LA DUDA Y LA REALIDAD

Estaba abierta... ¡y él, al marcharse, había oído a

su mujer cerrarla con llave, tranca y cerrojo!

Por consiguiente, nadie más que su propia mujer

había podido abrirla.

Pero ¿cómo? ¿cuándo? ¿por qué?--¿De resultas

de un engaño? ¿A consecuencia de una orden?--¿O

bien deliberada y voluntariamente, en virtud de previo

acuerdo con el Corregidor?

¿Qué iba a ver? ¿Qué iba a saber? ¿Qué le

aguardaba dentro de su casa?--¿Se habría fugado la

señá Frasquita? ¿Se la habrían robado? ¿Estaría

muerta?--¿O estaría en brazos de su rival?

--El Corregidor contaba con que yo no podría venir

en toda la noche... (se dijo lúgubremente el tío Lucas).

El Alcalde del Lugar tendría orden hasta de encadenarme,

antes que permitirme volver...--¿Sabía todo

esto Frasquita? ¿Estaba en el complot?--¿O ha sido

víctima de un engaño, de una violencia, de una infamia?

No empleó más tiempo el sin ventura en hacer todas

estas crueles reflexiones que el que tardó en atravesar

la plazoletilla del emparrado.

También estaba abierta la puerta de la casa, cuyo

primer aposento (como en todas las viviendas rústicas)

era la cocina...

Dentro de la cocina no había nadie.

Sin embargo, una enorme fogata ardía en la chimenea...;

¡chimenea que él dejó apagada, y que no se

encendía nunca hasta muy entrado el mes de Diciembre!

Por último, de uno de los ganchos de la espetera

pendía un candil encendido...

¿Qué significaba todo aquello? ¿Y cómo se compadecía

semejante aparato de vigilia y de sociedad con

el silencio de muerte que reinaba en la casa?

¿Qué había sido de su mujer?

Entonces, y sólo entonces, reparó el tío Lucas en unas

ropas que había colgadas en los espaldares de dos o

tres sillas puestas alrededor de la chimenea...

Fijó la vista en aquellas ropas, y lanzó un rugido tan

intenso, que se le quedó atravesado en la garganta,

convertido en sollozo mudo y sofocante.

Creyó el infortunado que se ahogaba, y se llevó las

manos al cuello, mientras que, lívido, convulso, con los

ojos desencajados, contemplaba aquella vestimenta,

poseído de tanto horror como el reo en capilla a quien

le presentan la hopa.

Porque lo que allí veía era la capa de grana, el sombrero

de tres picos, la casaca y la chupa de color de

tórtola, el calzón de seda negra, las medias blancas,

los zapatos con hebilla y hasta el bastón, el espadín y

los guantes del execrable Corregidor... ¡Lo que allí

veía era la hopa de su ignominia, la mortaja de su

honra, el sudario de su ventura!

El terrible trabuco seguía en el mismo rincón en que

dos horas antes lo dejó la navarra...

El tío Lucas dio un salto de tigre, y se apoderó de él.--Sondeó

el cañón con la baqueta, y vio que estaba

cargado. Miró la piedra, y halló que estaba en su lugar.

Volviose entonces hacia la escalera que conducía a la

cámara en que había dormido tantos años con la señá

Frasquita, y murmuró sordamente:

--¡Allí están!

Avanzó, pues, un paso en aquella dirección; pero en

seguida se detuvo para mirar en torno de sí y ver si

alguien lo estaba observando...

--¡Nadie! (dijo mentalmente). ¡Sólo Dios..., y

Ese... ha querido esto!

Confirmada así la sentencia, fue a dar otro paso,

cuando su errante mirada distinguió un pliego que había

sobre la mesa...

Verlo, y haber caído sobre él, y tenerlo entre sus

garras, fue todo cosa de un segundo.

¡Aquel papel era el nombramiento del sobrino de la

señá Frasquita, firmado por D. Eugenio de Zúñiga y

Ponce de León!

--¡Este ha sido el precio de la venta! (pensó el tío

Lucas, metiéndose el papel en la boca para sofocar sus

gritos y dar alimento a su rabia). ¡Siempre recelé que

quisiera a su familia más que a mí!--¡Ah! ¡No hemos

tenido hijos!... ¡He aquí la causa de todo!

Y el infortunado estuvo a punto de volver a llorar.

Pero luego se enfureció nuevamente, y dijo con un

ademán terrible, ya que no con la voz:

--¡Arriba! ¡Arriba!

Y empezó a subir la escalera, andando a gatas con

una mano, llevando el trabuco en la otra, y con el papel

infame entre los dientes.

En corroboración de sus lógicas sospechas, al llegar

a la puerta del dormitorio (que estaba cerrada), vio que

salían algunos rayos de luz por las junturas de las

tablas y por el ojo de la llave.

--¡Aquí están!--volvió a decir.

Y se paró un instante, como para pasar aquel nuevo

trago de amargura.

Luego continuó subiendo... hasta llegar a la puerta

misma del dormitorio.

Dentro de él no se oía ningún ruido.

--¡Si no hubiera nadie!--le dijo tímidamente la

esperanza.

Pero en aquel mismo instante el infeliz oyó toser

dentro del cuarto...

¡Era la tos medio asmática del Corregidor!

¡No cabía duda! ¡No había tabla de salvación en

aquel naufragio!

El Molinero sonrió en las tinieblas de un modo horroroso.--¿Cómo

no brillan en la obscuridad semejantes

relámpagos? ¿Qué es todo el fuego de las tormentas

comparado con el que arde a veces en el corazón del

hombre?

Sin embargo, el tío Lucas (tal era su alma, como ya

dijimos en otro lugar) principió a tranquilizarse, no bien

oyó la tos de su enemigo...

La realidad le hacía menos daño que la duda.--Según

le anunció él mismo aquella tarde a la señá Frasquita,

desde el punto y hora en que perdía la única fe

que era vida de su alma, empezaba a convertirse en un

hombre nuevo.

Semejante al moro de Venecia (con quien ya lo comparamos

al describir su carácter), el desengaño mataba

en él de un solo golpe todo el amor, transfigurando de

paso la índole de su espíritu y haciéndole ver el mundo

como una región extraña a que acabara de llegar. La

única diferencia consistía en que el tío Lucas era por

idiosincrasia menos trágico, menos austero y más egoísta

que el insensato sacrificador de Desdémona.

¡Cosa rara, pero propia de tales situaciones! La

duda, o sea la esperanza (que para el caso es lo mismo),

volvió todavía a mortificarle un momento...

--¡Si me hubiera equivocado! (pensó). ¡Si la tos

hubiese sido de Frasquita!...

En la tribulación de su infortunio, olvidábasele que

había visto las ropas del Corregidor cerca de la chimenea;

que había encontrado abierta la puerta del molino;

que había leído la credencial de su infamia...

Agachose, pues, y miró por el ojo de la llave, temblando

de incertidumbre y de zozobra.

El rayo visual no alcanzaba a descubrir más que un

pequeño triángulo de cama, por la parte del cabecero...

¡Pero precisamente en aquel pequeño triángulo se veía

un extremo de las almohadas, y sobre las almohadas la

cabeza del Corregidor!

Otra risa diabólica contrajo el rostro del Molinero.

Dijérase que volvía a ser feliz...

--¡Soy dueño de la verdad!... ¡Meditemos!--murmuró,

irguiéndose tranquilamente.

Y volvió a bajar la escalera con el mismo tiento que

empleó para subirla...

--El asunto es delicado... Necesito reflexionar.

Tengo tiempo de sobra para _todo_...--iba pensando

mientras bajaba.

Llegado que hubo a la cocina, sentose en medio de

ella, y ocultó la frente entre las manos.

Así permaneció mucho tiempo, hasta que lo despertó

de su meditación un leve golpe que sintió en un pie...

Era el trabuco que se había deslizado de sus rodillas,

y que le hacía aquella especie de seña...

--¡No¡ ¡Te digo que no! (murmuró el tío Lucas,

encarándose con el arma).--¡No me convienes! Todo

el mundo tendría lástima de _ellos_..., ¡y a mí me ahorcarían!

¡Se trata de un Corregidor..., y matar a un

Corregidor es todavía en España cosa indisculpable!

Dirían que lo maté por infundados celos, y que luego

lo desnudé y lo metí en mi cama... Dirían, además,

que maté a mi mujer por simples sospechas... ¡Y me

ahorcarían! ¡Vaya si me ahorcarían!--Además, yo

habría dado muestras de tener muy poca alma, muy

poco talento, si al remate de mi vida fuera digno de

compasión! ¡Todos se reirían de mí! ¡Dirían que

mi desventura era muy natural, siendo yo jorobado y

Frasquita tan hermosa!--¡Nada! ¡no! Lo que yo

necesito es vengarme, y, después de vengarme, triunfar,

despreciar, reír, reírme mucho, reírme de todos...,

evitando por tal medio que nadie pueda burlarse nunca

de esta jiba que yo he llegado a hacer hasta envidiable,

y que tan grotesca sería en una horca!

Así discurrió el tío Lucas, tal vez sin darse cuenta de

ello puntualmente, y, en virtud de semejante discurso,

colocó el arma en su sitio, y principió a pasearse con los

brazos atrás y la cabeza baja, como buscando su venganza

en el suelo, en la tierra, en las ruindades de la

vida, en alguna bufonada ignominiosa y ridícula para

su mujer y para el Corregidor, lejos de buscar aquella

misma venganza en la justicia, en el desafío, en el perdón,

en el cielo..., como hubiera hecho en su lugar

cualquier otro hombre de condición menos rebelde que

la suya a toda imposición de la naturaleza, de la sociedad

o de sus propios sentimientos.

De repente, paráronse sus ojos en la vestimenta del

Corregidor...

Luego se paró él mismo...

Después fue demostrando poco a poco en su semblante

una alegría, un gozo, un triunfo indefinibles...;

hasta que, por último, se echó a reír de una manera

formidable..., esto es, a grandes carcajadas, pero sin

hacer ningún ruido (a fin de que no lo oyesen desde

arriba), metiéndose los puños por los ijares para no reventar,

estremeciéndose todo como un epiléptico, y

teniendo que concluir por dejarse caer en una silla

hasta que le pasó aquella convulsión de sarcástico

regocijo.--Era la propia risa de Mefistófeles.

No bien se sosegó, principió a desnudarse con una

celeridad febril; colocó toda su ropa en las mismas sillas

que ocupaba la del Corregidor; púsose cuantas prendas

pertenecían a éste, desde los zapatos de hebilla hasta

el sombrero de tres picos; ciñose el espadín; embozose

en la capa de grana; cogió el bastón y los guantes, y

salió del molino y se encaminó a la Ciudad, balanceándose

de la propia manera que solía D. Eugenio de

Zúñiga, y diciéndose de vez en cuando esta frase, que

compendiaba su pensamiento:

¡También la Corregidora es guapa!

El sombrero de tres picos Historia verdadera de un sucedido que anda en romances escrita ahora tal y como pasó · 第 58 / 95 题