El lector conoce perfectamente la isla del «Jardín del Mandarín»; la

conoce casi tan bien como yo que la he visto con mis ojos. No haga

gestos negativos. Repito que la conoce desde su niñez. Es la isla con un

kiosco, un sauce y un puente que figura en todas las tazas de té y en

sus platillos, en todos los mantones llamados de Manila, en todas las

cajas de laca, en todos los abanicos chinescos.

Los artistas de este país llevan cuatro siglos copiando la isla del

«Jardín del Mandarín», y así continuarán otros tantos. A pesar de su

aspecto frívolo y frágil, es el monumento chino más conocido en toda la

tierra.

XI

EN EL MAR AMARILLO

El regreso al «Franconia».--Peces y perros chinos.--El mar más

frecuentado del mundo.--Audacia extraordinaria de los marineros del

mar Amarillo.--Los tres tripulantes del ataúd.--La hermosa bahía de

Hong-Kong.--Calles en pendiente y la avenida de la Reina.--De cómo

el que se retrata pierde una parte de su alma, absorbida por el

objetivo.--La carretera de la Cornisa en la isla de «los Arroyos

Floridos».--Fisonomía de los puertos del Extremo Oriente.

A causa de su calado, el _Franconia_ nos espera á catorce millas de

Shanghai, en un lugar llamado Woosung, que es donde anclan los

trasatlánticos que por su considerable tonelaje no pueden remontar el

río Whangpoo hasta los muelles del «Londres del Extremo Oriente».

Un remolcador nos lleva aguas abajo hacia su desembocadura en el

estuario del río Azul entre buques cada vez más numerosos, cuyo tamaño é

importancia aumentan según vamos avanzando. Vapores de diversas

nacionalidades se deslizan entre juncos panzudos con velas cuadradas de

estera y sampanes tripulados por familias casi desnudas. Volvemos con

cierta emoción al trasatlántico que abandonamos en las costas niponas.

Sentimos la inquietud inexplicable del que regresa á su casa después de

una larga ausencia.

Hemos encontrado en Shanghai á muchos compañeros de viaje que se

quedaron en el buque, mientras nosotros, formando tres pequeños grupos,

pasábamos á través de la Corea y la China. Estos compañeros que vienen

en el pequeño vapor fluvial y los otros que esperan en el trasatlántico

han visitado durante nuestra excursión varias islas japonesas y algunos

puertos de la China.

Vamos casi aglomerados en las dos cubiertas de este pequeño buque.

Vuelven de una sola vez al _Franconia_ los viajeros que han pasado

varios días en Shanghai y todos los individuos de su dotación que

bajaron á tierra con permiso. Los que hemos atravesado una parte de la

China arrastramos la impedimenta de un nuevo equipaje que guarda las

compras hechas en Pekín. Yo voy sentado en la cumbre de un montón de

maletas y fardos que me pertenecen en su mayor parte, y debo preocuparme

además de dos vasos de porcelana que contienen unas cuantas docenas de

peces chinos, interesantemente monstruosos, con largos faldellines de

bermellón y oro, comprados en los callejones inmediatos al «Jardín del

Mandarín».

Veremos cuántos de estos animales de una fealdad adorable llegan vivos á

Europa, para aclimatarse en los pequeños estanques de mi jardín de

Mentón.

Cuando subimos al _Franconia_, cerca del anochecer, encontramos en

pasillos y salones una fauna aleteante y flotante, adquirida igualmente

por nuestros compañeros durante su estadía en los puertos. Canturrean en

jaulas pájaros amaestrados por la habilidosa paciencia china; nadan en

redomas y hasta en lavabos peces semejantes á los míos. Los oficiales

del buque ejercen una rigurosa vigilancia, examinando todo lo que traen

los pasajeros. Hay orden terminante de no admitir ningún perro. En todas

las expediciones alrededor del mundo, las señoras se muestran

entusiasmadas por la belleza y la baratura de unos pequeños canes

chinescos, llamados «pekineses», y se apresuran á comprarlos. Ninguno

llega al final del viaje. Me cuentan los oficiales que en una travesía

anterior hubo que echar al agua más de doscientos «pekineses». Para

evitar la repetición de esta mortandad inevitable y que el buque no

atraviese los mares como una perrera flotante, dejando detrás de él una

estela de ladridos, las gentes del trasatlántico se muestran inflexibles

en la aplicación de dicha orden. Algunas damas norteamericanas, con la

intrepidez de su raza y valiéndose de astucias dignas de un drama

cinematográfico, consiguen introducir en su camarote al lindo perrito

chinesco, pero antes de que zarpe el buque se descubre el engaño, y

tienen que confiar el animal de lujo á los cargadores y barqueros

indígenas que todavía están junto á las escalas del _Franconia_.

