II.

Desde aquel día disfrutó Lázaro cuantas comodidades podían gozarse en el

Palacio Episcopal, siendo tratado como convenía a su parentesco con el

reverendo prelado. Diéronle un cuarto que, aunque no bueno, era de lo

mejor que había en el edificio; tenía unas cuatro varas en cuadro,

blanqueados los muros, la cama hecha con colchones de vieja y

apelotonada lana, y las sábanas más ásperas que cutis de setentona. Le

pusieron a la cabecera del lecho la imagen de un santo difícil de

identificar, pero santo al fin, y al lado de una gran ventana, que se

abría sobre el ancho panorama del campo, colocaron una mesa cargada de

libros, y un tintero de cobre. Por deferencia a Su Ilustrísima, le

sirvieron de maestros los más instruidos canónigos del cabildo. Puso él

de su parte cuanto pudo; ayudó en gran manera su clara inteligencia, y

pocos meses después empezaba su imaginación a adivinar nuevos

horizontes, llenos de promesas gloriosas, en la senda a que se le

destinaba. Los libros que leía, las lecciones que escuchaba, dejaban en

su espíritu profunda huella; y el pobre muchacho, traído del campo hasta

la morada del obispo, trasladado de pronto desde la libre existencia de

los prados y montes al severo recinto por donde vagaban, como espectros

atezados, los familiares de su tío; obligado a cambiar de género de

vida, rodeado siempre de rostros en que parecía delito la sonrisa, sin

nadie a quien poder trasmitir las primeras impresiones que, como bandada

de pájaros no avezados al vuelo, se alzaban en su alma, fue poco a poco

haciéndose reservado y triste; sintió anublado su espíritu por las

sombras que la soledad engendra, y sólo halló para sus cavilaciones

puerto de refugio en la esperanza del porvenir. Aquellos libros que le

obligaban a estudiar, y aquellos hombres que había de tratar por fuerza,

le pintaban el mundo como una sola jornada de la vida humana, como una

prueba para el temple del alma; la tierra como valle de lágrimas, en que

son mentira los aromas del campo y las alegrías del corazón.--Aquí

abajo--le dijeron--todo es falso, impuro y deleznable. Las dichas

terrenales son cantos de sirena, que arrastran al mal; cuanto se sufre y

se padece son méritos que en el mundo se hacen para que sean premiados

arriba, y en este breve tránsito, donde los pies se hieren en los

guijarros de todos los caminos, debe la esperanza refugiarse en los

cielos, que allí aguardan al alma la inmortalidad y a la virtud el

premio de sus luchas. Pero fuera de esa esperanza y de lo que ha de

hacerse por mirarla cumplida, en el mundo no hay nada; fuera del mal, la

tentación y el error, todo es mentira. El desprecio de la Naturaleza y

del hombre es la ley suprema de la conciencia; la contemplación de lo

divino el solo cuidado del entendimiento; la fe en Dios o la confianza

en los que le representan, la única luz que alumbra la pasajera pero

densa tiniebla de la vida.

De esa idea del mal difundido en el mundo como el aire en los espacios,

y de esa esperanza del bien puesto tras la existencia como la luz del

día tras la oscuridad de la noche, nacían el horror a lo terrenal y

humano, brotando la conmiseración y la piedad hacia los que sufren y

padecen. De ahí toda la vida de la religión, toda la esencia de sus

doctrinas, toda la fuerza de sus dogmas, toda su idea del universo

mundo.

