amiga

Para con ella casar,

Y por heredar sus hijos,

A Don Pedro y a Don Juan.

Y despues con mucha honra

La mando luego enterrar;

D'este modo vengo el Rey

A Dona Isabel de Liar.

Timoneda, _Rosa Espanola._--It. _Rosa de Romances._

* * * * *

11

Romances del Duque de Guimarans.--I

Don Juan II de Portugal hace decapitar al Duque de Guimarans, y mata por

su mano al joven Duque de Viseo, su primo y cuñado.

(ANONYMO)

Los grandes de Portugal

Se muestran muy enojados,

Con gran queja de su rey

Muy gran odio le han tomado.

Y el Duque de Guimarans

Es el que mas le ha mostrado,

El cual con sus trez hermanos

Se siente mui agraviado.

Por muy aspero le acusan

Y de no bien enseñado,

Porque mui mal los tratava

No haciendo d'ellos caso,

Siendo de su misma sangre,

Y sus deudos muy cercanos,

Fuera de lo que su padre

Siempre los habia tratado,

Y de la humana llaneza

Con que era communicado;

Agravando el mal presente,

Mirando en el bien pasado,

Y con este descontento

Estando muy indignados

Publicaban que era el Rey

Avariento en sumo grado,

Injusto, incapaz que el reino

Fuese por el gobernado;

Lo cual por el Rey sabido,

Mostrando-se muy airado,

Dicen que les levantó,

O que fué de ello informado,

Que el Duque y sus trez hermanos

Que se habian conjurado

De matar a su persona,

Y de tomarle su estado

Y darlo a su primo el Duque

De Viseo, su cuñado,

Y por esto los prendió

Tomandolos descuidados

Y procedio contra ellos;

Y el processo sentenciado,

Fué el Duque de Guimarans

En publico degollado:

Esotros sus trez hermanos

Fueron todos desterrados,

Y al Duque de Viseo

Perdonó por ser muchacho.

Y no dende a mucho tiempo

En que aquesto hubo passado,

Publicó que aquesto Duque,

Su primo, queria matarlo,

Y con otros caballeros,

Que estaba yá conjurado:

Envió a llamar al Duque

El cual vino a su mandado

De un pequeño luga suyo,

Donde estaba aposentado,

En la cámara del Rey

Entró el Duque descuidado.

Viendole el Rey ante si,

Que le maten ha mandado;

Pero teniendo respeto

Nadie quiso ejecutallo

Por ser su primo del Rey,

Y ser tambien su cuñado.

El Rey sacando un puñal,

Fué contra el muy airado

Diciendole:--¡Oh traidor!--

Y el Duque muy fatigado,

Viendose llamar traidor

Respondió muy denodado:

«Vos sois traidor y mentis

En eso que habeis hablado.»

Dijole el Rey:--Tu pensabas

Levantarte con mi Estado

Y matarme a mi primero;

Pues mal te se ha ordenado,

Que si mi brazo me ayuda,

No verás lo que has pensado.

Y abrazandose con el

Dos puñalados le ha dado,

Y dejandole alli muerto

Entró dentro en su palacio,

Y preguntole a la Reina

Con rostro disimulado:

--A quien quisiese matarme

Y alzarseme con mi Estado

¿Que os parece que merece

En pago de su pecado?--

La Reina le respondió:

«El que tal caso ha pensado

Muy cruel muerte merece

Como traidor y malvado.»

Dijo El Rey:--Tened paciencia,

Que asi he hecho a vuestro hermano.

Fuentes, _Libro de los Cuarenta cantos_, etc.

* * * * *

12

La Duqueza de Guimarans se queja al Rey por la muerte que hizo dar

a su esposo.--II

(ANONYMO)

--Quejome de vos, el Rey,

Por haber credito dado

Del buen Duque, mi marido,

Do que le fue levantado.

Mandastemelo prender

No siendo en nada culpado.

¡Mal lo hicistes, mi Señor!

¡Mal fuistes aconsejado!

Que nunca os hizo aleve

Para ser tan maltratado;

Antes os servió, ¡mezquino!

Poniendo por vos su Estado:

Siempre vino a vuestras cortes

Por cumplir vuestro mandado.

No lo hiciera asi, señor,

Si en algo os hubiera errado,

Que gentes y armas tenia

Para darse a buen recaudo;

Mas vino, como inocente

Que estaba de aquel pecado.

Vos no mirando justicia,

Habeismelo degollado.

No lloro tanto su muerte

Como vello deshonrado,

Con un pregon que decia

Lo por el nunca pensado.

Murió por culpas ajenas

Injustamente juzgado:

El ganó por ello gloria,

Yó para siempre cuidado,

Agora vivo en prisiones

En que vos me habeis hechado,

Con una hija que tengo

Que otro bien no me ha quedado,

Que trez hijos que tenia

Habeismelos apartado:

El uno és muerto en Castilla,

El otro desheredado,

El otro tiene su ama,

No espero verle criado:

Por el cual pueden decir

Inocente, desdichado.

Y pido de vos enmienda,

Rey, señor, primo hermano,

A la justicia de Diós

De hecho tan mal mirado,

Por verme a mi con venganza

Y a el sin culpa, culpado.

_Cancionero de Romances._

* * * * *

13

Romance del Duque de Braganza, Don Jayme

(ANONYMO)

Lunes se decia lunes,

Trez horas antes del dia,

Cuando el Duque de Braganza

Con la Duqueza reñia.

El Duque con grande enojo

Estas palabras decia:

--Traidora me sois, Duquesa,

Traidora, falsa, malina,

Porque pienso que traicion

Me haceis y aleivosía.

«No te soy traidora, Duque,

Ni en mi linaje lo habia.»

Echo la mano a la espada,

Viendo que asi respondia:

La Duqueza con esfuerzo

Con las manos la tenia.

--Dejes la espada, Duqueza,

Las manos te cortaria.

«Por mas cortadas, el Duque

A mi nada se daria,

Si no, vedlo por la sangre

Que mi camíza teñia.

¡Socorred, mis caballeros,

Socorred por cortesia!»

No hay ninguno alli de aquellos

A quien la favor pedia,

Que eran todos portuguezes

Y ninguno la entendia,

Sino era un pajecico

Que a la mesa la servia:

==Dejes la Duquesa, el Duque,

Que nada te merecia.==

El Duque muy enojado

Detrás del paje corria

Y cortole la cabeza

Aunque no lo merecia,

Vuelve el Duque a la Duquesa

Antes que viniese el dia.

«En tus manos estoy, Duque,

Haz de mi a tu fantasia,

Que padre y hermanos tengo

Que te lo demandarian,

Y aun que estos estan en España,

Allá mui bien se sabria.

--No me amenaceis, Duqueza,

Con ellos yo me avernia.

«Confessar me dejes, Duque,

Y mi alma ordenaria.

--Confesaos con Diós, Duqueza,

Con Diós y Santa Maria.

«Mirad, Duque, esos hijicos

Que entre vos y mi había.

--No los lloreis mas, Duqueza,

Que yó me los criaria.--

Revolvio el Duque su espada,

A la Duquesa heria:

Diole sobre su cabeza,

Y a sus pies muerta caia.

Cuando ya la vido muerta

Y la cabeza volvia,

Vido estar sus dos hijicos

En la cama do dormia,

Que reian y jugaban

Con sus juegos a porfia.

Cuando asi jugar los vido,

Mui tristes llantos hacia:

Con lagrimas de sus ojos

Les hablaba y les decia:

--Hijos ¡cual quedais sin madre,

A la cual yo muerto habia!

Matela sin merecerllo,

Con enojo que tenia.

¿Donde irás, el triste Duque?

De tu vida ¿que seria?

¿Como tan grande pecado

Diós te lo perdonaria?

Cancionero llamado--_Flor de Enamorados._

* * * * *

14

Á la muerte del principe de Portugal

(De Fray Ambrosio de Montesino)

Hablando estaba la Reina,

En cosas bien de notar,

Con la infanta de Castilla,

Princesa de Portugal:

A grandes voces oyeron

Un caballero llorar,

La ropa hecha pedazos,

Sin dejar de se mesar,

Diciendo:--Nuevas os traigo

Para mil vidas matar:

No son de reinos estraños,

De aqui son d'este lugar:

Desgreñad vuestros cabellos,

Collares ricos dejad,

Derrubad vuestras coronas

Y de jerga os enlatad;

Por pedraria y brocado

Vestid disforme sayal;

Despedios de vida alegre;

Con la muerte os remediad.--

Entreambos á dos dijeron

Con dolor muy cordial,

Con semblante de mortales,

Bien con voz para espirar:

«Acabadnos, caballero,

De hablar y de matar,

Decid: qué nuevas son estas

De tan triste lamentar?

Los grandes reys de España

Son varios, ó vales mal?

Que tienen cerco en Granada

Con triumfo imperial.

A qué causa dais los gritos

Que al cielo quieren llegar?

Hablad ya, que nos morimos

Sin podernos remediar.

--Sabed, dijo el caballero,

Muy rouco de voces dar,

Que fortuna os es crueldad,

Y el peligro de su rueda

Por vos hubo de pasar.

Yo lloro porque se muere

Vuestro Principe real,

Aquel solo que paristes,

Reina de dolor sin par,

Y el que mereció con vós,

Real Princesa, casar:

De los principes del mundo

Al mayor el mas igual,

Esforzado, lindo, cuerdo,

Y el que mas os pudo amar,

Que cayó de un mal caballo

Corriendo en un arenal,

Do yace casi defuncto

Sin remedio de sanar.

Si lo quiéres ver morrir,

Andad, señoras, andad,

Que ya ni ve, ni oye,

Ni menos puede hablar,

Suspira por vos, Princesa,

Por señas de lastimar,

Con la candela en la mano

No os ha podido olvidar.

Con el está el Rey su padre

Que quiere desesperar:

Dios os consuele, señoras,

Si es possible conhortar;

Qu'el remedio destes males

Es a la muerte llamar.

_Cancionero de diversas obras._

* * * * *

15

Romance de la muerte del enamorado Don Bernaldino.

(ANONYMO)

Ya piensa don Bernaldino

Ir su amiga visitar,

Da voces á los sus pages

Que vestir le queiran dar;

Dábanle calzas de grana,

Borceguis de cordoban,

Un jubon rico broslado,

Que en la corte no hay su par;

Dábanle uma rica gorra,

Que no se podria apreciar,

Con una letra que dice:

«Mi gloria por bien amar.»

La riqueza de su manto

No os la sabria yo contar,

Sayo de oro de mastillo,

Que nunca se vió su igual,

Una blanca hacanea

Mando luego ataviar,

Con quince mosos de espuelas

Que le van compañar,

Ocho pages van con él,

Los otros mandó tornar;

De morado y amarillo

Es su vestir y calzar.

Allegado han á las puertas

Do su amiga solia estar;

Hallan las puertas cerradas,

Empieson de preguntar:

--¿Donde está doña Leonor,

La que aqui solía morar?

Respondió un maldito viejo,

Que el luego mandó matar:

«Su padre se la llevó

Lejas tierras a habitar.»

El rasga sus vestiduras

Con enojo y gran pezar,

Y volvióse á los palacios

Donde solía repozar:

Puso una espada á sus pechos

Por sus dias acabar.

Un su amigo que lo supo

Venialo á consolar,

Y en entrando por la puerta

Vidolo tendido estar.

Empiesa á dar tales voces

Que al cielo quieren llegar;

Vienem todos sus vassallos,

Procurar de lo enterrar

En un rico monumento

Todo echo de cristal,

En torno del cual se puso

Un letrero singular:

«Aqui esta don Bernaldino

Que morio por bien amar.»

_Cancionero de Romances._

* * * * *

16

Romances del Rey Don Sebastian--I

(ANONYMO)

Una bella lusitana,

Dama ilustre y de valia,

Haciendo sus ojos fuentes,

Con llanto estiende la vista

A la poderosa armada,

Que de Lisboa salia,

La vuelta el mar de Levanto,

Por Sebastiano regida.