Reanudamos nuestra existencia de navegantes. Sentimos un placer familiar

al repetir las comidas, los paseos, todos los episodios algo monótonos

de la vida sana y ampliamente respirada que llevamos á través de las

soledades del Pacífico. El viaje de Shanghai á Hong-Kong por el mar

Amarillo resulta comparable á los paseos que se dan por el interior de

la propia casa sin encontrarse solo un momento. No existe un mar más

poblado que el de la China. Por todas partes se ven grandes juncos de

cabotaje y barcas de pesca. La sirena del _Franconia_ tiene que rugir á

cada momento para dar aviso á los carabelones que navegan pesadamente

delante de su proa, sin que parezcan enterarse del peligro. Es algo

igual á la marcha de un automóvil por una avenida en la que abundan los

transeuntes sordos y distraídos.

Se explica tan enorme cantidad de velas por la importancia que ha tenido

siempre en China la vida marítima. Su arquitectura naval resulta

semejante á la nuestra de la Edad Media. Los buques son más altos de

popa que de proa y los mueve un velamen primitivo. Estos cascos

enormemente panzudos y de poco calado se sostienen por su anchura, y

como les falta profundidad, navegan balanceándose de tal modo que el

observador cree á cada momento en una catástrofe. Con esto queda dicho

lo malo de la marina china. Añadamos que ningún pueblo de la tierra

posee tantos navegantes y tantos buques. Los juncos y sampanes son

incontables. La cantidad de chinos que viven sobre el agua, en mares y

ríos, asciende á millones. Como todos ellos llevan á sus familias, las

generaciones nacidas sobre el agua se suceden sin interrupción, y hay

todo un mundo que puede llamarse anfibio, refractario á la vida

terrestre, el cual encuentra agradable la existencia sobre estos buques

de forma milenaria.

De día nuestro paquebote avanza rodeado de juncos que se balancean con

la grotesca inestabilidad del ebrio, á pesar de que la agitación de las

olas casi es nula. Todos marchan con el mismo rumbo, pues aprovechan

periódicamente los vientos para sus viajes en masa hacia el Sur ó hacia

el Norte.

La vista de estos buques iguales á las carabelas y galeones del

descubrimiento de América nos hace evocar la dura existencia de los

navegantes españoles y portugueses en el siglo XVI. Mientras la cubierta

del Franconia permanece inmóvil, como si fuese un fragmento de tierra

firme, estas escuadrillas de otros siglos avanzan hacia el Sur

balanceándose y cabeceando con un movimiento llamado de tornillo. Esto

nos hace comprender cómo en la época de los grandes descubrimientos

españoles raro era el marino, por larga que fuese su historia de hombre

de mar, que no acababa mareándose. Muchas de las citadas descubiertas

fueron hechas por tripulaciones que estaban completamente «almadiadas»,

nombre que dan al mareo los pilotos de aquella época en sus libros de

navegación.

De noche todo el mar está poblado de luces, como si se diese sobre él

una fiesta. Cada junco lleva un farol. Además, en el interior de su popa

siempre va un pequeño altar dedicado á los espíritus marítimos, ante el

cual encienden lámparas los tripulantes ó queman varillas olorosas.

