Y había una cruz en vez de rúbrica.
--Oye, tú. ¿Y qué es esto? (le preguntó el tío Lucas
al Alguacil). ¿A qué viene esta orden?
--No lo sé...(contestó el rústico; hombre de unos
treinta años, cuyo rostro esquinado y avieso, propio de
ladrón o de asesino, daba muy triste idea de su sinceridad).
Creo que se trata de averiguar algo de brujería,
o de moneda falsa... Pero la cosa no va con V....
Lo llaman como testigo o como perito.--En fin, yo no
me he enterado bien del particular... El señor Juan
López se lo explicará a V. con más pelos y señales.
--¡Corriente! (exclamó el Molinero). Dile que iré
mañana.
--¡Ca! ¡no, señor!... Tiene V. que venirse ahora
mismo, sin perder un minuto.--Tal es la orden que me
ha dado el señor Alcalde.
Hubo un instante de silencio.
Los ojos de la señá Frasquita echaban llamas.
El tío Lucas no separaba los suyos del suelo, como si
buscara alguna cosa.
--Me concederás cuando menos (exclamó al fin,
levantando la cabeza) el tiempo preciso para ir a la
cuadra y aparejar una burra...
--¡Qué burra ni qué demontre! (replicó el Alguacil).
¡Cualquiera se anda a pie media legua! La noche está
muy hermosa, y hace luna...
--Ya he visto que ha salido...--Pero yo tengo los
pies muy hinchados...
--Pues entonces no perdamos tiempo. Yo le ayudaré
a V. a aparejar la bestia.
--¡Hola! ¡Hola! ¿Temes que me escape?
--Yo no temo nada, tío Lucas...(respondió Toñuelo
con la frialdad de un desalmado). Yo soy la
Justicia.
Y, hablando así, _descansó armas_; con lo que dejó ver
el retaco que llevaba debajo del capote.
--Pues mira, Toñuelo... (dijo la Molinera). Ya
que vas a la cuadra... a ejercer tu verdadero oficio...,
hazme el favor de aparejar también la otra burra.
--¿Para qué?--interrogó el Molinero.
--¡Para mí!--Yo voy con vosotros.
--¡No puede ser, señá Frasquita! (objetó el Alguacil).
Tengo orden de llevarme a su marido de V. nada
más, y de impedir que V. lo siga.--En ello me van «el
destino y el pescuezo.»--Así me lo advirtió el señor
Juan López.--Conque... vamos, tío Lucas...
Y se dirigió hacia la puerta.
--¡Cosa más rara!--dijo a media voz el murciano
sin moverse.
--¡Muy rara!--contestó la señá Frasquita.
--Esto es algo... que yo me sé...--continuó
murmurando el tío Lucas, de modo que no pudiese
oírlo Toñuelo.
--¿Quieres que vaya yo a la ciudad (cuchicheó la
navarra), y le dé aviso al Corregidor de lo que nos
sucede?...
--¡No! (respondió en alta voz el tío Lucas). ¡Eso
no!
--¿Pues qué quieres que haga?--dijo la Molinera
con gran ímpetu.
--Que me mires...--respondió el antiguo soldado.
Los dos esposos se miraron en silencio, y quedaron
tan satisfechos ambos de la tranquilidad, la resolución
y la energía que se comunicaron sus almas, que acabaron
por encogerse de hombros y reírse.
Después de esto, el tío Lucas encendió otro candil y
se dirigió a la cuadra, diciendo al paso a Toñuelo con
socarronería:
--¡Vaya, hombre! ¡Ven y ayúdame... supuesto
que eres tan amable!
Toñuelo lo siguió, canturriando una copla entre
dientes.
Pocos minutos después, el tío Lucas salía del molino,
caballero en una hermosa jumenta y seguido del
Alguacil.
La despedida de los esposos se había reducido a lo
siguiente:
--Cierra bien...--dijo el tío Lucas.
--Embózate, que hace fresco...--dijo la señá
Frasquita, cerrando con llave, tranca y cerrojo.
Y no hubo más adiós, ni más beso, ni más abrazo, ni
más mirada.
¿Para qué?