III.

Ere por aquel tiempo en la corte la casa de los duques de Algalia una de

las más ricas y afamadas por aristocráticas. Su blasón no se había

desdorado aún por completo con el roce de las costumbres modernas; sus

estados no eran todavía presa de ninguna junta de acreedores, y hubiesen

podido añadirse al escudo nobiliario algunos rehiletes gallardamente

puestos en atrevida becerrada.

Cuanto esplendoroso puede dar la vida contemporánea, cuanto grande son

susceptibles de engendrar el refinamiento del gusto y la sobra del oro,

se reflejaba en la morada de los duques de Algalia.

Cada uno de sus salones era una pequeña capilla consagrada a la

elegancia; el palacio entero un suntuoso templo del buen gusto y la

moda, enriquecido con detalles dignos de un museo, en que andaban

revueltos lo antiguo y lo nuevo, formando ese consorcio extraño, pero

armónico, que ofrece la reunión de lo bueno, por distintos que sean los

caracteres que revista. No había pieza mal alhajada ni rinconcillo

descuidado. Aparte el esmero con que se había atendido al regalo

material del cuerpo, la ornamentación indicaba por doquiera el destino

de las habitaciones: el gran salón de recepciones estaba decorado con el

fastuoso gusto del monarca de Versalles; el comedor de ceremonia

cubierto de tapices flamencos; el de familia, con grandes bodegones

firmados por manos maestras; el despacho del duque, todo de ébano

incrustado de bronce; los aposentos de la hija, tapizados de alegres y

sencillas pero valiosas telas; y los de la duquesa exornados con tal

gusto y riqueza, que ni el gabinete de raso negro con flecos de

multicolores sedas, ni la sala de baño con jaspe y ónix argelinos, ni el

tocador de azulados cortinajes, hubieran sido mejores si los eligiese el

arte para albergar a la belleza. Al verlos parecía que para aquellos

pavimentos y muebles era indispensable una gran dama en quien fuese aún

mayor la distinción que la hermosura; que pisase con menudos pies, como

ligera sombra, las aterciopeladas alfombras y se recostase en los

divanes casi sin que los flexibles muelles cediesen al suave peso de su

cuerpo.

Y así era en efecto: que ni en la nobleza toda, ni en toda la alta

banca, había dama más digna de disfrutar aquellas grandezas que la

duquesa Margarita, noble hasta las puntas de sus larguísimas pestañas

negras, y elegante hasta el claro fondo de sus ojos azules. Era una

figura airosa, pero de movimientos lánguidos, como de gata friolera, y

actitudes sobriamente voluptuosas, como de estatua griega; el traje más

modesto realzaba mejor su hermosura, y con un vestido completamente

negro, un grueso ramo de amarillentas rosas en el entreabierto escote,

sencillamente recogido el pelo, libres de pendientes las diminutas

orejas, y sin guantes las aristocráticas manos, no había hombre capaz de

contemplarla un segundo sin darse la enhorabuena por haber nacido. Resta

añadir, para mayor encanto de golosos, que Margarita de Oropendia,

duquesa de Algalia, aunque tuviese más, sólo representaba treinta años,

y era relativamente virtuosa.

El duque, algo apabullado por los excesos de la buena vida, un tanto

muerta la mirada por el mucho trasnochar o la afición a los naipes, era

todavía un hombre bien plantado, elegante, de educación británicamente

escrupulosa en lo que a la etiqueta se refiere, y hasta instruido. No

ignoraba, por ejemplo, que Luis XVI fue decapitado, y murió de resultas,

ni que Carlos I de Inglaterra tuvo parecida suerte, hechos que con

frecuencia citaba para probar lo temibles que son las muchedumbres

cuando, según su frase, se desbocan. Lo que mejor caracterizaba al duque

era el ardiente deseo de ver satisfecha una aspiración constante de su

vida, una exigencia de su imaginación que participaba de la seriedad de

la ambición y la ridiculez del capricho: ser senador. La senaduría era a

sus ojos el complemento de su nobleza; sería una ocupación, un pretexto

para darse importancia, una satisfacción de su vanidad. Y si además de

ser senador pudiera serlo de por vida... ¡Senador vitalicio! Soñaba con

sentarse por derecho propio en los escaños rojos de la Alta Cámara, ir

en coche hasta la plaza de los Ministerios, apearse lejos del zaguán

para cruzar entre filas de curiosos, que murmurasen, «ese es el duque de

Algalia;» entrar luego en el salón de conferencias, andar solo por los

rincones como quien medita un plan, estrechar la mano a los ministros,

acoger las peticiones de los pretendientes, diciendo «veremos,» o «haré

lo que pueda;» y salir después de una votación exclamando: «¡Los deberes

políticos!» «Mi conciencia!» «¡El partido!» «¡Las instituciones!...»