Sobre cuanto existe, Dios, fuente inagotable de dulzuras eternas, fuerza

en constante trabajo, que jamás disminuye ni merma, causa insondable,

secreto impenetrable; misterio tanto más grande, cuanto mayor sea la

inteligencia humana. Luego, en la tierra, colocado entre las amargas

olas de los mares y las punzantes malezas de los campos, el hombre,

sintiendo siempre sobre la cabeza el perdurable martirio de la duda, y

bajo sus pies un erial rebelde al trabajo, manchado y envilecido por el

primer pecado. Pero entre Dios y el hombre, como eslabón que une el bien

al mal teniéndolos distantes, la religión, manto de la deidad suprema en

cuyos pliegues se cobija la humanidad, al modo que entre las anchas

ramas de la encina se guarecen los gusanillos de la selva. Y, por fin,

como última consecuencia de este sistema, postrer hijuela de esta

concepción del universo, el hombre de Dios, el sacerdote que tiene por

misión tender la mano al que vacila, sostener al que cae, infundir fe al

que duda, perdonar al que peca, defender al que sufre, sojuzgar al

altivo, y abriendo a todos los brazos con amor, decir cómo el Hijo del

Hombre: «Amáoslos unos a los otros; practicad la virtud, y lo demás os

será dado con exceso.»

Esto enseñaban a Lázaro, y así lo admitía él.

--Sí,--se decía;--Dios y el hombre.... El cielo y la tierra.... El bien

y el mal.... Entre ambos la religión, el sacerdote, el soldado de las

grandes peleas, el profeta que anuncia la aurora del porvenir, el eterno

apóstol que, repitiendo la frase de San Pablo, dice a todos los pueblos

de la tierra: «Hermanos, sois llamados a la libertad.»

Como el áspero mármol que la mano del artista desbasta, esculpe y modela

haciendo surgir de la brutal materia la forma encantadora, fue Lázaro

trasformándose por el estudio, abriendo cada día con mayor avidez los

ojos a la luz de la fe, sintiendo penetrar dulcemente en su alma un algo

indefinible que caía sobre su corazón como el rocío del cielo sobre el

brote de la planta.

Bien veía o creía ver algunas veces cierta disparidad entre lo que

sentía y lo que le rodeaba; pero no se paraba a aquilatar las cosas muy

despacio, embebecida su inteligencia en las novedades que a su

entendimiento se ofrecían. La transición de las costumbres campesinas al

refinamiento mental de su presente vida, era demasiado inopinada y

brusca para que dejara de parar mientes en ella.

Además pronto se dio cuenta de que no eran pocos los sagrados textos que

parecían olvidados en derredor de Su Ilustrísima. Preceptos más sanos

que aire de monte quedaban sin cumplimiento, o se obedecían por pura

fórmula a veces y otras había manifiesta oposición entre lo mandado por

autoridades de continuo invocadas, y lo que en la morada episcopal se

practicaba.

Por de pronto, el Rdo. Antolín, si no era rico, no daba muestras de

aborrecer la riqueza: su pobreza tenía algo de problemática. Sin contar

las mesadas que del Estado cobraba, las ricas vestiduras de que estaban

atestados sus cajones, y los vaso y alhajas de metales preciosos, las

gentes señalaban en los alrededores de la ciudad alguna finca, escondida

entre macizos de árboles, donde Su Ilustrísima podía, como en cosa

propia, hacer lo que mejor le pareciese.

Lázaro observaba que la caridad cristiana aparece en los Evangelios muy

diferente, de la que se ejercía en torno suyo, que no eran siempre la

humildad y la mansedumbre los móviles de los amigos íntimos del obispo,

y que algunas veces se vela asomar cobardemente a los labios de los

familiares cierta sonrisa reveladora de hipocresía y envidia.

La facilidad con que se recibía en aquella santa morada cuanto dinero

daban para limosnas los caritativos fieles, se trocaba en formalidades y

retrasos cuando las monedas habían de pasar a la faltriquera de los

pobres, pareciendo aquello despacho de banquero donde se toma sin

vacilar el oro ajeno y en donde todo son al devolverlo garantías,

molestias y dilaciones. Nada oyó el futuro sacerdote en desdoro de su

tío; pero, con frecuencia, las gentes que cruzaban las antesalas y

corredores del palacio no parecían salir completamente satisfechas de la

entrevista con el Prelado: y era lo extraño que si nunca se retiraban

descontentos la dama encopetada o el canónigo influyente, solía verse

descorazonado y abatido al pobre párroco de aldea o al cura de misa y

olla cuyos grasientos y raídos manteos pregonaban descaradamente la

miseria. Jamás notó Lázaro cosa que disonara en el tranquilo concierto

de aquella existencia casi monacal, donde todo estaba dispuesto y

regulado de antemano, como en ceremonia palaciega; pero semejante al

sordo ruido de vientos lejanos, creyó escuchar algunos días el rumor de

murmuraciones engendradas en las porterías, robustecidas en las

antecámaras y detenidas por el miedo ante las puertas del despacho

donde trabajaba el bueno del obispo.

