Le dijo el grajo al cuervo.
Hora y media después todos los ilustres compañeros
de merienda estaban de vuelta en la
ciudad. El señor obispo y su familia habían
llegado con bastante anticipación, gracias al coche,
y hallábanse ya en palacio, donde los dejaremos
rezando sus devociones.
El insigne abogado, que era muy seco, y los
dos canónigos, a cual más grueso y respetable,
acompañaron al Corregidor hasta la puerta del
ayuntamiento, donde su señoría dijo tener que
trabajar, y tomaron luego el camino de sus respectivas
casas, guiándose por las estrellas como
los navegantes, o sorteando a tientas las esquinas
como los ciegos: pues ya había cerrado la
noche; aun no había salido la luna, y el alumbrado
público, lo mismo que las demás luces de
este siglo, todavía estaba allí en la mente divina.
En cambio, no era raro ver discurrir por
algunas calles tal o cual linterna o farolillo con
que respetuoso servidor alumbraba a sus magníficos
amos, quienes se dirigían a la habitual
tertulia o de visita a casa de sus parientes...
Cerca de casi todas las rejas bajas se veía, o
se olfateaba, por mejor decir, un silencioso bulto
negro. Eran galanes que al sentir pasos, habían
dejado por un momento de pelar la pava...
--¡Somos unos calaveras!--iban diciéndose el
abogado y los dos canónigos.--¿Qué pensarán
en nuestras casas al vernos llegar a estas horas?
--Pues ¿qué dirán los que nos encuentren en
la calle, de este modo, a las siete y pico de la
noche, como unos bandoleros amparados de las
tinieblas?
--Hay que mejorar de conducta...
--¡Ah, sí... pero ese dichoso molino!...
--Mi mujer lo tiene sentado en la boca del
estómago...--dijo el académico, con un tono en
que se traslucía mucho miedo a próxima pelotera
conyugal.
--Pues ¿y mi sobrina?--exclamó uno de los
canónigos, que por cierto era penitenciario.--Mi
sobrina dice que los sacerdotes no deben visitar
comadres...
Y sin embargo, interrumpió su compañero,
que era magistral, lo que allí pasa no puede ser
más inocente...
--¡Toma! Como que va el mismísimo señor
obispo!
--Y luego, señores, ¡a nuestra edad!... repuso
el penitenciario. Yo he cumplido ayer los
setenta y cinco.
--¡Es claro!--replicó el magistral.--Pero hablemos
de otra cosa: ¡qué guapa estaba esta tarde
la señá Frasquita!
--¡Oh, lo que es eso... como guapa, es guapa!--dijo
el abogado, afectando imparcialidad.
--Muy guapa... repitió el penitenciario dentro
del embozo.
--Y si no,--añadió el predicador de oficio,--que
se lo pregunten al Corregidor...
--¡El pobre hombre está enamorado de ella!...
--¡Ya lo creo!--exclamó el Confesor de la catedral.
--¡De seguro! (agregó el Académico... correspondiente).--Conque,
señores, yo tomo por aquí para
llegar antes a casa... ¡Muy buenas noches!
--Buenas noches...--le contestaron los Capitulares.
Y anduvieron algunos pasos en silencio.
--¡También le gusta a ese la Molinera!--murmuró
entonces el Magistral, dándole con el codo al
Penitenciario.
--¡Como si lo viera! (respondió éste, parándose a
la puerta de su casa).--¡Y qué bruto es!--Conque
hasta mañana, compañero.--Que le sienten a V. muy
bien las uvas.
--Hasta mañana, si Dios quiere...--Que pase V.
muy buena noche.
--¡Buenas noches nos dé Dios!--rezó el Penitenciario,
ya desde el portal, que por más señas tenía farol
y Virgen.
Y llamó a la aldaba.
Una vez solo en la calle, el otro Canónigo (que era
más ancho que alto, y que parecía que rodaba al andar)
siguió avanzando lentamente hacia su casa; pero, antes
de llegar a ella, se paró, y murmuró, pensando sin duda
en su cofrade de coro:
--¡También te gusta a ti la señá Frasquita!...--¡Y
la verdad es (añadió al cabo de un momento) que,
como guapa, es guapa!