Y como vido que el norte

Sopla furioso y aprísa

Dijo con un ¡ai! del alma,

Triste, turbada, afligida:

«Que no hay quien baste

Contra gallardo rey, moro arrogante.»

Esta mirando por tierra

La mucha gente lucida,

Diferenciados en traje

Y en diferentes divisas,

Porque aunque Cristo llevan

La cruz en medio tendida,

El galan y enamorado

Conforme a su intento pinta;

Pero la afligida dama,

Que vido una roja insignia

En una alta popa puesta,

Desde un balcon que partia

Digo: «No hay quien baste

«Contra un gallardo rey, moro arrogante.»

Mira las lucidas armas

Que lleva la fidalguia,

Y de telas de oro y plata

Costosas ropas vestidas;

Y las medallas compuestas

De muy rica pedreria,

Cadenas de oro pendientes,

Tantas que la vista admiran;

Considerando de muchos

La dolorosa partida,

Y que ve entre los que parten

El bien de su alma y vida,

Dijo:--«No hay quien baste, etc.»

Tocan las trompas à leva,

Y las cajas resonantes

Con los pifaros parleros

Dicen que todos se embarquen.

Los marineros dan voces

Para que el ferro se alce,

Y los lijeros grumetes

Al viento velas esparcen,

Cuando la dama hermosa,

Procurando consolarse,

Dice:--«Plega, Diós que vuelvas

Victorioso y muy pujante,

«Y habra quien baste

Contra un gallardo rey, moro arrogante.»

_Romancero generale._

* * * * *

17

El Rey Don Sebastian--II

(ANONYMO.)

De la sangrienta batalla

Que tuvo el rey Sebastiano

Con los africanos moros,

Rompido y desbaratado

Se ha escapado un español

De los que Felipe ha enviado

Al socorro y obediencia

Del bando del lusitano.

Despedazadas las armas,

Sin aliento y sin caballo,

En roja sangre teñido,

Por muchas partes llagado,

Arrimose el español

A un arbol espeso y bajo,

De donde vido en su gente

Aquel mortifero estrago;

Y aunque lacio y macilento,

Dijo, que lo oyó un soldado:

--No me pesa de mi muerte,

Pues con una vida pago

La deuda que a Diós le debe

El catolico cristiano;

Mas ¿porque ha de morir

Un rey mancebo y lozano

Y con el todos los suyos

Por ser mal aconsejado?--

Estas razones diciendo

Llegó el Rey alborotado,

Y dijo: «¿Como, español,

En tal priesa, tanto espacio?»

--Inclito Rey, le responde,

Oyeme bien lo que hablo,

Y és que te guardes, señor,

Y retires todo el campo,

Y no des al enemigo

Tan abierta y larga mano,

Y que los tuyos perezcan,

Sin que se escape un cristiano.

Mira que una retirada,

Cuando és con acuerdo sano,

Vale mas que un vencimiento,

Si el tal se alcanza con daño.

El Rey atento le ha oido

Y dijole: «Castellano,

Toma para ti el consejo

Que me dás, nó todo sano

Mas con pecho de cobarde,

Que no de diestro soldado.»

El capitan que se vió

Ser del Rey abaldonado,

Cobró el aliento perdido

Y tomó presto un caballo,

Y con la espada desnuda

Parte al sarraceno campo,

Y dijole:--Excelso Rey,

Porque entiendas que mi brazo

No te ha de echar en afrenta,

Ten cuenta con lo que hago.--

Trez alcaides tiene muertos

En una hora de espacio,

Y mas de diez corredores

De los que andan en el campo.

El Rey, que atencion le tuvo

Aunque no estaba parado,

Dijo a los suyos: «Sin duda

El español es honrado;

Haced lo mismo vosotros

Los que vos preciais de hidalgos,

Y ninguno vuelva atras,

Mientras no vuelve mi brazo.»

Pero la parca cruel

Que tiene el cuchillo alzado,

A Sebastiano dió muerte,

Y a su reino eterno llanto.