Levantábase Lázaro a la hora del alba, oía una misa, tomaba chocolate, y

ayudaba en algo a su anciano tío. No tenía otra cosa que hacer hasta la

comida, que se hacía siempre a la una, con puntualidad cronométrica.

Lázaro se quedó ensimismado y pensativo en más de una ocasión,

reflexionando lo distintas que eran las privaciones que imaginó sufrir y

la regalada vida que le daban. Todo aquello de comer como los anacoretas

yerbas salvajes o salta-montes del campo, era, por lo visto, pura

fábula, tradición olvidada. Al presente, y gracias a un cocinero lleno

de buenas cualidades, en la mesa de Su Ilustrísima hubiera podido darse

por alegre y satisfecho el más descontentadizo; en todo lo que a la

culinaria se refiere, era el obispo ardiente partidario del progreso.

Tratábase a cuerpo de rey constitucional; los mejores caldos de la

cosecha, los más preciados sólidos del mercado iban a sus despensas, ya

por encargo propio o por atención ajena; el pavo mejor cebado y el

gazapillo más tierno eran para él; las frutas que se le presentaban

parecían regalos para las aras de la antigua Ceres, y era raro el día en

que la piadosa mano de alguna devota no preparase para Su Ilustrísima un

platito de dulce espolvoreado de canela, aroma a que, como buen andaluz,

era muy aficionado. Una reparadora siesta era el epílogo de la oración

con que a Dios se daban gracias por tantos beneficios. Se trabajaba otro

poco por la tarde, se cenaba concienzudamente tras el rosario, y un

sueño tranquilo reinaba a las once en todos los ámbitos del edificio,

donde la calma de este género de vida no se veía turbada sino en las

vísperas de las grandes festividades de la Iglesia.

Lázaro notaba que todo esto no eran mortificaciones ni martirios, pero

también se decía que aquello no era vivir en el mundo y sus luchas, y

que siendo buenas cuantas gentes le rodeaban, no podía ser detestable la

vida. ¡Cuan diferente se le ofrecía el espectáculo del mundo que

empezaba un paso más allá de aquellos respetados muros! Cierto que de

puertas adentro todo era reposo y santidad; pero ¡cuántos horrores y

amarguras le esperaban al poner la planta en esa sociedad donde cada día

es un combate y cada hora una herida! Hacía el pobre chico proyectos

para el porvenir, y juzgando la vida tal cual se la habían pintado,

pensando que todo era males, tristezas y desdichas, se preparaba a

entrar en ella inquieto, temeroso, como soldado bisoño pronto a escuchar

el primer paso de ataque tocado por las cornetas de su batallón.

Tratábale su tío afablemente; por respeto o adulación al Prelado,

hacían lo mismo cuantos le rodeaban, y merced a su protección entraba

Lázaro en la carrera a que le habían destinado, escudado contra las

privaciones, con el porvenir preñado de fortunas, y el alma llena de

presentimientos. Le habían pintado su misión de suerte que, impresionada

la imaginación, veía en el sacerdocio el apostolado de toda idea

generosa. Pero, a pesar de esto, cuando solo, con su libro de horas bajo

el brazo, se le veía cruzar los anchos corredores o sentarse bajo las

umbrías del huerto, parecía que dentro de su alma bullían y a sus

miradas se asomaban vagos temores por su vida futura y dudas sobre la

suerte que le estaba reservada. La santa casa que habitaba era, a su

parecer, un puerto de refugio contra el oleaje infernal de la malicia

humana. Por todo aquello que sus libros devotos le aconsejaban huir,

venía en conocimiento de cuan ciertas deben ser las palabras con que se

le avisaban los peligros mundanales, y por la interminable y fatigosa

excitación a la virtud, podía apreciar cuan hondas y frecuentes son las

simas del pecado. A medida que iba considerando las tentaciones que

podrían rodearle, los riesgos que tendría que prever y males que evitar,

su inteligencia miraba con deleite la perspectiva de días de horrible

pero santa y gloriosa lucha, preparación a la inmortalidad.