Según afirman los capitanes blancos, no existe marino más admirable que

el chino por su desprecio al peligro. Todo lo que flota le sirve para

embarcarse tranquilamente. Metidos en una especie de artesa hecha con

cuatro tablas y empujada por una vela de fibras vegetales, se lanzan mar

adentro, perdiendo de vista las costas. Y esto lo hacen en uno de los

mares más peligrosos del planeta por los ciclones que barren su agitada

extensión. Todos los años hay tornados que en menos de una hora suprimen

centenares de juncos y sampanes. Pero el huracán mortífero sólo perturba

por unos días las navegaciones de este pueblo acostumbrado á las

catástrofes. ¡Hay tantos chinos!... La fecundidad de la raza lucha con

las cóleras del Océano, con las inundaciones homicidas de los ríos, con

las epidemias, con los temblores del suelo, y acaba por triunfar,

considerando un episodio ordinario la pérdida de algunos centenares de

miles de seres.

Un día antes de la llegada á Hong-Kong presencio un espectáculo

inaudito, algo que no habría creído nunca de no haberlo visto. Estamos

entre la isla de Formosa y la costa china, cerca del pequeño

archipiélago designado con el nombre español de Pescadores. En dicho

estrecho menudean los tornados, y los más de los días, aunque las

condiciones atmosféricas sean buenas, el oleaje resulta violento para

los buques pequeños. Poco después de la salida del sol noto que algunos

marineros del _Franconia_ se avisan y corren á un costado del buque.

Necesito concentrar toda mi energía visual y seguir las indicaciones de

ellos para contemplar finalmente el extraordinario espectáculo. Tres

chinos medio desnudos vienen hacia nosotros, de pie sobre las olas; unas

olas altas, de largas pendientes, que los ocultan en sus profundos

valles y los elevan de nuevo unos momentos para hacerlos desaparecer

otra vez. Sólo cuando pasan cerca de nuestro buque, ó mejor dicho,

cuando el _Franconia_ en su avance llega al nivel de ellos, es cuando me

doy cuenta de que los tres van sobre un bote que más bien merece el

título de ataúd, embarcación de tres metros de largo que asoma sobre las

olas unos cuantos centímetros de borda. Como este barquichuelo va lleno

de agua, apenas si se nota su reborde negro por encima del mar. Bogan

apresuradamente. De vez en cuando abandona el remo uno de ellos y se

dedica á vaciar la obscura artesa. Y así marchan sobre el rudo oleaje

del estrecho, que esta mañana hace balancearse al _Franconia_.

No podemos adivinar adónde se dirigen. Por todos lados se ve agua. A

esta hora matinal no se distinguen las costas de la China ni de Formosa,

y aun en el caso de que se dejaran ver, no serían mas que montañas de

vagoroso azul esfumado por una distancia enorme. Tal vez son marineros

que han salido de alguno de los juncos que se acuestan y se levantan en

el horizonte y van tranquilamente hacia otro junco lejano.

El oficial que está de guardia en el puente del _Franconia_ sonríe

celebrando esta audacia y afirma que los chinos serían los primeros

marineros del mundo si tuviesen quien supiera mandarlos. Los tres

remeros han pasado ante nuestro paquebote sin torcer la cabeza para

mirarlo; nos vuelven la espalda con una indiferencia majestuosa. Los

vemos subir y bajar sobre las inquietas montañas de agua. A cada nueva

aparición resultan más pequeños. La marcha del _Franconia_ en sentido

inverso los aleja con extraordinaria rapidez, como si sus golpes de remo

tuviesen una potencia mágica. Ellos y su féretro navegante no son mas

que un pequeño tapón que se envían las cumbres azules al hincharse y

desplomarse; luego un punto; después nada. Parece que se los haya

tragado el mar. Viendo esta atrevida inconsciencia se comprenden las

aventuras y hazañas de los piratas amarillos de otros siglos, que tantas

veces pusieron en peligro la vida del Imperio.

Llegamos á Hong-Kong á los tres días de nuestra salida de Shanghai. Esta

posesión inglesa ocupa una gran isla de las muchas que emergen sobre el

enorme estuario que forma al desembocar en el Océano el río Perla, ó sea

el río de Cantón. Entre dicha isla y la península de Kowloon, situada

enfrente, se abre una bahía famosa en el mundo por su belleza. Solamente

la de Río Janeiro y la de Sydney en Australia pueden compararse con

ella.