Esto basta para apreciar que el duque tenía todavía fijas en el magín

raíces de ideas viejas; pero, a pesar de todo, podía considerársele como

demagogo comparado con su hechicera consorte.

La duquesa era el prototipo de la dama aristocrática, que sólo en las

cuestiones del amor y de la moda transige con el progreso. Religiosa por

superstición, devota por fe heredada, hipócrita por el qué dirán, e

intransigente por decoro, adoraba la misa en que estrenaba un traje, la

Semana Santa en que, tan guapa como el año anterior, pedía para los

pobres, o la novena que autorizaba una cita. Cuando rezaba se complacía

en bajar y subir la expresiva mirada, como jugueteando con los párpados,

gozándose en dar alternativamente luz y sombra a los que la rodeaban. En

sus relaciones con el gran mundo, tenía ese tacto supremo que sabe

mortificar sin ofender, que consiste en admirar a las gentes virtuosas

sin comprometerse a imitarlas ni indisponerse jamás con los que pecan.

Vivía entre el _beau monde_, formaba parte integrante de la _high life_;

el pueblo la atacaba los nervios; huía de la multitud por miedo al mal

olor, y si en otros tiempos la hubiesen llamado _ciudadana_, habríase

muerto del susto. La palabra _Revolución_ no evocaba a sus ojos más

figura que la de María Antonieta prisionera en la Conserjería, y en la

más sencilla agitación política veía carreras, tiros, desaguisados y

atropellos. Para ella, ser de origen humilde no era una falta, pero sí

una mancha, y trabajar le parecía muy honrado, pero loca la pretensión

de querer elevarse encalleciéndose las manos.

El duque transigía, en cierto modo, con el espíritu moderno: había

comprado bienes nacionales, lo cual le hacía relativamente liberal; era

individuo de varios consejos de administración de sociedades de crédito;

viajaba con billetes de libre circulación; defendía las instituciones;

hablaba del turno pacífico, y se llamaba conservador. No admitiría nunca

que un artista pudiese ser su igual; pero él, por benevolencia, protegía

las artes cuando no le salía muy caro. Daba al trabajo mucha

importancia, no hacía nunca nada, admitía las concesiones al talento, y

se explicaba el otorgamiento de un título a quien supiera enriquecerse

en la Bolsa o en los altos negocios del Estado.

La hija de este matrimonio era un progreso vivo sobre sus padres: entre

un rico tonto, apergaminado, achacoso, y un advenedizo de buena estampa,

pero pobre, plebeyo y listo, prefería bailar con el segundo, y en sus

ambiciones de muchacha optaba por vivir acompañada de un hombre a quien

quisiera, antes que por la boda con un heredero escrofuloso de

respetabilísima alcurnia. Tales ideas hicieron, sin duda, que ella no se

enojase cuando empezó a mirarla amorosamente cierto individuo, que por

aquellos días atrajo a sí los elogios del país entero: un joven que en

una reunión política había, con un discurso de extrema izquierda,

conmovido la opinión y entusiasmado a las gentes, hasta tal punto, que,

corriendo su nombre de boca en boca, hizo el duque que se le

presentaran, no por rendir tributo al mérito, sino por tener en sus

salones al hombre puesto en moda. De esta suerte, sin que ninguno de

entrambos lo buscara, llegaron a conocerse y tratarse Félix Aldea y

Josefina de Algalia.

Así estaban las cosas cuando, en pleno invierno, es decir, en la época

de más fiestas, bailes y recepciones, el mayordomo de los duques fue una

mañana, por orden de sus amos, a la estación del camino de hierro a

esperar al nuevo capellán que había de sustituir al anciano sacerdote

muerte pocas semanas antes. Adivinole por los hábitos al bajar de un

wagón, y acercándose a él, previos saludos y frases que puede figurarse

quien desee más detalles, le llevó al palacio en un simón, y presentole

a los señores. Recibido por éstos como exigía la hidalguía en tan

grandes personas, y en él lo respetable de su ministerio, le acompañaron

hasta la habitación que le estaba destinada, le enseñaron la capilla,

encargaron al mayordomo y al administrador que le respetasen y

sirviesen, y sin más conversación quedó instalado Lázaro en casa de los

duques de Algalia.

