Ere por aquel tiempo en la corte la casa de los duques de Algalia una de
las más ricas y afamadas por aristocráticas. Su blasón no se había
desdorado aún por completo con el roce de las costumbres modernas; sus
estados no eran todavía presa de ninguna junta de acreedores, y hubiesen
podido añadirse al escudo nobiliario algunos rehiletes gallardamente
puestos en atrevida becerrada.
Cuanto esplendoroso puede dar la vida contemporánea, cuanto grande son
susceptibles de engendrar el refinamiento del gusto y la sobra del oro,
se reflejaba en la morada de los duques de Algalia.
Cada uno de sus salones era una pequeña capilla consagrada a la
elegancia; el palacio entero un suntuoso templo del buen gusto y la
moda, enriquecido con detalles dignos de un museo, en que andaban
revueltos lo antiguo y lo nuevo, formando ese consorcio extraño, pero
armónico, que ofrece la reunión de lo bueno, por distintos que sean los
caracteres que revista. No había pieza mal alhajada ni rinconcillo
descuidado. Aparte el esmero con que se había atendido al regalo
material del cuerpo, la ornamentación indicaba por doquiera el destino
de las habitaciones: el gran salón de recepciones estaba decorado con el
fastuoso gusto del monarca de Versalles; el comedor de ceremonia
cubierto de tapices flamencos; el de familia, con grandes bodegones
firmados por manos maestras; el despacho del duque, todo de ébano
incrustado de bronce; los aposentos de la hija, tapizados de alegres y
sencillas pero valiosas telas; y los de la duquesa exornados con tal
gusto y riqueza, que ni el gabinete de raso negro con flecos de
multicolores sedas, ni la sala de baño con jaspe y ónix argelinos, ni el
tocador de azulados cortinajes, hubieran sido mejores si los eligiese el
arte para albergar a la belleza. Al verlos parecía que para aquellos
pavimentos y muebles era indispensable una gran dama en quien fuese aún
mayor la distinción que la hermosura; que pisase con menudos pies, como
ligera sombra, las aterciopeladas alfombras y se recostase en los
divanes casi sin que los flexibles muelles cediesen al suave peso de su
cuerpo.
Y así era en efecto: que ni en la nobleza toda, ni en toda la alta
banca, había dama más digna de disfrutar aquellas grandezas que la
duquesa Margarita, noble hasta las puntas de sus larguísimas pestañas
negras, y elegante hasta el claro fondo de sus ojos azules. Era una
figura airosa, pero de movimientos lánguidos, como de gata friolera, y
actitudes sobriamente voluptuosas, como de estatua griega; el traje más
modesto realzaba mejor su hermosura, y con un vestido completamente
negro, un grueso ramo de amarillentas rosas en el entreabierto escote,
sencillamente recogido el pelo, libres de pendientes las diminutas
orejas, y sin guantes las aristocráticas manos, no había hombre capaz de
contemplarla un segundo sin darse la enhorabuena por haber nacido. Resta
añadir, para mayor encanto de golosos, que Margarita de Oropendia,
duquesa de Algalia, aunque tuviese más, sólo representaba treinta años,
y era relativamente virtuosa.
El duque, algo apabullado por los excesos de la buena vida, un tanto
muerta la mirada por el mucho trasnochar o la afición a los naipes, era
todavía un hombre bien plantado, elegante, de educación británicamente
escrupulosa en lo que a la etiqueta se refiere, y hasta instruido. No
ignoraba, por ejemplo, que Luis XVI fue decapitado, y murió de resultas,
ni que Carlos I de Inglaterra tuvo parecida suerte, hechos que con
frecuencia citaba para probar lo temibles que son las muchedumbres
cuando, según su frase, se desbocan. Lo que mejor caracterizaba al duque
era el ardiente deseo de ver satisfecha una aspiración constante de su
vida, una exigencia de su imaginación que participaba de la seriedad de
la ambición y la ridiculez del capricho: ser senador. La senaduría era a
sus ojos el complemento de su nobleza; sería una ocupación, un pretexto
para darse importancia, una satisfacción de su vanidad. Y si además de
ser senador pudiera serlo de por vida... ¡Senador vitalicio! Soñaba con
sentarse por derecho propio en los escaños rojos de la Alta Cámara, ir
en coche hasta la plaza de los Ministerios, apearse lejos del zaguán
para cruzar entre filas de curiosos, que murmurasen, «ese es el duque de
Algalia;» entrar luego en el salón de conferencias, andar solo por los
rincones como quien medita un plan, estrechar la mano a los ministros,
acoger las peticiones de los pretendientes, diciendo «veremos,» o «haré
lo que pueda;» y salir después de una votación exclamando: «¡Los deberes
políticos!» «Mi conciencia!» «¡El partido!» «¡Las instituciones!...»