Considerado por cuantos cerca de él andaban como la persona más allegada

a Su Ilustrísima, los sacerdotes y demás gente de Iglesia que tenía

ocasión de frecuentar, guardaban buen cuidado de no dejarle ver cosa que

pudiera enojar al obispo. Todo era ante él virtud, resignación y

humildad; de modo que teniendo constantemente ante los ojos la divina

palabra de los libros y el mejor ejemplo en los hechos de los hombres,

pensó que en contra de la agitación del mundo estaba aquella santa

tranquilidad, que el torpe bullir de las pasiones se contrabalanceaba

por un santo estoicismo religioso, y que nada podía haber tan digno ni

respetable para la humanidad como la voz de esos hombres que con la

imagen de Cristo en una mano y señalando con la otra al cielo, dicen al

desgraciado: «Cree y espera.» Su poética melancolía era el

presentimiento de los dolores de la lucha. Parecía que su alma adivinaba

las heridas que habría de sufrir más tarde, y sólo en la fe, ingénita en

su espíritu, fomentada luego por cuanto le rodeaba, era donde el pobre

Lázaro podía hallar reposo a la misteriosa agitación de sus ideas.

Nacido en una aldea donde la hermosa y virginal Naturaleza le decía

continuamente:--«Admira,»--sin escuchar más voz que la del cura que de

continuo repetía: «Cree;» con el sano ejemplo de la honrada vida de su

padre, y sin haber sufrido las desgracias que pervierten al hombre,

Lázaro iba allegando fuerzas y atesorando virtudes para verterlas luego

como un maná divino sobre el rebaño de fieles que Dios le deparase. Si

alguna vez caían sobre su turbada pupila los fatigados párpados, como

deslumbrada la vista que admiraba de continuo el panorama espléndido de

una vida toda virtud y caridad, al hundir la mirada en los abismos de su

alma, encontraba, semejante a un resplandor en el fondo de una sima, la

luz que le guiaba a sus destinos.

Dos épocas distintas puede decirse que atravesó Lázaro mientras estuvo

en casa de su tío.

Durante la primera le dominaron los recuerdos confusos del pueblo con

sus faenas y labores; acordábase de las conversaciones en que la tierra

era la preocupación de todo el año, y empeñándose mentalmente en

resucitar sus impresiones, se esforzaba en reconstruir, con

reminiscencias vagas y sensaciones olvidadas, aquellos días que no

habían de volver jamás; las lluvias primaverales que hacían entrever los

carros repletos de doradas gavillas; el estío con las llanuras serpeadas

por surcos que parecían encender el aire en la irradiación de sus

terruños abrasados; el otoño con sus frutas mal sujetas a la cargada

rama, convidando al paladar a refrescarse con su azucarado jugo; las

tardes con sus vientecillos impregnados de perfumes, y las calladas

noches envueltas en misterios, poblaban su pensamiento de ensueños

indecisos. Lejos, muy lejos de él estaba cuanto podía recordarle tiempos

pasados, y como tales más dichosos; el hogar ennegrecido por el humo de

los troncos a cuya sombra jugueteó de pequeñuelo; la fuente donde las

mozas, entretenidas en mirarle, dejaban rebosar en sus cántaros el

agua; y en un altillo del cementerio, con su cruz de piedra que dora

cada tarde el último rayo de la luz solar, la tumba de su madre.