Al separarse estos del joven sacerdote, preguntó la mujer al

marido:--¿Qué te parece?--

--Muy joven,--contestó el duque;--pero no habíamos de estar más tiempo

sin capellán, y cuando el obispo le recomienda, bueno será.--

¡Capellán! Este era el puesto que había de desempeñar. Nadie le había

dicho todavía que era como un criado más en la cocina o un caballo nuevo

en las cuadras, un simple artículo de lujo. Debía decir la misa los días

que la duquesa no quisiese salir de casa. No se hace especial mención

del duque, porque éste era de los católicos que no practican.

Tan poca y breve ocupación dejaba a Lázaro todo el día libre; de modo

que siendo grande su curiosidad por conocer el nuevo centro en que

vivía, y fáciles los medios de satisfacerla, pronto empezó a observar y

pensar sobre cuanto veía, desentrañándolo y analizándolo todo.

Al cambiar de medio social, al sentirse sacado de su esfera, al verse

solo de repente en el torbellino del mundo, cada mirada produjo en él

una observación y cada observación un juicio que, chocando

frecuentemente con sus propias ideas, las destruía o alteraba. Creyente

sincero y de entendimiento poderoso, fue estudiando, fijándose en todo,

y apoyado como en fuerte palanca en su ideal, comparó y juzgó las cosas

de la vida.

Traía en su alma esa profunda fe que, a semejanza de ciertas piedras

preciosas, va siendo más rara cada día. Sus preocupaciones tenían por lo

ingenuas algo de sagradas, y libre de toda mira interesada, venía a

nueva existencia, trayendo para examinarla, aunque con el espíritu de

otros siglos, la más recta imparcialidad. Tranquilo, puesto el ánimo en

Dios y la esperanza en el deseo de saber, tendió la vista en torno suyo;

pero como ave obligada a volar demasiado alto, sus ojos se deslumbraron,

sintió el vértigo que da la altura, y le faltó aire para sus pulmones

oprimidos.

Como llegan tardía y débilmente al oído los ecos de la tormenta lejana

que va aproximándose por instantes, sintió Lázaro ir llegando a su alma

vagos presentimientos de dudas y temores, misteriosos anuncios de un

porvenir preñado de lágrimas e insomnios.

¿Qué era aquello? ¿Qué sombras comenzaban a turbarle? ¿Qué temores iban

girando en derredor de su imaginación como fieras que se pasean en torno

de su presa? ¿Era que empezaba a aspirar el hedor de los pantanosos

lodazales de la tierra, o acaso que, sintiendo el yugo opresor de la

materia, tenía ya su espíritu la nostalgia de la inmortalidad?

Era que cuanto había aprendido y creía, estaba en contradicción con la

realidad. Llevaba dentro de sí una llama que no podía brillar en aquel

nuevo ambiente. Sus estudios fueron ancha base a tantas cavilaciones; el

espectáculo del mundo, cebo que incesantemente las provocaba.

Cada día le trajo una lección, cada hora el agrio fruto de un anticipado

desengaño.

El tiempo fue pasando por él como la onda sobre el lecho del río,

haciendo la superficie más tranquila, pero agitando el fondo y

profundizando el cauce. Es imposible pintar la invasión lenta y gradual

que hicieron en su alma las cosas y los errores mundanos. Sería más

fácil penetrar en las entrañas de la piedra y sentir la secreta

atracción de la cohesión y la fuerza, o escuchar el latido de la planta

en que la evolución tiende a la vida. Cuando su inteligencia quería

bucear en lo hondo de su pensamiento, le veía poblado de formas extrañas

que le hostigaban con las maldecidas preguntas de la duda. Empezó el

tiempo a educarle en la amarga escuela de la experiencia. Semejantes a

estrellas que se extinguen, fueron nublándose sus esperanzas, y la fe

fue perdiendo lentamente su virginidad, como la nieve del cielo pierde

su blancura puesta en contacto con la tierra.

Lázaro: casi novela · 第 14 / 27 题