Esto basta para apreciar que el duque tenía todavía fijas en el magín
raíces de ideas viejas; pero, a pesar de todo, podía considerársele como
demagogo comparado con su hechicera consorte.
La duquesa era el prototipo de la dama aristocrática, que sólo en las
cuestiones del amor y de la moda transige con el progreso. Religiosa por
superstición, devota por fe heredada, hipócrita por el qué dirán, e
intransigente por decoro, adoraba la misa en que estrenaba un traje, la
Semana Santa en que, tan guapa como el año anterior, pedía para los
pobres, o la novena que autorizaba una cita. Cuando rezaba se complacía
en bajar y subir la expresiva mirada, como jugueteando con los párpados,
gozándose en dar alternativamente luz y sombra a los que la rodeaban. En
sus relaciones con el gran mundo, tenía ese tacto supremo que sabe
mortificar sin ofender, que consiste en admirar a las gentes virtuosas
sin comprometerse a imitarlas ni indisponerse jamás con los que pecan.
Vivía entre el _beau monde_, formaba parte integrante de la _high life_;
el pueblo la atacaba los nervios; huía de la multitud por miedo al mal
olor, y si en otros tiempos la hubiesen llamado _ciudadana_, habríase
muerto del susto. La palabra _Revolución_ no evocaba a sus ojos más
figura que la de María Antonieta prisionera en la Conserjería, y en la
más sencilla agitación política veía carreras, tiros, desaguisados y
atropellos. Para ella, ser de origen humilde no era una falta, pero sí
una mancha, y trabajar le parecía muy honrado, pero loca la pretensión
de querer elevarse encalleciéndose las manos.
El duque transigía, en cierto modo, con el espíritu moderno: había
comprado bienes nacionales, lo cual le hacía relativamente liberal; era
individuo de varios consejos de administración de sociedades de crédito;
viajaba con billetes de libre circulación; defendía las instituciones;
hablaba del turno pacífico, y se llamaba conservador. No admitiría nunca
que un artista pudiese ser su igual; pero él, por benevolencia, protegía
las artes cuando no le salía muy caro. Daba al trabajo mucha
importancia, no hacía nunca nada, admitía las concesiones al talento, y
se explicaba el otorgamiento de un título a quien supiera enriquecerse
en la Bolsa o en los altos negocios del Estado.
La hija de este matrimonio era un progreso vivo sobre sus padres: entre
un rico tonto, apergaminado, achacoso, y un advenedizo de buena estampa,
pero pobre, plebeyo y listo, prefería bailar con el segundo, y en sus
ambiciones de muchacha optaba por vivir acompañada de un hombre a quien
quisiera, antes que por la boda con un heredero escrofuloso de
respetabilísima alcurnia. Tales ideas hicieron, sin duda, que ella no se
enojase cuando empezó a mirarla amorosamente cierto individuo, que por
aquellos días atrajo a sí los elogios del país entero: un joven que en
una reunión política había, con un discurso de extrema izquierda,
conmovido la opinión y entusiasmado a las gentes, hasta tal punto, que,
corriendo su nombre de boca en boca, hizo el duque que se le
presentaran, no por rendir tributo al mérito, sino por tener en sus
salones al hombre puesto en moda. De esta suerte, sin que ninguno de
entrambos lo buscara, llegaron a conocerse y tratarse Félix Aldea y
Josefina de Algalia.
Así estaban las cosas cuando, en pleno invierno, es decir, en la época
de más fiestas, bailes y recepciones, el mayordomo de los duques fue una
mañana, por orden de sus amos, a la estación del camino de hierro a
esperar al nuevo capellán que había de sustituir al anciano sacerdote
muerte pocas semanas antes. Adivinole por los hábitos al bajar de un
wagón, y acercándose a él, previos saludos y frases que puede figurarse
quien desee más detalles, le llevó al palacio en un simón, y presentole
a los señores. Recibido por éstos como exigía la hidalguía en tan
grandes personas, y en él lo respetable de su ministerio, le acompañaron
hasta la habitación que le estaba destinada, le enseñaron la capilla,
encargaron al mayordomo y al administrador que le respetasen y
sirviesen, y sin más conversación quedó instalado Lázaro en casa de los
duques de Algalia.