En la segunda fase de aquella etapa de su vida, todo era esperanzas:

habíanle trazado con sombrías tintas el plano de la revuelta arena del

mundo.--«Aquí abajo no hay, le dijeron, sino males y perfidias; pero tú

serás de los que tienen por misión encadenar el dolor a la esperanza de

la dicha.» A pesar de no considerar completos los ejemplos que se le

ofrecían, todo lo que aprendía, sus vigilias y desvelos, cuanto

intelectualmente se asimilaba, venía a compendiarse en una palabra de

amor divino, que le hubiera hecho fijar los labios en la escrófula del

enfermo, si esto bastara para curarla, entusiasmo capaz de llevarle a

los campos de la guerra para acallar con su rezo la maldición del

desgraciado y dar alas al alma del creyente moribundo.

Sentado algunas veces junto a la fuente de la huerta, que desde una

eminencia dominábala ciudad, viendo a lo lejos tejados y azoteas,

escuchando el bullir y los ruidos que como provocación constante le

traían los aires, Lázaro pensaba que aquellas eran las guaridas del mal.

Sólo las cruces puestas en lo alto de las torres eran signos de

redención o amparo. Si su memoria, protestando de aquel falso sistema

del mundo, le recordaba que no todo era malo en la tierra, que él había

visto a su padre dar trigo a los labriegos pobres o socorrer a los

necesitados, que en la tierra existían cariño, afabilidad y amor, que él

mismo había llevado hasta los apartados caseríos consejos de paz y de

justicia, todo se desvanecía ante la influencia maléfica del _pulvis

eris_ que le habían inculcado en el alma.

Fue Lázaro después al seminario; tuvo su celda estrecha y triste;

aprendió mal latín y peor griego, no para admirar el genio de los

grandes poetas paganos, sino para embotar su inteligencia en casuismos

teológicos; se apacentó dócilmente con filosofía escolástica; le dieron

los libros de los Padres de la Iglesia; le dijeron el criterio que había

de seguir para que no cayera en la peligrosa pendiente de pensar;

marcaron a su entendimiento las lindes que no debía traspasar, y como si

el pensamiento del hombre fuese ave cuyo Vuelo depende de voluntad

ajena, le impusieron la idea, el dogma y el sentido de cuanto debía

creer y proclamar. En su cerebro había de dar cabida, le repugnase o no,

a lo que otros concibieron; su esfuerzo tenía que hacerse mantenedor de

proposiciones que apenas le era dado examinar; debía admitir la verdad

sin examinarla, creerla sin que le fuese demostrada. «_Node sólo pan

vive el hombre, sino también de la palabra de Dios_,» le dijeron; y la

palabra de Dios era un enigma, todo lo más una promesa. Le fue negada la

interpretación o el examen de los libros sagrados; y para colmo de

absurdo, sostuviéronle que en aquel misterio impenetrable que constituye

la esencia de todo lo dogmático, están la imposible demostración de la

verdad y el encanto de su divina poesía, porque _la fe es substancia de

las cosas que se esperan, argumento de las cosas que no aparecen[1]._

Entonces, falta de apoyo su inteligencia, sin que pudiera todavía

discernir lo bueno de lo malo, ni estimar como nulo lo falso e

inapreciable lo cierto, fue desfilando ante su mirada por las páginas de

sus manoseados infolios, la interminable procesión de ideas, teorías y

concepciones que se le daban como infalibles certezas. Fue viendo que

el hombre, envilecido desde su nacimiento por una culpa ajena, no puede

redimirse de ella; supo que el alma, capaz del crimen, está hecha a

semejanza de Dios; leyó que la misericordia celeste puede ser también

cruel, haciendo eternos los castigos, y que la voluntad divina es capaz

de trastornar las leyes eternas de la materia y la energía.

Contraria pero simultáneamente a la frase «Eres polvo,» le dijeron que

el hombre es el rey de la tierra; las aguas de los mares y las arenas

del desierto son llanuras francas a su actividad y su valor; las fieras

de brutal poder, esclavas de su inteligencia; los metales, que como

venas de fuerza y riqueza serpean por las entrañas de los montes,

tesoros escondidos para que el trabajo los descubra y el sudor los

fecunde; y hasta la mujer, arcilla divinamente modelada con los rasgos

de la amante y la madre, es suya también, _carne de su carne, hueso de

su hueso_. Pero con todo, y a pesar de ello, le afirmaron que él ideal

de la vida no es la existencia en el seno de la Naturaleza, ni la

fecunda guerra del trabajo ni la pasión de la verdad o del arte, sino la

muda y estática contemplación de lo divino, el celibato estéril, el

claustro, la pobreza, el ayuno, el desprecio de sí mismo y el ansia de

llegar a la muerte como a puerta mágica desde cuyo umbral se perciben

los eternos albores del paraíso de los justos.