Los ingleses se posesionaron de Hong-Kong en 1841, como una consecuencia

de la llamada guerra del opio. Ya dijimos algo de esta guerra. El

comercio de la Gran Bretaña vendía opio á los chinos; el Imperio Celeste

se opuso á la difusión de esta droga fatal, embargando varios

cargamentos ingleses enviados á Cantón y echándolos al agua. El gobierno

de Londres declaró la guerra á la China, y después de un rápido triunfo

se quedó, como indemnización por los gastos de la campaña y por los

cargamentos de opio anegados, con la isla de Hong-Kong, que es un

magnífico puerto de paso situado estratégicamente.

Hay que reconocer, sin embargo, que la Gran Bretaña ha sabido hermosear

su adquisición. En 1841 era una montaña rocosa y casi desierta. Hoy

existe en ella una rica ciudad abundante en palacios y jardines, con

largas calles de Bancos y lujosos almacenes. Esta ciudad se llama

oficialmente Victoria, en honor de la vieja reina de Inglaterra, pero

todos continúan llamándola Hong-Kong.

Se entra en su bahía como el que penetra en un salón viéndose obligado á

cruzar antes varias antecámaras. Veo á la luz violeta del amanecer una

costa de colinas abruptas. Sus rocas pardas ó con un color de sangre

tostada tienen manchas obscuras de vegetación. En torno al _Franconia_

son cada vez más densos los grupos de buques chinos con alta arboladura

de velas cuadradas hechas de fibras de bambú. Todos marchan hacia el

mismo punto, como un rebaño que estrecha sus hileras y toma una

formación triangular para deslizarse mejor por la entrada del aprisco.

Empiezan á verse entre los panzudos juncos pequeños sampanes con un

hombre en el timón, padre ó marido, y una tripulación de mujeres

amarillas. Estas amazonas del mar llevan pantalones azules por toda

vestidura, el tronco tetudo completamente descubierto, y manejan las

velas ó el remo con sudorosa fuerza.

Nos introducimos entre dos islas, siguiendo el estrecho que da entrada á

la bahía, y es tal la abundancia de buques chinos casi pegados al casco

del trasatlántico, que obligan á éste á marchar con exagerada lentitud,

haciendo rugir á cada instante la sirena de su máquina. Se abre

repentinamente ante la proa la planicie verdosa de este abrigo marítimo,

uno de los más frecuentados del mundo. Los grandes paquebotes de

comercio amarrados á tierra enmascaran el movimiento de los muelles. En

el centro están anclados algunos buques de guerra ingleses. Sus cascos

blancos de perfil atrevido revelan el impulso de una gran velocidad aun

permaneciendo inmóviles.

Fondea el _Franconia_ frente á Hong-Kong, en los muelles de la península

de Kowloon, ó sea de la tierra firme. Cada cinco minutos llega un

vaporcito y parte otro, atravesando la bahía para poner en comunicación

la ciudad de Victoria, situada en la isla, con los barrios que están

naciendo en la península de enfrente.

Se han preocupado los ingleses de crear jardines y bosques, y Hong-Kong

ofrece desde la orilla opuesta un hermoso aspecto con su largo caserío,

que sigue el borde de la bahía, y sus pendientes verdes, que algunas

mañanas están ocultas bajo las nubes. Un funicular asciende rectamente á

la cumbre del Pico, nombre de la montaña en que se apoya la ciudad de

Victoria. Sobre dicha cúspide existe un sanatorio que goza de una vista

maravillosa.

Quince mil habitantes de raza blanca y trescientos mil chinos forman la

población de Hong-Kong. Como la ciudad se inició entre el mar y una

montaña abrupta, ha tenido que ir prolongando su crecimiento por el

borde de la bahía, lo que la da actualmente una extensión de muchos

kilómetros. Su calle principal, llamada de la Reina, es casi tan larga

como toda la ciudad y ofrece magnífico aspecto; pero no ha podido seguir

la línea recta, plegándose á los contornos de la montaña y las

ondulaciones de la ribera. Esta avenida, espina dorsal de Hong-Kong,

tiene á la derecha el mar y á la izquierda calles estrechas de rápida

pendiente que se remontan por las faldas del Pico. En ellas vive el

vecindario chino y siempre están llenas de muchedumbre. Todas las

fachadas tienen anuncios en orden vertical, palabra sobre palabra,

pintados en fajas de tela ondeantes.