Al separarse estos del joven sacerdote, preguntó la mujer al
marido:--¿Qué te parece?--
--Muy joven,--contestó el duque;--pero no habíamos de estar más tiempo
sin capellán, y cuando el obispo le recomienda, bueno será.--
¡Capellán! Este era el puesto que había de desempeñar. Nadie le había
dicho todavía que era como un criado más en la cocina o un caballo nuevo
en las cuadras, un simple artículo de lujo. Debía decir la misa los días
que la duquesa no quisiese salir de casa. No se hace especial mención
del duque, porque éste era de los católicos que no practican.
Tan poca y breve ocupación dejaba a Lázaro todo el día libre; de modo
que siendo grande su curiosidad por conocer el nuevo centro en que
vivía, y fáciles los medios de satisfacerla, pronto empezó a observar y
pensar sobre cuanto veía, desentrañándolo y analizándolo todo.
Al cambiar de medio social, al sentirse sacado de su esfera, al verse
solo de repente en el torbellino del mundo, cada mirada produjo en él
una observación y cada observación un juicio que, chocando
frecuentemente con sus propias ideas, las destruía o alteraba. Creyente
sincero y de entendimiento poderoso, fue estudiando, fijándose en todo,
y apoyado como en fuerte palanca en su ideal, comparó y juzgó las cosas
de la vida.
Traía en su alma esa profunda fe que, a semejanza de ciertas piedras
preciosas, va siendo más rara cada día. Sus preocupaciones tenían por lo
ingenuas algo de sagradas, y libre de toda mira interesada, venía a
nueva existencia, trayendo para examinarla, aunque con el espíritu de
otros siglos, la más recta imparcialidad. Tranquilo, puesto el ánimo en
Dios y la esperanza en el deseo de saber, tendió la vista en torno suyo;
pero como ave obligada a volar demasiado alto, sus ojos se deslumbraron,
sintió el vértigo que da la altura, y le faltó aire para sus pulmones
oprimidos.
Como llegan tardía y débilmente al oído los ecos de la tormenta lejana
que va aproximándose por instantes, sintió Lázaro ir llegando a su alma
vagos presentimientos de dudas y temores, misteriosos anuncios de un
porvenir preñado de lágrimas e insomnios.
¿Qué era aquello? ¿Qué sombras comenzaban a turbarle? ¿Qué temores iban
girando en derredor de su imaginación como fieras que se pasean en torno
de su presa? ¿Era que empezaba a aspirar el hedor de los pantanosos
lodazales de la tierra, o acaso que, sintiendo el yugo opresor de la
materia, tenía ya su espíritu la nostalgia de la inmortalidad?
Era que cuanto había aprendido y creía, estaba en contradicción con la
realidad. Llevaba dentro de sí una llama que no podía brillar en aquel
nuevo ambiente. Sus estudios fueron ancha base a tantas cavilaciones; el
espectáculo del mundo, cebo que incesantemente las provocaba.
Cada día le trajo una lección, cada hora el agrio fruto de un anticipado
desengaño.
El tiempo fue pasando por él como la onda sobre el lecho del río,
haciendo la superficie más tranquila, pero agitando el fondo y
profundizando el cauce. Es imposible pintar la invasión lenta y gradual
que hicieron en su alma las cosas y los errores mundanos. Sería más
fácil penetrar en las entrañas de la piedra y sentir la secreta
atracción de la cohesión y la fuerza, o escuchar el latido de la planta
en que la evolución tiende a la vida. Cuando su inteligencia quería
bucear en lo hondo de su pensamiento, le veía poblado de formas extrañas
que le hostigaban con las maldecidas preguntas de la duda. Empezó el
tiempo a educarle en la amarga escuela de la experiencia. Semejantes a
estrellas que se extinguen, fueron nublándose sus esperanzas, y la fe
fue perdiendo lentamente su virginidad, como la nieve del cielo pierde
su blancura puesta en contacto con la tierra.