Sobre este conjunto de ideas, por cima de toda consideración superior a

cuanto le rodeaba, estaban para Lázaro la santidad y grandeza de la

misión aceptada, sin que llegara a alzarse un punto en su espíritu la

idea de que el bien fuese independiente y extraño de la fe. Así llegó a

cumplir los veinticinco años. Su inteligencia, como vaso forjado según

las concepciones de los que dirigieron su educación, fue molde en que

se vaciaron ideales ajenos. Cuanto en sí encierran las tendencias de los

pasados siglos, cuanto en lo antiguo sirvió de turquesa para dar forma y

ser a la sociedad, echó en su inteligencia hondas raíces. Educado para

las batallas del presente, tuvo por armas las convicciones de antaño,

fuertes por lo sinceras, pero quebradizas por lo viejas.

Llegada la época de abandonar el Seminario, el obispo le llamó a su

despacho, y le habló de esta, suerte:

«Vamos a separarnos. Cuando escribí a mi hermano encargándome de tu

porvenir, no creí que fuese tan fácil poner a un hombre en camino de

hacerse artífice de su propia fortuna; pero tu aplicación, e ingenio han

llevado las cosas de modo que aquí, de hoy en adelante, no harás más que

perder tiempo. Si con nosotros te quedaras; no pasarías de pobre cura de

pueblo; tal vez llegases algún día a predicar en nuestra catedral; pero

nada más. Yéndote a la corte, como deseo, tus méritos darán a tu carrera

continuación tan lisonjera como halagüeños han sido los comienzos. Poco

me agrada separarme de tí; pero dos consideraciones hago: que aquí te

traje, no para satisfacción mía, sino por conveniencia tuya; y que en

las luchas de la tierra, en la revuelta marejada de encontrados

intereses, donde has de intervenir, puedes ser en alto grado útil a la

santa causa de la Iglesia.

»Vas a cambiar de género de vida, de hábitos y costumbres, hasta de

ambiente respirable, que no son iguales las auras puras de estos campos

cercanos, al aire viciado de la ciudad. Aquí, por más que haya doblez y

engaño, no son la maldad tan refinada ni la hipocresía tan astuta; allí

la cortesanía hace el daño más hondo y más disimulada la torpeza.

Vivirás entre hombres que antes aprenden a averiguar el pensamiento

ajeno que a expresar el propio, rozándote con gentes que procuran hacer

a la mentira hurón de la verdad, y que tratarán de adquirir tu confianza

engañando a otros, como luego te engañarán a ti para provecho de

tercero. Anda en todo pecho la falsía, en todo cerebro la comedia:

muchos la representan de tal suerte, que toman en serio su papel, y ni

aun la muerte da fin a la farsa, pues otros fingen que les han creído, y

la lisonja llega hasta el epitafio, manchando hasta los mármoles.

Desconfía de cuanto te rodee y mantente en guardia casi más que contra

las maldades ajenas, contra tus propias debilidades. Dios ha puesto en

ti fe y razón; aquélla, como faro eterno a que caminas y te alumbra;

ésta, como apoyo y sostén para cuando dudes; mas ten cuenta que si tu fe

vacila, antes te será causa de desdicha que de consuelo y esperanza.

Lee los libros que te en las manos sin cuidarte de profundizar en sus

páginas más de lo que ellas te descubran; que el libro, como el vino,

fortalece si no se abusa de él, embriaga si se prodiga. La ciencia es a

la paz del alma lo que el agua a la semilla; con poca se fecunda y con

sobrada se anega. Tu misión hasta hoy ha sido aprender la que habías de

huir mañana: desde ahora vivirás entre el mal, evitando que logre

corromperte. La tarea de tu vida es consolar al que sufre, alentar al

que espera, perdonar al que yerra, labrar en tu corazón puerto donde

busquen amparo los náufragos del mundo. No hay en la tierra misión más

noble, que la nuestra. Si la virtud pudiera ser orgullosa, nos sería

dado envanecernos; pero hemos, de unir a la bondad la mansedumbre, y por

altivo nos está vedado el orgullo, como por pueril la vanidad.