Dentro de la avenida de la Reina se hallan los grandes almacenes de

sedas, de porcelana, de bordados, de todo lo que produce la industria

china, y dichos comercios son generalmente sucursales de las fábricas de

Cantón. El viajero que llega por la parte de Oriente, viniendo del Japón

y del interior de la China, nota en Hong-Kong una diferencia

arquitectónica. En las calles principales los edificios ya no son de

madera. Todos ellos fueron construídos con piedra. La montaña inmediata

la proporciona en abundancia. El orden público es guardado, lo mismo que

en la Concesión Internacional de Shanghai, por agentes indostánicos,

belicosos sikhs de barbas anchas y obscuro turbante, montañeses al

servicio de Inglaterra, unas veces como soldados y otras como policías.

En las avenidas paralelas al mar, de suelo horizontal bien pavimentado,

el medio de locomoción es la ricsha, como en todas las ciudades

asiáticas. Los chinos que tiran aquí de los carruajitos son más

vigorosos: verdaderos atletas de piernas extremadamente desarrolladas,

semejantes á columnas. El lujo de todo europeo de Hong-Kong,

especialmente de los hombres de negocios, es llevar tres hombres en su

_ricsha_. Uno empuña las varas, otros dos empujan, y el ligero vehículo

con su ocupante parece que va por el aire, tal es su velocidad. Cuando

se detiene, los tres diablos medio desnudos sacan al señor de su asiento

como en volandas y lo ponen en el suelo.

El antiguo palanquín es empleado aún en las calles pendientes de

Hong-Kong. Parejas de chinos con sombrero de paraguas y unos

calzoncillos por todo traje sostienen en hombros dos barras flexibles

sobre las cuales va el sillón del palanquín. En los restoranes y hoteles

esparcidos entre las arboledas de la montaña, siempre hay fotógrafos que

se ofrecen para retratar á los viajeros ocupando este vehículo

tradicional. Pero antes hay que entenderse con los portadores. Muchos de

ellos se niegan con tenacidad á dejarse retratar. Otros, tentados por la

codicia, se deciden heroicamente á colocarse ante el objetivo mediante

una buena propina. Todos saben que la máquina fotográfica absorbe una

parte del alma de los que se ponen ante ella, acortando en consecuencia

los días de su vida.

Se nota en los comercios de Hong-Kong y también en los de Shanghai una

supervivencia monetaria que hace recordar el antiguo tráfico español. El

peso mejicano sirve todavía de unidad en las operaciones de los

mercaderes chinos. La Nao de Acapulco trajo á Manila durante dos siglos

cargamentos de pesos fabricados en las casas de moneda de Nueva España

para pagar las mercancías chinas, y al declararse la independencia de

Méjico continuó dicha exportación de moneda, inundando los mercados del

Extremo Oriente.

La isla de Hong-Kong tiene en torno de ella un camino para automóviles,

que es una de las Cornisas más hermosas del mundo. La de la Costa Azul

resulta superior por las ciudades que ha ido estableciendo á lo largo de

ella la colaboración de los ricos de Europa, mas no excede á la de esta

isla en la hermosura é interés de los paisajes. Su título exacto es

Heung-Kong, que significa en chino «Arroyos Floridos», y tal nombre no

resulta hiperbólico, pues lo justifica la olorosa vegetación de sus

jardines tropicales.

Los elegantes hoteles creados junto á este camino de la costa, los

palacios y parques de varios personajes de Hong-Kong que me invitan á su

mesa, no me atraen tanto como el incesante movimiento de la bahía, en la

que se mezclan la marina medioeval de los amarillos y los más recientes

progresos de la navegación inventados por los blancos. Aquí, como en

los ríos de la China, existen barrios flotantes formados de sampanes,

que sirven ahora de casa y servirán luego de sepulcro á las familias que

los tripulan, proporcionándoles al mismo tiempo el medio de ganarse el

arroz. Las marineras, desnudas de cintura arriba, con adornos verdes de

falso jade en las cabelleras cerdosas, ponen la mirada de sus ojillos

tirantes, insolentes y fijos en el blanco que examina sus viviendas.

Al ver á una humanidad tan distinta de la nuestra, se duda algo del

porvenir de la República china y de la liberación de otras

naciones-hormigueros pertenecientes á este mundo extremadamente viejo.