_Romancero generale._

* * * * *

18

El Rey Don Sebastiano.--III

(ANONYMO)

Discurriendo en la batalla

El Rey Sebastiano bravo,

Bañado en sangre enemiga

Toda la espada y el brazo,

Herida su real persona,

Pero no de herir cansado;

Que en tal valeroso pecho

No pudo caber cansacio,

A todas partes acude,

Do el peligro está mas claro,

Poniendo en orden su gente

Y temor en el contrario,

Entre los alarbes fieros,

Haciendo en ellos estrago

Con la prisa y peso de armas

Sale cansado el caballo.

A remediar su peligro

Venir vió un valiente hidalgo;

Las armas traia sangrientas,

Por muchas partes pasado,

En un caballo lijero

Contra moros peleando,

Y sacando de flaqueza

La voz, dice suspirando:

--D'este caballo te sirve,

Inclito Rey Sebastiano

Y salvarás en salvarte

Lo que queda de tu campo:

Mira el destrozo sangriento,

De tu pueblo lusitano,

Cuya lastimosa sangre

Hace lastimoso lago;

Sin orden tu infanteria,

Rompidos los de a caballo,

Senal de triste suceso

Favorable en el contrario.

Que te apartes d'esa furia

Te suplican tus vasallos

Llenos de sangre los pechos,

Puestas las vidas al caso:

Pon los ojos en tu fé,

Y recibe mi caballo;

Prefierase el bien comun

A la vida de un hidalgo:

No abaldones mi deseo,

Huye las manos del daño.--

De cuyos ruegos movido,

Respondió el Rey acetando:

«A tel estrecho he venido,

Que tengo de ser forzado

A receber con tu muerte

La vida que yá desamo;

Pero poca es la ventaja

Que me llevaras, hidalgo,

Que aqui do quiere fortuna,

No está mal morir temprano.»

Decende, le dice el Rey;

Pero no puede el vasallo,

Que mil honrosas heridas

Le traian en tal estado:

Ayudale a decender

El Rey con sus proprios brazos,

Echandoselos al cuello,

Y subiendo en el caballo.

«Adiós, dice, caballero:

Que a buscar venganza parto

En los fieros enemigos

Y a morir con mis vasallos.»

_Romancero generale_, fl. 73 v.

FIM

ADDIÇÕES Á PAG. XXXII

Nos _Livros de Linhagens_, dos fins do seculo XIV, já lá se fala nas

façanhas dos Doze Pares, do cyclo de Carlos Magno: «muitos rricos

homeens que hiam pera lhes acorrerem disseram a el-rey dom Fernando que

numca virom cavalleiros nem ouviram falar que tam sofredores fossem, _e

poseram-nos em par dos doze pares_:» _Mon. Hist. Scriptores._ Vol. I,

fasciculo III, p. 283.

Dos romances populares feitos á morte de Dona Inez de Castro, cantados

pelo povo em Coimbra, fala o Pe. Dom Marcos de Sam Lourenço, no

manuscripto dos Lusiadas commentados, cujo autographo existe na

Bibliotheca das Necessidades: «As filhas de Mondego, diz Camões que,

longo tempo fizeram memoria d'esta morte de Dona Inez, _o que se entende

nas cantigas_ que logo saem e se compõem quando algum caso notavel

acontece, como quando mataram D. Alvaro de Luna, em Castella. Estas

cantigas e romances duraram mais na bocca das moças de cantaro e

lavandeiras, principalmente onde a gente é alegre e prezenteira como a

de Coimbra, onde esta historia aconteceu[78].» Este commento

foi escripto depois de 1633, e é natural que andassem ainda na tradição

os cantos que agora vão apparecendo em cadernos de uso popular.

Entre os peccados de bocca, el-rei Dom Duarte ennumera, no _Leal

Conselheiro_ (p. 357), o cantar «_cantigas sagraes_.» N'esta passagem

refere-se aos romances da paixão que começaram no principio do seculo

XV, os quaes foram prohibidos no tempo da Reforma, e condemnados

nos _Index Expurgatorios_ de Portugal e Hespanha no seculo XVI.

Floresta de varios romances · 第 9 / 10 段