»Ya ves, Lázaro, qué hermosa perspectiva se te ofrece a la vista.--La

vida es combate de pasiones, que unas a otras se hieren y lastiman: tú

serás de esos hombres que por vocación de caridad se mezclan en la

pelea, llevando en su alma la mina inagotable de la piedad y en sus

labios el manantial perenne de la esperanza. Así como unos curan las

dolencias del cuerpo, otros cuidan de la pureza del espíritu: serás, de

ellos, y mientras el tuyo permanezca incólume, jamás te faltarán

palabras con que infundir a tus hermanos la fe que te aliente. Cree y te

creerán, que nunca inspiró la sinceridad desconfianza. Si la misión es

difícil, no ha de ocultársete que la tentación es temible: ya lo irás

viendo; pero si algo divino y fuerte hay en el hombre, es la voluntad. A

todo has de sobreponerte, temiendo más la propia indulgencia: que la

ajena censura. Sé hasta rencoroso contigo por tus culpas, débil hasta

la exageración con las del prójimo; que el hombre debe ser tan avaro de

virtudes como pródigo de perdones. Si la persecución te maltrata o la

ironía te hostiga, recibe a la primera con mansedumbre y a la segunda

con piedad; pues si la maldad debe hallarnos pacientes, el sarcasmo ha

de inspirarnos lástima. Merézcate siempre más conmiseración quien se

burle de lo bueno que quien practique lo malo. Por las funciones de

nuestro ministerio habrás de hablar al oído de la esposa, y en el tuyo

depositará la virgen sus secretos: di a aquélla que lo sacrifique todo a

la paz de la casa, y a ésta que todo lo posponga a la paz del alma. Al

hereje responderás con la palabra de la verdad, tratándole como amigo

perdido que hay que reconquistar, no como enemigo que es preciso vencer,

y rezarás por la salvación de quien persista en el error, pues ya que la

religión no sea patrimonio de todos, séalo al menos la piedad. No

mortifiques al moribundo con el recuerdo de sus delitos aquí abajo;

habíale de sus esperanzas allá arriba. Fe, perdón, mansedumbre: tal es

tu lema; el corazón tu escudo, tu premio el reino de los cielos. Si de

la violencia que te hicieren hubieses de morir, muere con valor, mas no

con aquella calma que puede ser cinismo, sino con esa serenidad que

reflejando el tranquilo fondo del alma, sirve a los demás de un ejemplo

que equivale a un consuelo.

»Mas no fuera bueno que te marchases sin tener seguro puerto de llegada.

He arreglado todo de manera que entrarás en la corte por tal puerta, que

muchos desearían tu posición como término a sus ambiciones. Vas de

capellán a casa de los duques de Algalia, señores tan poderosos como

buenos. De tus deberes para con ellos nada te digo, que la humildad de

sacerdote no ha de echar en olvido la dignidad de hombre, y tengo por

cierto que antes de poco no sabrán qué mirar con más cariño: si su

venerable eclesiástico o su discreto y leal amigo. Partirás en breve, y

sabe Dios hasta cuándo. Acuérdate alguna vez de mí, y siempre de lo que

te debes a ti mismo. Recibe mi bendición, y ojalá te dé ella todos los

bienes que la voluntad te desea.»

* * * * *

De allí a pocos días partió Lázaro, y aunque alentado por sus esperanzas

no dejó de darle mucho en qué pensar la visible contradicción existente

entre los discretos consejos que acababa de escuchar y, la vida no muy

austera de su tío, sin que acertase a comprender cómo siendo bueno lo

que aconsejaba, no era completamente idéntico lo que practicaba.

Lázaro: casi novela · 第 13 / 27 题