¡Pueblos de Asia!... Pueblos eternamente siervos, que en su historia de

miles de años no han vivido ni una hora la vida de la libertad, siendo

los primeros en considerar la democracia algo absurdo, opuesto al ritmo

de la existencia; pueblos que únicamente son virtuosos cuando tienen

miedo á alguien, y si no ven la corrección inmediata olvidan todo

respeto, mostrando una insolencia de escolares sublevados. ¿Cómo

llegarán nunca á ser algo grande, si, exceptuando una minoría escogida y

superior, todos sus hombres ignoran la dignidad personal?...

Encuentro en un pequeño libro de notas las siguientes líneas, escritas

con lápiz á la luz del ocaso, navegando sobre las aguas nacaradas de la

bahía de Hong-Kong, dentro de un bote automóvil conducido por dos

muchachuelos chinos.

Los puertos del Extremo Oriente son pedazos de Europa caídos en el mundo

antiguo, nuevos Londres con sol y cielo azul, donde el humo de la hulla

y las vedijas de la niebla no alcanzan á vencer el esplendor luminoso de

Asia.

Sus muelles con montañas de carbón de piedra, con torres de metal que

guardan lagos de petróleo, con apilamientos de productos exóticos,

huelen á ostra muerta; tienen un perfume de agua en putrefacción, de

drogas químicas, de frutos tropicales, de maderas olorosas. En estas

gusaneras humanas, hombres por todas partes, amarillos, rojos, cobrizos,

que apenas sienten el calor quedan en cueros, con sólo un trapo pasado

entre las piernas. El policía indostánico no se digna hablar al

indígena; simplemente levanta el vergajo y pega. Los chicuelos pasan el

día nadando. Las mujeres reman.

Sobre las bordas de los grandes trasatlánticos asoma sus filas de

cabezas con turbantes la servidumbre compuesta de indios y los fogoneros

de las máquinas pertenecientes á la misma raza. Son hombres que parecen

convalecientes de una fiebre por el color pálido de su epidermis, por su

extremada delgadez y sus ojos de calentura. Unas barbas horizontales les

ensanchan el enjuto rostro, iguales á las de un enfermo que no se ha

afeitado en varios meses.

Todo se junta sobre las aguas de estos puertos: grandes paquebotes

iguales á ciudades, juncos que aún no han salido de la Edad Media,

sampanes que son chozas flotantes donde las familias nacen y mueren,

cruceros de guerra llegados para exigir indemnizaciones ó vigilar el

cobro de las aduanas.

Sobre los muelles pasan los palanquines sostenidos por unos coolíes de

grandes sombreros que parecen setas vivientes, _ricshas_ empujadas por

corredores de redondas piernas, hombres-caballos y hombres-balanzas que

lo llevan todo en dos discos de fibra pendientes de un grueso bambú

incrustado en un hombro; mujeres que trabajan más que los varones y se

entregan á una reproducción fatalista durante su reposo de bestia de

labor.

La policía arrastra hasta los buques marineros que ha recogido inánimes

en los muelles. Los cree borrachos y han muerto á consecuencia de un

hartazgo alcohólico. Otros, al recobrar la razón, bajan castigados al

infierno de las máquinas.

Vendedores ambulantes gritan ante los trasatlánticos que tienen su pared

de acero pegada al muelle. Un mercado provisional extiende sus puestos

junto á la férrea pared perforada de ventanos redondos. En las blancas

terrazas de estos palacios flotantes, sus huéspedes miran los objetos

que ofrece la muchedumbre amarilla más abajo de sus pies: sillones de

junco, amuletos de falso jade, sombrillas de cartón pintarrajeado,

abanicos de plumas.

Salen buques para la costa americana, que es la acera de enfrente, y

está, sin embargo, en el lado opuesto del planeta. Llegan otros de los

diversos rincones del Océano Pacífico, gran plaza de la humanidad futura

que aún ignora la mayor parte de Europa.

Para que el mundo de los blancos se entere de la existencia é

importancia del Pacífico, será necesaria una gran guerra. Así se dió

cuenta por primera vez de que existía el Japón.

XII

HONG-KONG Y CANTÓN

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3 · 第 10 / 24 段