Serían las nueve de aquella misma noche, cuando el
tío Lucas y la señá Frasquita, terminadas todas las
haciendas del molino y de la casa, se cenaron una
fuente de ensalada de escarola, una libreja de carne
guisada con tomates, y algunas uvas de las que quedaban
en la consabida cesta; todo ello rociado con un
poco de vino y con grandes risotadas a costa del Corregidor:
después de lo cual miráronse afablemente los
dos esposos, como muy contentos de Dios y de sí mismos,
y se dijeron, entre un par de bostezos que revelaban
toda la paz y tranquilidad de sus corazones:
--Pues, señor, vamos a acostarnos, y mañana será
otro día.
En aquel momento sonaron dos fuertes y ejecutivos
golpes aplicados a la puerta grande del
molino.
El marido y la mujer se miraron sobresaltados.
Era la primera vez que oían llamar a su puerta a
semejante hora.
--Voy a ver...--dijo la intrépida navarra, encaminándose
hacia la plazoletilla.
--¡Quita! ¡Eso me toca a mí! (exclamó el tío
Lucas con tal dignidad, que la señá Frasquita le cedió
el paso).--¡Te he dicho que no salgas!--añadió luego
con dureza, viendo que la obstinada Molinera quería
seguirle.
Ésta obedeció, y se quedó dentro de la casa.
--¿Quién es?--preguntó el tío Lucas desde en
medio de la plazoleta.
--¡La Justicia!--contestó una voz al otro lado del
portón.
--¿Qué Justicia?
--La del Lugar.--¡Abra V. al señor Alcalde!
El tío Lucas había aplicado entretanto un ojo a cierta
mirilla muy disimulada que tenía el portón, y reconocido
a la luz de la luna al rústico Alguacil del
Lugar
inmediato.
--¡Dirás que le abra al borrachón del Alguacil!--repuso
el Molinero, retirando la tranca.
--¡Es lo mismo...(contestó el de afuera); pues
que traigo una orden escrita de su Merced!--Tenga
V. muy buenas noches, tío Lucas...--agregó luego
entrando, con voz menos oficial, más baja y más gorda,
como si ya fuera otro hombre.
--¡Dios te guarde, Toñuelo! (respondió el murciano).--Veamos
qué orden es esa...¡Y bien podía el
señor Juan López escoger otra hora más oportuna de
dirigirse a los hombres de bien!--Por supuesto, que la
culpa será tuya.--¡Como si lo viera, te has estado
emborrachando en las huertas del camino!--¿Quieres
un trago?
--No, señor; no hay tiempo para nada. ¡Tiene V.
que seguirme inmediatamente! Lea V. la orden.
--¿Cómo seguirte? (exclamó el tío Lucas, penetrando
en el molino, después de tomar el papel).--¡A
ver, Frasquita! ¡alumbra!
La señá Frasquita soltó una cosa que tenía en la
mano, y descolgó el candil.
El tío Lucas miró rápidamente el objeto que había
soltado su mujer, y reconoció su bocacha, o sea un
enorme trabuco que calzaba balas de a media libra.
El Molinero dirigió entonces a la navarra una mirada
llena de gratitud y ternura, y le dijo, tomándole la cara:
--¡Cuánto vales!
La señá Frasquita, pálida y serena como una estatua
de mármol, levantó el candil, cogido con dos dedos, sin
que el más leve temblor agitase su pulso, y contestó
secamente:
--¡Vaya, lee!
La orden decía así:
«Para el mejor servicio de S. M. el Rey Nuestro Señor (Q. D. G.),
prevengo a Lucas Fernández, molinero, de estos vecinos, que tan
luego como reciba la presente orden, comparezca ante mi autoridad
sin excusa ni pretexto alguno; advirtiéndole que, por ser asunto
reservado, no lo pondrá en conocimiento de nadie: todo ello bajo
las penas correspondientes, caso de desobediencia.--El Alcalde: